150º El último deseo de aquel párroco: estar con su pueblo en el día de la resurrección.
A los 80 años de edad, un cura párroco tuvo que despedirse de su pueblo. Estaba allí desde muchos años. Él había bautizado prácticamente a todos los habitantes, les había dado la primera comunión, los había casado, los había acompañado docenas de veces hasta el cementerio para enterrar sus muertos.
La despedida fue tan emotiva y difícil para él como para todos sus feligreses, que se apelotonaban en la iglesia a la hora del adiós. El nuestro buen párroco se emocionó al hablar en su último sermón, pero más se emocionó su auditorio cuando, como abriendo su corazón, les dijo que en su testamento había dejado dicho que deseaba que el día de su muerte le llevaran a enterrar allí, porque, decía, "quiero resucitar con todos ustedes, con mi pueblo".
Todos pensaron que lo normal era que dijese:: "Quiero que me traigan aquí porque deseo estar enterrado a su lado, o porque ésta es mi tierra. En cambio, no. Lo que este cura quería era 'resucitar' junto a los suyos, estar con ellos en la gran alegría del final de los tiempos, porque se veía a sí mismo encabezando a sus parroquianos y dirigiéndose todos juntos al encuentro final con Cristo.
Conmueve esta última predica de aquel párroco y aunque su interpretación de la resurrección no responde a la teología actual, sin embargo refleja exactamente el concepto de resurrección como la representaba la teología tradicional y la religiosidad popular.
La imaginación popular se imagina que un día, el último de la historia, las tumbas se abrirán y los cadáveres de los muertos volverán a vivir. Se interpretaba según este sentido la profecía de Ezequiel, la de los huesos calcinados que por la palabra de Dios volvieron a formar nuevamente cuerpos vivientes.
Pero Ezequiel estaba hablando del pueblo desterrado, semejante a huesos diseminados en la llanura y que volverían a formar primero esqueletos, luego cuerpos con carne y nervios y finalmente hombres completos vivientes, es decir que Dios liberaría a su pueblo del destierro.
La catequesis popular aplicó esta parábola a la resurrección final.
Lo que cuenta no es el modo con que resucitaremos sino el hecho concreto. La vida eterna que nos espera no se reduce a un alma inmortal, sino a la resurrección de los hombres que vivirán para siempre como hombres, es decir como espíritus encarnados.
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