Pedro Kibe Kasui y 187 compañeros, Beatos
Mártires japoneses, 4 de julio
Pedro Kibe Kasui y 187 compañeros, Beatos
Mártir
Presentación histórica del martirio realizada por monseñor Juan Esquerda Bifet, director emérito del Centro internacional de animación misionera (Ciam).
A fin de resaltar la actualidad del tema de la esperanza, decía el Papa Benedicto XVI a los obispos del Japón en la visita "ad limina" del 15 de diciembre de 2007, citando su segunda encíclica: "Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva" (Spe salvi, 2). Y para contextualizar esta afirmación añadió: "A este respecto, la próxima beatificación de 188 mártires japoneses ofrece un signo claro de la fuerza y la vitalidad del testimonio cristiano en la historia de vuestro país. Desde los primeros días, los hombres y mujeres japoneses han estado dispuestos a derramar su sangre por Cristo. Gracias a la esperanza de esas personas, "tocadas por Cristo, ha brotado esperanza para otros que vivían en la oscuridad y sin esperanza" (Spe salvi, 8). Me uno a vosotros en la acción de gracias a Dios por el testimonio elocuente de Pedro Kibe y sus compañeros, que "han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero" (Ap 7, 14 ss)" (L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de diciembre de 2007, p. 8).
Fueron muchos miles los cristianos japoneses que, en el decurso de cuatro siglos, pero especialmente durante los siglos XVI-XVII, dieron este testimonio heroico de esperanza. Algunos ya han sido canonizados. El 8 de junio de 1862, Pío IX canonizó a veintiséis. El mismo Papa beatificó a 205 el día 7 de julio de 1867. Juan Pablo II canonizó a veintiséis el día 18 de octubre de 1987. Los nuevos 188 mártires han sido beatificados el pasado 24 de noviembre? se suman, pues, a una cifra considerable que, no obstante, viene a ser sólo una pequeña representación de los muchos miles que dieron la vida por Cristo, además de los innumerables que afrontaron toda suerte de sufrimientos por el Señor.
Esta realidad histórica queda ya como un hecho salvífico imborrable en la evangelización del Japón y es también una herencia común para toda la Iglesia. Será siempre un punto de referencia, como lo ha sido para toda la historia eclesial la realidad martirial de los primeros cuatro siglos del cristianismo bajo el imperio romano.
Entre estos mártires se encuentran todas las clases sociales. Cabe recordar que hubo también algunas apostasías, como en toda persecución. Pero, al contemplar el conjunto admirable de unas estadísticas controladas, cabe preguntarse sobre el punto de apoyo de su perseverancia ante el martirio. ¿Qué preparación y medios habían tenido? ¿Cuál fue y sigue siendo la clave de la perseverancia?
Las circunstancias actuales han cambiado en todas las latitudes. Pero será siempre una realidad la "persecución" contra los seguidores de Cristo como él mismo profetizó (cf. Jn 15-16; Mc 13, 9). La Iglesia estará siempre "en estado de persecución" (Dominum et vivificantem, 60). Las dificultades, siendo muy diversas, no son menores en la actualidad, especialmente en una sociedad donde se sobrevalora lo útil, lo eficaz, lo inmediato, la ganancia, el éxito, las impresiones, las leyes que contrastan con la conciencia... El cristiano que quiera ser coherente, tendrá que estar dispuesto, en cualquier época, como decía san Cipriano refiriéndose a los mártires y confesores del siglo III, a "no anteponer nada al amor de Cristo".
Afirmar hoy explícitamente la divinidad y la resurrección de Jesús es un riesgo de "martirio", de marginación y descrédito... Decidirse por seguir los principios básicos de la conciencia y de la razón iluminados por la fe sobre la vida, la familia, la educación? será frecuentemente fuente de malentendidos y tergiversaciones por parte de los que se oponen a los valores evangélicos.
La beatificación de los nuevos 188 mártires, todos ellos japoneses y casi todos laicos (183), tendrá ciertamente una gran repercusión, especialmente en el Japón. Si "la sangre de mártires es verdadera semilla de cristianos" (según Tertuliano: PL I, 535), esta realidad martirial actual anuncia, a pesar de las previsiones humanas, un resurgir de la comunidad eclesial en el Japón, con repercusión en la Iglesia universal.
El martirio cristiano es siempre un "misterio" de la historia. Ninguna figura histórica ha sido tan amada y tan perseguida como la figura de Jesús, que prometió estar presente entre los que creen en él. Pero la vida martirial de los discípulos de Jesús es siempre una gracia que tiene un dinamismo misionero imparable.
Un hecho histórico de valor permanente:
los mártires japoneses, especialmente de los siglos XVI-XVII
El 15 de agosto de 1549 llegó san Francisco Javier al Japón, donde desarrolló su actividad apostólica durante unos tres años. Los jesuitas fueron llegando continuamente. Los primeros franciscanos misioneros llegaron de Filipinas en 1592. Los dominicos y agustinos, también procedentes de Filipinas, llegaron en 1602. Hay que recordar que las Filipinas fueron evangelizadas inicialmente por los misioneros agustinos, ya desde la ocupación española, en 1565. Fueron cuatro las Órdenes religiosas que evangelizaron el Japón durante estos inicios: jesuitas, franciscanos, dominicos y agustinos.
Los años que transcurren entre 1549 y 1650 se han calificado de "siglo cristiano" del Japón; en 1644 los católicos eran unos 300.000, según la cifra aceptada por algunos historiadores. San Francisco Javier había escrito en 1552 que se produciría persecución azuzada por algunos bonzos. Él mismo había manifestado la alegría de poder llegar a ser mártir.
Se pueden observar, en el contexto histórico, diversos motivos circunstanciales que dieron origen a la persecución: las luchas comerciales por parte de navegantes ingleses y holandeses, que sembraban la sospecha y el rechazo hacia los portugueses, provenientes de Macao, y hacia los españoles, provenientes de Filipinas; el temor de algunas autoridades japonesas a una invasión; la inquina de algunos bonzos budistas que veían disminuir a sus seguidores. Pero los mártires japoneses murieron por no querer renunciar a su fe; se les proponía la posibilidad de salvar su vida a precio de esta renuncia a la misma, aunque fuera simulada.
Un primer edicto de persecución en todo el país fue firmado en 1614, y se enviaron copias a todos los "daimyós" del Japón. Hay que recordar que existía un ambiente de guerra civil en Japón entre dos "shôgun" o gobernadores mayores; de hecho, el emperador estaba como "prisionero" en Kyoto. Tokugawa Leiasu se proclamó "shôgun" en 1603 y murió en 1616, contra el "Shôgun" Toyotomi Hideyoshi, dejando fundada la dinastía "Tokugawa". Tokugawa Yemitsu asumió la plena autoridad del "shôgunado" en 1632 y reclamó obediencia absoluta a su autoridad por parte de los cristianos, por encima de la fe y de la conciencia.
Estas dificultades se acentuaban por el hecho de que, para los perseguidores, los "shôgun" gobernadores mayores? eran la ley suprema. Los cristianos tenían que ser eliminados porque seguían el primer mandamiento del decálogo: amar a Dios sobre todas las cosas. Ese es el argumento del apóstata Fabián Ungyô, con su libro: "Ha Deus, Contra la secta de Dios", año 1620.
Se puede constatar la internacionalidad de los mártires, aunque la inmensa mayoría eran japoneses. En la documentación y también en las listas de los ya beatificados o canonizados, se encuentran coreanos, mestizos (luso-japoneses, chino-japoneses), de Malaca, un indio de Malabar, un indio de Bengala, uno de Sri Lanka, algunos chinos, etc. Entre los misioneros, casi un centenar, había portugueses, españoles, italianos, mexicanos y algunos de Flandes, Francia, Filipinas, Polonia...
Los primeros mártires fueron asesinados ya en 1558. Desde entonces están documentados los martirios, al inicio casi anualmente y en diversos lugares del Japón, hasta 1867. Pero especialmente quedan documentados con más precisión hasta el año de la clausura del Japón, en 1639, época "Sakoku" o de país clausurado. Todavía después de esta fecha, quedaron o ingresaron clandestinamente? muchos cristianos, misioneros y catequistas que fueron mártires durante el decurso de todo el siglo XVII.
Desde el martirio masivo de Nagasaki, el 5 de febrero de 1596, con Pablo Miki, s.j., a la cabeza veintiséis mártires ya canonizados el 8 de junio de 1868, entre los que aparece san Felipe de Jesús?, hubo siempre "grandes martirios": en Edo Tokio? (año 1613, con veintitrés mártires), Arima-Kuchinotsu (año 1614, con cuarenta y tres mártires), Miyako-Kyoto (año 1619, con cincuenta y tres mártires), Nagasaki (año 1622, con cincuenta y tres mártires), Shiba-Edo (año 1623, dos grupos, con cincuenta y veinticuatro mártires), Minato-Akita (año 1624, con treita y dos mártires), Kubota-Akita (año 1624, con cincuenta mártires), Okusanbara (año 1629, con cuarenta y nueve mártires), Omura (año 1630, dos grupos, con setenta y tres, y diez mártires), Aizu-Wakamatsu (año 1632, con cuarenta y tres mártires), Edo -Tokio? (año 1632, con quince mártires), etc.
Es imposible concretar con exactitud el número de mártires. Ciertamente pasaron de varios miles. El cálculo más conservador sobre este número, desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII, indica entre 5.000 y 10.000 mártires (cf. Positio, p. 40). Los mártires extranjeros no pasan del centenar. Pero sólo en la llamada "insurrección" de Shimabara, abril de 1638, según algunos escritores modernos, pudieron haber llegado a 20.000 aparte de los caídos en la guerra? los japoneses que fueron sacrificados por el hecho de ser cristianos. En una publicación reciente, las fichas documentadas y precisas, con nombre, fecha, lugar, modalidades, etc., pasan de dos mil, pero alguna de estas fichas se refieren a algún grupo sin poder precisar más (El Martirologio del Japón 1558-1873; ver el grupo de Shimabara en la página 740).
Es impresionante la actitud de muchos niños mártires, en solitario, en grupo o con sus padres. Algunos eran de muy tierna edad. Un testimonio muy documentado habla de un grupo de dieciocho niños, en el segundo gran martirio de Edo-Tokio, 24 de diciembre de 1623: "Los seguían (a los mártires adultos) dieciocho niños, que como casi todos eran pequeñitos y no sabían todavía temer a la muerte, iban alegres y risueños como si fueran a jugar, llevando algunos de ellos en las manos los juguetes que en esa edad suelen usar, moviendo con ello a lágrimas a los mismos gentiles que lo veían... Llegados al lugar determinado, los primeros en que se ejecutó la cruel sentencia fueron los dieciocho niños, en los cuales ejecutaron crueldades tan bárbaras que sólo oírlas causa horror" (ib., p. 490).
Los suplicios fueron variando y recrudeciéndose, como puede constatarse en el conjunto de los 188 que resumiremos más abajo. Además de la cárcel y arresto domiciliario, se produjo frecuentemente la pérdida de todos los bienes y el exilio. Pero en el caso de martirio cruento, además de las decapitaciones, hogueras y crucifixiones, se ejercieron toda clase de humillaciones o vejaciones y torturas, que constan detalladamente en los documentos de la época, por parte de testigos presenciales. Además de la amputación de miembros y el apaleamiento, se practicaba el ahogo lento o repetido en agua, el veneno, el aceite hirviendo, la crucifixión, alanceados o también quemados, el lanzamiento al mar, la inmersión en los sulfatos del monte Unzen en Nagasaki, lapidación, tormento de la fosa colgados boca abajo y metida la cabeza en una fosa?, etc.
Eran de todas las clases sociales: nobles samurais, autoridades civiles, artesanos, profesores, pintores, literatos, campesinos, ex-bonzos convertidos, esclavos ya liberados y prisioneros de guerra (de Corea), algún corsario convertido, trovadores ciegos especializados y diplomados en el arte melódico-narrativo. Pero dentro del cristianismo se sentían todos como en familia.
Como dato interesante hay que constatar que en 1632 fueron desterrados a Manila más de cien leprosos cristianos. En 1601 tuvieron lugar las primeras ordenaciones de sacerdotes japoneses, jesuitas y diocesanos. A pesar de la fidelidad por parte de la inmensa mayoría, se constata también la primera apostasía de un misionero europeo, el padre Cristóbal Ferreira, en 1633.
La invasión de Corea, a finales del siglo XVI, había dado como resultado la llegada de muchos esclavos coreanos, que vivían en el distrito de Nagasaki llamado Korai-machi. En una reunión de los misioneros con el obispo de Nagasaki, padre Cerqueira, s.j., en 1598, se inició un proceso de liberación. Muchos coreanos se hicieron cristianos; algunos serían mártires, ya beatificados y canonizados.
La persecución y los martirios continuaron hasta 1873. Fueron todavía muchos los mártires de la segunda mitad del siglo xix, al inicio de la "apertura" comercial del Japón. En 1873, por presión de los gobiernos occidentales, un decreto oficial hizo retirar los bandos oficiales que habían prohibido la religión cristiana durante siglos, desde el inicio del siglo XVII; los cristianos apresados pudieron volver a sus casas. Pero en los años inmediatamente anteriores a 1873 habían muerto en las cárceles 664 cristianos, por inanición o por torturas. La discriminación respecto de los católicos, a veces por parte de algunos bonzos budistas, continuó hasta casi la segunda guerra mundial, a mediados del siglo xx.
El nuevo elenco de 188 mártires beatificados
El conjunto de los 188 mártires corresponde a una misma época (1603-1636). Todos ellos fueron víctimas de la misma tendencia claramente persecutoria respecto del cristianismo, con el objetivo claro y planificado de borrarlo totalmente del Japón. Esta lista de 188 corresponde a quienes fueron compañeros de otros numerosos mártires ya reconocidos precedentemente por la Iglesia como tales, y que sufrieron el martirio en las mismas circunstancias.
En la presente lista destaca la fidelidad a la Santa Sede, por parte de Julián Nakaura; la tenacidad en seguir la vocación, padre Pedro Kibe; la heroicidad de misioneros y catequistas japoneses perseguidos y ocultos durante años; la vida cristiana de familias enteras sacrificadas, etc. Los treinta samurais martirizados, nobles y casi siempre con sus familias, junto con numerosos fieles del pueblo sencillo, son una muestra de la importancia de este martirio para la historia del Japón, en un momento clave de su unificación política en el inicio del siglo XVII; fueron fieles a la autoridad civil, dispuestos a dar su vida y sus haciendas por sus señores, pero nunca a renegar de su fe ni de los deberes de conciencia.
De los detalles concretos del martirio consta por parte de numerosos testigos y por documentos contemporáneos eclesiásticos y civiles, puesto que las autoridades dieron pie a la máxima espectacularidad de cada evento. Muchas veces, los perseguidores hicieron desaparecer los restos, por ejemplo arrojando las cenizas en el mar, para evitar el culto a las reliquias de los martirizados. Pero, todavía hoy, algunos de estos mártires son considerados como héroes por la sociedad japonesa no cristiana.
La intención anticristiana de los perseguidores es evidente, como consta por los edictos de los gobernantes, así como por la búsqueda organizada para apresar a todos los cristianos y la invención de toda clase de tormentos para conseguir la apostasía, con la cual hubieran quedado liberados del suplicio.
Cinco son religiosos: cuatro jesuitas tres sacerdotes y un hermano? y un padre agustino; ciento ochenta y tres son laicos. Los treinta samurais murieron indefensos, dejando aparte las armas, hecho inexplicable y señal de cobardía en ellos si no fuera por un ideal superior. Hay niñas y niños pequeños, ya llegados al uso de razón, que mostraron una tenacidad heroica unida a su candor y fervor cristiano. Hay familias enteras, madres embarazadas o con sus hijos muy pequeños, jóvenes y ancianos, catequistas uno era ciego? y gente sencilla del pueblo, que se prepararon asiduamente con oración y penitencias para el martirio, mostrando siempre no solamente entereza y fortaleza, sino también la alegría de dar la vida por Cristo.
Algunos de los mártires ya beatificados o canonizados anteriormente, habían dejado escrito su testimonio sobre estos 188 mártires, que han sido beatificados el pasado 24 de noviembre . La causa de los nuevos mártires, todos ellos japoneses y casi todos laicos (183), no había sido estudiada hasta hace pocos años. Fue Juan Pablo II, en su visita al Japón (año 1981), quien alentó a recordar y estudiar otros muchos mártires además de los ya reconocidos; esta invitación fue corroborada por una carta del entonces prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, cardenal Agnelo Rossi.
Estos 188 mártires, distribuidos en 16 grupos, fueron martirizados entre 1603 y 1639, prácticamente de todas las zonas geográficas del Japón, las diversas diócesis actuales. La investigación fue realizada por una comisión de cinco historiadores, especializados en temas japoneses, y se hizo con toda precisión y seriedad histórica, aprovechando el material existente en numerosas bibliotecas y archivos de dentro y de fuera del Japón: once archivos japoneses y doce archivos o bibliotecas occidentales.
A veces son fuentes civiles, pertenecientes a los mismos perseguidores, donde no se oculta el motivo de la persecución, el género de martirio, algunas apostasías y la tenacidad en afirmar la fe cristiana por parte de las víctimas. Son muy importantes las "cartas anuales" contemporáneas que enviaban a Roma los superiores jesuitas del Japón, misioneros y algunos de ellos también mártires posteriormente.
Ha habido una petición oficial de la Conferencia episcopal del Japón, firmada por todos los obispos el 14 de junio de 2004, suplicando la beatificación de los 188, que dieron su vida "por Cristo y por la Iglesia", y motivándola con razones de actualidad pastoral. Los 188 mártires corresponden a las actuales diócesis de Nagasaki, Fukuoka, Kyoto, Niigata, Hiroshima, Kagoshima, Oita, Tokio (Edo) y Osaka.
1) Once mártires de Yatsushiro, hoy Kumamoto, diócesis de Fukuoka: seis de familia de samurais (año 1603) y cinco de gente del pueblo (años 1606 y 1609)
Entre los samurais, destacan dos familias: Juan Minami y su esposa Magdalena, con su hijo adoptivo Luis, de siete años; Simón Takeda y su esposa Inés, con su madre Juana. Los varones samurais mueren decapitados. Las mujeres y el niño, crucificados. Destaca la alegría en el momento del martirio, vistiendo su mejor vestido de fiesta. Magdalena Minami, desde la cruz, rezaba a coro con su hijo Luis. Juana Takeda predicaba desde la cruz.
Entre la gente sencilla del pueblo: Joaquín y Miguel, con su hijo Tomás, de trece años; Juan y su hijo Pedro, de cinco o seis años. Son tres catequistas, con sus hijos. Mueren decapitados, menos Joaquín, que muere en la cárcel a causa de los tormentos. Todos muestran alegría, oración y firmeza en la fe. Se conservan algunas cartas desde la cárcel, donde leían libros de espiritualidad.
El caso del niño Pedro Hatori, de cinco o seis años, es emblemático. Vestido con su kimono de fiesta, en el lugar del suplicio se acercó al cadáver de su padre, martirizado unos momentos antes, se bajó el kimono de los hombros, se arrodilló, juntó las manos para orar y presentó su cuello desnudo ante los verdugos aterrorizados; estos no acertaron en el primer golpe, hiriéndolo en el hombro y tumbándolo a tierra, de donde se levantó para seguir arrodillado en oración; murió decapitado pronunciando los nombres de Jesús y María. Algo parecido pasó con el niño Tomás, de trece años, hijo de Miguel; este niño tenía el brazo izquierdo atrofiado, pero lo levantó con su brazo derecho para morir en actitud de oración (cf. P. Pasio, o.c., cap. 9, foll. 328-330).
2) Mártires de Yamaguchi y Hagi, Melchor Kumagai, samurai, y Damián, catequista ciego, año 1605, 16 y 19 de agosto respectivamente, en la diócesis de Hiroshima
El samurai Melchor muere decapitado en su casa, por defender la fe cristiana, mientras oraba y meditaba la pasión. La importancia del martirio de este samurai estriba también en su calidad de descendiente de familia noble que se remonta al emperador Kammu (782-805).
El samurai Melchor precedentemente se había enfriado en la fe, pero luego, después de la guerra de Corea, tomó un camino de segunda conversión, entregándose con generosidad hasta el momento de su martirio. En sus cartas dirigidas a sus amigos manifiesta su adhesión incondicional a la fe, mientras, al mismo tiempo, estaba dispuesto a servir con fidelidad a su señor el "daimyó", pariente suyo.
El catequista ciego Damián muere también decapitado, de rodillas y orando, por defender y propagar la fe. Su cuerpo fue mutilado y arrojado al río por los verdugos, con la intención de hacer desaparecer los restos, de donde los cristianos rescataron la cabeza para enviarla a Nagasaki. Los perseguidores intentaban conseguir la apostasía. Hay que notar en este caso y en algunos otros, la acción persecutoria de algunos bonzos de una secta budista, que instigaron a los gobernantes.
Este catequista ciego, que se había convertido del budismo, dedicó su vida a la catequesis, con su arte musical y narrativo, llegando a convertir, sólo en un año, a ciento veinte personas, además de dedicarse durante años a fortalecer la fe de los ya cristianos. Con sus cantos y narraciones, el ciego "iluminaba" a todos por el camino de la fe. En el momento en que iba a ser decapitado, le conminaron por tres veces a que apostatara de la fe, pero Damián ofreció su cuello mostrando gran paz y alegría. Sus restos, recuperados por los cristianos, fueron trasladados a Nagasaki y luego a Macao.
3) León Saisho Shichiemon Atsutomo, samurai de rango alto (1608, Hirasa, hoy Sendai, diócesis de Kagoshima)
Había recibido el bautismo el 22 de julio de 1608, de manos del futuro mártir Jacinto Orfanel, o.p., beato. El samurai convertido se entregó a un camino de oración y perfección. Instado repetidamente por su señor a apostatar, León resistió con fortaleza y ánimo tranquilo. Fue condenado a muerte por haberse bautizado en contra de las órdenes de su señor. Decía que "estaba dispuesto a morir antes que dejar de ser cristiano" (Carta de Mons. Cerqueira a Pablo V, 5 de marzo de 1609).
Salió para el lugar del martirio habiendo dejado sus armas, vestido con traje de fiesta; se arrodilló sobre una estera de paja ante una imagen pequeña del descendimiento de la cruz, que luego metió en su pecho, mientras enrollaba en su mano derecha el rosario.
Lo decapitaron el 17 de noviembre de 1608, a los tres meses y medio después de haber recibido el bautismo. Su martirio tuvo lugar donde él mismo había pedido, es decir, en el cruce de caminos (por significar la cruz de Cristo). El hecho de morir "con tanta seguridad y alegría... era cosa nunca vista en aquel reino" (Cerqueira, o.c., fol. 482).
4) Mártires en Ikitsuki (Hirado): el samurai Gaspar Nishi Genka, con su esposa Úrsula y su hijo primogénito Juan Mataichi Nishi (año 1609), diócesis de Nagasaki
Se trata de una familia de mártires. Estos tres fueron martirizados el 14 de noviembre de 1609. Hijo de Úrsula es el padre Tomás, o.p., mártir en 1634, ya canonizado por Juan Pablo II en 1987; también fue martirizado su otro hijo Miguel con su esposa e hijo en 1634, por haber dado alojamiento a su hermano, el padre Tomás.
El samurai Gaspar Nishi era protector y padre de los pobres y campesinos. El martirio de esta familia fue promovido de modo especial por un bonzo principal de Hirado, de una secta budista, mitad bonzos mitad soldados, prohibidos posteriormente, que era amigo del "daimyó". Los datos precisos del martirio se encuentran en la carta de monseñor Cerqueira, del 10 de marzo de 1610, dirigida al Papa Pablo V.
Los mártires se prepararon con oración para el martirio. Gaspar, samurai, pidió morir como Jesús en una cruz, pero sólo se le concedió ser decapitado en el lugar donde anteriormente el misionero padre Torres había levantado la cruz.
Úrsula y su hijo Juan murieron decapitados, arrodillados y pronunciando los nombres de Jesús y María. En sus cabezas, expuestas públicamente, pusieron la causa de la muerte: "por ser cristianos". Sus cuerpos fueron llevados a Nagasaki y posteriormente, en 1614, a Macao.
5) Mártires de Arima (diócesis de Nagasaki), año 1613, tres familias de samurais: Adriano con su esposa Juana, León con su esposa Marta y sus dos hijos (Magdalena de diecinueve años, Diego de doce años), León con su hijo Pablo de veinticuatro años.
Las tres familias de samurais (ocho personas) murieron quemados vivos el 7 de octubre de 1613. Este martirio tiene un significado especial: representa la cristiandad de Arima, la más cultivada del Japón, semillero de mártires. Estas tres familias fueron siempre fieles a sus "daimyós" en guerra y en paz. El odio a la fe provenía especialmente del "daimyó" apóstata Arima Naozumi. Miles de cristianos, organizados en cofradías, pudieron asistir al martirio con el rosario en la mano y velas encendidas; habían pasado una noche entera velando en oración. Cinco días después del martirio, daba cuenta detallada de todo ello el obispo monseñor Cerqueira al prepósito general de la Compañía de Jesús, padre Claudio Acquaviva.
Todos los mártires se habían preparado con oraciones y sacramentos. La numerosa comunidad cristiana de la ciudad participó en la preparación espiritual. El influjo de sus gestos audaces llegó hasta conseguir que algunos apóstatas volvieran a la fe. Estos arrepentidos, no habiéndoseles permitido sumarse a los presentes mártires, renunciaron a sus rentas y se exiliaron.
Cada uno de los mártires muestra alguna peculiaridad personal: los tres samurais anuncian a Cristo sin ambigüedades hasta el último momento. Marta anima a sus hijos, Magdalena y Diego. Magdalena, de diecinueve años, levanta y ofrece al cielo con sus manos las brasas. El niño Diego, de doce años, al vadear el río de camino hacia el suplicio, no permitió que le ayudara un samurai compasivo, sino que le dijo: "Déjame ir a pie como mi Señor, ya que no llevo la cruz a cuestas" (cf. Carta anual de 1613, fol. 271); en el momento del suplicio, al quemársele las cuerdas, los vestidos y los cabellos, corrió hacia su madre y quedó muerto a sus pies; la madre acogió al niño señalando el cielo. Todos ellos confesaron su fe con toda claridad y con alegría, pronunciando los nombres de Jesús y María.
6) Adán Arakawa de Amakusa (1614, diócesis de Fukuoka)
Se trata de un hombre del pueblo, casado con esposa cristiana, de fe sencilla y bien formada, siempre contento, catequista ("kambó") y, al marchar los misioneros, responsable de la comunidad cristiana, dedicado a ella con gran celo. Se alimentaba de libros espirituales: la "Imitación de Cristo", libro impreso en japonés en Amakusa y Nagasaki.
Fue encarcelado y repetidamente torturado desde el 21 de marzo de 1614. Afirmó su fidelidad a las autoridades civiles, pero también la independencia de su fe. En medio de las torturas, después de anunciar a Cristo, permanecía continuamente en oración. Fue decapitado el 5 de junio del mismo año (por la noche y en clandestinidad, mostrando más ánimo que sus verdugos) por no querer apostatar de su fe y por su calidad de animador catequista de la comunidad, que constaba de varios miles de cristianos. Su cuerpo, envuelto en redes y con piedras, fue arrojado al mar. Los cristianos sólo pudieron recoger algo de su sangre. Tenía sesenta años. La investigación fue dirigida por el futuro mártir beato Francisco Pacheco, según orden del provincial padre Carvalho, elegido como sucesor de monseñor Cerqueira, que había muerto en febrero de 1614.
7) El gran martirio de Miyaco (Kyoto), 6 de octubre de 1619 (cincuenta y dos mártires)
Este es uno de los martirios numerosos, o masivos, de Japón que hemos citado más arriba. En el martirio de Kyoto murieron cincuenta y dos cristianos quemados vivos: un samurai de alto rango, Juan Hashimoto con su esposa Tecla, encinta, y sus seis hijos, de entre tres y doce años; la mayoría eran gente sencilla del pueblo, madres jóvenes con sus hijos, que vivían agrupados en una calle de Kyoto ("calle de los que creen en Dios") y que habían sido atendidos anteriormente por misioneros y catequistas, también martirizados posteriormente, algunos ya beatificados. Las madres martirizadas ofrecían a sus hijos pequeños: "¡Señor Jesús, recibe a estos niños!". Todo el grupo siguió la misma suerte: encarcelados en diversas fechas, orando y cantando en la cárcel, crucificados y quemados todos juntos, afirmaron su fe. Constan los nombres de cada uno y su testimonio cristiano y martirial, algunas familias enteras. El samurai Juan fue un apoyo para todos.
Destaca el martirio de Tecla, en medio de las llamas, sujeta a la cruz con tres hijos pequeños, consolándolos, apretando a la más pequeña, Luisa, de tres años, entre sus brazos, mientras los otros tres ardían en la cruz próxima. Destaca también la actitud martirial de la niña Marta, de siete años, que quedó ciega en la cárcel y a quien los mismos guardias quisieron liberar haciéndola apostatar; la niña Marta respondió profesando la fe en nombre de todos y pudo morir junto a su madre.
El martirio fue contemplado por numerosos cristianos y miles de paganos. De este martirio quedan numerosos testimonios, incluso de un anticatólico trabajador de la compañía inglesa de Hirado, quien también describe la muerte y oración de Tecla con sus hijos? y de los archivos civiles japoneses. El martirio fue divulgado de inmediato en Occidente, gracias a la carta anual de Rodrigues Giram, del año 1619 el mismo año del martirio?, que tomó los datos de la relación del padre Benito Fernández, mártir dos años después.
8) Familia Kagayama-Ogasawara (18 miembros), en Kokura (1619), Hiji (1619) y Kamamoto (1636), diócesis de Fukuoka y Oita
Diego Kagayama, noble samurai, que era gobernador de Kokura, murió decapitado el 15 de octubre de 1619, con su primo y yerno Baltasar, este con su hijo Diego, de 4 años. Fueron decapitados, por orden del "daimyó" Hosokawa Tadaoki, el mismo día (15 de octubre de 1619), en distinto lugar (Kokura y Hiji respectivamente). El samurai Diego marchó descalzo hacia el lugar del suplicio, encargó dar sus vestidos de fiesta a un pobre y murió orando y arrodillado con un crucifijo en la mano. Baltasar explicó a los verdugos el porqué de su alegría al morir defendiendo la fe y oró antes de ser decapitados él y su hijo pequeño.
Los dieciocho mártires murieron por no querer apostatar de la fe, en actitud de oración. Pertenecían a una cristiandad, la de Buzen, muy numerosa quizá unos tres mil cristianos? y muy bien formada. Los miembros de la familia samurai Kagayama-Ogasawara eran fieles a las autoridades superiores y colaboraron en sus empresas, pero no quisieron abandonar la fe, a pesar de las promesas, amenazas y castigos.
La familia Ogasawara Gen´ya (él con su esposa Miya, nueve hijos y cuatro sirvientes) fueron decapitados en Kumamoto, año 1636. Después del martirio de sus parientes familia Kagayama? habían sufrido destierro y prisión, confesando su fe cristiana ante todo género de amenazas. Clandestinamente recibieron ayuda espiritual y sacramentos, especialmente por parte del futuro mártir japonés padre Julián Nakaura. De los esposos Ogasawara y Miya Kagayama, y de algunos de sus hijos mártires, se conservan cartas, escritas desde la cárcel, que reflejan claramente sus actitudes martiriales y las de toda la familia. Después de pasar cuarenta días en la cárcel, el 30 de enero de 1636 los esposos con sus nueve hijos y cuatro sirvientes fueron todos decapitados en el patio del templo budista Zengo-In de Kumamoto. Posteriormente se ha descubierto la tumba de la familia Ogasawara, y se han hallado dieciséis cartas, a modo de testamento, escritas desde la cárcel, donde aflora la actitud martirial cristiana ante la incomprensión de sus parientes.
9) Juan Hara Mondo No Suke, mártir de Edo (1623), hoy diócesis de Tok
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