41 ¿Cómo se escribieron los evangelios canónicos?
La Iglesia afirma sin vacilar que los cuatro evangelios canónicos «transmiten fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó» (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 19). Estos cuatro evangelios «tienen origen apostólico. Pues lo que los apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos mismos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, como fundamento de la fe» (ibídem, n. 18). Los escritores cristianos antiguos se interesaron por explicar cómo realizaron este trabajo los evangelistas.
San Ireneo, por ejemplo, dice: «Mateo publicó entre los hebreos en su propia lengua una forma escrita de evangelio, mientras que Pedro y Pablo en Roma anunciaban el evangelio y fundaban la Iglesia. Fue después de su partida cuando Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió también por escrito lo que había sido predicado por Pedro. Lucas, compañero de Pablo, consignó también en un libro lo que había sido predicado por éste. Luego Juan, el discípulo del Señor, el mismo que había descansado sobre su pecho (Jua 13:23), publicó también el evangelio mientras residía en Éfeso» (Contra las herejías, 3:1:1).
Comentarios muy semejantes se encuentran en Papías de Hierápolis o Clemente de Alejandría (cf. Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, 3:39:15; 6:14:5-7): los evangelios fueron escritos por los apóstoles (Mateo y Juan) o por discípulos de los apóstoles (Marcos y Lucas), pero siempre recogiendo la predicación del Evangelio por parte de los apóstoles.
La exégesis moderna, con un estudio muy detallado de los textos evangélicos, ha explicado de manera más pormenorizada este proceso de composición. El Señor Jesús no envió a sus discípulos a escribir sino a predicar el Evangelio. Los apóstoles y la comunidad apostólica lo hicieron así, y, para facilitar la labor evangelizadora, pusieron parte de esta enseñanza por escrito. Finalmente, en el momento en que los apóstoles y los de su generación empezaban a desaparecer, «los autores sagrados escribieron los cuatro evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o desarrollándolas atendiendo a la condición de las Iglesias» (Dei Verbum, n. 19).
Por tanto, puede concluirse que los cuatro evangelios son fieles a la predicación de los apóstoles sobre Jesús y que la predicación de los apóstoles sobre Jesús es fiel a lo que hizo y dijo Jesús. Éste es el camino por el que podemos decir que los evangelios son fieles a Jesús. De hecho, los nombres que los antiguos escritos cristianos dan a estos textos —«Recuerdos de los Apóstoles», «Comentarios, Palabras sobre (de) el Señor» (cf. San Justino, Apología, 1:66:3; Diálogo con Trifón, 100)— así lo sugieren. Con los escritos evangélicos accedemos a lo que los apóstoles predicaban sobre Jesucristo. Estos libros, según nos dice San Justino, se leían en las reuniones litúrgicas de la Iglesia (Apología, 1:66:3). Por tanto, tenemos que pensar que se copiaban y se coleccionaban.
También circularon otros libros, que se denominaban a sí mismos evangelios, pero sólo estos cuatro se tuvieron por canónicos (normativos) y apostólicos. Del mismo siglo II son estos testimonios: «La Iglesia tiene cuatro evangelios, los herejes muchísimos, entre ellos uno que se ha escrito según los egipcios, otro según los doce apóstoles. Basílides se atrevió a escribir un evangelio y ponerlo bajo su nombre (…). Conozco cierto evangelio que se llama según Tomás y según Matías; y leemos otros muchos» (Orígenes, Homilías sobre San Lucas , 1); «El Verbo artesano del Universo, que está sentado sobre los querubines y que todo lo mantiene, una vez manifestado a los hombres, nos ha dado el evangelio cuadriforme, evangelio que está mantenido, no obstante, por un sólo Espíritu» (San Ireneo, Contra las herejías, 3:2:8-9).
Es sabido que no poseemos el manuscrito original de los evangelios, como tampoco el de ningún libro de la antigüedad. Los escritos se transmitían mediante copias manuscritas en papiro y después en pergamino. Los evangelios y los primeros escritos cristianos no son ajenos a este tipo de transmisión.
El Nuevo Testamento deja percibir que algunas cartas de San Pablo ya se han copiado y se trasmiten en un cuerpo de escritos (2 P 3:15-16). Lo mismo ocurrió con los evangelios: las expresiones de San Justino, San Ireneo, Orígenes, etc, anotadas más arriba, dan a entender que los evangelios canónicos se copiaron enseguida y se transmitieron juntos.
El material utilizado en los primeros siglos de la era cristiana fue el papiro y a partir del siglo III se empezó a usar el pergamino, más resistente y duradero. Sólo desde el siglo XIV se comenzó a utilizar el papel. Los manuscritos que conservamos de los evangelios, con un estudio atento de lo que se denomina crítica textual, nos muestran que, frente a la mayoría de obras de la antigüedad, la fiabilidad que podemos darle al texto que tenemos es muy grande.
En primer lugar, por la cantidad de manuscritos. De la Iliada, por ejemplo, tenemos unos 700 manuscritos, pero de otras obras, como los Anales de Tácito, sólo tenemos unos pocos —y de sus primeros seis libros sólo uno—. En cambio, del Nuevo Testamento tenemos unos 5:400 manuscritos griegos, sin contar las versiones antiguas a otros idiomas y las citas del texto en las obras de los escritores antiguos. Además, está la cuestión de la distancia entre la fecha de composición del libro y la datación del manuscrito más antiguo. En tanto que para muchísimas obras clásicas de la antigüedad es casi de diez siglos, el manuscrito más antiguo del Nuevo Testamento (el Papiro Rylands) es unos cuarenta años posterior al momento de composición del evangelio de San Juan; del siglo III tenemos papiros (los Papiros Bodmer y Chester Beatty) que muestran que los evangelios canónicos ya coleccionados se transmitían en códices, es decir, en formato de libro; y desde el siglo IV los testimonios son casi interminables.
Obviamente, al comparar la multitud de manuscritos, se descubren errores, malas lecturas, etc. La crítica textual de los evangelios —y de los manuscritos antiguos— examina las variantes que son significativas, intentando descubrir su origen —a veces, un copista intenta armonizar el texto de un evangelio con el de otro, otro intenta explicar lo que le parece una expresión incoherente, etc.— y buscando de esa manera establecer cuál pudo ser el texto original. Los especialistas coinciden en afirmar que los evangelios son los textos que mejor conocemos de la antigüedad. Se basan para ello en la evidencia de lo dicho en el párrafo anterior y también en el hecho de que la comunidad que transmite los textos es una comunidad crítica, compuesta por personas que implican su vida en lo afirmado en los textos y que, obviamente, no comprometerían su vida en unas ideas creadas para la ocasión.
VICENTE BALAGUER
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