133º La bomba atómica sobre Hiroscima y el padre Arrupe.
El Padre Arrupe se encontró en 1945 en medio de la más espantosa catástrofe que hasta entonces había conocido la humanidad: la explosión de la primera bomba atómica sobre Hirosima. Aquella mañana, cuando el futuro superior general de los Jesuitas acababa de celebrar su Misa, una luz desgarradora redujo a cenizas su ciudad y produjo en pocos minutos más de doscientos mil muertos y heridos. Nadie entendía nada. Nadie sabía de dónde venía aquella fuerza destructora. Sólo veía que la ciudad había sido reducida a cenizas y sabía que, sin duda, junto a los muertos habría millares, decenas de millares de heridos. ¿Qué hacer? ¿A dónde acudir?
La primera reacción del padre. Arrupe fue acudir a la capilla que estaba, también ella, medio destruida y rezar. Su corazón se llenó de preguntas: ¿Por qué Dios aceptaba, toleraba esto? Y ésta fue la respuesta que se dio a sí mismo: "Por todas partes muerte y destrucción. Nosotros aniquilados en la impotencia. Y Dios allí, conociéndolo todo, contemplándolo todo, y esperando nuestra iniciativa para que, juntos, tomásemos parte en la obra de reconstruirlo todo".
Por eso Arrupe no perdió su tiempo en hacerle preguntas a Dios; hizo lo único que podía hacer. Salí de la capilla - dijo el jesuita - y la decisión fue inmediata: haríamos de la casa un hospital. Me acordé de que había estudiado medicina. En aquellos momentos, me convertí en médico y cirujano. Fui a recoger el botiquín y lo encontré entre ruinas, destrozado, sin que hubiera en él aprovechable más que un poco de yodo, algunas aspirinas sal de frutas y bicarbonato. Es decir: nada. Pero con esta nada se construyó el primer hospital improvisado de Hirosima al que poco después comenzaron a llegar heridos como fantasmas ambulantes, con la piel desgarrada, los cuerpos cubiertos de ampollas y manchas rojas y violetas, sin saber cómo ni cuándo les había ocurrido tal cosa.
Se hizo lo que se pudo. En todo caso más de lo que se habría hecho si se hubiera puesto a llorar y a quejarse.
Dios ha dejado el mundo en manos de la libertad de los hombres. Dios no fabrica bombas atómicas pero tampoco impide que los hombres las dejen caer sobre Hiroscima y Nagasaki. Son los hombres lo que llevan su libertad hasta esa locura.
Dios conoce todo y sufre por el mal que hacemos más que nosotros mismos. Y está ahí, esperando a que lo invitemos a la única respuesta válida ante el dolor y la catástrofe: juntar las manos para reconstruirlo todo.
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