11 La Verdad de las Ciencias - La Fábula y la Gram
LA VERDAD DE LAS CIENCIAS.– LA FÁBULA Y LA GRAMÁTICA
19. R.– Luego qué te parece: el arte de disputar, ¿es verdadero o falso?
A.– ¿Quién duda de que es verdadero? Pero también es verdadera la gramática.
R.– ¿Tanto como aquél?
A.– No veo qué puede haber más verdadero que la verdad.
R.– Lo que nada tiene de falso; viendo lo cual, poco antes te extrañabas de las cosas que no podían ser verdaderas sino a condición de ser falsas. ¿O no sabes que todas las fábulas y otras ficciones abiertamente irreales pertenecen al dominio de la gramática?
A.– No ignoro lo que dices; pero a mi parecer, no son falsas por la gramática, sino que ella se limita a enseñarlas como son. Porque la fábula es una ficción o mentira compuesta con fines recreativos y educativos. Y la gramática es el arte de conservar y ordenar las palabras articuladas; con esta mira recoge todas las ficciones del lenguaje humano que se han conservado por tradición o escrito, no falsificándolas, sino buscando en ellas provecho para la enseñanza.
R.– Muy bien; no me importa ahora si estas definiciones y divisiones están bien hechas; pero dime: ¿cuál de las dos disciplinas, la gramática o el arte de disputar, te enseña todo esto?
A.– No niego que el arte y la agudeza de definir, con que he querido discernir ambas cosas, pertenecen a la dialéctica.
20. R.– Y la gramática, ¿no es tal vez verdadera por lo que tiene de disciplina? Porque «disciplina» viene de discere, aprender, y nadie puede decirse que ignora lo que aprendió y conserva en la memoria, ni que sabe cosas falsas. Toda disciplina es pues, verdadera.
A.– No veo que este breve razonamiento esté hecho a la ligera. Pero me hace fuerza el pensar que por esta razón alguien pueda creer que las fábulas son verdaderas, porque también las aprendemos y guardamos en la memoria.
R.– Pero ¿acaso nuestro maestro no quería que aprendiésemos y conociésemos las cosas que nos enseñaba?
A.– Con empeño nos apremiaba a aprenderlas.
R.– Pero ¿insistió tal vez en hacernos creer en la verdad del vuelo de Dédalo?
A.– Eso nunca. Pero si no sabíamos la fábula, apenas nos permitían tener cosa alguna en las manos.
R.– ¿Niegas tú, pues, que sea esta una fábula y que dio renombre a Dédalo?
A.– No niego que eso sea verdad.
R.– Luego no niegas que has aprendido una cosa verdadera al aprender esta fábula. Pues si fuera verdad que Dédalo se remontó a los aires volando y este hecho fuera enseñado y admitido por los niños como una fábula, por lo mismo aprenderían una falsedad, dándoseles como fingido un hecho real. Y de aquí resulta lo que antes nos pareció admirable, a saber: que la fábula del vuelo de Dédalo no pudo ser verdadera sino a condición de ser falso su vuelo.
A.– Estoy ya conforme con eso, pero espero el resultado.
R.– ¿Cuál ha de ser sino rebatir aquella afirmación tuya, esto es, que la disciplina, si no enseña verdades, no puede ser disciplina?
A.– Y ¿a dónde quieres ir a parar?
R.– A que me digas por qué la gramática es disciplina, pues por serlo es verdadera.
A.– No sé qué responderte.
R.– ¿No te parece que si en ella no hubiera definiciones, distinciones y divisiones en géneros y partes, no sería disciplina?
A.– Ahora veo a lo que vas; porque yo tampoco concibo una disciplina donde no haya tales elementos y discursos para declarar la naturaleza de las cosas, dando a cada una lo que se le debe, sin omitir nada de lo que le pertenece ni añadirle lo que sea extraño; tal es el oficio de la disciplina.
R.– Pues ahí tienes el fundamento de la verdad de la disciplina.
A.– Todo es consecuencia de los asertos anteriores.
21. R.– Ahora dime: ¿a qué arte corresponde definir, dividir y distribuir?
A.– Ya te he dicho que a la que regula los razonamientos.
R.– Luego la gramática ha recibido su ser de disciplina verdadera de la dialéctica, a la que has defendido de todo reproche de falsedad; y esto no debe limitarse a la gramática, sino extenderse también a las demás artes liberales. Porque has dicho, y con verdad, que ninguna disciplina se dispensa de definir y dividir, y eso mismo le da la dignidad de tal. Si, pues, ellas son verdaderas por ser disciplinas, ¿negará alguien que es la misma verdad la que hace verdaderas a todas?
A.– Estoy por asentir a tus afirmaciones, pero me detiene el pensar que la misma dialéctica la contamos entre las disciplinas. Por lo cual creo que, gracias a aquella verdad, tiene razón de verdadera disciplina.
R.– Muy aguda es tu respuesta, pero con eso no niegas, según opino, que ella también es verdadera por ser disciplina.
A.– Es precisamente la razón que me hace fuerza, pues he advertido que es disciplina, y por eso es verdadera.
R.– Entonces, ¿crees que ésta pudo ser disciplina por otra causa que por las definiciones y divisiones en ella introducidas?
A.– Nada tengo que oponerte.
R.– Luego si a la dialéctica pertenece tal oficio, es por sí misma disciplina verdadera. ¿Quién se maravillará, pues, de que aquella ciencia por la que son verdaderas las demás sea por sí misma y en sí misma la verdad verdadera?
A.– No hallo dificultad en admitir lo que dices.
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