Resurrección
En el antiguo testamento se proclama al Dios viviente. La expresión Yo soy el que soy se puede entender como Yo soy el que hago vivir. Ex 3,14-15. Los Salmos están llenos de expresiones que cantan al Dios de la vida y suplican que aleje las calamidades que puedan causar la muerte. Israel, sometido a duras pruebas como el destierro, siente la necesidad de que Dios realice una resurrección colectiva, para que el pueblo vuelva a su esplendor. Es impresionante el relato de los huesos secos que se convierten en un pueblo inmenso en marcha. Ez 37, 1-14. Ante la dura realidad de la persecución y el martirio, el libro de los Macabeos proclama la fe en la resurrección de los individuos. 2 Mac 7,9-14. La verdad fundamental del nuevo testamento es la resurrección de Jesucristo. El anunció su muerte y su resurrección. Mar 8,31; Mat 12,40; Jn 2,19. Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles recogen los testimonios de quienes han visto vivo, al que había muerto. Mar 16,14; Luc 24,21-24; Hech 13,31. La presentación que hacen los Evangelios de Jesucristo es fruto de una fe pascual: la proclamación de Jesús como Salvador en definitiva descansa en que Él resucitó y que venció a la muerte. Rom 6,4-11. El anuncio fundamental de la fe cristiana, llamado kerygma, se encierra en una breve fórmula que, entre otros lugares, se encuentra en 1 Cor 15, 3-4 Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras. Fue sepultado y resucitó al tercer día, según las mismas Escrituras. La vida cristiana participa de la fuerza de Cristo resucitado. Muertos por el bautismo, hemos resucitado con Él a una vida nueva. Rom 6,4; Col 2,12. Esta verdad tiene sus consecuencias en el orden moral. Ef 5,14; Col 3,1. Es fuente de esperanza en que se manifestará claramente lo que es todavía un misterio. Rom 8,23; 2 Cor 5,5
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