Ética instrumental
Susana Barbosa (Argentina), Universidad Nacional del Sur
Bioética › Crítica latinoamericana
La bioética y la ética aplicada ocupan un lugar prominente en el discurso filosófico del Cono Sur de las últimas décadas. Paralelamente, la emergencia de sociedades, círculos y centros filobioéticos ha dado marco institucional al discurso predominante, marco a partir del cual le adviniera la necesaria legitimación. El giro ético que inaugurara el discurso de la racionalidad universal parece haber encontrado en el Cono Sur un alineamiento inmediato. La cuestión que inicia este aporte es la que pregunta, desde una historia crítica de las ideas filosófico-prácticas, por la urgencia de la ética en nuestro medio, allende el formato vigente en el discurso de las sociedades centrales. Y ello abre el planteo a una sospecha de instrumentalización que del discurso ético central se actualiza cotidiana y casi acríticamente en nuestras prácticas y saberes.
De los efectos de un discurso ajeno. En 1974 el Congreso de los Estados Unidos avala la creación de la National Commission for the Protection of Human Subjects of Biomedical and Behavioral Research con el objeto de identificar ciertos principios éticos básicos que debían regir toda investigación con seres humanos en las “ciencias del comportamiento” y en la biomedicina. Luego de cuatro años de trabajo, la Comisión divulgó los resultados en el Belmont Report, informe considerado piedra fundante de principios éticos mínimos: respeto por las personas, beneficencia y justicia. El surgimiento de la bioética se relaciona así estrechamente con la investigación científica. En los años ochenta, el horizonte democrático en Nuestramérica pareció constituir el contexto preciso para la configuración de un discurso ético y bioético propio que, alejado de la práctica histórica de malenquistarse en el discurso del otro, pudiera generar sus urgencias en voz alta. En los años noventa y en lo que va del siglo XXI, sin embargo, parece que la consolidación de ese discurso se ha detenido. Como puntualizaciones formales llama la atención que la jerga bioética contenga todavía hoy innumerables términos y expresiones traducidas y que siga traficando libremente conceptos filosóficos de marcada gravitación histórica que no pueden ser ignorados. En modo explícito y debido al carácter eminentemente interdisciplinario de la bioética y a su pretensión de oficiar de puente
entre las ciencias de la vida y los individuos, la terminología filosófica básica convive con la de otro tipo como la terminología médica, jurídica, biológica. En trabajos de autores argentinos y otros latinoamericanos, sean jueces, médicos, educadores o filósofos, suele atribuirse, por ejemplo, el concepto razón instrumental y el de responsabilidad a autores españoles de los años setenta del siglo XX, ignorando que Max Horkheimer, que influyera en concepciones crítico-filosóficas alternativas en nuestra región, acuña ambas nociones entre los años cuarenta y cincuenta. Sin pretensiones descalificatorias absolutas o miradas reduccionistas que recepten en clave ligera los discursos de filosofía en bioética, conviene llamar la atención sobre otro punto. Desde Aristóteles la ciencia es ciencia por la transmisibilidad de la teoría, y es su práctica la que se basa en la comunicabilidad de aquel corpus teórico. Las prácticas locales de algunos bioeticistas no alcanzan la condición de ciencia en sentido tradicional. Y ello por su característica específica que se da en el balanceo permanente entre una casuística indefinida y una seudoteoría que se reduce al comentario de los casos cuyo nivel alcanza el de un periodismo de divulgación científica. Si bien este nivel no es un demérito, tampoco ha de confundirse con la ciencia misma; corresponde a cierto orden de comunicación y publicidad de la ciencia. Asimismo, señalemos que, tal como apropiáramos el castellano para y por nuestros usos hablantes, existe cierta significación aceptada de los ismos, que alude irremisiblemente a un desborde o desmesura. En este sentido eticista, para nuestros usos comunicativos prebioéticos, sería quien utiliza en exceso su interés de conocimiento y no quien detenta las competencias para intervenir en el control de la vida, la práctica médica, el cuidado del medio ambiente o los derechos personalísimos de nuestro código civil. En la abundante bibliografía norteamericana y europea que se cita de acuerdo con las convenciones establecidas por las asociaciones médicas, biomédicas y bioéticas, en más del cincuenta por ciento se refiere a reglamentaciones, propuestas de leyes del Congreso o el Senado de Estados Unidos, reportes parciales o totales de investigaciones en curso, disposiciones provinciales o municipales. Esta batería de apoyo, que alcanza cierto perfil cientificista por las referencias documentales, en verdad pone de relieve el legalismo dominante en las prácticas de los filósofos prácticos de Estados Unidos, legalismo que no es otra cosa que la huida de la teoría. Sumado a lo anterior y en clave de patética paradoja, el mentado pragmatismo de la ética nueva muchas veces apenas roza el orden justificativo de la más crasa improvisación, que nada tiene que ver con la creatividad. Y ello debido a cierto prejuicio instalado en
los circuitos educativos nacionales argentinos que históricamente se enfrentara al pragmatismo originario por sus efectos y consecuencias. Preguntamos entonces, ¿cómo revertir esta ambivalencia instalada en nuestra estimativa que hoy nos compulsa al apego de lo que otrora denostáramos? Recordemos que hasta hace poco menos de una década, a excepción de los graduados en disciplinas relacionadas con la educación, en ningún grado del sistema educativo formal se incorporaban conocimientos relativos al primer pragmatismo norteamericano. El hecho de que hoy, y a partir de Rorty, se eche mano de James, parece un contrasentido, pero es apenas un vacío “contenidista” que revela el vínculo estrecho de la educación con la política.
Derechos Humanos y valores trascendentales. La ponderación de los problemas bioéticos en la agenda del debate público en la región, especialmente en relación con los Derechos Humanos, ha mostrado un manifiesto desequilibrio hacia dos o tres valores postergando el resto. Así, el espacio ocupado por el problema del consentimiento informado en las publicaciones pertinentes aventaja a los de reproducción humana responsable, protección y sostenimiento vital, identidad personal, familiar o comunitaria, integridad y vulnerabilidad individual y social, y disponibilidad de la salud pública. Pero si se tienen presentes los derechos fundamentales y su entrecruzamiento con los valores trascendentales, así como el derecho al consentimiento informado corresponde a cierta expectabilidad del valor libertad, el derecho a alcanzar un proyecto de vida ligado a una identidad sexual y de género corresponde al valor identidad. Parece, en suma, que los derechos puestos en agenda para el debate no responden a urgencias específicas de la comunidad, sino a requerimientos de las políticas sociales que aparecen o desaparecen según los programas electoralistas. Así, el problema de la donación de órganos es calificado como importante y puesto en primer plano por la adenda del discurso político, produciendo con ello el ocultamiento de la urgencia de debate de temas como el respeto del sostenimiento vital (derecho correspondiente al valor vida) y el de identidad personal (valor identidad), derechos ambos arrasados con la creciente exclusión social que culmina en la nuda aniquilación individual y personal.
Éticas por mandato, cultural studies y altruismo sustitutivo de la justicia. En la última década proliferaron las aproximaciones teóricas a los cultural studies, proliferación que respondía menos a una urgencia local o regional que a un mandato exterior. El término cultura fuera del límite de la antropología tuvo un recorrido desgraciado en las ciencias sociales y en las humanidades. En las
sociales adquirió el tinte difuso de lo que no quiere incluirse por ser sospechado de vulgar; en las humanidades pudo rescatarse en el último tiempo, pero siempre con un adjetivo capaz de determinar su extensión indefinida, como cultura política, cultura científica, cultura humanista. En estas disciplinas, cultura también se asociaba con algo similar a lo que en décadas anteriores circulara como ideología. La ética, de la investigación, de la ciudadanía y la política, cuidó el seguimiento obediente de los intelectuales y profesores locales del nuevo formato que ahora aceptaba la cultura. Los cultural studies se relacionan con las políticas de la diferencia y de la identidad instrumentadas por la inteligentzia estadounidense y europea, lugares donde se volvieron urgentes para justificar y legitimar las teorías del capitalismo tardío y de la globalización. Los cultural studies tienen ahora su secuela francoimperial en los estudios de la diversité culturelle a partir de los procesos de mundialización. Si global es un término de la matemática –René Thom–, mundial es un viejo término remozado que porta una doble remisión: a la vuelta del sujeto y al continente caché. ¿Por qué a la vuelta del sujeto? Porque es el sujeto el que tiene un mundo –tal como en filosofía lo mostrara por primera vez Schopenhauer y al que siguieran Husserl, Stein, Schudz–. ¿Por qué mundial remite también al continente caché? Porque es el espíritu europeo, desasosegado ahora nuevamente, el que necesita acceder al continente que ocultara en 1492. Los autodenominados estudios poscoloniales aspiran a colocarse más allá y por encima de la divisoria dominadores-dominados y en ello reside, según pretenden, su novedad. Estos estudios, ubicados ahora en Estados desestatalizados, en sociedades postradicionales y con culturas en diversidad, inauguran la llegada a una alteridad asistible. No es la compasión ni la caridad lo que las mueve, tampoco la promoción de la justicia, sino el altruismo y la filantropía. Es un nuevo humanismo, el mundial, que se coloca en el polo opuesto del capitalismo globalizante para integrar lo diverso.
Desinstrumentalizar la ética. El discurso académico y político europeo padece el viejo temor de la desoccidentalización, y a partir de ello instaló (París, 12/09/2001) el inédito derecho de la defensa preventiva ante el terrorismo internacional. Además de retrotraer las relaciones internacionales a un punto anterior al Estado nacional y de atentar contra el sistema democrático, reinstala el tema de la seguridad nacional que tan gravemente afectara al Cono Sur en los años setenta. Debido a que Nuestramérica tampoco es Occidente para la vieja Europa, que ahora parece plagiar las prácticas intervencionistas imperiales de Estados Unidos, es compulsiva nuestra premura para consolidar un discurso filosófico práctico propio que
no se desentienda de la justicia en primer término, que atienda a la configuración de lo público y los bienes de la vida buena, que estime la moral del sentimiento. Esta moral, tanto como las éticas materiales, no encuentra un lugar de respeto ni seguidores en cantidad en el discurso bioético profesional, pues en el momento de la argumentación escapan a los principios de fundamentación. Paradójicamente, ello puede constituir no un déficit, sino un gesto por el que los sentimientos morales, los fines últimos y los valores materiales se aparten de todo procedimentalismo ético, de toda ética instrumental. Porque, ¿desde qué teoría ha de justificarse la salud como un derecho humano básico? La desinstrumentalización de la ética genera una perspectiva capaz de separar los intereses efectivos de los individuos de aquellos politizados. Su competencia es saber que el tema de la ablación de órganos y los motivos por los que las personas se muestran renuentes a la donación de partes de su cuerpo genera controversia, y es un motivo politizado por la dirigencia gubernamental. La competencia de la ética desinstrumentalizada no permite que los intereses de la biomedicina se pongan por encima del acceso a la salud de los individuos y sabe que el avance de la tecnociencia interesa en un contexto de desarrollo tecnológico que no es el que corresponde a nuestra realidad. Su mirada también depura la jerga discursiva bioética de los filósofos prácticos y no vicia nuestra lengua con expresiones como ciencias del comportamiento, porque sabe que una cosa es la conducta y otra el obrar. Impide, en una palabra, el uso irreflexivo de los términos o su aplicación mecanicista.
La bioética en Nuestramérica. En primer lugar, no todo es opaco en el panorama presentado. La bioética, la ética filosófica, la ética aplicada y otras disciplinas afines lograron una secularidad que no había sido alcanzada antes por la teoría filosófica y pusieron en primer plano la urgencia de la interdisciplinariedad. Sin un diálogo entre las canteras epistémicas de los diversificados intereses del conocimiento, difícilmente la ciencia y la filosofía hubieran alcanzado la plasticidad que detentan en nuestros días. En segundo lugar, parece ser la plasticidad generada por el diálogo anterior la que puede reorientarse en función de nuestras propias necesidades. El tema del consentimiento informado abarca a una pequeña élite que accede a los beneficios de la salud. Porque si no reconocemos hoy que más del cincuenta por ciento de los humanos que habitan Nuestramérica no alcanza niveles propiamente humanos de alimentación, salud y educación, habremos de reconocer entonces que hemos encontrado en el discurso de la filosofía práctica una redituable bolsa de trabajo no menos que una estimable cantera de publicación
permanente. En tercer lugar, el vacío instalado por el discurso legalista de algunos bioeticistas puede ser rellenado con la apelación a las éticas materiales que parecen hoy obsoletas. Aquellas éticas arriesgaron la postulación de valores y su jerarquización, aunque tuvieron dos limitaciones, pensaron en valores y jerarquías fijos y limitaron sus propuestas a modelos típico-ideales. La fijeza de sus valores se correspondía con los supuestos antropológicos de entonces y la idealidad de sus nociones con la hegemonía del proyecto del idealismo alemán. El discurso filosófico-práctico del siglo XXI en Nuestramérica puede compensar los defectos de aquel proyecto, de cara a la asunción de un proyecto propio, anclado en las urgencias regionales, capaz de asegurar derechos personales a todos y cuya orientación se guíe por valores trascendentales como vida, identidad, integridad, libertad, salud y bienestar, capaz, en fin, de diseñar ideales para regir nuestras prácticas democrático-civiles, científicas y profesionales.
Referencias Max Horkheimer, Eclipse of Reason, 1942. - Juan Carlos Tealdi, Introducción a una bioética de los Derechos Humanos. Historia de la moral y crítica de la apariencia ética (en edición).
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