Vino III. Liturgia. REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
El simbolismo natural del v., en el sacramento de la sangre del Señor, se evoca en el A. T. porque produce manchas semejantes a la sangre (Gen 49,11; Is 63,1; Apc 19,13), huella de sacrificios, y sobre todo es signo de la alianza sellada entre Dios y los hombres en Noé (Gen 9,11-21). Las mismas palabras de Cristo llamando a su pasión el cáliz (Mt 20,22; Me 10, 38; Mt 26,39-42; Me 14,36; Le 22,42; lo 18,11) aluden a la última Cena (v.): esa sangre que se está derramando, o que se derramará por muchos; el cáliz de v. de la última Cena, después de las palabras del Señor, es ya el cáliz de la nueva Alianza en su sangre, que es superación de la Alianza del Éxodo (Ex 24,3-8; cfr. Ier 31,31-34). El v., además, es la bebida escatológica, que no hay que echar en odres viejos (sentida de las bodas de Caná; Me 2,22; lo 2,1-12). El v., producto de la vid, ya dice relación a Cristo, vid, y al Padre, viñador (lo 15, 1-6), vid a la cual es preciso estar unidos para dar fruto (lo 15,4); y de este modo también el v. se liga, como el pan, al simbolismo claro de la sangre del sacrificio completo de Cristo (V. EUCARISTÍA; MISA).El pan y el v. antes de la consagración eucarística son símbolos de los dones humanos que ofrecemos a Dios y símbolo del cuerpo y sangre de Cristo que Él ofrecerá en sacrificio y que al mismo tiempo dará en alimento del alma. La omnipotencia de Dios, por medio de las palabras de la Consagración, verifica la transustanciación, es decir, la conversión o cambio sobrenatural, admirable y singular de la sustancia del pan y del v. en la sustancia del Cuerpo y Sangre de Cristo, permaneciendo los accidentes (color, sabor, etc.) de aquéllos. Después de la consagración, por tanto, es Jesucristo mismo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, el que está verdadera, real y sustancialmente presenté bajo los accidentes del pan y del vino. Entonces los accidentes o especies de v. (como los del pan) ya no simbolizan solamente (la sangre y el cuerpo de Jesucristo, respectivamente) sino que además contiene lo que simbolizan. Siendo materia remota de tan alto sacramento, se comprende el cuidado y esmero que puede descubrirse a lo largo de la historia en la selécción o preparación del pan (v.) y del v. que habían de utilizarse para la Eucaristía.El v., coma materia perpetua para el sacramento-sacrificio de la Eucaristía, tiene pocas variantes. Consta que tanto en Occidente como en Oriente se usó el v. tinto con más frecuencia, pues significa la sangre y mejor se distingue del agua. Desde el s. XVI, sobre todo cuando se usa ya el purificador, se utiliza también o a veces se prefiere el v. blanco por manchar menos. El v. debe ser natural, del fruto de la planta de la vid, y ha de cuidarse de que no se corrompa o esté tan mixtificado que se hiciera materia ilícita o inválida del sacrificio (CIC, can. 815,2). En países donde es difícil encontrar v. o uvas recientes, está permitido recurrir a las uvas pasas, que echadas en agua para que se empapen son luego exprimidas en un lagar (así lo suelen hacer algunos orientales, p. ej., coptos y abisinios); el mosto tiene que fermentar para obtener el v., de lo contrario sería materia inválida, o al menos ilícita, para el sacrificio (Respuesta del S. Oficio del 7 mayo 1789).Un uso griego, ya extendido en Palestina en tiempos de Cristo y por lo mismo en todo el mundo, mezclaba cierta cantidad de agua con el vino. En todo caso parece que esto era usual entre los judíos y que Cristo utilizó v. mezclado con agua en el cáliz de la última Cena (v.); así lo dicen algunos relatos de la institución de la Eucaristía que con las palabras de la consagración están contenidos en antiguas anáforas o cánones de la Misa; y S. Justino (Apología 1,65,67) y la tradición en general atestiguan que ésta era la práctica desde el principio en la Iglesia. En el s. IX se encuentra algún testimonio que habla de dos terceras partes de v. y una tercera parte de agua. En el s. XIII, el papa Honorio III habla de que ciertamente la costumbre razonable de la Iglesia universal es poner más v. que agua (Denz. 441). La proporción de agua suele reducirse en general a una mínima cantidad, de modo que se salve el simbolismo del gesto. Se empezó a usar la cucharilla, para facilitar el no excederse en el número de tres gotas, del que se habla frecuentemente. El CIC, can. 814, prescribe el uso de una cantidad modicísima de agua.S. Cipriano explica el sentido simbólico a la presencia del agua en el cáliz de la consagración: así como el v. absorbe el agua, así Cristo nos ha absorbido en sí mismo a nosotros y a nuestros pecados. Por eso la unión con Cristo por la fe es como la del agua con el v. dentro del cáliz. La presencia del agua en el v. es símbolo y garantía de nuestra presencia e incorporación, en la consagración, al mismo Cristo. También se ha visto en esa mezcla del v. y agua un símbolo de la sangre y agua que brotaron del costado abierto de Cristo en la cruz (lo 19,35); a ello se refiere, p. ej., el papa Inocencio III en dos de sus cartas (Denz. 416-417). Sin embargo, el simbolismo que ha predominado es que el agua representa al pueblo cristiano que se asocia al sacrificio (Apc 17,15). De ahí proviene que el agua, deba ser bendecida, pues necesita ser expiada como nosotros, cosa que no precisa el v., signo de la sangre de Cristo. Esta ceremonia y su simbolismo ya era explicada por el Conc. de Florencia (Denz. 698), y de nuevo fue explicada y mantenida por él de Trento, frente al luteranismo que la rechazaba, como tantas cosas, ésta con la excusa de considerarla lesiva de la acción de Cristo único mediador (Denz. 945; 956). Antes, en Oriente, los monofisitas (v.) también habían discutido este simbolismo, pues decían debía significar la unidad de naturaleza de Cristo, según la errónea concepción que tenían de éste (y lo mismo decían de la levadura en el pan fermentado).V. t.: PAN II.A. GONZÁLEZ FUENTE.
BIBL.: J. A. JUNGMANN, El sacrificio de la Misa, 3 ed. Madrid 1959, 584-587; J. M. HANSENS, Institutiones liturgicae de ritibus orientalibus, II-III, Roma 1930-32; M. RIGHETTI, Historia de la Liturgia, II, Madrid 1956, 522 ss.; además, todos los tratados de Teología dogmática (v.) y de Teología moral (v.) dedican espacio a estudiar la materia de la Eucaristía y las condiciones que debe reunir para que sea válida y lícita. Como documentos oficiales, disciplinares y magisteriales, de la Iglesia sobre la materia de la Eucaristía, además de los citados en el texto, hay diversas respuestas del S. Oficio (p. ej., Denz. 1937-1938), y entre los más recientes hay que citar: De defectibus in celebratione Missarum ocurrentibus, incluido al principio del Missale Romanum de S. Pío V; y la Instrucción del 26 mar. 1929 de la S. Congregación de Sacramentos, acerca de algunas cosas que se deben evitar u observar en la celebración de la Misa y en la administración y reserva del sacramento de la Eucaristía (AAS 21, 1929, 631-639).
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