ISRAEL
Es casi exclusivamente en las grandes epístolas (1-2 Cor, Gal, Rom) donde Pablo habla de Israel. A pesar de que designa a un pueblo identificable históricamente, el uso paulino de este término conserva siempre una tonalidad teológica esencial.
Según esta tonalidad, «Israel» en cuanto realidad observable no es más que el lugar en el cual o a partir del cual se constituye, por gracia, el cumplimiento de una promesa; este cumplimiento, tanto en el tiempo de la ley como en el de la fe, no deja de atravesar una «crisis»: hay una diferencia entre lo que pasa realmente y lo que se niega a este paso.
A Israel según la carne (1 Cor 10,18), objeto de una primera elección por parte de Dios, Pablo no opone un Israel según el Espíritu; porque, antes de la venida de Cristo (Gal 3,23-25), entre los que son de Israel, Dios suscitó hijos de la promesa, que son Israel (Rom 9,69) según la elección (Rom 11,5). Luego, en Cristo, a los de Israel que son hijos de la promesa se unen los que él ha llamado de entre las naciones (Rom 9,24). Así pues, ningún Israel según el espíritu ha sustituido a Israel según la carne. Se ha reunido un único Israel de Dios, ya que Dios suscita a Abrahán hijos según la promesa. Esta reunión no puede identificarse con la Iglesia, ya que es objeto de un proceso crítico siempre en curso.
En Gal 6,16, el Israel de Dios no remite ni al judeo-cristianismo ni a un «nuevo Israel», la Iglesia, que sustituya a un Israel según la carne ya caducado; sino que remite a los hijos de la promesa, que son Israel mientras que viven de la bendición prometida a Abrahán (Gal 3,7-14), tanto si vienen de Israel según la carne como si proceden de las naciones. Inspirándonos en un texto eclesiológico del Vaticano II, podríamos decir que el Israel de Dios «subsiste» en la Iglesia, pero que ésta no «es» ese Israel, que no cesa de acontecer.
M. G.
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