36 ¿La resurrección de Jesús, hecho o mito?
La resurrección de Jesucristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas. Los apóstoles dieron testimonio de lo que habían visto y oído. Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios: «Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía y algunos ya han muerto» (1Co 15:3-6).
Cuando, actualmente, uno se acerca a esos hechos para buscar lo más objetivamente posible la verdad de lo que sucedió, puede surgir una pregunta: ¿de dónde procede la afirmación de que Jesús ha resucitado? ¿Es una manipulación de la realidad que ha tenido un eco extraordinario en la historia humana, o es un hecho real que sigue resultando tan sorprendente e inesperable ahora como resultaba entonces para sus aturdidos discípulos? A esas cuestiones sólo es posible buscar una solución razonable investigando cuáles podían ser las creencias de aquellos hombres sobre la vida después de la muerte, para valorar si la idea de una resurrección como la que narraban es una ocurrencia lógica en sus esquemas mentales.
De entrada, en el mundo griego hay referencias a una vida tras la muerte, pero con unas características singulares. El Hades, motivo recurrente ya desde los poemas homéricos, es el domicilio de la muerte, un mundo de sombras que es como un vago recuerdo de la morada de los vivientes. Pero Homero jamás imaginó que en la realidad fuese posible un regreso desde el Hades. Platón, desde una perspectiva diversa había especulado acerca de la reencarnación, pero no pensó como algo real en una revitalización del propio cuerpo, una vez muerto. Es decir, aunque se hablaba a veces de vida tras la muerte, nunca venía a la mente la idea de resurrección, es decir, de un regreso a la vida corporal en el mundo presente por parte de individuo alguno.
En el judaísmo la situación es en parte distinta y en parte común. El sheol del que habla el Antiguo Testamento y otros textos judíos antiguos no es muy distinto del Hades homérico. Allí la gente está como dormida. Pero, a diferencia de la concepción griega, hay puertas abiertas a la esperanza. El Señor es el único Dios, tanto de los vivos como de los muertos, con poder tanto en el mundo de arriba como en el sheol. Es posible un triunfo sobre la muerte. Sin embargo, en la tradición judía, aunque se manifiestan unas creencias en cierta resurrección, al menos por parte de algunos, y se espera la llegada del Mesías, ambos acontecimientos no aparecen ligados. Para cualquier judío contemporáneo de Jesús se trata, al menos de entrada, de dos cuestiones teológicas que se mueven en ámbitos muy diversos. Se confía en que el Mesías derrotará a los enemigos del Señor, restablecerá en todo su esplendor y pureza el culto del templo, establecerá el dominio del Señor sobre el mundo, pero nunca se piensa que resucitará después de su muerte: es algo que no pasaba por la imaginación de un judío piadoso e instruido.
Robar su cuerpo e inventar el bulo de que había resucitado con ese cuerpo, como argumento para mostrar que era el Mesías, resulta impensable. En el día de Pentecostés, según refieren los Hechos de los Apóstoles, Pedro afirma que «Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte», y en consecuencia concluye: «Sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis» (Hch 2:36).
La explicación de tales afirmaciones es que los apóstoles habían contemplado algo que jamás habrían imaginado y que, a pesar de su perplejidad y de las burlas que con razón suponían que iba a suscitar, se veían en el deber de testimoniar.
Si se hubieran inventado el que Jesús resucitó y hubieran compuesto unos relatos para justificarlo, sin duda habrían usado unos recursos más convincentes. De entrada habrían contado que Jesús se apareció en primer lugar a algunos varones venerables, que ofrecieran un testimonio aceptable, y no a unas mujeres, a las que entonces no se concedía capacidad de testificar y que, además, al principio no reconocen a Jesús. En los encuentros del resucitado con sus discípulos se habrían insertado algunas explicaciones de su experiencia en el paso por el sheol o algunos discursos sobre grandes cuestiones doctrinales, pero no se habrían entretenido en contar escenas tan normales como aquella en que les pidió de comer y sólo pudieron servirle un trozo de pez asado (cf. Luc 24:41-42). Y, sobre todo, si no lo hubiesen visto muchos, es difícil explicarse que en la misma ciudad en que fue crucificado tanta gente abrazara la nueva fe al cabo de pocos días.
Hay, además, algunos detalles fuera y dentro de los evangelios que hacen pensar en lo que sucedió realmente. De entrada es innegable que el cuerpo de Jesús desapareció del sepulcro en donde había sido depositado. La losa encontrada en Nazaret, con un rescripto imperial donde se recuerda que es necesario respetar la inviolabilidad de los sepulcros, testimonia, en efecto, que hubo un gran revuelo en Jerusalén motivado por la desaparición del cadáver de alguien procedente de Nazaret en torno al año 30:
Pero el único personaje del que se contaban tales cosas es precisamente Jesús.
Quienes no querían dar crédito a lo que iban contando sus discípulos acerca de que había resucitado, lo primero que se les ocurre pensar y decir es que alguien había robado su cuerpo (cf. Mat 28:11-15). Sin embargo, lo que las santas mujeres y los discípulos de Jesús que se acercaron hasta el sepulcro vieron en él, les causó tal impacto que, incluso antes de haber visto a Jesús vivo de nuevo, se dieron cuenta de que había resucitado (cf. Jua 20:3-8).
FRANCISCO VARO
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