ALIANZA
(diathéké)
En el contexto bíblico, la alianza designa una iniciativa del Señor que se compromete como compañero de su pueblo para arrancarlo de una condición alienada y, una vez liberado, conducirlo hasta el objetivo de todas las promesas: una participación plena en su amor.
En Pablo no hay un empleo general de «alianza»; este término interviene en algunos momentos neurálgicos, cuando Pablo describe la articulación dolorosa entre el pacto establecido en otros tiempos con Israel y su ampliación actual a las naciones. Con la adopción, la ley, el culto, los padres. Cristo, etc. -otros tantos beneficios otorgados por el aliado divino-, las «alianzas» se ven como el privilegio de Israel (Rom 9,4) o, al revés, como aquello de lo que las naciones estaban privadas antes de la llegada de Cristo (Ef 2,12). Si hay dualidad entre Israel y las naciones, esa dualidad no conduce a la derrota de uno de los dos. En Rom 11,27, Pablo, citando a Isaías 59,20s, anuncia que la alianza de gracia es tanto para Israel como para las naciones.
La mayor parte de las veces, la antítesis opone una antigua y una nueva alianza, aunque sin llegar a poner nunca en contradicción un Antiguo y un Nuevo Testamento. La dialéctica poderosa y sutil de Pablo consiste, efectivamente, en mostrar que la tensión existe ya en el seno de la Escritura. Hay dos percepciones de la alianza figuradas por la promesa, por un lado, y por la ley, por otro (tomada en el sentido peyorativo de «legalismo»). En eso radica el meollo dramático de la Carta a los Gálatas. La alianza de gracia, sellada en Cristo, participa del empuje inicial: la promesa hecha a Abrahán; ésta tiene la misma validez que un testamento, y la ley que surgió en tiempos del éxodo no puede abrogarla. Pablo establece una atrevida alegoría comparando estas dos formas con las dos mujeres de Abrahán: la esclava, identificada con la Jerusalén actual, da a luz esclavos destinados al yugo de la ley; Sara, la mujer libre, identificada con la Jerusalén «de arriba» engendra hijos para la libertad (Gal 4,22-31).
Este contraste se repite en 2 Cor 3 en donde se oponen la alianza nueva, la del Espíritu Santo, y la antigua, la de la «letra»; ésta está grabada en la piedra, aquélla se inscribe en el corazón (cf. Jr 31,31-34). Moisés y el apóstol son figuras emblemáticas y sus ministerios resultan ser en el primer caso una condenación y en el segundo una justicia/justificación; uno es pasajero, el otro definitivo; uno está cubierto por un velo, el otro es el encargado del desvelamiento revelador.
En 1 Cor 11,25, Pablo narra la institución de la Cena y recoge las palabras de Jesús sobre la sangre, precisando, como lo hace también Lucas, que esa sangre es la de la alianza nueva (Mc y Mt sólo hablan de alianza; compárese con Éx 24,3-8).
M. B.
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