Medicina y difusión masiva
Marcelo Ocampo (Argentina), Hospital San Juan de Dios de La Plata
Medicina y profesiones de la salud
Medicina, comunicación y corporeidad. La divulgación de las ciencias se puede interpretar de forma general como el proceso por el cual se hace llegar a un público muy amplio el conocimiento logrado por los especialistas en una disciplina científica. La divulgación de la ciencia se plantea hoy como una necesidad ligada a los procesos de democratización. En el proceso de comunicación la información circula por tres actores: el científico o especialista, el periodista y el público. Al científico le corresponde divulgar conocimientos veraces y contrastables; al periodista le compete informar con prudencia, evitando divulgar informaciones parciales; y el público, que es el receptor, merece un esfuerzo de los otros actores y del poder político por mejorar su nivel de cultura científica y sanitaria. Un primer nivel de análisis de estas cuestiones tiene que ver con el concepto de medicalización de la vida y la historia del cuerpo como subjetividad y construcción social, y la difusión que se lleva a cabo hacia los especialistas y desde estos hacia la comunidad. Un segundo nivel de análisis se relaciona con la difusión de aspectos de la medicina de interés para la comunidad y cómo se orienta el discurso de los médicos, adaptado para un público heterogéneo, no especializado, que debe ceñirse objetivamente a lo que cree la comunidad científica, evitando el deslizamiento hacia la opinión o la promoción personal. Hoy se asiste a una resurrección de la corporeidad, luego de una historiografía de olvido del cuerpo, ignorado este por los saberes académicos. Quizás ese olvido se ha debido a la herencia del jerarquizado dualismo cuerpo-alma, cuerpo-mente, en el pensamiento occidental. Pero la idea de cuerpo que aquí se toma es la de sede biológica de una identidad personal abierta, pluralizada y realizada en y con el otro, con la acción moral permitida dentro de los parámetros socioculturales. Este cuerpo tiene una estrecha conexión con el biopoder y con una economía política del deseo. Es la corporeidad como blanco de la biopolítica que mediante dispositivos de control organiza, gobierna, vigila y castiga los cuerpos de los hombres y los cuerpos sociales. En la fase teológica de la moral, primero fue la sangre de los combatientes y la sangre de la
nobleza como distintivo social, y luego el dispositivo de la sexualidad el que se ubica estratégicamente en la intersección entre el cuerpo individual y el cuerpo de la población, y se regula a los individuos y a la sociedad a través del sexo. En estas sociedades feudales, el cuerpo se visualizaba como prisión del alma. Las teocracias fueron regímenes políticos en los que la salvación del alma era uno de los objetivos principales. En la Modernidad asoma una somatocracia, una moral del cuerpo donde la salud es objeto de una lucha política que disciplina los cuerpos para lograr una fuerza militar y una fuerza laboral. Surge así el cuerpo del obrero. Sin embargo, la Modernidad como fase moral laica, con el dualismo cartesiano, fija su atención más en la razón que en el cuerpo. Hoy, con el crecimiento exponencial de la tecnociencia en una sociedad digitalizada e informatizada, el foco de biopoder se ha desplazado del sexo al código genético, impactando en la intersección entre cuerpo y especie. Por otra parte, en el posmodernismo, el cuerpo es modelado y disciplinado por la biotecnología hasta lograr un producto posorgánico. Esta resurrección de la corporeidad está ligada al mundo del espectáculo y del consumo y es difundida por los medios que impulsan un comercio de lo visible, un verdadero mercado de la mirada. Es la cultura del narcisismo. El mito de los cuerpos sanos elaborado por la medicina esconde a los esclavos de la imagen.
Difusión y medicalización. Medicalización significa que la medicina ha invadido campos que antes no eran considerados como propios. Tanto es así que ya no se conforma con los cuerpos enfermos sino que medicaliza cuerpos sanos. El giro filosófico para lograr este cambio es convertir a la infirmitas humana como categoría ontológica en una enfermedad como categoría nosológica. La investigación de cuño prometeico, en el sentido de adaptación a la naturaleza y mejoramiento del cuerpo, respetando los límites humanos y éticos, es remplazada por la investigación de cuño fáustico, donde el remodelamiento del cuerpo y de la vida suprime los límites del propio cuerpo mediante la tecnociencia, sorteando dilemas éticos, en un deslizamiento de la ciencia a la técnica en el cual ya no importa la verdad científica sino la utilidad del proyecto. Las investigaciones cotizan en la bolsa y surge la guerra de las patentes en la investigación biotecnológica. El libre flujo de información como paradigma científico queda socavado por un secreto industrial en el cual se ampara el científico, en la vertiente filosófica fáustica. Esto fomenta el fraude científico, la desconfianza en las ciencias y en los científicos y desnuda los conflictos de intereses entre las grandes compañías farmacéuticas, los científicos y los médicos. La prensa independiente es la que muestra
esta realidad a través de boletines independientes. Estas cuestiones logran una enorme difusión e impacto en las poblaciones y urden una compleja trama de admiración y temor frente a los nuevos avances tecnocientíficos. La opinión pública, marcada por la difusión de estos logros en los medios, como el desciframiento del código genético, la clonación, la prolongación de la vida, la resurrección de los cuerpos, estimulada por una andanada de imágenes, desea y teme al mismo tiempo. El deseo de un cuerpo bello sin dolor ni enfermedad, digitalizado, formateado sin el sudor del cuerpo moderno, es posible ya mediante la tecnociencia fáustica. La tecnociencia y la medicina los ofrecen, los medios difunden la oferta y las personas acceden a la demanda bajo presión mediática, se convierten en consumidores de salud y se distorsiona el derecho a la salud como plexo de derechos normativos. La fiebre consumista promovida por los medios de difusión, como imperativo, es un nuevo gnosticismo, en el cual las agresivas e inflamadas campañas de comunicación promovidas por los medios fomentan la fe y el deseo de verse bien a cualquier precio. Se logra así un ejército de consumidores y no de ciudadanos gestores de sus propios cuerpos. La medicalización indefinida parece haber encontrado límites debido a una serie de cuestiones que están tomando lugar, como un mayor nivel de reflexión social en el mundo occidental, con un incremento de la conciencia de riesgo tecnocientífico sumado a un incremento en los juicios de mala praxis.
El médico como agente de difusión. La divulgación es un hecho que se manifiesta de forma heterogénea y a través de múltiples medios. Pero es un hecho fundamentalmente discursivo. Hay un campo o asunto a comunicar y ciertas características que debe reunir el comunicador, como el prestigio profesional y social. El término episteme, que equivale a ciencia (vale decir conocimiento exacto), se opone a la doxa griega que significa “opinión cotidiana” no sometida a ninguna crítica sino aceptada como algo de sentido común. En algunas notas realizadas a prestigiosos médicos, sin embargo, se advierte un deslizamiento desde la objetividad científica hacia la subjetividad personal; esto es un resbalón desde el conocimiento exacto hacia la opinión. Cuando esto ocurre se vulneran principios, reglas y normas éticas que es preciso explicitar. Las promesas de curación explotan en la gente los deseos de curaciones milagrosas, mágico-místicas. Esta acción vulnera las buenas prácticas sustentadas desde lo que cree la comunidad científica, impactando en los principios de no maleficencia, ya que si el discurso de profesionales no se sustenta en la ciencia y en estadística, genera expectativas falsas de curación, engañando a la comunidad, con el peligro de que
los pacientes dejen de creer en los médicos y en los especialistas. La promesa de curación lesiona el principio de autonomía para el cual una información veraz debe suministrarse al paciente para que este libremente pueda elegir el mejor tratamiento para su padecimiento. La imagen de la especialidad distorsionada, así proyectada sobre la comunidad, desnaturaliza la relación médicopaciente, con el correspondiente peligro social que de ello se deriva. Colisiona en un nivel horizontal con la ética deontológica, es decir, de deberes entre colegas, de los cuales no se ocupa la bioética sino las instituciones médicas con códigos propios elaborados para la convivencia civilizada entre pares y las sanciones que corresponda aplicar cuando los códigos son violados. Los especialistas deben comunicar a un público amplio y no especializado información científica veraz. En una sociedad democrática y pluralista, los medios de comunicación son la principal fuente de divulgación sobre avances médicos y científicos; la comunidad está cada vez más interesada en estos temas y este interés encarna el derecho a la información de la comunidad. Los especialistas y los periodistas deben procurar que esta información llegue de una forma veraz y comprensible.
Referencias J. A. Mainetti. Antropobioética, La Plata, Editorial Quirón, 1995. - Michel Foucault. Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, Madrid, Siglo XXI, 1998. - Michel Foucault. Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales, Vol. III, Barcelona, Paidós, 1999.
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