04 La Verdadera Ciencia
LA VERDADERA CIENCIA
9. R.– Pero dejemos esto a un lado; ahora respóndeme a esto: Suponiendo que sea verdad lo que de Dios han dicho Platón y Plotino, ¿te bastaría su ciencia divina?
A.– No por ser verdaderas las cosas que ellos dijeron de Dios se concluye que las poseyeran con ciencia. Pues muchos copiosamente hablan de lo que no saben, como yo mismo las cosas que expresé en la plegaria las he formulado como un deseo, lo cual sería irracional si tuviera ciencia de todo aquello; pero ¿acaso por eso no debí expresarlo? Saqué a la luz tantos conceptos sin comprenderlos, recogidos de aquí y allá, depositados en la memoria y armonizándolos con la fe, según me era posible: pero el saber es otra cosa.
R.– Dime, pues, ¿sabes en geometría lo que es una línea?
A– Ciertamente lo sé.
R.– ¿No temes a los académicos en esta persuasión?
A.– No en absoluto. Porque ellos no quieren que yerre el sabio, y yo no pertenezco a esta categoría. No temo, pues, confesar la ciencia de las cosas que conozco. Pero si, como deseo, después llego a la sabiduría, haré lo que ella me aconseje.
R.– Nada rechazo; mas para continuar nuestra indagación, como conoces la línea, ¿sabes lo que es la figura redonda que se llama esfera?
A.– Lo sé.
R.– ¿Conoces por igual la línea y la esfera, o una cosa más que otra?
A.– Igualmente las dos, pues en ninguna me engaño.
R.– ¿Y ambas las has percibido con los sentidos o con la inteligencia?
A.– Los sentidos en este punto me han servido como nave. Pues cuando me llevaron al punto que me dirigía, allí los dejé; y ya, como asentado en tierra firme, cuando comencé a pensar en estas cosas, me vacilaron por largo tiempo los pies. Por lo cual, antes me parece que se podrá navegar por tierra que alcanzar la ciencia geométrica con los sentidos, aunque a los principiantes les prestan alguna ayuda.
R.– ¿No dudas, pues, en llamar ciencia al conocimiento que tienes de estas cosas?
A.– No, con tal me lo permitan los estoicos, pues según ellos sólo el sabio posee la ciencia. Tengo la percepción de estas cosas, que se compaginan con la estulticia; pero tampoco temo a los estoicos, y afirmo que tengo ciencia de las verdades sobre las cuales me has interrogado. Sigue, pues, adelante y veamos adónde me llevas.
R.– No te apresures, pues tenemos tiempo. Procede con cautela para no hacer concesiones temerarias. Quisiera verte gozar de la posesión de algunas verdades ciertas sin temor a errar, y como si fuera poca ganancia, ¿me espoleas a acelerar la marcha?
A.– Haga Dios lo que pides y, según tu prudencia, corrígeme acremente si otra vez incurro en semejantes faltas.
10. R.– ¿Es evidente para ti que la línea longitudinalmente no puede dividirse en dos?
A.– No hay lugar a duda.
R.– ¿Y se puede cortar en sentido transversal?
A.– Mil intersecciones se pueden hacer en ella.
R.– ¿No es también evidente que del centro de la esfera no se pueden trazar ni dos círculos iguales?
A.– La misma evidencia tengo de esa verdad.
R.– Y la línea y la esfera, ¿son cosas idénticas o diversas?
A.– Muy diversas.
R.– Si, pues, igualmente conoces ambas cosas y tanto difieren entre sí, según afirmas, luego hay una ciencia indiferente de cosas diferentes.
A.– ¿Quien lo niega?
R.– Tú lo has negado hace poco pues preguntándote cómo quieres conocer a Dios hasta decir basta, me respondiste que no podías explicarlo, por no conocer ninguna cosa con que se midiera el conocimiento de Dios, pues nada semejante a Él te ofrecía la ciencia. Ahora bien ¿la línea y la esfera son semejantes?
A.– ¿Quién dice eso?
R.– Pues yo no te he preguntado si conoces algo parecido a Dios, sino si conoces algo con una ciencia tan perfecta como la que quisieras tener de Dios. Lo mismo conoces la línea que la esfera, siendo cosas diferentes entre sí. Dime, pues, si te bastará conocer a Dios como conoces una esfera geométrica, esto es, con un conocimiento cierto y seguro.
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