Identidad personal
Gonzalo Serrano (Colombia), Universidad Nacional de Colombia
Identidad
Preliminar. El problema de la identidad personal es un caso concreto del concepto relacional identidad-
irrupción de la verdad en sus vidas; que esos casos conmovían a la comunidad y a sus sentimientos más hondos y arraigados, afectando además al orden de la familia, y se enmarcaban en la práctica de la condenable expropiación de niños; que no eran compatibles con la reconstrucción de la identidad y posición en la sociedad de los menores la postergación de sus vínculos familiares de sangre, el recuerdo de sus padres, y la integración cultural en los padres legítimos; y que debía considerarse el derecho de los padres y de los hermanos de los desaparecidos a ver continuada su descendencia. Se hizo asimismo una distinción entre ‘acción traumática’ y ‘acción reparadora’, considerando traumática a la pérdida de los padres, el despojo de la identidad y la exigencia de crecer con un secreto sobre sus orígenes; y como acción reparadora, el develamiento de la verdad. En el supuesto de la extracción de sangre (compulsiva o no en términos jurídicos) para la determinación de identidad genética, la Corte argumentó que no se observaba que la extracción de unos pocos centímetros cúbicos de sangre afectara derechos fundamentales como la vida, la integridad corporal o la salud, y que se trataba de una perturbación ínfima en comparación con los intereses superiores de resguardo de la libertad de los demás, la defensa de la sociedad y la persecución de los crímenes (en la actualidad se han puesto a punto métodos no invasivos para la determinación genética por pelos, análisis de cepillos de dientes, etc.). También se consideró como rechazable el argumento del ‘derecho a disponer del propio cuerpo’ (v. Derecho al cuerpo propio), ya que la negativa no se dirigía al respeto del mismo sino a obstruir una investigación criminal dirigida a alcanzar los valores más altos de la verdad y la justicia. Se consideró entonces que el mejor interés de los menores residía en la experiencia de reconstrucción de su identidad sin que con esto se excluyera el contacto con las familias de crianza de no mediar reparo de los menores u obstáculo judicial. Estos casos nos enfrentan al límite de la reflexión ética porque envuelven supuestos de perversión moral y de mal absoluto. Pero estos casos, que son parte de una casuística de América Latina, nos permiten, entre otras razones, sostener el universalismo de la razón moral en modo congruente con la afirmación de una bioética latinoamericana.
[J. C. T.]
diversidad que permite destacar respecto de cualquier cosa lo idéntico en lo diverso, o las posibles variaciones (diversificaciones) que una misma cosa pueda soportar sin perder su identidad. El
origen de estos conceptos se remonta a Aristóteles (Metafísica, Libro V, ix, 1017 b 27-1018 a 19) y constituyen un capítulo importante de la tradición metafísica. Aunque el realismo tradicional admite un sentido absoluto de la noción de identidad, en el problema que nos ocupa sólo tiene sentido hablar de identidad relativa, es decir, de identidad en lo diverso, o de diversidad respecto de lo mismo. Fue mérito de Hobbes (De corpore, XI, lo mismo y lo diverso) haber roto el compromiso que había en el problema de la identidad, entre otros, con la noción aristotélica de sustancia, en la medida en que, como heredero del nominalismo, deja de referirse al ente y se atiene sólo al nombre con el que se lo refiere o a la representación mental con que se lo piensa. Luego fue Locke (An Essay Concerning Human Understanding, II.xxvii, de la identidad y la diversidad) quien profundizó en el problema de la identidad de las personas dentro de una serie de otras cosas como son los cuerpos, las plantas y los animales, basado igualmente en el referente nominal tras haber reducido la tradicional sustancia a idea compleja o colección de ideas agrupadas bajo un solo nombre (II.xxiii).
Identidad numérica e identidad cualitativa. Antes de explicar el concepto compuesto de identidad personal, es conveniente prevenir la confusión entre dos nociones de identidad: la cuantitativa, que denota identidad de individuo, y la cualitativa, que denota identidad de predicados; dos gemelos, por ejemplo, pueden ser idénticos cualitativamente, pero siguen siendo dos individuos, por tanto, cuantitativamente diversos. Alguien numéricamente idéntico admite diversidad cualitativa, por ejemplo en dos etapas de su vida, juventud y vejez; o cuando decimos de alguien que ya no es la misma persona que era antes, estamos refiriéndonos a diferencias cualitativas, no numéricas. Aplicado a las personas, el problema de la identidad consiste en el establecimiento de criterios que permitan reconocer lo diverso en un mismo individuo humano y lo idéntico en sus diversas manifestaciones. Las personas cambian con el tiempo, se comportan de manera diversa según las circunstancias, juegan diversos roles frente a diversas personas; sin embargo, no dejan de ser ellas mismas en tal diversidad. Si extremamos estas circunstancias y condiciones, obtenemos situaciones cruciales, muchas veces ficticias, que permiten afinar los criterios de identidad. El primer recurso fallido para entender la identidad de las personas es suponer un sustrato invariable tanto en las cosas como en las personas; el problema se resolvería entonces mediante una petición de principio: somos idénticos porque hay algo idéntico (invariable) en cada uno de nosotros. Entonces la noción de identidad refiere más bien a relaciones de continuidad a través del
tiempo, que se pueden determinar de distintas maneras: como continuidad corporal o física, continuidad mental o psíquica y como una continuidad compleja que involucra y entreteje la continuidad corporal y la psíquica.
Tendencias. En la medida en que nuestra concepción de persona es coextensiva con la de naturaleza humana, es inevitable que la discusión sobre la identidad personal dependa de las maneras como se concibe al ser humano. En una concepción espiritualista de naturaleza humana, se privilegia el componente espiritual frente al corporal, hasta fincar la identidad de la persona y su sobrevivencia (incluso inmortalidad) en el primero. A esta concepción es igualmente inherente el dualismo de los dos componentes, concebidos como cuerpo y alma. Sin embargo, en la medida en que la noción de alma deja de ser filosóficamente interesante desde la filosofía moderna, este aspecto o componente de la naturaleza humana es concebido ahora en términos de mente o psique, dando cabida a las facultades cognitivas, volitivas y emotivas del ser humano sin compromisos con una sustancia espiritual supuestamente simple, incorruptible e inmortal. De esta última concepción de persona o naturaleza humana como ser psicofísico (o biopsíquico), se desprenden tres respuestas generales al problema de la identidad personal.
Identidad física (cuerpo o cerebro). Si se acepta el elemento físico o corporal inherente a la naturaleza humana es posible recurrir a él como índice de identidad o reconocimiento de la misma persona; pero no se puede creer que ‘el mismo cuerpo’ signifique ‘las mismas partículas’ que lo componen, pues es claro que un cuerpo vivo consta de flujo de partículas (incluida la posibilidad de trasplante de órganos y miembros) que no atentan contra su propia continuidad o permanencia en tanto cuerpo vivo. Lo que está en juego aquí es que los cuerpos y su configuración se conservan desde ciertos aspectos, por lo cual es viable recurrir a ellos como índice de reconocimiento e identidad. Sin embargo, encontramos dificultades al tomar lapsos más prolongados, en los cuales se hacen manifiestas diferencias que pueden no satisfacer el criterio de la identidad física o continuidad corporal; por ejemplo las diferencias entre el niño que fue y el adulto que ahora es una determinada persona. Esto nos muestra que el criterio corporal y de apariencia o configuración física, aunque buenos índices en ciertas circunstancias no son criterio suficiente de identidad de las personas. Dentro de la perspectiva corporal se puede afinar todavía más el criterio hasta establecer el cerebro como el órgano del cuerpo en cuya permanencia residiría la identidad de las personas. Pero la opción por el cerebro como órgano destacado con
miras a la identidad empieza ya a combinar otros criterios o perspectivas: se piensa que el cerebro no renueva sus células, a diferencia de los demás órganos, brindando así la condición de permanencia corporal exigida por el criterio físico en su forma más primaria. Además, con el cerebro se rompe la relación implicada en los trasplantes de miembros u órganos, en las que decimos que ‘me ha sido trasplantado el riñón, el corazón o la córnea’, mientras nos resistiríamos a decir que ‘me ha sido trasplantado el cerebro’ y más bien invertiríamos la relación diciendo que ‘he cambiado de cuerpo’. Sin embargo, lo que parece estar en juego ahora es algo no propiamente corporal, sino la vida mental cuya identidad o continuidad residiría en la permanencia de tal órgano junto con la invariabilidad de sus células. De esta manera, la perspectiva psicológica empieza a permear a la corporal, haciendo patente la insostenibilidad del criterio puramente físico, pues lo que estaríamos garantizando con ese núcleo corporal que es el cerebro sería la continuidad y unidad de la vida mental, es decir cierta conexión de los recuerdos, emociones, deseos, etc. Pero la identidad de la persona empieza ahora a ser supuesta en la vida mental y ya no en el cuerpo vivo. El criterio físico queda pues agotado y pasa ahora a ser abandonado en favor del criterio psicológico.
Identidad psicológica (mente, memoria). Abandonando también el precursor histórico del criterio psicológico (en especial por sus resonancias religiosas y teológicas), a saber, la sustancia inmaterial conocida como alma o espíritu, resta ahora examinar la tendencia que finca la identidad de las personas en aquello que hace a su vida mental única (individual), unitaria o continua en sus diversas manifestaciones. Locke estableció el criterio psicológico en franca contraposición al físico o corporal, a la vez que al sustancial o de permanencia, de una entidad espiritual. Locke sostenía que hasta donde alcance la propia conciencia –léase memoria– hasta allí llega la propia identidad, con independencia de si a ella corresponde un mismo cuerpo o una misma sustancia espiritual o alma: algo así como yo soy lo que recuerdo haber sido y respondo por lo que recuerdo haber hecho. Este criterio ha sido sofisticado en las últimas décadas en la medida en que se ha profundizado en el conocimiento de la psique humana y de su estructura temporal. No son sólo los recuerdos los que nos constituyen, sino también otras facetas de la vida mental que se conectan entre sí y que configuran una trama en la que se vinculan los deseos, las emociones, los pensamientos y demás expresiones de la vida mental en una sucesión temporal. De ahí que como criterio psicológico se requiera la continuidad brindada por la transitividad que permiten los nexos en
las diversas manifestaciones de la vida mental. Sin embargo, este criterio también ha encontrado sus límites al admitirse la posibilidad lógica de aislar las memorias respecto de su agente individual, de manera que quien recuerda no sea necesariamente el agente de los eventos recordados. La vida mental continua, criterio psicológico de identidad, no implicaría la identidad de la persona; dos personas podrían tener segmentos de recuerdos iguales, aunque solo una haya sido el verdadero agente de los eventos recordados.
Identidad compleja. Los límites de las posiciones unilaterales o reduccionistas de la identidad, tanto la física como la psicológica, conducen a una noción compleja que integre los dos elementos tradicionalmente opuestos o, incluso, ignore tal oposición como un prejuicio heredado. La identidad de las personas se nutre entonces de aspectos encontrados y tradicionalmente opuestos de la naturaleza humana, rezago de la tradición dualista. No basta pues la conciencia que interna o psicológicamente tenga cada uno de sí mismo, ni la sola satisfacción de los criterios externos con los que cumplimos en nuestra apariencia ante los demás. Más bien se requiere de tejido más complejo en el que intervienen ambos aspectos, incluso en el que la polaridad de tales aspectos tiende a desaparecer. Un concepto complejo de identidad pone en correlación elementos de conciencia interna de sí mismo con elementos observacionales externos por los que los demás pueden reconocernos; tal correlación indica que los elementos internos y externos no se pueden considerar por separado, pues la conciencia supuestamente interna que tengo de mí mismo viene retroalimentada, corregida o corroborada por el reconocimiento que encuentro en los demás, y viceversa. De esta manera, la diversidad de roles y relaciones con los congéneres termina por hacer parte del complejo que constituye la propia identidad.
Perspectiva narrativa. Contra la tradición que examina el problema de la identidad de las personas en términos de individuos, surge la noción de identidad narrativa como aquella que inserta toda consideración de la persona en un contexto brindado por la comunidad a la que pertenece (Taylor, MacIntyre, Ricoeur); por tanto la persona no se identifica a sí misma sólo por la conexión de sus aspectos mentales y la continuidad psicológica a lo largo del tiempo, sino también mediante el relato en el que involucra tradiciones y valores en los que está inserta, ya que se considera la persona como esencial y primariamente arraigada en su comunidad. En el concepto de identidad personal se expresan, por tanto, los conflictos de interpretación que provienen de la
confrontación entre liberalismo individualista y contextualismo comunitarista. En esta polémica vuelven a entremezclarse, aunque no necesariamente a confundir, los conceptos que al comienzo se creyó conveniente debían mantenerse separados: la identidad cualitativa y la cuantitativa o numérica. Pues no hay duda de que la narrativa acerca del individuo se asemeja en mucho a una descripción cualitativa, a una sucesión de predicados acerca de un individuo que suponemos plenamente identificado cuantitativamente, es decir numéricamente distinguible.
Referencias B. Garrett. Personal Identity, en Routledge Encyclopedia of Philosophy, Version 1.0, London, Routledge. - Th. Hobbes. De corpore [1655]; versión española de J. Rodríguez Feo, Tratado sobre el cuerpo, Madrid, Trotta, 2000. - J. Locke. An Essay Concerning Human Understanding [original 1690, 1694]; ed. P. Nidditch, Oxford, Clarendon Press, 1975 (versión española de E. O’Gorman, México, 1956, 1999). - Eric T. Olson. Personal Identity, en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Fall 2002 Edition. - Edward N. Zalta (ed.), URL= <http://plato.stanford. edu/archives/fall2002/entries/identity-personal/>. - D. Parfit. Personal Identity, en Philosophical Review 80 1971: 3-27. - D. Parfit. Reasons and Persons. Oxford, Oxford University Press 1984. - P. Ricoeur. Soi-même comme un autre, Paris, Seuil, 1990 (traducción española, Sí mismo como otro, Madrid, Siglo XXI, 1996). - S. Shoemaker. Persons and their Pasts, en American Philosophical Quarterly 7, 1970: 269-85. - Charles Taylor. Sources of the Self, Cambridge, Cambridge University Press, 1989 (trad. española, Fuentes del Yo, Barcelona, Paidós, 1996).
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