Valores éticos
Juliana González Valenzuela (México), Universidad Nacional Autónoma de México
Bioética › Teoría tradicional
El ser y el valor. A pesar de que en la antigüedad grecolatina existen los términos axios en griego y valere en latín, de valor y valores no se habla propiamente hasta los siglos XVIII y XIX. Ello se debe sobre todo a que se consideraba que ser y valer eran lo mismo, que el valor de algo (o sea, aquella propiedad o cualidad que lo hace estimable, merecedor, apreciable) es intrínseca y equivalente a su ser mismo, inseparable de su realidad. Vale en lo que es, y es en lo que vale. Bien, belleza, justicia, santidad se asimilan a las virtudes (Sócrates o Aristóteles) o al verdadero ser (Ideas o esencias en Platón). La filosofía medieval habla de los trascendentales del ser: uno, bueno, verdadero, inseparables entre sí.
El carácter subjetivo del valor. Hablar de valores implica así separar las cualidades valiosas que poseen los seres y verlas en sí mismas, con independencia de ellos. Y esto ocurre primeramente en economía, cuando se reconoce que el valor económico propiamente dicho (valor de cambio) no depende de las propiedades o cualidades de las cosas sino del tiempo de trabajo que ellas se llevan en su fabricación (Smith), o sea, de la significación social, humana, que ellas adquieren. Y algo similar ocurre, aunque por razones diferentes, en el ámbito filosófico de los valores en general y los valores éticos en particular. Se produce un giro completo hacia el hombre como sujeto del valor, de modo que los valores, por así decirlo, son desgajados de los objetos, de las cosas reales (surgen como valores ya no asimilados a los seres) y reconocidos como creaciones humanas. Los valores son concebidos entonces como productos del deseo y la pasión (Hume), de la voluntad de poder (Nietzsche), de la libertad subjetiva, incondicionada y gratuita (Sartre). Su origen es subjetivo y no objetivo. Ya Hume, en efecto, había establecido que del ser no cabe derivar el deber ser (y por ende el valor), que no hay paso del hecho
tanto enunciados que nos dicen cuál debe ser nuestra conducta en relación con los valores (v. Teorías, principios y reglas). Finalmente, las virtudes son la disposición y el hábito de obrar bien haciendo que nuestra acción realice los valores y respete los deberes (v. Virtudes y conducta). Esa dinámica que los valores otorgan a una teoría completa en bioética no puede dejar de considerarse en las discusiones críticas de la misma.
[J. C. T.]
al derecho (“guillotina”). Lo que se estima valioso es creación del sentimiento, no conocimiento racional.
Teorías objetivas del valor. En oposición al psicologismo y subjetivismo del valor surge, a partir de la fenomenología de Husserl, la teoría de los valores (Hartmann y Scheler). Ella busca fundamentarlos objetivamente, pero no ya a la manera de la tradición metafísica, sino a partir del reconocimiento de otra clase de objetos ideales, que no son físicos ni metafísicos ni psicológicos ni matemáticos o formales: objetos axiológicos, que tienen una “existencia” objetiva independiente, pero que encarnan en “bienes” históricos concretos. “Los valores no son sino que valen” y los sujetos no hacen más que aproximarse, más o menos, a la realización de los valores: eternos en ellos mismos y universales. La teoría de los valores resulta, sin embargo, cuestionable en tanto que resurgimiento de las ideas platónicas, con todas las dificultades que esto conlleva. De ahí que se encamine en otras direcciones la búsqueda de la objetividad del valor en general y del valor ético en especial (Moore). Asimismo, se destaca el hecho de que los valores surgen, en realidad, de la comunicación inter-subjetiva, de modo que van más allá del mero sujeto, pues se constituyen como acuerdos comunitarios, de validez general, si no es que universal (Habermas). La objetividad se recobra por el lado del sujeto en tanto que este remite a la trans-subjetividad. Más aún, cabe admitir que el deseo sea origen del valor, si se toma en cuenta que el ámbito de los deseos, las necesidades, los intereses humanos, no es solo la dimensión subjetivista, personalista y banal, sino que tiene un trasfondo profundo donde lo que se expresa son deseos, necesidades, intereses comunes, fundamentales y universales. Son estos la fuente originaria de la valoración y de la postulación de valores. En este sentido, cabe afirmar –contra toda guillotina o falacia– que el valor y el deber ser surgen del ser (ser humano) porque a este le falta ser, lleva en sí el no-ser de la potencialidad y la posibilidad, o sea, de la libertad. Los valores y los deberes apuntan a
llenar este vacío. “Valor es pues lo que aliviaría una privación, aplacaría la tensión del deseo […]. Valor es lo que nos falta en cada caso” (Villoro, 1996).
El valor como encuentro de sujeto y objeto. La vía más fértil, sin embargo, para la comprensión de los valores lleva a admitir que los valores pueden derivar también de atributos o propiedades de la realidad misma, aunque solo sean “percibidos” o “revelados” en un “despertar” humano, en una disposición o actitud especial de apertura del sujeto hacia el reino del valor (Ricoeur): apertura de su sensibilidad, de su conciencia, de su propio deseo e inclinación. El valor surge, en este otro sentido, del encuentro esencial que se produce entre el hombre y la realidad: viene de dentro y de fuera, del sujeto y el objeto a la vez. Solo así aparece la belleza, la justicia, la religiosidad, la bondad misma. Y es que el sujeto humano tampoco es ajeno a la realidad y esta, extraña a su propio ser. No hay abismo ontológico entre el hombre y la naturaleza universal. Vida y muerte, placer y dolor, luz y oscuridad, unión y separación, son hechos objetivos, siempre valorados por el hombre y fuente de su valoración. Los valores se nutren en los contrastes fácticos y en las propiedades reales y posibles de la realidad.
Historia y tabla de valores. Los valores son históricos. Esto significa que cambian en el tiempo humano, pero a la vez perviven: “permanecen, cambiando” (Heráclito, Hegel). Los valores se van generando y a la vez transmitiendo de generación en generación: constituyen una herencia fundamental de caracteres adquiridos. Cada época recibe el legado axiológico, pero este solo pervive si es asumido y renovado. Cada época dice sí o no a los valores heredados y aporta hacia el futuro su propia creación. Y así van consolidándose una tradición, una cultura axiológica, una tabla de valores siempre “objetiva” (social) y que, a la vez, siempre requiere de los sujetos concretos para valer y para llevarse a la realidad. Y puede decirse que la tabla de valores de nuestro tiempo y nuestra cultura son los Derechos Humanos; “universales” para la tradición moral occidental (eurocéntrica), pero al mismo tiempo “universalizables”; abiertos a otras culturas, tanto como a la pluralidad interna de naciones que los han adoptado, y abiertos a su propio perfectible devenir. Históricos, en suma.
Valores éticos de la vida. Todo esto compete, es cierto, a los valores en general, pero también, y de modo eminente, a los valores éticos en particular: bien o bondad, libertad, dignidad, autonomía, sabiduría, prudencia, rectitud, honestidad, integridad, autenticidad, lealtad, respeto, justicia, solidaridad, amor, amistad, generosidad, fidelidad, tolerancia, valentía, autodominio, vida, placer, felicidad, bienestar, salud, etcétera… Se trata de
aquellos valores que tienen de específico el hecho de que corresponden al hombre mismo (sujeto y objeto del valor), a sus actos, sus acciones, su carácter o modo de ser y comportarse (ethos). Los valores éticos competen al hombre como persona, como individuo, como sujeto moral, comprendido en su unicidad e interioridad, en su íntima conciencia y voluntad, en su libre albedrío y responsabilidad. Tienen de específico el hecho de que son valores radicalmente personales a la vez que se definen por su universalidad. Pero también es definitorio de los valores éticos el que ellos se dirijan, en efecto, al bien de la persona, del sujeto, a su literal humanización, y son por ello inseparables de la autoestima, y que al mismo tiempo sean los valores que definen la bondad de las relaciones del yo con los otros, de la vinculación interpersonal y de la persona moral con la comunidad humana. Los valores éticos llevan el altruismo en su propio centro. La ética del presente se empeña justamente en mostrar cómo el sí mismo implica el otro (Ricoeur, Lévinas), cómo, en suma, los valores de la libertad son inseparables de los de la justicia (y a la inversa). Esto, además de que la ética hoy tiene que ampliar sus propios horizontes incorporando, por un lado, su responsabilidad hacia las generaciones futuras y, por el otro, hacia los seres vivos no humanos y hacia la biosfera en general. Y, en particular en nuestro tiempo, cobran singular importancia los valores éticos de la vida, decisivos para la bioética. Valores que tienen un sustrato objetivo pero que, a la vez, han de ser objeto de una verdadera experiencia valorativa, de una toma de conciencia radical que permita percibir a fondo y apreciar éticamente los valores de la salud, de la justicia en la distribución de sus bienes, de la autonomía, integridad y dignidad de la personas, de la significación cualitativa de la vida humana. Percibir a fondo y apreciar ética y racionalmente los valores reales de los bienes científicos y tecnológicos que ofrecen las actuales ciencias y tecnologías de la vida. Los seres humanos del presente tienen ante sí el doble desafío ético y bioético de mantener vivo el patrimonio axiológico que se considere digno de pervivir y de dar vida a su propia tabla de valores.
Referencias
Risieri Frondizi, ¿Qué son los valores?, México, FCE, 1982. - Juliana González, El ethos, destino del hombre, México, FCE-UNAM, 1996. - David Hume, Tratado de la naturaleza humana, Madrid, Tecnos, 1988. - G. E. Moore, Principia Ethica, México, UNAM, 1983. - Max Scheler, Ética, Madrid, Caparrós Edits., 2001. - Paul Ricoeur, Sí mismo como otro, México, Siglo XXI, 1996. - Luis Villoro, El poder y el valor, México, FCE, El Colegio Nacional, 1997.
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