Globalización y progreso humano
María Josefina Regnasco (Argentina), Universidad Abierta Interamericana
Globalización
Origen y dinámica de la globalización. Las redes informáticas, los flujos económicos, las interconexiones entre personas y países configuran el panorama
en la que puede observarse cómo simultáneamente se produjo la introducción y consolidación de la bioética en América Latina, mientras en la región y en el mundo se desarrollaba la reformulación política, económica y social de una nueva globalización (v. Globalización y cambio religioso). La bioética latinoamericana emergió como cultivo de un pensamiento de origen y dominancia angloamericana, moderado por corrientes europeas, que crecía en un territorio con una larga historia de injusticias y violaciones a los derechos fundamentales de las personas. Durante la década de los noventa el proceso de incorporación de la bioética en América Latina tuvo dos características que hicieron que el grado de disputa entre distintos proyectos y concepciones no alcanzara un punto crítico. En primer lugar, la recepción se produjo después de veinte años de desarrollo de la bioética en Estados Unidos y en Europa, en una región que salvo aisladas excepciones no mostraba antecedentes académicos, normativos o institucionales en el campo; y por tanto con una permeable voracidad de toda producción externa en la materia sin que mediaran análisis críticos relevantes. En segundo lugar, la cooperación internacional con América Latina en materia de bioética, en sus diversas fuentes de origen y con sus diversos enfoques, no mostró acabadamente hasta promediados los años noventa un distanciamiento en algunos de esos proyectos y concepciones de la tácita o al menos no problematizada vinculación previa entre ética y derechos humanos, ni de la distinción entre racionalidad moral y racionalidad estratégica que de un modo u otro todos los bioeticistas admitían. Ese contexto de los noventa tuvo mucho de continuidad del orden moral internacional que se había tenido durante cincuenta años como consenso para el desarrollo científico y tecnológico en el campo de las ciencias de la vida y la salud. Consenso que en el orden moral presuponía –más allá de sus reiteradas negaciones fácticas– un equilibrado respeto de soberanía individual y comunitarias y de autodeterminación de las naciones. Ese consenso fue roto a finales de los noventa. Y a partir de entonces, la bioética en América Latina se enfrentó más que nunca a la construcción de una perspectiva regional.
[J. C. T.]
mundial que conocemos como globalización. No es posible entender este fenómeno sino como la última etapa de un proceso económico, social, político y cultural generado por la lógica expansiva del tecnocapitalismo, que hoy asume una dimensión transnacional. Desde sus orígenes, este
dinamismo desbordó los límites políticos y geográficos. El capitalismo de base mercantil se transformó en otro de base industrial y nacional, y actualmente informático y multinacional, en que la ocupación territorial importa menos que la sujeción a un orden mercadotécnico que genera enormes tensiones a escala planetaria. El origen de esta dinámica proviene del objetivo fundamental del capitalismo: la producción de más capital. Es decir, el capital debe generar ganancia. Una producción de objetos de uso dirigida solamente a su función utilitaria no podría considerarse la finalidad primordial del capitalismo. Su impulso está dirigido hacia el valor de cambio, por el cual los productos se convierten en mercancías. Esta categoría invade todos los aspectos de la vida: la salud, el conocimiento, la educación, el arte, la temporalidad. El valor de uso se convierte en vehículo del valor de cambio. Sin embargo, en el caso del capital financiero, el capital se reproduce y crece prescindiendo del valor de uso. De este modo, el dinero, mero símbolo del valor, se cosifica, convirtiéndose en el objeto mismo del intercambio. El capital financiero, que circula velozmente por los sistemas informáticos mediante una serie de complejas transacciones, representa actualmente el 90% del capital circulante. En los mercados de divisas se intercambian diariamente cerca de 2,5 billones de dólares, más que el PIB de Francia o de Inglaterra. Estos flujos financieros globales ya no pueden ser controlados por los Estados nacionales, pero no existen aún las instituciones internacionales capaces de regularlos.
La lógica expansiva y el rechazo de regulaciones éticas. Aunque el capitalismo tiende a maximizar las ganancias, el sistema de mercado y la competencia generan la disminución de la tasa de ganancia. Para imponerse a la competencia, la empresa capitalista buscará producir cada vez más mercaderías en menos tiempo y a un precio más bajo. Este proceso impulsa la automatización de la producción y, en su última etapa, la informatización. En la economía global, la productividad es función del saber tecnocientífico. Sin embargo, la ventaja competitiva que otorga a una empresa la introducción de automatización, robótica e informática, se desvanece cuando la innovación se generaliza. Las grandes ganancias se producen al incorporar nueva tecnología, y solo al iniciarse una nueva generación de mercancías, después de lo cual los precios bajan con rapidez. Esta tensión incesante impide al sistema estabilizarse. Por ello, el proceso de capitalización exige constantemente romper el equilibrio. La consecuencia es una guerra por el liderazgo que no puede detenerse, una lógica de la aceleración y de la expansión. Esta dinámica exige la generación de nuevas necesidades en la sociedad, en función del aumento de producción,
valorado como un fin en sí mismo. Surge así una nueva industria: la producción de demanda. El ritmo frenético de producción y consumo ha agotado los ecosistemas. La aceleración tecnoeconómica no es compatible con los ritmos naturales de renovación de las reservas y reciclaje de los residuos. Un sistema tecnoeconómico expansivo requiere enormes flujos de energía. Basta considerar que en el último siglo se utilizó la mitad de la energía consumida en los últimos 2.000 años. Desde el siglo XVII el liberalismo confiaba en que el mecanismo de la competencia era suficiente para equilibrar las fuerzas económicas que entran en juego. Se sostenía entonces que el sistema capitalista no necesitaría de ninguna regulación exterior, ni estatal ni ética: bastaba con dejar actuar libremente las fuerzas del mercado. Por consiguiente, la ética fue gradualmente suprimida de la economía. Sin embargo, este libre juego impulsa al capitalismo a transgredir sus propios postulados. En efecto, contrariamente a lo que pregonan sus ideólogos, los monopolios y oligopolios, la protección estatal, los subsidios, la elusión impositiva, no son distorsiones del mercado, sino sus formas clásicas y permanentes.
Concentración económica y externalización de gastos. Dentro de este sistema, la fórmula para lograr competitividad está asociada a grandes economías de escala que permitan enfrentar las incertidumbres del mercado. La fusión entre empresas conduce a la formación de enormes corporaciones transnacionales que a su vez presionan sobre la política en forma de poderosos lobbies. La política tiende a degradarse a una función del mercado. La concentración de capital es enorme: 350 empresas transnacionales hegemonizan la práctica económica actual. Este fenómeno desequilibra de tal modo las fuerzas económicas que entran en competencia, que resulta ingenuo hablar de libre mercado. En palabras de George Soros, en vez de conducirse como un péndulo regulador de equilibrio, el mercado actúa como una bola de demolición. El reflejo social de este fenómeno de concentración de poder económico se manifiesta en la llamada “sociedad dual”: centros de opulencia rodeados de suburbios de pobreza y marginación. Por otra parte, los economistas descontextualizan el proceso económico de la sociedad y de la naturaleza. Razonan y toman decisiones como si el proceso económico circulara meramente por los registros contables. Siguen ignorando que el equilibrio final de los presupuestos no se alcanza meramente entre el debe y el haber de la contabilidad, sino entre la empresa, la sociedad y la naturaleza. En efecto, no contabilizan como gastos el deterioro del medio ambiente, la destrucción de la biodiversidad, los costos sanitarios causados por la contaminación,
los gastos producidos por los desechos industriales y del consumo. Estos gastos no se registran en los libros contables. Pero no desaparecen: son externalizados al Estado y la sociedad. Como señala Al Gore, cuando una empresa forestal tala medio millón de hectáreas de bosque, el dinero obtenido por la venta de la madera se contabiliza como ganancia, pero el deterioro ambiental producido no figurará entre las variables contables. Esa misma tergiversación está presente en los cálculos del PNB de los países, de acuerdo con criterios fijados por la comunidad internacional, bajo la supervisión de la ONU, cada veinte años. Al Gore no duda en calificar de arrogancia intelectual, ceguera e irresponsabilidad la incapacidad de la teoría económica para incorporar en los costos la externalización de gastos. Como afirma Edgar Morin, “es la relación con lo no económico lo que le falta a la ciencia económica”. En este sentido, es necesario reformular el concepto de productividad considerando no solamente el ahorro de tiempo y capital, sino también los impactos en el medio ambiente y en la salud de la población.
Crisis de la idea de progreso de un modelo inviable y crisis de civilización. Esta enorme expansión, que hoy asume una dimensión global, es identificada con el progreso. Siguiendo a los pensadores del siglo XVII, aún se confía en que el crecimiento tecnoeconómico conducirá a un mayor bienestar social, una más perfecta democracia y a la resolución de todos los problemas. Sin embargo, a pesar de la magnitud de la ciencia y la tecnología, del poder de la industria y del aumento de la producción, los graves problemas que padece la humanidad: pobreza, marginación, violencia, deterioro ambiental, no han podido ser resueltos. A su vez el hombre, que aspiraba a una mayor autonomía y libertad, se siente arrastrado por fuerzas descomunales que no comprende. Siguiendo a Descartes, la humanidad creía firmemente que su destino era “convertirse en dueños y señores de la naturaleza”. Por el contrario, el hombre actual está a la deriva en un mundo en el que se vuelve cada vez más vulnerable. El deslumbramiento que ha causado este modelo no permite advertir las falacias de su generalización. Basta considerar que, con el 6% de la población mundial, Estados Unidos consume el 33% de la energía del planeta. Los siete países más industrializados poseen la cuarta parte de la población mundial, pero consumen alrededor del 70% de los recursos naturales, y producen el 75% de la contaminación mundial. Lo primero que observamos es la inviabilidad del modelo que se promueve. En efecto, el planeta no podría soportar la presión energética y ecológica de dos países que tuvieran las características de Estados Unidos. Los países ricos pueden mantener ese ritmo
desmesurado a condición de que las demás naciones mantengan en un índice muy bajo su nivel energético y de contaminación. El concepto de “desarrollo sustentable”, desde el cual se intenta débilmente establecer nuevos parámetros, no ha sido definido ni precisado para enmarcar desde él las políticas tecnoeconómicas. Tampoco bastan los discursos éticos, reducidos a una retórica vacía, si no se toma conciencia de que ya no se trata de conformarse con la introducción de meras regulaciones circunstanciales dentro del espacio tecnoeconómico, sino de cuestionar los principios del sistema y sus presupuestos operacionales. Como observa Edgar Morin, la noción de desarrollo, como se ha impuesto, obedece a la lógica de la máquina artificial y la expande sobre el planeta (Morin, 1993). Un concepto meramente cuantitativo de desarrollo lo reduce a índices de crecimiento industrial y curvas económicas. Para Morin, la noción de desarrollo ha entrado en crisis, lo que revela a su vez una crisis de civilización. Esto significa una crisis de sus conceptos fundamentales. Superar esta crisis, por consiguiente, implica un replanteo de los principios conceptuales que sostienen el modelo actual de globalización. La consideración del progreso humano requiere detenerse a analizar qué significan los términos progreso y humanidad.
Replanteo de los criterios de progreso humano, nueva antropología y pensamiento complejo. Un criterio meramente cuantitativo conduce a identificar progreso con crecimiento ilimitado. Pero, como hemos visto, este criterio no es viable. El concepto de progreso y desarrollo debe medir no solamente los parámetros tecnoeconómicos, sino también los índices de salud, educación, equidad y justicia. El ideal de progreso ilimitado debe ser remplazado por una conciencia de los límites, tanto de los recursos naturales como de las proyecciones tecnoeconómicas. Se trata de tomar conciencia de los límites de nuestra condición humana. El modelo de progreso heredado se apoya en un antropocentrismo que considera al hombre separado de la naturaleza y destinado a dominarla. La naturaleza, a su vez, ha sido reducida a una mera suma de recursos, y a parámetros cuantificables. Será necesario elaborar una nueva antropología que vuelva a situar al hombre como parte integrante del tejido de la vida. El concepto de racionalidad vigente ha producido éxitos enormes, pero al mismo tiempo ha conducido a una visión fragmentaria y lineal, que separa los saberes de su contexto en un proceso de hiperespecialización cada vez más acentuado. El problema reside en que esta visión unilateral no es inofensiva: tarde o temprano desemboca en acciones ciegas y arrastra consecuencias incontrolables (Morin, 1984). Es urgente superar este modelo por
una razón que abarque la complejidad, capaz de contextualizar los saberes y de advertir la interrelación de todos los sectores del universo (v. Bioética y complejidad). A su vez, el pensamiento complejo tendría que ser introducido en todos los niveles del proyecto educativo.
Recuperación del espacio político, reformulación de la ética y replanteo del concepto de salud. Para Aristóteles, la política es la culminación de la ética: involucra una concepción de la excelencia humana opuesta al mero ejercicio del poder como espacio de las ambiciones personales. La vocación de poder debe dejar lugar a la vocación de servicio. Esto lleva también a definir el concepto de democracia como un espacio de decisión a través de la reflexión, el diálogo y el consenso entre iguales. En una democracia no puede haber privilegios, ni lobbies, ni grupos de presión. Actualmente hay una grave confusión de la ética con las regulaciones meramente legales. Sus facultades se ejercen cuando los hechos consumados y los intereses en juego condicionan fuertemente su aplicación. Aunque es necesario establecer normas jurídicas que controlen la economía, la ciencia y la tecnología, los principios éticos deben situarse más allá de las meras regulaciones legales. A su vez, es necesario abrir un nuevo encuadre ético: a la ética de la intención y la ética de la responsabilidad debe agregarse la ética de la precaución, que nos pide prudencia con respecto a avances tecnológicos cuyos efectos a largo plazo son difíciles de evaluar. Una sociedad democrática, justa y equitativa, regida por sólidos principios éticos, es la condición para una vida saludable. En efecto, hoy la salud se concibe como una mercancía, como la consecuencia del consumo de fármacos, en vez de designar un estado de plenitud, de autonomía y de equilibrio con la sociedad y el ambiente. Frecuentemente, la medicina dirige toda su estrategia contra la enfermedad, sin prestar atención a sus causales sociales, económicas y culturales. A los médicos se les exige curar, en el nivel individual, los daños que un determinado tipo de civilización genera en comunidades enteras, ignorando que muchas veces la enfermedad es un emergente de problemas estructurales.
Hacia un nuevo marco civilizatorio desde América Latina. En resumen, superar la crisis actual implica cambios muy profundos, basados en un replanteo radical de nuestros conceptos de progreso, economía, política, hombre, racionalidad, naturaleza, educación, salud. Es necesario elaborar nuevos criterios desde donde analizar los problemas y abordar vías de solución. En especial, desde América Latina debemos recuperar la experiencia ancestral de los pueblos aborígenes, cuya sabiduría ha sido desestimada por las miradas eurocéntricas. Los
conceptos presentados no configuran un programa, ni pretenden agotar las perspectivas de análisis. Se refieren a las condiciones sobre las que debería trazarse un proyecto de progreso humano, en el contexto de una globalización que implique un nuevo marco civilizatorio, de una civilización no excluyente, y consciente del destino común de la humanidad.
Referencias George Soros. La crisis del capitalismo global, Buenos Aires, Sudamericana, 1999. - Al Gore. La tierra en juego, Barcelona, Emecé, 1993. - Edgar Morin, Anne Kern. Tierra patria, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.