Bioética y complejidad
Pedro Luis Sotolongo (Cuba), Instituto de Filosofía de La Habana
Bioética › Crítica latinoamericana
Contextualización del emerger de la práctica y de la reflexión bioéticas desde dentro del saber y de las realidades de la vida cotidiana contemporánea. La bioética emerge en el último tercio del recién finalizado siglo XX, como concientización colectiva de la interacción entre las acciones sociales y los valores culturales de las personas y la dinámica de los sistemas biológicos en evolución; así, va constituyendo una praxis y una reflexión acerca de esa praxis en torno de los problemas de la vida humana, animal y vegetal, de su calidad, de su sentido, de su sustentabilidad, de los valores que subyacen a su aprehensión y comprensión. Es pues un ámbito aún joven que va erigiendo un tipo nuevo de pensamiento y un tipo nuevo de praxis éticos que se vienen haciendo necesarios para lidiar con problemas y desafíos éticos nuevos concernientes a la existencia de los seres vivos individuales y a la sustentabilidad de sus especies en evolución; todo generado por una época también nueva: nuestra contemporaneidad. ¿Cuál es ese
nuevo tipo de problemas que ha condicionado su emerger? Es aquel que, dimanante de esa vida cotidiana contemporánea, es resultante de un cada vez mayor nexo entre el ámbito de lo real (la vida y su evolución) y el impacto sobre lo real de los ámbitos de lo simbólico (el conocimiento y la comprensión de la vida y los valores éticos que le subyacen) y de lo imaginario (la plasmación de la invención e innovación tecnológicas concernientes a la vida) y que alteran sustancialmente esa vida y sus formas. Algunos ejemplos de tales problemas son el denominado problema ambiental, en realidad una consecuencia del modelo cultural de entorno construido por la racionalidad de la modernidad occidental; el problema del cambio climático global del ecosistema planetario, originado por los excesos del aludido modelo cultural de entorno; el de la producción de alimentos transgénicos; el de la clonación humana y no humana; el de la manipulación génica en general; el de las nuevas posibilidades y opciones atañentes al inicio, el transcurso y el final de la vida; muchos de ellos como resultado del desarrollo y asimilación de las biotecnologías que usufructúan a su vez los avances de la microbiología y de la genética, entre otras. Tales problemas han ido plasmando una cada vez más extendida concientización de los límites de nuestra existencia como especie y de los riesgos de nuestra intervención intencional en procesos hasta ahora privativos del azar natural y han traído consigo dilemas éticos que antes no existían y que invaden los ámbitos de lo político, de lo sociológico, de lo ecológico y ambiental. Ello ha propiciado la convergencia entre la praxis y la reflexión bioéticas y las del ambientalismo holista. A su vez, dichas circunstancias también propician e impelen a construir y sostener visiones evolutivas, procesuales y dinámicas del mundo que nos rodea, de nuestro conocimiento del mismo y de la responsabilidad para con el devenir futuro de ese mundo por parte del que lo indaga e interviene en sus procesos. Esta última circunstancia ha venido condicionando la convergencia entre la praxis y la reflexión bioéticas y las del pensamiento de la complejidad.
La contribución de la bioética a la construcción colectiva en marcha de un nuevo ideal de racionalidad, alternativo al imperante desde la modernidad. Las circunstancias contemporáneas aludidas de una imbricación cada vez más significativa entre el ámbito de lo real y los de lo simbólico y lo imaginario, que han dado origen, entre otras cosas, a la praxis y reflexión bioéticas, son, al mismo tiempo, la resultante de que el proceso de nuestra evolución como especie humana, preponderantemente centrada ahora en nuestra evolución cultural, está alcanzando nuevos estadios que van cada vez más “cerrando el bucle” retroactivo entre los niveles somáticos, neurológicos y socioculturales. Dicho proceso va
plasmando interacciones y retroacciones de segundo orden: naturaleza (incluyendo nuestro soma y el de otros organismos vivos) –sociedad–cultura. Las herramientas construidas por la racionalidad de la modernidad: analíticas, lineales y organizadas disyuntivamente en disciplinas del saber no poseen suficiente capacidad heurística para la aprehensión y comprensión de semejantes procesos de segundo orden que se ven necesitados de una racionalidad alternativa a aquella, que elabore otras herramientas cognitivas y comprensivas de mayor fuerza heurística con ayuda de las cuales construir una nueva imagen o cuadro del mundo, un nuevo estilo de pensamiento, guiado por valores y normas diferentes. Tal proceso ya está en marcha y aunque epocalmente hablando es aún incipiente, su importancia requeriría que lo distingamos y acompañemos conscientemente. La praxis y la reflexión de la bioética, sobre todo las que no la reducen a su dimensión biomédica, por supuesto legítima, pero parcial, están ya haciendo sus aportes (junto a los aportes convergentes del ambientalismo holista y del pensamiento de la complejidad) a la construcción de esa nueva racionalidad alternativa. La bioética aporta a ella un pensamiento holista, dirigido a la comprensión de las totalidades involucradas en sus situaciones problémicas y no a su desmembración analítica en partes independientes; un pensamiento no-lineal, atento a que cambios pequeños en las condiciones bioéticas reinantes puedan suscitar grandes consecuencias, y un pensamiento transdisciplinar, que se nutre de nociones provenientes de muy diversas disciplinas y campos interdisciplinarios y multidisciplinarios, y que, sin sustituir a ninguno de tales ámbitos, los trasciende, permitiendo construir un saber bioético transdisciplinar que propicia el aprehender y comprender nuevos rasgos –antes disciplinadamente invisibilizados– en los fenómenos bioéticos indagados. Tales aportes, contrastantes con el pathos analítico, lineal y disciplinar de la racionalidad de la modernidad y más adecuados para la aprehensión y comprensión de los aludidos procesos contemporáneos de segundo orden, pretenden contribuir a trascender el giro y carácter instrumental que la racionalidad de la modernidad adquirió cada vez más a partir del industrialismo en el siglo XIX y que ha cobrado un “segundo aire” con la actual globalización y sus estrategias de poder económico, sociológico y político de carácter y orientación neoliberales. Lo que está en juego en dicho empeño por construir colectivamente una racionalidad bioética, ambiental y compleja no es poco; por el contrario, involucra eludir los peligros –ya cada vez más evidentes– de una catástrofe ética, ambiental y ecológica, a la que a todas luces parece encaminarse la humanidad en este primer decenio del
nuevo siglo XXI; permitiendo la supervivencia de nuestra especie y del resto de las especies animales y vegetales, así como el emerger de una nueva calidad de vida y una aprehensión y comprensión de esa vida y su sentido que engarcen con políticas que se dirijan a propiciar el bien colectivo y no el de minorías empoderadas y privilegiadas nacionales e internacionales, generando un orden mundial más justo y equitativo que el desorden mundial globalizado neoliberalmente imperante en la actualidad, con una mucho más justa distribución de las riquezas ya existentes y/o alcanzables con los medios de que dispone ya la humanidad. La praxis y la reflexión de una bioética global y profunda constituyen un importante –insoslayable– componente de dichos esfuerzos colectivos, al preguntarse: ¿Cuál futuro es el que se avizora ahora como el más inminente para la humanidad y para las manifestaciones de la vida en general? ¿Es el que deseamos? Si no lo es, ¿cuáles otras opciones parecen posibles? ¿Qué “puentes” –y cómo– podemos construir hacia las mismas? Esa actitud de responsabilidad por el futuro de la humanidad, por la sustentabilidad de la especie humana, por las consecuencias de nuestras acciones (y de lo que dejamos de hacer) para las nuevas generaciones, por la urgencia, en función de todo lo anterior, de una convergencia y fructificación mutua de los saberes naturales y sociales, de valores y conocimientos, es la actitud concomitante con una bioética que merezca el nombre.
La articulación de la práctica y la reflexión bioéticas con el pensamiento de la complejidad y con las estrategias de indagación de fenómenos complejos. La articulación de la práctica y la reflexión bioéticas con las del pensamiento de la complejidad –dentro de esa construcción colectiva en marcha de un nuevo ideal de racionalidad– no es casual, ni proviene de los caprichos de “bioeticistas” y “complexólogos”. Por el contrario, proviene de las condiciones sociales contemporáneas que han hecho posible el emerger de ambas direcciones de pensamiento y praxis. Es decir, proviene de sus condiciones mismas de posibilidad: de la trama cada vez más articulada, religada y abarcadora, es decir, compleja (según la etimología de complexus, o sea, que abarca, y de complectere, es decir, trenzar, enlazar el principio y el final, en latín) de las interacciones locales de los seres humanos en el ámbito de su vida cotidiana, la preponderancia que ha adquirido la dimensión ética de su aprehensión del mundo que les rodea y los procesos más globales de co-evolución de la naturaleza y de nuestras sociedades contemporáneas. Nunca como ahora han devenido tan estrechamente trenzadas y abarcadoras –complejas– las articulaciones entre los derechos, los deberes, las expectativas y las realidades (convergentes y divergentes con tales
derechos, deberes y expectativas) vinculadas al disfrute de una vida individual con dignidad, es decir, con salud, techo, abrigo, alimento, educación, recreación, amor y solidaridad humana, por una parte, con los valores que guían y subyacen al conocimiento humano y, por otra parte, con las exigencias ecológicas y las políticas necesarias para la sustentabilidad colectiva de nuestra especie humana en este planeta. Es de esa índole cada vez más profunda y extensamente religada –epocalmente hablando– de nuestras realidades concernientes a la vida individual y a la existencia colectiva de la especie (de la cada vez más evidente articulación y cierre de bucles de segundo orden entre lo local y lo global de los fenómenos vivientes), de donde se suscita la necesidad de la articulación entre las estrategias de abordaje de las problemáticas bioéticas y las estrategias de indagación de los fenómenos complejos (y su comunidad de pensamientos holísticos, no lineales y transdisciplinares). Y al mismo tiempo, la que permite comprender –sin falsos sectarismos y/o rivalidades– por qué y cómo la bioética desborda con creces los problemas, de suyo importantes, y necesitados de estudio y solución adecuadas y en ocasiones urgentes, de la bioética clínica, de la ética médica o de una ética aplicada a la disponibilidad y utilización de las nuevas tecnologías bio-médicas y/o ingeniero-genéticas; así como por qué desborda la problemática de la protección de los derechos de los pacientes. Y es dicha índole la que sustenta el reclamo por el desarrollo de una bioética global o profunda, como componente del nuevo ideal de racionalidad en construcción.
El común estatuto epistemológico de la bioética y del pensamiento de la complejidad. Además de esa comunidad dimanante de sus condiciones contemporáneas de posibilidad, la bioética y el pensamiento de la complejidad comparten su común estatuto epistemológico. En otras palabras, marchan por el mismo camino para la obtención de sus “cuotas“ de saber. Dicha circunstancia las hace trascender los dos caminos tradicionales de la epistemología de la modernidad para la obtención de “cuotas” de saber, situándose más allá de las dos vertientes epistemológicas características del pensamiento de esa modernidad: la del objetivismo gnoseologizante de que han hecho gala los diferentes positivismos, el estructuralismo y los materialismos vulgares; pero también la del subjetivismo fenomenologizante puesto en juego por los diferentes existencialismos, el interaccionismo simbólico, la etnometodología y los idealismos de diferente inspiración. Por el contrario, la bioética y el pensamiento de la complejidad, para lograr sus “cuotas” de saber bioético y complejo, marchan por el camino de la contextualización situacional de las problemáticas bioéticas y/o complejas que indagan y
de la comprensión de sus sentidos cognitivos, valorativos y praxiológicos. Es decir, tributan a una epistemología de índole hermenéutica. Por tal camino, reivindican la reflexividad del conocimiento, que ha sido puesta en evidencia por la llamada nueva epistemología o epistemología de segundo orden, que es, precisamente, de inspiración hermenéutica. Tal reflexividad nos hace comprender que cuando intentamos obtener “cuotas” de saber bioético y/o complejo, la actividad indagadora del sujeto es inseparable del objeto de su indagación, es decir, de la situación bióética y/o compleja que se afana por comprender en su contexto situacional y en sus múltiples sentidos. Ya no basta, pues, con saber el resultado explícito –el qué– obtenido en una u otra indagación. La reflexividad de todo indagar exige que contextualizemos el mismo; en otras palabras, que tengamos en cuenta el quién indaga, por qué indaga, para qué indaga, cómo indaga, desde dónde indaga y cuándo es que indaga. Es de todos esos indexicales de la indagación de dónde dimanan sus sentidos cognitivos, valorativos y praxiológicos.
La fecundidad del diálogo transdiciplinar entre los saberes y quehaceres de la bioética y del pensamiento de la complejidad. De esa su comunidad de condiciones contemporáneas de posibilidad, que propicia su articulación práctica, y de ese su estatuto epistemológico compartido, que condiciona su fructífera articulación cognitiva, dimana, entre otras circunstancias, la fecundidad del diálogo de saberes bioético y del pensamiento de la complejidad. Pero semejante diálogo de saberes no debe ser entendido como reducido al intercambio, por válido que sea, de “cuotas” de saber teórico y/o empírico provenientes de ambas tradiciones. Implica, además, el reconocimiento y el respeto no solo a la diferencia complementaria de dichas “cuotas” de saber, sino también hacia la multiplicidad y diversidad de saberes provenientes de otros ámbitos de la ciencia. Y, más aún, el reconocimiento y respeto por los saberes dimanantes de diferentes tradiciones culturales y civilizatorias, de todas las cuales pueden y deben nutrirse los saberes y las prácticas bioéticas y del enfoque de la complejidad. Semejantes reconocimiento, respeto y mutua fecundación de esa multiplicidad y diversidad científica, cultural y civilizatoria –incluyendo las culturas y civilizaciones preteridas por el cientificismo y desarrollismo de la modernidad– constituyen el verdadero sentido del aludido diálogo transdisciplinar de saberes bioético y/o complejo.
La necesidad de la proyección de los saberes y prácticas bioéticas y las del pensamiento de la complejidad hacia la solución atenta y comprometida de los problemas éticos de la vida y el vivir contemporáneos. La práctica y la reflexión bioéticas y las
del pensamiento de la complejidad, al dimanar de las realidades de nuestra contemporaneidad, no pueden concebirse, entonces, ajenas y desligadas de las contradicciones sociales del recién terminado siglo XX que las engendró. Más aún que tales contradicciones están vigentes en este comienzo del siglo XXI por no haber sido resueltas, por persistentes y vinculadas a las prácticas dominantes en las tomas de decisiones atañentes a la vida y a las estrategias de su apropiación por parte de círculos sociales empoderados que pretenden hacer pasar sus intereses y objetivos sociales particulares como si fuesen los intereses y objetivos generales de la humanidad. De este modo, la complejidad de las problemáticas bioéticas no solo se desplaza del terreno epistemológico de la vieja epistemología de-primer-orden hacia la de segundo orden, sino que se hace cargo de las articulaciones poder bioético-saber bioético, imbricadas con las prácticas, con los imaginarios y con los discursos bioéticos de apropiación, producción y transformación de la vida y de sus formas; prácticas, imaginarios y discursos que pueden estar guiados por los principios de –y orientados hacia– ya bien la sustentabilidad de la vida o ya bien su depredación. Por lo mismo, lo bioético no constituye un mero saber ascético, sino una articulación de conocimientos, valores y estrategias en un campo antagónico (contradictorio) de intereses sociales en conflicto, de identidades sociales y culturales diferenciadas, de relaciones sociales de alteridad. O sea, un campo social conflictual atañente al desarrollo sustentable de la vida en todas sus manifestaciones, vegetal, animal y humana. Este campo tiene un fuerte e indefectible asidero en esas contradictorias –por injustas– realidades del mundo en que nos ha tocado vivir; y son estas contradictorias realidades las que otorgan su sentido situacional y contextual más legítimo a las prácticas bioéticas. Así, pueden distinguirse, grosso modo, dos sentidos diferenciales –y diferenciables– de lo bioético: una bioética-del-consenso-social, no articulada con la política, que tributa objetivamente a favor de una conciliación de intereses dentro del statu quo social vigente, obviando contradicciones sociales insalvables Cuando se trata de intereses sociales conciliables, acierta; cuando se topa –más temprano que tarde– con intereses sociales irreconciliables (de explotación, de marginación, de exclusión social de unos por otros, como los imperantes en muchos lugares, incluida nuestra región latinoamericana y caribeña) yerra y no puede no errar; y una bioéticade-las-contradicciones-sociales, articulada con la política y orientada a revelar las contradicciones de intereses y fines bioéticamente relevantes dentro de esas realidades sociales contemporáneas de las cuales ha emergido, en particular en
nuestro ámbito las atañentes a nuestra región latinoamericana y caribeña, para afrontar dichas contradicciones en aras de objetivos de justicia y equidad sociales.
Referencias Pedro Sotolongo, “El tema de la complejidad en el contexto de la bioética”, Estatuto Epistemológico de la Bioética, México, Unesco, 2005, pp. 95-123. - Pedro Sotolongo, Ideas para una filosofía fenomenológica. Primer Libro: Introducción general a la fenomenología pura (Ideen zu einer reinen Phänomenologie und phänomenologisches Philosophie. Erstes Buch: Allgemeine Einführung in die reine Phänomenologie); en la nueva edición de Kart Schuhmann, Husserliana III, I, La Haya, M. Nijhoff, 1976. - Pedro Sotolongo, Para una fenomenologia de la intersubjetividad, (Zu einer Phänomenologie der Intersubjektivität,) editado por Iso Kern, Husserliana XIII, XIV y XV, La Haya, M. Nijhoff, 1973.
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