Pluralismo
Adriana Arpini (Argentina), Universidad Nacional de Cuyo
América Latina › Diversidad cultural y lingüística
Caracterización general. En sentido amplio, el término pluralismo alude a la coexistencia de factores dispares y opuestos en el seno de una realidad
latino mos, moris), puede ser “perfilado” por quienes se dan las normas (los indios quiché en este caso) o por quienes las describen desde afuera y en algunos casos (como el de Cortés) quieren imponer sobre ellas otras normas acerca de lo bueno y de lo malo. Son dos visiones no solo contrapuestas sino también, violencia mediante, inconmensurables. Pero además del papel que en la moral cumplen los que narran, hay que atender al contenido de lo narrado (v. Interpretación moral en arte y literatura). Hay narraciones que prestan atención al tiempo, y su perfil se vuelve entonces histórico-temporal, tal como hace Cortés al saberse “hacedor” de la historia, y hay narraciones que prestan atención al espacio y de uno u otro modo nos ofrecen visiones del mundo ordenado (dado) geométricamente, tal como se hace en el Popol Vuh al referirse al principio de los tiempos. Se cuenta el tiempo, el principio, la sucesión, y también se trata de ver cómo se ordena ese mundo. Pero en este choque de los mundos morales de españoles e indígenas habrá un reordenamiento del mundo de los indígenas al que se le impondrá un nuevo orden instaurado sobre la destrucción de su diversidad lingüística y cultural.
Por estas y otras razones la bioética latinoamericana necesita reflexionar sobre la diversidad lingüística y cultural de las sociedades a las que se dirige (v. Diversidad lingüística y sistemas de significación), y debe recomendar el respeto de esta diversidad tal como ha quedado estipulado en la Convención de la Unesco. La diversidad cultural ha pasado a ser un patrimonio común de la humanidad y su defensa, un imperativo ético inseparable del respeto a la dignidad de la persona humana. La protección de los contenidos culturales por políticas y medidas nacionales o regionales dirigidas a este fin no excluye el reconocimiento de la interculturalidad en tanto interacción equitativa de diversas culturas que puedan generar a través del diálogo y el respeto mutuo nuevas expresiones culturales compartidas (v. Diversidad cultural y biopolíticas). Los contenidos éticos presentes en los términos equidad, diálogo y respeto son suficientes para responder una vez más a toda pretensión de una teoría y práctica de la bioética que no tenga en cuenta las identidades culturales (v. Pluralismo).
[J. C. T.]
social, política y cultural. Según la naturaleza de los factores, el análisis puede adoptar puntos de vista diferentes. En el sentido restringido de la perspectiva política, designa una concepción de la democracia liberal que surge como alternativa a las teorías elitistas y resalta el papel de los grupos
de intereses especializados que compiten entre sí por alcanzar grados mayores de influencia en la toma de decisiones políticas. Esta concepción resulta de desarrollos históricos iniciados en la modernidad, en estrecha vinculación con la noción de tolerancia. Su debilidad consiste en la tendencia a reducir el papel del Estado a mero observador de la balanza de intereses en cada decisión, y su mayor virtud radica en desarrollar la capacidad de interactuar entre el consenso acerca de las condiciones de posibilidad de la convivencia y el disenso sobre los diversos modos de vida. Desde el punto de vista jurídico, se trata de una doctrina que afirma la coexistencia de órdenes concurrentes de derecho, producto de la pluralidad de los grupos sociales; proclama el derecho de estos a dictar sus propias normas de convivencia sin sumisión al derecho estatal. Desde el punto de vista cultural tomó cuerpo a principios del siglo XX el ideal del “pluralismo cultural” como concepción alternativa a la de nación homogénea. Sostiene la inalienabilidad de la personalidad, en cuya formación se reconoce la presencia de la tradición ancestral, afirma que la realización del individuo es una aspiración de la forma de vida democrática que requiere la referencia al contexto de los grupos de pertenencia, por tanto, la diversidad étnica y cultural es considerada un atributo positivo y deseable en la medida que cada cultura es una expresión particular de lo universal y realiza una aportación distintiva a la humanidad. En la misma línea, y en adhesión a la realización de los Derechos Humanos, la Declaración Universal de la Unesco sobre la diversidad cultural reafirma el concepto de cultura como el conjunto de los rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social y que abarca además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias; considera que la diversidad cultural es para el género humano tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos; avanza hacia una definición del pluralismo cultural como respuesta política al hecho de la diversidad cultural, favoreciendo la inclusión y la participación como medios de garantizar la cohesión social, la vitalidad de la sociedad civil y la paz; promueve la diversidad, la tolerancia, el diálogo, la cooperación, la solidaridad y la conciencia de unidad del género humano. Desde el punto de vista de la filosofía moral, el pluralismo pone al descubierto la tensión entre la necesidad de un fundamento universalmente válido para la acción y la pluralidad de concepciones de vida buena.
Consideraciones desde América Latina. El pluralismo, como problemática política, jurídica, cultural
y ética, se pone de manifiesto en América Latina desde el momento mismo de la irrupción del español, imbricado con la compleja cuestión del reconocimiento del otro. Ejemplo de ello son los escritos de Fray Bartolomé de las Casas, quien se cuenta entre los pioneros de una tradición humanista latinoamericana, basada en la afirmación de que todos los pueblos del mundo son hombres, y el hombre es todas esas maneras de ser. Si bien el pluralismo se aparta de toda concepción universalista abstracta, no cabe imputarle una lógica relativista basada en la inconmensurabilidad de las culturas y la imposibilidad de hallar una instancia que permita evaluar críticamente los conflictos entre grupos con valores contrapuestos. Tampoco cabe la lógica del anticuario que busca conservar un estado de la cultura, como si se tratara de una especie en extinción, negándole posibilidades de transformación histórica. Desde una perspectiva política, la posibilidad de pensar la unidad de pueblos, regiones y etnias y de comprender la pluralidad de culturas de nuestra América depende de las condiciones para transitar desde la ficción de los Estados nacionales homogéneos hacia la concreción de la idea de Estado plural. Ello implica reconocer que el derecho a la autodeterminación de los pueblos originarios es anterior a la constitución del Estado, sin que ello implique poner en cuestión la soberanía. Según la caracterización de L. Villoro, un Estado plural –multicultural– sería el resultado de un convenio tácito entre pueblos distintos que toman en cuenta las condiciones que hacen posible el convenio: derecho a la vida, a la libertad, a la igualdad y a la pertenencia. De modo que encuentra su fundamento en la voluntad solidaria de los distintos grupos de proyectar un destino común. Desde la perspectiva jurídica, en América Latina se ha desarrollado durante la última década una corriente de derecho alternativo que, apoyándose en la filosofía y en la ética de los derechos humanos, busca a través de los ordenamientos jurídicos, de la cultura jurídica y de las prácticas de sus operadores, aquellas formas que son diferentes y aún opuestas a las del derecho oficial, acentuando su carácter emancipatorio y de transformación social. En el plano ético, existe en América Latina un rico debate que reconoce diversos aportes entre los que destacan, por un lado, la propuesta de Arturo Andrés Roig de una moral de la emergencia, que acentúa la sujetividad como momento de irrupción de lo otro, lo diverso, frente a las formas opresivas y uniformadoras de la eticidad vigente; por otro lado, la ética de la liberación de Enrique Dussel, que parte de una racionalidad material (re)productiva, sustentada en la vida humana como criterio de verdad, y ofrece herramientas para el ejercicio de una racionalidad práctica en
relación concreta y cotidiana con el otro, como sustento de una praxis liberadora. También, la propuesta de Ricardo Maliandi de una ética convergente, que reconoce el a priori de la conflictividad como elemento estructural de la racionalidad y de la vida moral y busca rehabilitar la universalidad, principio cardinal de la ética, como presupuesto y como aspiración de la decisión moral. Asimismo, cabe mencionar las propuestas que abordan de manera explícita la problemática ética de la interculturalidad (v. gr. R. Fornet Betancourt y R. Salas Astrain). Cada una de las propuestas mencionadas –tomadas como ejemplos del vasto campo de la reflexión ético-social en América Latina– pone de manifiesto una preocupación común, contextualizada en las condiciones de marginación, exclusión y conflictividad de grupos social y culturalmente diversos y aportan elementos para la caracterización del pluralismo. En síntesis, el pluralismo constituye una apuesta a favor de la reconstrucción de las condiciones para un diálogo basado en la reciprocidad entre diferentes modos de vida. Esto conlleva, como lo ha señalado Salas Astrain, tres presupuestos: universalización: implica reconocer la virtualidad de un discurso argumentativo con pretensión de universalidad; diferencia: permite concebir la posibilidad de reconstrucción dialógica de la memoria y de las tradiciones morales sustentadas en las experiencias históricas de resistencia y lucha de los sujetos, las minorías y las comunidades en América Latina; conflictividad: constituye un presupuesto socio-histórico y cultural que concibe los conflictos vividos por las comunidades latinoamericanas como parte de su patrimonio. Conlleva, por tanto, asumir el desafío de encontrar mediaciones, especulativas e históricas, entre la hermenéutica del sentido cultural y el modo pragmático de comprensión de los sujetos autoimplicados, abiertas al disenso y a la emergencia de configuraciones inéditas.
Reflexiones críticas en relación con la bioética. La bioética, en tanto expresión de la ética aplicada, encara la problemática de la diversidad y el pluralismo dentro de un marco teórico-práctico de por sí complejo. La resolución de problemas y conflictos morales se ha tornado particularmente complicada puesto que, por una parte, conviven distintas formas de entender la realización humana; y por otra parte, en cada ámbito de la vida los problemas surgen con características particulares, que es necesario conocer y analizar. Ello requiere no solo un intercambio permanente con disciplinas especializadas capaces de aportar un panorama descriptivo de la situación problemática (interdisciplinariedad), sino también el conocimiento y valoración de las referencias contextuales de los involucrados y de sus interpretaciones
de las situaciones problemáticas, las que no pocas veces difieren de las explicaciones del conocimiento científico. Así, pues, la bioética además de ser un ámbito de investigación y aplicación de conocimientos teóricos, es un modo de asumir responsabilidades sociales y culturales de considerable magnitud. En las cuestiones que la bioética debe dirimir están involucrados intereses teóricos, necesidades e intereses prácticos y emancipatorios de las personas y de las comunidades. De ahí la imposibilidad de sostener la pretensión cientificista de neutralidad valorativa. Ello entraña problemas vinculados a las posibles derivaciones políticas e ideológicas que podrían comprometer el sentido racional de las decisiones. Tales dificultades pueden prevenirse en buena medida apelando al diálogo interideológico e intercultural capaz de encontrar respuestas superadoras entre posiciones diferentes. Implica reconocer el carácter dialógico de la razón y la posibilidad de alcanzar, por medio de la argumentación racional, diversos grados de convergencia crítica.
Referencias Enrique Dussel, Ética de la liberación. En la edad de la globalización y la exclusión. Madrid, Trotta, 1998. - Raúl Fornet-Betancourt (editor), Crítica intercultural de la filosofía latinoamericana actual. Madrid, Trotta, 2004. - Ricardo Maliandi, Dejar la posmodernidad. La ética frente al irracionalismo actual. Buenos Aires, Biblos, 1993. - Arturo Roig, Ética del poder y moralidad de la protesta. Mendoza, Ediunc, 2002. - Ricardo Salas Astrain, Ética intercultural. Ensayos de una ética discursiva para contextos culturales conflictivos. (Re)lectura del pensamiento latinoamericano. Santiago de Chile, UCSH, 2003. - Boaventura de Sousa Santos, La globalización del derecho. Los nuevos caminos de la regulación y la emancipación. Bogotá, ILSA, segunda reimpresión, 2002. - Luis Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas. México, Paidós, 1998. - VVAA, “Pluralismo jurídico y alternatividad judicial”, en El otro derecho, Nº 26-27, Bogotá, ILSA, 2002.
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