PALABRA
(íogos, rhéma)
Se alternan en Pablo dos palabras griegas: logos y rhéma (más rara: cf. Rom 10,8-9; Ef 6,17), sin modificación evidente de sentido. Estos términos conservan las diversas aptitudes que tenían en el griego corriente (Rom 14,12; 2 Cor 13,1, por ejemplo). Para Pablo, la proclamación y la acogida de la Palabra de Dios es el camino real que atraviesa sus cartas. Este camino es paralelo al del «evangelio», aunque el término «palabra» resulta en él más englobante.
La palabra vive. Es anunciada hasta los extremos del mundo, resuena, es recibida, escuchada; habita en la comunidad, circula por ella y da fruto; va creciendo; edifica, enseña, combate, penetra. Es fuente de fe y de vida. Se la llama «palabra de Dios», «palabra de Cristo», «palabra de (la) verdad», «palabra de fe», «palabra de reconciliación». Es proclamada por el apóstol que pide intercesión para hacerlo con fidelidad (Col 4,3; Ef 6,19), y por los creyentes que la han recibido (Flp 1,14); el Espíritu da su carisma (1 Cor 12,8).
He aquí algunos puntos de encuentro o de convergencia, que van jalonando este camino:
1. Palabra y acto. En la medida en que Pablo hereda estas nociones del Antiguo Testamento, no hay oposición entre palabra y acontecimiento: en hebreo, la palabra dabar asocia estas dos cosas. No obstante, surge la distinción entre la palabra que no compromete a nada y la obediencia eficaz (1 Cor 4,19.20). En 1 Tes 1,5, Pablo recuerda que el evangelio anunciado no consiste solamente en palabra, sino también en poder y en Espíritu Santo. En Col 3,17 o en 2 Tes 2,17 se conjugan el decir y el obrar.
2. Palabra de Dios y palabra humana. A través de los acentos de Pablo, los tesalonicenses han discernido una palabra que viene de Dios mismo. Pero el discernimiento entre palabra de Dios y palabra humana no es tan fácil de realizar. La Primera Carta a los Corintios se abre con esta crisis. Pablo traza un violento contraste entre «la palabra de sabiduría» (la elocuencia filosófica o religiosa) y «la palabra de la cruz» (1 Cor 1,17ss; 2,13ss).
3. Palabra y Escritura. En este caso se borra la oposición. La Escritura alimenta a la palabra y la palabra resucita a la Escritura. La palabra escrita se cumple, dice 1 Cor 15,54. Así, la «Palabra de Dios» en el Antiguo Testamento no ha fallado: encuentra su consumación en la predicación (Rom 9,6.9.28); se cumple tanto en su dimensión universal como en su penetración en lo más profundo de cada uno (Rom 10,8.17s); y encuentra su plenitud de sentido en la palabra de amor (Gal 5,14; Rom 13,9).
4. En los límites de la palabra. Pablo no opone la palabra al Espíritu, el lenguaje humano a la revelación divina. En este sentido, no es un «místico»; las religiones de los misterios reservan la revelación a unas experiencias inefables e intransmisibles fuera de los iniciados. Pero Pablo dirige el evangelio a todos.
Sin embargo, pronto se divisan sus fronteras. Así, 1 Cor 13 evoca la lengua de los hombres, la lengua de los ángeles y acaba luego con los balbuceos de nuestro conocimiento actual. En Rom 8,26 habla de los gemidos inenarrables del Espíritu que ora en nosotros. Según 2 Cor 12,4, durante un éxtasis, el apóstol oyó palabras imposibles de repetir. Finalmente, entre los dones del Espíritu existe esa especie de explosión del lenguaje que se llama «hablar en lenguas», ininteligible sin una interpretación inspirada. Pablo acoge este carisma, pero, resistiendo a su hechizo, se guarda mucho de convertirlo en la piedra de toque de la recepción del Espíritu: cinco palabras comprensibles valen más que diez mil en lenguas (cf. 1 Cor 14,19).
M. B.
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