15 Naturaleza de lo verdadero y lo falso
NATURALEZA DE LO VERDADERO Y LO FALSO
27. ¿Dónde está, pues, el fruto de nuestras plegarias, pasadas y presentes, a Dios para pedirle, no riquezas ni deleites carnales, ni honores y estimación popular, sino para que nos abra el camino del conocimiento de Dios y de nuestra alma? ¿Nos dejará tal vez Él de su mano o le abandonaremos nosotros?
R.– Muy ajeno es a su clemencia abandonar a los que indagan la verdad; lejos también de nosotros abandonar a tan seguro guía. Por lo cual repitamos, brevemente si te parece, las dos partes de nuestra argumentación, a saber: la verdad siempre subsiste y la dialéctica es la verdad. Me has dicho que dudabas de ellas, impidiéndonos tener la completa seguridad de nuestras conclusiones. ¿O quieres que indaguemos cómo puede hallarse un arte en el alma de un hombre inculto, pues no podemos negar que es verdadera alma la suya? También tus dudas hacían hincapié en este punto, retrayéndote de conceder valor a los discursos anteriores.
A.– Discutamos ahora lo primero, dejando para después lo que hay de esto; así todo quedará expuesto.
R.– Hagamos lo que quieres, pero presta suma atención, pues sé lo que te sucede cuando escuchas, y es que estás demasiado pendiente de la conclusión, y por esperar de un momento para otro las últimas ilaciones, pasas sin examinar bien lo que se pregunta.
A.– Tal vez tienes razón; lucharé, pues, contra esta ligereza mía como pueda; y empieza a investigar, no perdamos tiempo en cosas superfluas.
28. R.– Si mal no recuerdo, hemos llegado a la conclusión siguiente: la verdad no puede morir, aun pereciendo el mundo o la misma verdad, pues sería verdadera la proposición: «el mundo y la verdad han perecido». Pero nada hay verdadero sin la verdad; luego de ningún modo puede perecer la verdad.
A.– Admito esas afirmaciones y mucho me maravillo si son falsas.
R.– Vamos, pues, al otro punto.
A.– Permíteme antes una pausa de reflexión sobre lo dicho para que no tenga que volver atrás.
R.– Entonces, ¿no será verdad que ha perecido la verdad? Pues si no lo es, entonces la verdad subsiste. Si lo es, ¿cómo desaparecida la verdad puede haber algo verdadero, no existiendo aquélla?
A.– Nada tengo que oponerte ni advertir; adelante, pues. Haremos lo posible para que los hombres doctos y prudentes lean esto y corrijan, si merece, nuestra temeridad, pues no veo ni ahora ni nunca qué pueda alegarse contra lo dicho.
29. R.– ¿Puede llamarse verdad la que no es fundamento de todo lo verdadero?
A.– De ningún modo.
R.– ¿Y no se llama verdadero lo que no es falso?
A.– Sería locura dudar de eso.
R.– ¿Acaso lo falso no es lo que remeda a otro, sin ser aquello a que se asemeja?
A.– Ninguna otra cosa es más digna de ese nombre. Pero también se llama falso lo que dista mucho de asemejarse a lo verdadero.
R.– ¿Quién lo niega? Mas alguna semejanza de verdad ha de tener.
A.– ¿Cómo? Pues cuando se dice que Medea voló en un atelaje de serpientes, de ningún modo esta ficción imita la verdad, por tratarse de una cosa enteramente irreal.
R.– Exacta es tu observación; pero ¿no adviertes que a lo que es nada tampoco puede darse el nombre de falso? Lo falso existe; si no existiera no sería falso.
A.– Luego ¿no llamaremos falso al imaginario prodigio atribuido a Medea?
R.– De ningún modo; porque si es falso, ¿cómo es un prodigio o monstruo?
A.– Estoy asombrado. Es decir, que cuando yo oigo: Engancho a mi carro grandes serpientes aladas uncidas a un yugo, ¿no digo una falsedad?
R.– Sin duda la dices. Pues hay algo falso que enuncias.
A.– Pues ¿qué es?
R.– La proposición enunciada en el verso.
A.– Pues ¿en qué imita ella a la verdad?
R.– En que no se expresaría de otro modo si realmente hubiese volado Medea. Una falsa proposición remeda en su forma a una proposición verdadera. Si no se le da crédito sólo imita en su expresión lo verdadero, y es falsa, pero sin producir engaño. Si se le da crédito, entonces imita también a las sentencias verdaderas.
A.– Ahora advierto la gran diferencia entre lo que decimos y las cosas de que lo decimos, por lo cual asiento a lo dicho, pues me detenía el creer que todo lo falso presenta cierta imitación de lo verdadero. Pues ¿quien no se ríe del que dice que la piedra es una falsa plata?; y, sin embargo, si alguien asegura que la piedra es plata, le respondemos que profiere una falsa proposición. En cambio, con alguna razón, según opino, llamamos plata falsa al estaño y al plomo, porque de algún modo la imitan, y entonces no es falsa nuestra proposición, sino el objeto mismo.
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