Vissia de Fermo, Santa
Virgen y Mártir, 12 de abril
Vissia de Fermo, Santa
Virgen y Mártir
Martirologio Romano: En Fermo, en el Piceno, Italia, santa Visia, virgen y mártir. (? c.250)
También es conocida como Santa Visia de Fermo
Una cosa está segura, la Iglesia por su texto oficial, el ´Martirologio Romano´ recuerda el 12 de abril a las santos Vissia y Sofía, vírgenes y mártires de Fermo, en el Piceno, Italia; luego de esto, no se sabe nada más, ni de su vida, ni del porque se las menciona juntas.
Por lo demás, se cuenta con alguna que otra noticia esparcida en distintos documentos. El historiador Ughelli, en su "Italia Sacra", vol. II, hablando de la diócesis de Fermo, menciona que el cuerpo de santa Vissia reposa en la catedral, y en efecto, en la iglesia metropolitana de la ciudad (el Domo) hay algunos relicarios, entre los cuales, en una llamativa urna de ébano, con ornamentos en metal dorado de estilo barroco, se conserva la cabeza de santa Vissia, mártir; extrañamente en otra urna se conserva la cabeza de santa Sofía, también mártir.
Esta coincidencia de tener dos cráneos hace suponer que habrían sido martirizadas al mismo tiempo, aunque no necesariamente juntas, y probablemente fueron decapitadas.
Según tradiciones locales, Sofía y Vissia sufrieron el martirio hacia el 250, bajo el imperio de Decio (249-251), durante la séptima persecución ordenada por él. Hay en la catedral una lápida que indica que santa Vissia ennoblece su ciudad natal con su martirio; su nombre se encuentra en una lista de santos venerados en Fermo, transmitida el 5 de agosto de 1581 por un prelado local a un sacerdote oratoriano, amigo del Cardenal Baronio quien fue, como se sabe, quien compiló el primer Martirologio Romano, e insertó a las dos vírgenes y mártires juntas el mismo día 12 de abril. Beato la sed que atormentaba al enfermo, le dijo: "Padre guardián, mande traer nieve al instante, porque me siento muy acalorado del viaje". Quedaron admirados al oír tal petición los religiosos, porque sabían muy bien que nunca había querido probar el agua de nieve, aun en las enfermedades de calenturas ardientes que había padecido. Traída la nieve, la bebieron ambos por espacio de tres días, al cabo de los cuales, mejorado ya el guardián, le dijo el caritativo huésped: "Ya no es menester, padre guardián, que traigan más nieve para mí, porque ya se ha templado el calor de mi viaje". Para atender a los pobres que acudían a la portería del convento, iba él mismo a pedir limosna por las casas y cuando éstas le faltaban le proveía el Señor milagrosamente.
Cuando los superiores tenían que tratar algún asunto arduo y de consideración o comunicarse con personas de calidad y distinción, se valían de él por el gran concepto que tenían de su mucha prudencia y discreción. Con esta prudencia heroica apaciguaba fácilmente las discordias y enemistades más radicadas e intestinas, y por su medio animaba y consolaba a los más afligidos y desesperados. En particular usaba de la mayor prudencia para evitar todo disturbio o discordia por leve que fuese entre los religiosos.
Siguiendo el ejemplo de San Francisco, era extraordinaria la veneración que fray Andrés tenía a los sacerdotes, reconociéndolos como ministros inmediatos y principales del Altísimo, por lo cual juzgaba ser obligación de justicia respetarlos y obsequiarlos con distinción. Siendo portero, a cualquier sacerdote que fuese al convento le pedía la bendición.
Llegó un día al convento de la Inmaculada Concepción de Sollana (Valencia) con el aviso de que iban a comer el padre Provincial y los Definidores. Ausentes el guardián y el cocinero, el padre presidente se vio turbado al tener que preparar la comida. Advirtiendo esta situación embarazosa el ya anciano, achacoso y cansado del viaje fray Andrés, le dijo: "Vaya, padre presidente, a prepararse para decir la santa misa, y deje a mi cargo la cocina". El buen presidente, en atención a la edad, achaques y cansancio del humilde hermano, le mandó que se fuese a descansar. Entonces el santo viejo, con humilde y respetuosa viveza de espíritu, le replicó: "No me mande esto, padre presidente, porque es contra justicia. A vuestra reverencia le toca estar en el altar y a mí en la cocina; sus manos deben estar entre los corporales y las mías entre los tizones".
Durante muchos años padeció una penosa fluxión de ojos junto con un intenso dolor de estómago, lo que sufrió con gran fortaleza y entereza de espíritu. Estando para morir, viendo los religiosos los dolores y angustias que sufría, sin proferir queja alguna, para consolarle le propusieron repartirse los dolores, a lo que fray Andrés contestó: "Esto no, mis carísimos hermanos, porque estos dolores me los ha regalado Dios, y los pido y quiero enteramente para mí. Creedme, hermanos, que no hay cosa más preciosa en este mundo que padecer por amor de Dios".
Emulando a su reformador San Pedro de Alcántara, dormía muy pocas horas. Asimismo era sumamente cauto y templado en el hablar: sin dobleces, ni excusas, ni simulaciones, evitando toda palabra inútil. Y su parquedad y moderación en las comidas eran tales que bien puede decirse que ayunaba de continuo.
Fue siempre muy pronto a la señal de la obediencia, obedeciendo a prelados y superiores con una exactísima puntualidad y reverencia. Por pesado que fuese el mandato, lo ejecutaba con prontitud y presteza, aun estando accidentado, enfermo y adelantado en edad. Fue tan ciego en obedecer, que nunca hizo mal juicio o se detuvo en examinar lo que el superior mandaba. El Duque de Gandía, que estimaba sobremanera a fray Andrés y gustaba en extremo de su compañía, quiso escribir al padre Provincial para que suspendiese una orden en la que mandaba al santo que pasase de morador al convento de San Diego, de Murcia. Apenas tuvo noticia de la resolución del señor Duque, pasó nuestro Beato a suplicarle con humildad respetuosa y lágrimas en sus ojos, que, lejos de ponerle algún impedimento, le permitiese cumplir la obediencia de su prelado.
Devociones y carismas de fray Andrés
Estre las devociones de Fray Andrés, una de las que hay que destacar es sin duda la que profesaba al Santísimo Sacramento del Altar. Cristo en el sagrario era su refugio en las tribulaciones, su vigor en las flaquezas, su alivio en las necesidades propias y ajenas, su consuelo en las aflicciones y su descanso singular en las fatigas. Todo el tiempo que podía, así de día como de noche, lo gastaba arrodillado en su presencia; ocupado en sus empleos, lo visitaba muchas veces, y si las ocupaciones no se lo permitían, con fervorosas jaculatorias lo veneraba con el corazón y el espíritu en donde quiera que se hallaba, quedándose muchas veces en éxtasis y arrebatado hacia él. Fue coetáneo de San Pascual Bailón, el "enamorado del Sacramento", y hermano de hábito y de la misma provincia franciscana de San Juan Bautista de Valencia; muchas veces habitaron en un mismo convento. Sería de ver la puja espiritual de estos dos enamorados del Santísimo, en constante emulación por amar más y más al "Amor de los amores".
Fray Andrés comulgaba casi todos los días, con permiso de sus superiores, según se lo permitían las normas y costumbres de entonces. Repetía muy a menudo la comunión espiritual, particularmente cuando oyendo o ayudando misa veía comulgar al sacerdote. Por eso procuraba oír y, mejor, ayudar cuantas misas podía. Con los sacerdotes procedía con el mayor respeto y reverencia. Aunque no tenía estudios especiales, entendía bastante bien el latín y disfrutaba en la liturgia de los días señalados, como en Navidad, al oír el evangelio del nacimiento del Verbo encarnado; durante la octava del Corpus, oyendo la secuencia; en Pascua de Resurrección, en el día de la Ascensión y especialmente el día de Pentecostés al entonarse el "Veni, Sancte Spiritus".
Otra de sus grandes devociones era la que sentía hacia la Santísima Virgen, particularmente en sus misterios de la Anunciación, en cuyo evangelio se trata con tanta claridad de la Encarnación del Verbo en el seno virginal de María, y de la Inmaculada Concepción. Es una costumbre muy antigua de la Orden Franciscana venerar con distinción, como Patrona principal y como misterio defendido por sus hijos, la Inmaculada Concepción de María virgen. Por eso, en todos los conventos se practicaban devociones propias, como la Benedicta de los viernes y la misa votiva cantada de todos los sábados. Nuestro Beato, que por María y en defensa de su Purísima Concepción, hubiera derramado su sangre, nunca faltó a funciones tan devotas. En cualquier lugar en que hallase alguna imagen suya, se arrodillaba y muy tiernamente la saludaba, singularmente si la imagen era de la Purísima Concepción. Agradecía tanto la Santísima Virgen esta devoción de su siervo, que muchas veces lo arrebataba a sí en el aire, en raptos y éxtasis. Fray Andrés celebraba con gran devoción las siete festividades de la Santísima Virgen, precedidas de una novena y seguidas de una octava de prácticas piadosas. En todas las oficinas conventuales en que estuviera, levantaba un pequeño altar con la imagen de la Virgen, para su particular veneración.
Un día, estando fray Andrés de portero en el convento de San Roque de Gandía, Baltasar Ferrer lo encontró elevado y arrebatado en el aire, de modo que la cabeza tocaba en el techo del claustro, delante de una imagen de la Concepción de María Virgen, dobladas las rodillas y con el Oficio menor de la misma en las manos. Admirado de lo que estaba viendo, el seglar se retiró con delicadeza y prudencia por no comprometer a fray Andrés cuando volviera en sí. En la misma ciudad de Gandía, le envió el superior para que acompañara a un sacerdote que iba a auxiliar a un moribundo. Llegados a la casa, dejó al sacerdote asistiendo al enfermo, y entre tanto se retiró a otro aposento solitario, donde, viendo una hermosísima imagen de la Santísima Virgen, se arrodilló inmediatamente en su presencia para obsequiarla. No bien se había puesto de rodillas, cuando en el mismo sitio se quedó elevado y absorto. Eran muchos y muy frecuentes sus raptos y éxtasis en los claustros, iglesias, caminos, campos, casas de seglares y en cualquier otro lugar que se hallase, porque no sólo se originaban de María Santísima, sino también de todos los inefables misterios de nuestra santa fe, y especialmente de los que pertenecen a la encarnación, vida, pasión y muerte del Salvador. Fray Andrés se apenaba en gran manera cuando se daba cuenta de que los religiosos y los seglares le habían visto en éxtasis. Pedía humildemente al Señor que le evitara esta prueba, sin alcanzar tan fervoroso ruego.
Nuestro hermano fray Andrés estuvo también dotado con el don de profecía. Conocía, con espíritu profético, lo futuro; penetraba lo oculto, y veía lo que aún estaba muy lejos. De todo ello se cuentan numerosos casos en las actas del proceso de beatificación.
También le dotó el Señor con la gracia y el don de los milagros, tanto antes como después de su muerte. Serían necesarios libros enteros para relatar las maravillas que obraba el Señor por mediación de su siervo fray Andrés, incluyendo, ya muerto nuestro Beato, la resurrección de muertos. Bástenos aquí recordar que en el sumario de su Causa de Beatificación se hallan compilados setenta y cuatro milagros que obró repentinamente después de su muerte, escogidos de la más vasta multitud de los registrados en sus Procesos Apostólicos. En la fase decisiva del Proceso, el 7 de septiembre de 1790, en presencia del Papa Clemente XIV, la Sagrada Congregación de Ritos aprobó tres de los cinco milagros presentados: la repentina curación de Mariana Cano de una tisis consumada; la instantánea y perfecta curación de Andrés Gisbert, loco de muchos años, y la improvisa y perfecta restitución de la vista a María García, absolutamente ciega.
Muerte y glorificación del Beato Andrés
La muerte de fray Andrés acaeció en las primeras horas del día 18 de abril de 1602, en el convento de San Roque de Gandía (Valencia). Refieren las crónicas que el Señor reveló a fray Andrés el día y la hora de su muerte, un año antes de que ésta ocurriera, para lo que se preparó con fervores de novicio, con gran admiración de cuantos le conocían, ignorantes del motivo de su redoblada piedad y devoción. El día 16 de abril de 1602 se puso con la mayor diligencia a barrer y limpiar su celda, el dormitorio y la escalera del convento que bajaba a la iglesia, adornándola del mejor modo que pudo, como quien sabía ciertamente que al día siguiente se le había de administrar el Viático. Al otro día de estas diligencias, asaltado de un cruel dolor de costado, con una calentura aguda y maligna, le llevaron el sagrado Viático, que recibió con el mayor fervor de su vida, deshaciéndose en lágrimas de amor y de ternura. Finalmente, le acometió otro más grande dolor de estómago y de pasmo que lo postró y dejó sin movimiento.
Llegada la noche, quiso reconciliarse de nuevo para recibir la última absolución plenaria en el artículo de la muerte y la bendición papal; pidió después el sacramento de la Extremaunción, mostrando tanta alegría mientras se le administraba, como si sensiblemente estuviera gustando el más sabroso manjar. Rezaba con la mayor ternura las oraciones, letanías y salmos penitenciales con todos los religiosos que asistían con el superior. Se despidió, en fin, amorosamente de todos, pidiéndoles perdón de no haber cumplido como debía sus obligaciones ni correspondido a los deberes de la Religión, suplicándole al superior que le diese un pobre y viejo hábito para enterrar su cuerpo, encomendándose a las oraciones de todos para que el Señor, en su tránsito, tuviese piedad de él que había sido un siervo inútil en su casa.
Tocaron con esto a maitines, y el siervo del Señor, que durante su vida nunca había dejado de rezar el Oficio Divino en las horas establecidas por la Iglesia, suplicó a un religioso que llevase la cuenta de los Padrenuestros que debía rezar por los Maitines y Laudes, según la Regla de San Francisco, porque ya él no podía llevar por sí el orden de las cuentas, y lo rezó muy clara y devotamente. Destituido ya enteramente de fuerzas y hecha la recomendación del alma, a que respondió con el mayor fervor, tomando en sus manos un crucifijo y besándole tiernamente sus sagrados pies, fijos sus ojos en el precioso costado y sin ninguna señal de movimiento en el cuerpo, miembros, ojos ni boca, entregó plácidamente su bendita alma a su Creador al entrar el 18 de abril del año 1602, como una hora después de media noche.
En la hora misma en que murió fray Andrés fue necesario abrir las puertas del convento por la gran multitud de eclesiásticos y seglares devotos que concurrieron. Todos procuraban hacerse con alguna cosa de su uso, tomando por esto cuanto encontraron en el convento y en su celda, si bien los religiosos se habían prevenido tomando con anticipación los recuerdos más importantes del Beato. No bien comenzó a rayar el día, el superior se vio obligado a hacer que bajasen el santo cuerpo a la iglesia, porque la multitud de mujeres de toda clase y condición que habían concurrido amenazaban con hacer alguna violencia para entrar en la clausura. Aquella mañana se despoblaron no solamente la ciudad de Gandía, sino también los pueblos circunvecinos y aun remotos, que concurrían en tropel para venerar y pedir gracias al difunto siervo del Señor. El Duque de Gandía mandó que acudiese uno de los más insignes pintores de aquel siglo, el padre Nicolás Borrás, religioso del célebre Monasterio de San Jerónimo de Gandía, discípulo de Juan de Juanes, que en su misma presencia sacó un bellísimo retrato de fray Andrés. Fue necesario vestirle algunas veces de nuevo porque, cortándole a pedazos con rara industria el hábito, lo dejaban muy presto casi desnudo. Fue forzoso tenerle expuesto tres días continuos, porque los favores y milagros que obraba incesantemente acrecentaban siempre más y más el concurso de los pueblos.
Fue universal la opinión de santidad que se tenía de fray Andrés Hibernón, ya en vida y sobre todo después de muerto. Basten aquí dos testimonios.
Su gran amigo, hermano y compañero, San Pascual Bailón, tenía en tal aprecio y concepto la santidad del hermano Andrés, que llegó a asegurar que era uno de los varones más perfectos que tenía en su tiempo la Iglesia. Aunque San Pascual Bailón tomó el hábito de Descalzo un año después que nuestro Beato, con todo, San Pascual le precedió once años en la muerte; y poco antes de morir, como despidiéndose del Beato, le dijo: "¡Ah, fray Andrés, y cuánto envidio vuestra vida! ¡Y cuánto deseara también poseer vuestras virtudes y tener vuestros méritos delante del Señor, que ya me llama a la eternidad para darle cuenta de mi vida tibia y negligente!". A lo cual respondió con admirable suavidad y dulzura: "¡Ah, fray Pascual, fray Pascual! Cuánto antes que por mí tocaran las campanas en gloria de vuestra caridad. Acuérdese de mí cerca del Señor en la otra vida, en donde están preparados los frutos y la recompensa de sus fatigas, que muy presto irá a gozar".
El entonces Arzobispo de Valencia, hoy San Juan de Ribera, le hacía ir con frecuencia desde Gandía a su palacio de Valencia para su consuelo y edificación espiritual, sirviéndose de su don de consejo en importantes negocios de su diócesis.
El cuerpo de fray Andrés fue colocado reverentemente en un arca de ciprés, forrada de tafetán blanco, y depositado en lugar decente de la iglesia del convento de San Roque de Gandía, mientras se arreglaba la Capilla de la Purísima Concepción, en dicha iglesia. Terminadas las obras de esta capilla, se trasladó a la misma el cuerpo del venerable religioso colocando el féretro dentro de un sepulcro que quedaba honoríficamente elevado del suelo. Todos los días se veía visitado su sepulcro de grandes concursos de los pueblos circunvecinos y aun de los forasteros que recurrían a su patrocinio o a darle las debidas gracias por los beneficios que liberalmente les dispensaba. Ocurrió por entonces que la Santa Sede dio un decreto que prohibía el culto público a los Siervos de Dios que fueran promovidos a la beatificación y canonización, debiendo constar en los Procesos que los tales Siervos de Dios estaban sepultados en lugar en que no podían tener pública veneración. Esto hizo que los religiosos de San Roque de Gandía se vieran obligados a soterrar el cuerpo de su venerable hermano Andrés Hibernón, retirando el sepulcro honorífico que le habían hecho, quitando al mismo tiempo todas las insignias, votos y presentallas. Este hecho no entibió ni disminuyó la devoción que se le profesaba, por los muchos favores que recibían los fieles por su intercesión.
Se abrió el Proceso de beatificación y canonización, por parte de los superiores de la Provincia descalza de San Juan Bautista de Valencia, con intervención del Arzobispo de Valencia y de los obispos de Cartagena y de Orihuela. El año 1624 se introdujo la causa en Roma.
Por aquel entonces la Provincia Descalza de San Juan Bautista de Valencia estaba empeñada en la causa de la canonización de otro santo suyo, el Siervo de Dios fray Pascual Bailón. Los gastos extraordinarios que acarrean estas Causas hizo que, con gran desencanto por parte de muchos, se tuviera que paralizar la del Siervo de Dios fray Andrés Hibernón, prolongándose luego la demora por espacio de más de cien años. Esto vino a confirmar la profética conversación que tuvieron, en vida, los dos santos amigos y hermanos en religión: cierto día dijo fray Andrés a fray Pascual que mucho tiempo antes tocarían las campanas por fray Pascual que por él. San Pascual fue canonizado el año 1690. Fray Andrés fue beatificado solemnemente por el papa Pío VI el 22 de mayo de 1791.
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