12 Cómo todos los deseos y pasiones deben ordenars
CÓMO TODOS LOS DESEOS Y PASIONES DEBEN ORDENARSE AL SUMO BIEN
20. Pero te pregunto: ¿por qué quieres que vivan o permanezcan contigo tus amigos, a quienes amas?
A.– Para buscar en amistosa concordia el conocimiento de Dios y del alma. De este modo, los primeros en llegar a la verdad pueden comunicarla sin trabajo a los otros.
R.– ¿Y si ellos no quieren dedicarse a estas ocupaciones?
A.– Les moveré con razones a dedicarse.
R.– ¿Y si no puedes lograr tu deseo, sea porque creen que ya lo hallaron, sea porque tienen por imposible su hallazgo, o porque andan con otras preocupaciones y cuidados?
A.– Entonces viviré con ellos y ellos conmigo, según podamos.
R.– ¿Y si te distraen de la indagación de la verdad con su presencia? Si no logras cambiarlos, ¿no trabajarás y preferirás estar sin ellos que con ellos de esa manera?
A.– Ciertamente.
R.– Luego no quieres su vida y compañía por sí misma, sino como medio de alcanzar con ellos la verdad.
A.– Lo mismo pienso yo.
R.– Y si tuvieras certeza de que tu misma vida era un obstáculo al alcance de la sabiduría, ¿querrías prolongarla?
A.– Antes bien, querría desprenderme de ella.
R.– Y si te convencieran de que tanto abandonando cl cuerpo como viviendo con él, se puede llegar al ideal de la sabiduría, ¿procurarías disfrutar de lo que anhelas aquí o en el más allá?
A.– Me tendría sin cuidado, con tal de saber que ningún mal puede sobrevenirme, haciéndome retroceder en el progreso que tengo hecho.
R.– Luego ahora temes la muerte, porque no te venga mayor daño que te impida el conocimiento de Dios.
A.– No sólo temo que se me arrebate lo ganado, sino que se me cierre el acceso a nuevos hallazgos a que aspiro, si bien creo que nadie me arrebatará lo que ya poseo.
R.– Luego esta misma vida no la deseas por sí misma, sino como un medio para la sabiduría.
A.– Así es.
21. R.– Resta ahora examinar el dolor corporal que tal vez te conturbe.
A.– No lo temo, sino porque me impide la investigación de la verdad. En efecto, estos días, acometido de un agudísimo dolor de dientes, sólo podía ocupar el pensamiento en cosas sabidas, impedido para dedicarme a la búsqueda de otras nuevas para las cuales era necesaria toda la atención de ánimo; no obstante eso, opinaba que si el fulgor de aquella Verdad se hubiera derramado en mi mente, no hubiera sentido el dolor o lo hubiera tolerado como poca cosa. Pero como ninguno he padecido hasta ahora tan fuerte, pensando en otros más agudos que pueden venir, me arrimo a Cornelio Celso, según el cual el sumo Bien es la sabiduría y el sumo mal el dolor del cuerpo. Y discurre él así: de dos partes estamos compuestos: de alma y cuerpo, y la mejor es el alma, y la más vil el cuerpo; y el sumo Bien es lo mejor de la porción excelente, y el sumo mal lo peor de la porción inferior; y es lo mejor en el alma la sabiduría y lo pésimo en el cuerpo el dolor. Conclúyese, pues, evidentemente que el sumo Bien lo constituye la sabiduría y el sumo mal los padecimientos corporales.
R.– Más tarde volveremos a este punto. Tal vez nos persuadirá de otra cosa la misma sabiduría que es nuestro ideal. No obstante, si demuestra esta verdad acerca del soberano Bien y del sumo mal, la abrazaremos sin titubeos.
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