09 El Amor Propio
EL AMOR PROPIO
16. Pero ¿por qué nos detenemos? Emprendamos la marcha y primero veamos si estamos sanos.
A.– A ti te corresponde examinar, si puedes echar alguna mirada sobre ti o sobre mí. Yo iré respondiendo a tus preguntas lo que pienso.
R.– ¿Amas alguna cosa fuera del conocimiento de tu alma y Dios?
A.– Podría responderte que no amo nada más, según mi sentimiento actual; pero me parece más seguro decir que no lo sé. Pues por repetida experiencia sé que cosas que tenía por indiferentes, cuando me vinieron a la mente me impresionaron mucho más de lo que presumía; y otras que en el pensamiento no me hacían mella, en la realidad me han perturbado más de lo que pensaba. En el estado actual, a mi parecer, sólo me turbarían tres cosas: el miedo a perder a quienes amo, el miedo al dolor y el miedo a la muerte.
R.– Amas, pues, la vida en compañía de tus seres más queridos, la buena salud y la vida temporal del cuerpo, pues de lo contrario no temerías perderlas.
A.– Reconozco que es así.
R.– Luego ahora el no hallarse presentes todos tus amigos ni ser satisfactoria tu salud causan turbación a tu alma; creo que también esto se sigue lógicamente.
A.– Discurres bien; no lo puedo negar.
R.– Y si de improviso experimentases una mejoría corporal y vieses aquí a todos los amigos disfrutando de libre reposo, ¿no te gozarás y darás saltos de alegría? A.– ¿Por qué negarlo? Sobre todo si, como dices todo llega de improviso, ¿cómo podría contenerme, cómo disimular esa alegría?
R.– Luego todavía eres movido por todas las pasiones y perturbaciones del alma. ¿No será, pues, un atrevimiento mirar con tales ojos al sol?
A.– Me arguyes como si no reconociera ningún progreso en el estado de mi salud ni supiera cuánta enfermedad contagiosa se ha curado y cuánta queda todavía. Permíteme hacer esta concesión.
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