SANGRE
(haima)
Las expresiones «sangre de Cristo» (Rom 5,9; 1 Cor 10,16), «sangre del Señor» (1 Cor 11,27), «su sangre» (Rom 3,25; Ef 1,7; Col 1,14), «mi sangre» (1 Cor 11,25), «sangre de la cruz» (Col 1,20), remiten todas ellas a la muerte de Jesús. La sangre está cargada de un sentido simbólico que viene del Antiguo Testamento. Allí la sangre es portadora de vida, y en los sacrificios se le ofrece a Dios del que procede toda vida. Jesús, nuevo cordero pascual, por el don de su sangre, acto purificador y protector, impide la muerte y da la vida. En la última cena, Jesús ofrece una copa a los discípulos y pronuncia una palabra que nos refiere Pablo en 1 Cor 11,25: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre derramada por vosotros. La sangre marca aquí la conclusión de la alianza como en Éx 24,8.
De este modo, la sangre de Cristo es casi equivalente a la muerte de Cristo. Dios salva gratuitamente a todos por su bondad en virtud de la redención de Cristo Jesús, a quien Dios ha destinado efectivamente para que sirviera de expiación por su sangre, por medio de la fe (Rom 3,25). Ahora hemos sido justificados por su sangre (Rom 5,9). La sangre de Cristo obtiene nuestra liberación.
La tradición paulina evoca la liberación por sangre de Cristo: En él, por su sangre, hemos sido liberados (Ef 1,7). La adquisición de esta liberación vale ahora para los paganos: Ahora, en cambio, por Cristo Jesús y gracias a su sangre, los que antes estabais lejos, os habéis acercado (Ef 2,13). Así todos comprenden que la sangre de Cristo es capaz de transformar la situación de la humanidad. Esta reconciliación se llevó a cabo por medio de la cruz, por la muerte de Cristo en su cuerpo carnal. De ahí la expresión de Col 1,20: Estableció la paz por la sangre de la cruz.
M. C.
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