Crisis de seguridad alimentaria
Patricia Aguirre (Argentina), Ministerio de Salud de la Nación
Hambre y desnutrición
El hambre como crisis de civilización. En las sociedades actuales, en Argentina, en Latinoamérica y en el mundo, la alimentación está en crisis, lo que resulta paradójico porque justamente ahora –a partir de 1985– en el mundo se producen alimentos suficientes para alimentar a todos los habitantes con una cantidad y variedad que los nutricionistas juzgan adecuada. Precisamente porque hay alimentos suficientes, quedan al desnudo la profundidad de la crisis y el hecho de que es un problema de la sociedad humana, no del clima, ni del suelo, ni del destino. El problema del hambre es una creación social de la forma en que las sociedades humanas deciden la distribución de sus bienes y sus símbolos y de la legitimación de quienes pueden gozar de ellos y de quienes no, en un mundo de recursos suficientes. Es una crisis tan total que algunos autores la ubican como una “crisis de civilización”, porque ocurre en todos los ámbitos: en el de la producción como crisis de sustentabilidad; en el de la distribución como crisis de acceso; en el del consumo como crisis de comensalidad.
La esfera valorativa de la crisis de sustentabilidad y acceso. Tal vez en Latinoamérica la crisis de sustentabilidad se visualice mejor que en otros lugares del mundo –que cuidan su medio ambiente exportando las industrias sucias fuera de sus territorios–. Pero la producción agroalimentaria actual, muy dependiente del petróleo –no por el combustible que mueve los tractores, sino por las largas cadenas de hidrocarburos que componen los agroquímicos–, se ha comportado como una industria depredadora. La extensión de la frontera agraria amenaza la biodiversidad; bosques y humedales son incorporados a la explotación sin medir las consecuencias en el equilibrio general. Sin embargo, no ha sido por la extensión de las fronteras, sino por el aumento de la productividad, que se llegó a la disponibilidad plena. Esa productividad está basada en los agroquímicos que emporcan los acuíferos, eliminan la diversidad y homogeneizan y fragilizan los entornos naturales, poniendo en duda su continuidad futura. Hoy los inputs energéticos de nuestros alimentos son tantos como lo que se logra producir, pero el petróleo es un recurso no renovable. Urge cambiar hacia una agricultura respetuosa y sustentable. Pero el problema no solo está en la tierra. La depredación de los mares ha hecho colapsar caladeros (bacalao del mar del Norte, merluza hubsi en el mar argentino), ha llevado a la cría descuidada (camarón en India), y a contaminar las costas. Hoy hay producción suficiente para sostener la disponibilidad plena, pero con esta manera de producir no hay garantías que se mantenga mañana. En los países de Latinoamérica se pone la población ante una falsa antinomia: producción depredadora o pobreza. Sin duda es lícito que los países busquen autonomía alimentaria; producir sí, pero no a cualquier costo. Estamos frente a un problema valorativo, no a un problema técnico. Las concepciones antiguas situaban al ser humano como rey de la creación y permitían su abuso de la naturaleza (cuando por la tecnología que tenía poco podía hacer para dañarla); ahora se prolongan y legitiman el abuso y el descuido del medio ambiente, pero con tecnología pesada. La crisis de acceso es quizás la más evidente ya que el 30% de las personas se quedan con el 80% de los recursos alimentarios en Latinoamérica y debemos soportar la vergüenza de millones de desnutridos con disponibilidad excedentaria. Volvemos a situar la crisis en la esfera valorativa, del derecho a la alimentación y la legitimación de la apropiación diferencial de unas clases, de un género y unas edades sobre otras.
El problema silencioso de la comensalidad. La tercera problemática es aún más silenciosa: en el consumo se da una crisis de comensalidad, de compartir el alimento. Desde el omnivorismo que hizo
al evento alimentario complementario y colectivo, hemos comido con otros, y todas las culturas humanas recubrieron de relaciones especiales el acto alimentario. Y a los saberes acerca del buen comer lo llamaron gastronomía. Saberes acerca de la combinatoria de los sabores, de las preparaciones y los platos que –como reglas– organizan el evento alimentario dándole sentido a cientos de pequeñas acciones mitificadas que organizan espacio, tiempo, géneros y edades en formas conocidas y esperables. Estas reglas de combinatoria, estos sistemas culturales –por tanto arbitrarios– de clasificación que los humanos imponemos a lo comestible transformándolo en comida, se han comparado con una gramática; por eso se habla del lenguaje culinario. En las sociedades urbanasindustriales-posmodernas este lenguaje de lo culinario, este comer con otros también está en crisis y crece el picoteo solitario, donde el otro cultural desaparece (real e imaginariamente) constituyéndose un comensal sin reglas, comiendo solo cuando tiene hambre (y puede pagarlo), picoteando frente a la heladera o el kiosco, sin normas ni combinatoria, sin el otro cultural. Se pasa de la gastronomía a la gastro-anomia, no porque no haya reglas, sino porque hay demasiadas. Médicos, cocineros, publicistas, ecónomas, nutricionistas, profesores de gimnasia y la abuelita (como representante del patrimonio gastronómico) nos dicen permanentemente qué comer. Tantas normas, tantos valores reconocidos (la salud, el gusto, la belleza, la economía hogareña, el cuidado del cuerpo, la tradición) terminan por confundir al sujeto actual, que las sigue todas sin seguir ninguna: alternándolas. Y así las normas se dejan al arbitrio del único que siempre es la continuidad normativa: el mercado. Un mercado que en este tiempo ha destruido la diferencia entre la producción de mercancías y de alimentos (véase si no los no alimentos, antinutrientes o comida chatarra) que deben ser buenos para vender antes que buenos para comer. Este comensal solitario, pero masivizado por los medios manejados por un mercado de alimentos, come sin reglas o con normas enajenadas acerca de su alimentación, no porque no las tiene sino porque tiene demasiadas. Nuevamente estamos frente a un problema valorativo.
Crisis de seguridad alimentaria y derecho a la alimentación. He aquí por qué se habla de crisis de civilización. Pero me permito dudar no de la crisis, sino del presupuesto apocalíptico de que sea una crisis de civilización. Preferiría situarla como crisis de seguridad alimentaria, del derecho de todas las personas a una alimentación nutricional y culturalmente adecuada. Vista desde el derecho, podemos analizar la crisis como eminentemente humana y como social, no dependiente del clima, ni del suelo, ni del destino, sino de la manera
como los humanos elegimos organizar nuestras relaciones (entre nosotros mismos y con muestro medio). Y si es una crisis del derecho a la alimentación, entonces se sitúa por completo en la esfera de los valores que legitiman este abuso depredador del medio ambiente, que provoca la crisis de sustentabilidad. Legitiman el acceso restringido provocando la crisis de equidad y legitiman la desestructuración de la gramática culinaria convocando al comensal solitario masivo. Si esto es así, debemos señalar que es un problema complejo, y los problemas complejos no tienen soluciones simples. No debemos buscar soluciones mágicas (se llame producir soja, entregar cajas, formar comedores o instar a la solidaridad) y abordar la ímproba tarea de revertir una crisis estructural, que además compartimos en estos tiempos con gran parte del planeta, lo cual no nos exculpa, sino que hace la solución más compleja. Además hay que remarcar un tema: sociedades como las latinoamericanas, donde cerca de la mitad de la población no tiene acceso a las condiciones básicas para desarrollar su vida, son sociedades que han colapsado. Porque una crisis que afecta tanta población es un problema que afecta a toda la población, no solo a quienes la padecen. Por eso debemos situar la problemática alimentaria dentro de la problemática de la pobreza y la exclusión, las cuales requieren soluciones globales, porque será imposible solucionarlas de a partes, por sectores. Una solución que alcance a todos (y en esto estamos incluyendo a los pobres y a los no pobres, a los que tienen hambre y a los saciados) debe pasar por la sociedad como un todo. Si la crisis es estructural, la solución también debe serlo: o alcanza a todos o no hay tal solución.
Los valores en una respuesta estructural. Es muy importante y sin duda vital para la urgencia y para la cobertura (aunque no suficiente) implementar políticas activas desde el Estado. Pero tampoco basta con apelar a la solidaridad. Frente a una cuestión estructural, necesitamos una solución estructural porque está en juego el cimiento mismo de la sociedad. Por eso es importante hablar de los valores que llevaron a esta crisis y de los que necesitamos para revertirla. Valores como parte del horizonte de sentido que se da una sociedad para justificar su existencia y para que sus miembros sientan que vale la pena vivir y tener hijos en ella. La posición valorativa de los años noventa respondió por un lado a la profundización del modelo de acumulación económica aperturista (que en realidad se impone a la región desde mediados de los años setenta) en una sociedad disciplinada por la experiencia horrorosa de la hiperinflación. Pero por otro lado se exaltaron valores que entronizaron la salvación individual (aunque el otro perezca), la hipocresía del lujo extremo frente a la
pobreza extrema y, lo peor, la des-responsabilización del destino colectivo, ya que cada uno debía vivir para sí siendo solo reponsable de su propia riqueza o pobreza. En este marco, el rol del Estado como árbitro estaba cuestionado (nadie discute que ciertos mecanismos del Estado de bienestar habían entrado en crisis), pero en los valores noventistas el Estado debía ser llevado por la mano invisible del mercado a su mínima expresión. También la sociedad, en los valores del neoliberalismo económico, debía ser llevada a su mínima expresión, y vivimos la demencia de oír que era el consumo lo que nos volvía ciudadanos. En sociedades urbanas donde el ingreso depende del salario y la destrucción del aparato productivo genera desempleo, sin ingresos no hay manera de comer (ni de vivir). Sabemos que la exclusión se resuelve con trabajo, que en el pasado ha sido la herramienta de la inclusión social más efectiva y digna, pero también sabemos que recuperar la capacidad de trabajo para millones de desocupados lleva años y que no podemos esperar. No podemos perder de vista que estamos conviviendo con generaciones que son hijas del desempleo, e hijas de los comedores. Generaciones que han crecido sin conocer la capacidad incluyente y socializadora del trabajo, sin la capacidad incluyente y socializadora de la comensalidad familiar. Porque los valores desintegradores que vivimos en la década de los noventa se reflejan en las formas de comer –de los que tienen y de los que no tienen, aunque por distintos elementos–. Retrocede la mesa familiar y avanza la comida desestructurada, el picoteo donde se rompe la gramática y aparece el individuo solo, comiendo sin reglas, sin compartir real y simbólicamente su alimento. ¿Cómo revertir esta situación?: en principio reconociendo la crisis alimentaria como parte de la exclusión social y como tal un problema social no de los pobres, sino de toda la sociedad. El politólogo inglés Ralph Dahrendorf escribió: “Si hay un 5% de excluidos es un escándalo moral para los no excluidos”. Asocia exclusión con dignidad y piensa que la dignidad es la base de la comunidad humana.
La alimentación como derecho humano. El concepto de seguridad alimentaria como derecho permite situar la alimentación dentro de la estructura de derechos de la sociedad y recoge un concepto muy caro a la antropología alimentaria: en la alimentación se refleja la estructura social. Podemos ver nuestro futuro analizando nuestra alimentación, porque lo que hagamos con la crisis alimentaria lo haremos con nuestra sociedad. La Declaración de Derechos Humanos de 1948 habla de la dignidad antes que de los derechos, porque la ciudadanía se compone no sólo de derechos civiles, sino también de derechos políticos, sociales y culturales. No deberíamos hablar solo de cumplir las
obligaciones, sino de asumir los deberes (imperativo ético para el cual el Estado no tiene ninguna medida, ni coercitiva ni punitiva) que tienen que ver con el compromiso, pero también con el pragmatismo y con el deseo de supervivencia como comunidad. El Estado puede estimular y arbitrar los intereses sectoriales, pero es necesario que se comprenda que la problemática de la exclusión social vuelve al resto de los problemas y sus eventuales soluciones: temporales y relativas. El Estado ha de convocar a un pacto solidario de inclusión social acordando que hay una prioridad común y precedente a todos los intereses, que hay un compromiso que asumir y una cuestión que resolver con urgencia. Pero el Estado también debe resolver esta problemática en forma continua y más allá de las administraciones, porque a esos jóvenes hay que llegar con nuevas herramientas, con planes de formación para reinsertarse en un mundo que les es completamente ajeno. Una sociedad no puede vivir, crear, trabajar, educarse o desarrollarse en medio de semejante escándalo moral.
Referencias Patricia Aguirre. Ricos flacos y gordos pobres: la alimentación en crisis, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2004. - Patricia Aguirre. Antropología de la alimentación, en Amado A. Millán Fuertes (comp.), Arbitrario cultural. Racionalidad e irracionalidad del comportamiento comensal. Homenaje a Igor de Garine, Alifara Estudios, 2005. - Patricia Aguirre. Estrategias de consumo: ¿Qué comen los argentinos que comen?, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, 2006.
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