Asistencia humanitaria en América Latina
Carlos E. Zaballa (Argentina), Iniciativa Cascos Blancos
Justicia y derechos humanos › Sistema de Derechos Humanos
Definición. Denomínase asistencia humanitaria la que se brinda a los pueblos que han sufrido una emergencia o desastre, sea originada por la naturaleza o por la acción del hombre (antrópica). Se extiende desde la crisis misma, durante el alivio, la rehabilitación y la reconstrucción, hasta instalar los cimientos de la cooperación al desarrollo que le sigue, en un proceso que se pretende en “continuum”. Se incluye en esta temática fenómenos de la naturaleza (terremotos, inundaciones, etcétera), la lucha contra el hambre y la pobreza extrema, y la atención a las víctimas de los conflictos bélicos (refugiados, desplazados). Una de las características de la asistencia humanitaria, a diferencia de la cooperación entre países en desarrollo, es que se presta a todo aquel que lo necesita: puede ocurrir que un país en desarrollo acuda en asistencia a uno desarrollado, si es así requerido.
Principios. En los contextos global y regional, es unánime la aceptación de los principios de la asistencia humanitaria, a saber: 1. Solicitud o consenso
del país afectado por la crisis. Entendemos por “solicitud” el requerimiento efectuado por el gobierno del país en necesidad o por el organismo internacional encargado de realizar el appeal, mientras que el “consenso” opera ante una oferta concreta de parte de otro país, organismo multilateral u organización no gubernamental, a la que el afectado responde admitiéndola. Resulta de la mayor importancia para respetar “la no intromisión en los asuntos internos de los Estados”, problemática que en oportunidades ha merecido advertencias y que sin duda afectó el nombre de organizaciones de asistencia humanitaria, que se habrían visto filtradas por organismos de inteligencia, con fines ocultos que resultaban distintos a los de la actividad humanitaria para la que esa organización había sido convocada. 2. Imparcialidad. Principio activo por el cual la asistencia humanitaria debe prestarse a todos por igual: no importa su sector social o político, su vinculación con el gobierno de turno del país afectado e incluso las características personales, tanto de etnias, de color de piel, religiosas, culturales o educativas. 3. Neutralidad. Aunque vinculado al anterior, en este caso se denomina principio negativo por cuanto actúa por omisión: no se entromete en las problemáticas internas de los países afectados, del mismo modo que no participa en las discusiones locales sobre el régimen político, sobre temáticas socioeconómicas y culturales locales, o sobre cómo se lleva a cabo la asistencia. Sabido es que todo desastre implica a su vez un desastre político: es utilizado por partidarios y opositores, en la mayoría de los casos, para propósitos distintos de la asistencia humanitaria en sí. El prestador de dicha asistencia debe mostrarse neutral en esa discusión. 4. Respeto de la soberanía, la integridad territorial y nacional del país afectado. En oportunidades se ha temido que la asistencia humanitaria termine siendo el instrumento cuya utilización pretende en los hechos resolver cuestiones bilaterales cuya discusión debe discurrir por otros ámbitos. 5. Prioridad del Estado afectado en la coordinación de la asistencia. Cuando un Estado tiene su gobierno con facultades vigentes, debe respetarse que sea quien tenga a su cargo la coordinación de la asistencia, y fije las prioridades en tal sentido. Eventualmente ese gobierno podrá delegar la operatividad de la asistencia humanitaria a algún organismo multilateral especializado, pero en modo alguno el donante debería asumir por decisión unilateral esta función. Más allá de la lógica afectación que sufre la autoridad local ante el desastre, debe colaborarse para que los canales decisorios recuperen su potestad, pero en modo alguno buscar su remplazo o cooptación. Como se ha podido apreciar, la vinculación mutua entre los principios de la asistencia humanitaria es constante y busca la armonía para
evitar que factores ajenos a la crisis misma puedan interferir o ser aprovechados indebidamente en situación tan especial. Analizados así, pueden resultar estos principios como de aceptación inmediata y sin puntos de discusión sobre ellos.
Críticas. Severas críticas se expresan en los foros internacionales por cuanto, al momento de poner en acto estos principios, difiere su comprensión según sea desde el punto de vista del país recipiendario o desde el del donante. Estos sostienen que en general los países afectados no saben qué solicitar, que los ingentes fondos derivados para la atención de las crisis no son destinados debidamente por los recipiendarios, que la coordinación y fijación de prioridades es deficiente, que no llegan a los reales beneficiarios y que no solucionan las problemáticas por lo que las recidivas de crisis son constantes. Justifican así lo que denominan “fatiga del donante”. Los recipiendarios expresan su disconformidad ante una ayuda que aducen mayoritariamente “atada” a los designios del donante, que las imposiciones limitan el consenso y, en general, no responden a las particularidades y necesidades locales, que no hay respeto para las prioridades, aunque sean establecidas por autoridades locales reconocidas, que privilegian la atención de los propios intereses de los países donantes (sus empresas, sus ciudadanos en el lugar de la crisis), que se promete mucho más de lo que realmente se aporta, que la ejecución directa del donante o de los organismos multilaterales no es eficaz.
La Iniciativa Cascos Blancos. Estas posiciones han llevado a los países desarrollados a reformular la asistencia humanitaria, incluso mostrándose críticos de los organismos internacionales, mientras que los países en desarrollo fueron buscando sus propias herramientas de asistencia humanitaria. Es el caso de la Iniciativa Cascos Blancos (ICB), presentada por Argentina a la comunidad internacional y reconocida por la Organización de las Naciones Unidas (AGNU Res. 49/139B, año 1994) y por la Organización de los Estados Americanos (AGOEA/RES.1351-XXV-O, año 1995). Cascos Blancos aportó a la asistencia humanitaria la posibilidad de participación de los países en desarrollo, puesto el acento en el voluntariado civil como herramienta, y la conformación de equipos preseleccionados y entrenados. Esta novedad la practican actualmente incluso la Oficina para la Coordinación de la Asistencia Humanitaria (OCHA) y la Oficina de la Unión Europea para la Cooperación (ECHO). Pasados diez años de la ICB, el sistema multilateral continúa respaldándola, aunque con ciertas reticencias: las limitaciones presupuestarias de los países en desarrollo podrían convertirla en una “ayuda de pobres para pobres”, como estigma de pobre eficiencia,
efectividad y eficacia. Sin embargo, el fuerte empeño de los países en desarrollo en el respaldo a esta herramienta, su actuación exitosa en situaciones altamente comprometidas, como en los Territorios Palestinos, en la crisis de Kosovo o Líbano, en los terremotos en la India o en Colombia, en los deslaves en Venezuela o El Salvador, en los huracanes que afectaron Centroamérica y el Caribe (en particular el Mitch), inundaciones en Mozambique, desminado humanitario en Angola o Nicaragua, en las zonas más pobres de Paraguay, Bolivia, Panamá o la propia Argentina, e incluso en la asistencia posterior al desastre de Katrina en Estados Unidos de América, ha motivado a donantes no solo a copatrocinar las resoluciones favorables que respaldaban los informes elogiosos del propio Secretario General de la ONU, sino también a contribuir a las ventanillas especiales Cascos Blancos tanto en Voluntarios de Naciones Unidas como en la OEA, a lo que se deben adicionar particularmente los aportes del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID) y, en poco tiempo más, del Banco Centroamericano para la Inversión y la Exportación (BCIE). En el último periodo, Cascos Blancos ha focalizado su actuación en la región americana, aunque sin descuidar el resto de las regiones, incluida la respuesta al tsunami que afectó Asia. Pero la notoria prioridad otorgada por Europa a los requerimientos africanos y la atención puesta por Estados Unidos a la cuestión de Medio Oriente, sin duda lleva a que América Latina y el Caribe necesiten comportarse autosuficientemente ante las emergencias. Por ello, con el respaldo de la OEA y del BID, se ha podido constituir en el ámbito regional americano una red de Puntos Focales ICB que está reforzando su instalación, su capacitación y su crecimiento para asegurar su consolidación y eficacia. El desarrollo del voluntariado juvenil, la permanente capacitación de los voluntarios inscritos en sus bases de datos para alcanzar mejor los objetivos, el reconocimiento de la vinculación entre el mayor daño del desastre natural y la extrema pobreza, la valorización y el respaldo a la vocación solidaria surgida de las recurrentes crisis socio-económico-políticas en la región, la necesidad de articular y optimizar el trabajo entre gobierno y sociedad civil, la constitución de una red ágil que permita realmente coordinar los esfuerzos para volver más efectiva y eficaz la asistencia humanitaria son algunos de los desafíos que la Iniciativa Cascos Blancos se ha dispuesto a enfrentar. Esta iniciativa –que es de carácter gubernamental– no busca superponer ni desplazar los organismos o áreas de trabajo ya establecidas, ni la reconocida tarea de las organizaciones no gubernamentales (ONG), sino que prioriza la correcta articulación y coordinación, buscando las fortalezas de cada uno de los
actores y el reconocimiento de las mejores prácticas en la temática, enriqueciendo de este modo el vasto campo de la asistencia humanitaria.
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