Versalles, Tratado de HIST.
Categoria:
Historia
Por este nombre suele designarse el acto jurídico mediante el cual se puso fin en 1919 a la I Guerra mundial (v.). En realidad, el t. de V. estipuló únicamente la paz entre las potencias aliadas y Alemania, y fue seguido de los de Saint Germain, Neuilly, Trianon y Sévres (todos ellos en 1919, excepto el último, en 1920), que consagraron la derrota del resto de los Imperios centrales. Sin embargo, suele reservarse el nombre de Versalles para designar el conjunto de estas paces, que más bien debieran denominarse "paces de París", por estar todas ellas firmadas en palacios vecinos a la capitál francesa. También resulta un tanto ambiguo el término "tratado" aplicado al caso de Versalles, puesto que, rompiendo con todos los precedentes históricos, no hubo en él negociaciones entre vencedores y vencidos, sino únicamente negociaciones entre los vencedores sobre el destino de los vencidos. Los alemanes prefirieron hablar de Diktat -dictado, imposición- y este último término fue empleado con cierta frecuencia por historiadores de diversos países, hasta la época de la II Guerra mundial.Los presupuestos. Tres puntos fundamentales constituyen lo que podríamos llamar filosofía del tratado de Versalles. En primer lugar, el triunfo de la democracia como único sistema político válido en el mundo. La Guerra mundial, en realidad, sólo había tenido un sentido claramente ideológico en su etapa final. Durante tres años se había luchado por la hegemonía, por el imperio, a lo sumo -vagamente- por la "justicia" y el orden europeo. Dos hechos casi simultáneos, la revolución rusa de 1917 (v.), que derribó al régimen zarista, y la entrada en el conflicto de los Estados Unidos, cambiaron de pronto el planteamiento de la contienda. De un lado estaban las democracias occidentales (EE. UU., Gran Bretaña, Francia, Italia), y del otro los Imperios autocráticos (Alemania, Austria-Hungría, Turquía). En estas condiciones, la "politización" de la guerra fue un hecho inmediato, y se convirtió en la principal arma ideológica de los aliados. Ahora se luchaba, no por la preponderancia, ni por los "sagrados intereses de la patria", sino por la libertad y por un orden basado en el derecho de autodeterminación de los pueblos. Los sistemas democráticos, vigentes ya en los países vencedores, habrían de ser implantados también en los vencidos.El segundo punto fue el principio de las nacionalidades. La guerra había comenzado por una disputa de tipo nacionalista (entre Austria y Servia), y la idea de "nación natural" se había esgrimido repetidamente durante la contienda. Pero vino a potenciarla el carácter ideológico a que acabamos de aludir, sobre la base de una idea común a democracia y nacionalismo: el ya citado "principio de autodeterminación de los pueblos". El presidente norteamericano Wilson (v.) fue el principal campeón de este principio. No parece prudente atribuirle un propósito deliberado, ni inconsciente siquiera, de dividir a Europa, aunque ello fuera el resultado de la aplicación de su doctrina. El presidente de los EE. UU., intelectual universitario, era un idealista de la democracia, y su visión de la problemática europea parece haber sido generosa, pero un tanto simplista y utópica. Diez de sus famosos Catorce puntos -expuestos el 18 en. 1918 como base de la futura paz- se referían a distintos aspectos del principio de autodeterminación. El Estado, como emanación del pueblo, ha de constituirse sobre la voluntad de ese pueblo de ser una comunidad soberana. La aplicación de la "voluntad popular" a la delimitación de nacionalidades y fronteras era mucho más compleja que su enunciado teórico. Wilson no tuvo en cuenta la existencia de regiones multirraciales, donde ninguna voluntad sería mayoritaria, ni el entrecruce de razas, religiones, culturas y lenguas, que dificultaba el establecimiento de un criterio único, ni siquiera el hecho de que los campesinos prefiriesen ser propietarios de la tierra que miembros de un Estado soberano de su propia raza. Los t. de V. modificaron el mapa de Europa de acuerdo con el principio de las nacionalidades, pero no siempre acertaron, y habrían de dar origen a multitud de conflictos y reajustes en años ulteriores.El tercer punto, menos filosófico, y sí de alto sentido práctico, es el principio de la culpabilidad alemana. No es fácil hoy día establecer grados de responsabilidad en el cúmulo de obcecaciones colectivas que condujeron al estallido de la guerra. De hecho, Alemania no había sido la primera en entrar en ella, y lo hizo -según versiones- para cumplir sus compromisos con Austria, o ante la invasión rusa. Sin embargo, los hechos demostraron pronto a los aliados que Alemania era el enemigo principal, por no decir virtualmente el único. Sólo la capacidad bélica de Alemania comprometió hasta última hora la victoria final aliada y prolongó la dura contienda por espacio de más de cuatro años. Poco a poco, se fue pasando de una guerra entre potencias a una guerra entre el mundo y Alemania. En ésta se simbolizó al enemigo y, al fin, al agresor vencido. Parecía que la paz sólo podía ser justa con el "castigo" de Alemania, y sólo podía ser segura con su transformación en un país inofensivo. Este principio, que se creyó por un tiempo garantía del futuro, resultaría a la postre más contraproducente que operante.La discusión entre los vencedores. El 18 en. 1919 se reunieron en París los representantes de los 35 países que habían estado en guerra con Alemania. Faltaba a la cita Rusia, en plena convulsión interna, y en unas condiciones tales, que era imposible colocarla entre los vencedores ni entre los vencidos. Su ausencia no fue lamentada, sino todo lo contrario. Aun así, 35 delegaciones eran demasiadas para , llegar siquiera a un acuerdo de base; se hizo patente desde el primer momento la disparidad de criterios entre las grandes potencias, decididas a llevarse la parte del león, y las pequeñas -algunas advenidas al bando aliado muy a última hora-, ansiosas y celosas de participar en el botín de la victoria. El triunfo de los grandes se consagró cuando la Conferencia General delegó en el Comité de los Diez el encargo de redactar el borrador del tratado de paz. El Comité de los Diez ni siquiera representaba a diez potencias, sino a cinco, con dos delegados cada una. Por aquellos días empezó a hablarse de los "Grandes": Wilson, por EE. UU.; Clemenceau (v.), por Francia; Lloyd George, por Gran Bretaña; Orlando, por Italia, y Saionji, por Japón. El papel de este último fue relativamente modesto, y se limitó a recabar para su país todas las posesiones alemanas en el espacio oriental.Los criterios de los otros Grandes eran contrapuestos. Wilson, que antes de la entrada de los Estados Unidos en guerra había abogado por una "paz blanca", sin vencedores ni vencidos, y basada en la reconciliación, pretendía ahora imponerse al bando derrotado, pero sólo en sus aspectos ideológicos y políticos: democracia y principio de las nacionalidades. Francia, en cambio, abrigaba propósitos anexionistas, y hablaba no sólo de recuperar Alsacia y Lorena, sino de ocupar toda la orilla izquierda del Rin y controlar sus cuencas mineras. La Gran Bretaña temía tanto la impunidad de Alemania como el engrandecimiento de Francia, y prefería un sistema de compensaciones no territoriales, sino económicas: reparaciones de guerra, indemnizaciones, etc. Las conversaciones llegaron a hacerse tormentosas. Clemenceau amenázó con retirarse de la conferencia si no se atendían sus exigencias, y otro tanto hizo Orlando, al ver que las reivindicaciones italianas chocaban con las de otro de los vencedores, Servia, a punto de convertirse ya en Yugoslavia. Wilson hubo de renunciar a muchos de sus puntos para salvaguardar el que estimaba principal -la formación de una Sociedad de Naciones-, con lo que la discusión desembocó en un forcejeo entre Francia y Gran Bretaña para imponer sus respectivos puntos de vista. Al final se llegó a una solución intermedia.La imposición a los vencidos. El 6 mayo 1919 terminó de redactarse el borrador de paz con Alemania, y ’al día siguiente fueron admitidos en el salón de conferencias los plenipotenciarios germanos. No podían discutir, sólo aceptar o rechazar las condiciones que se les impusieran. Un rechazo equivalía a la reanudación de la guerra, y la invasión de Alemania por los aliados. Alemania era declarada única culpable de la contienda, y condenada a pagar los daños causados. El Kaiser sería juzgado por un tribunal internacional. Alemania cedería Alsacia y Lorena a Francia, Eupen y Maldemy a Bélgica, Schsleswig del Norte a Dinamarca; Alta Silesia, Posnania y un "corredor" hasta el puerto de Gdynia, a Polonia. Danzig y Memel quedarían como ciudades libres. Se sometería a plebiscito la soberanía del Sarre, el resto de Silesia y parte de Prusia Oriental. En realidad, las pérdidas territoriales no eran excesivas, aunque sí muy grande su importancia estratégica y económica. El "corredor" polaco dividía Alemania en dos. Los alemanes perdían todas sus colonias.Aparte de ello, Francia mantendría el país carbonífero del Sarre durante 15 años, al cabo de los cuales se celebraría el plebiscito. Durante el mismo plazo, los franceses ocuparían la orilla izquierda del Rin, más tres ciudades en la orilla derecha: Colonia, Coblenza y Maguncia. Alemania no podría contar con más de 100.040 soldados, y entregaría a los aliados toda la marina y la aviación. Pero quizá las condiciones más duras fueron las económicas, que uno de los propios negociadores aliados, el economista Keynes, consideró imposibles de cumplir. La indemnización de guerra se cifró en cinco mil millones de dólares; pero aparte de esto, Alemania tendría que restituir, con sus barcos mercantes y la construcción de otros nuevos, todo el tonelaje de buques aliados hundidos; había de reconstruir las vías férreas francesas y entregar o fabricar todo el material rodante dañado; entregaría gratuitamente partidas de carbón y hierro, etc. Los delegados alemanes, sin voz ni voto en la conferencia, entregaron una alegación por escrito, que sólo conmovió a Wilson. Constreñidos a aceptar la paz, hubieron de resignarse a ello, pero para recalcar el carácter de dictado, esperaron al último minuto del plazo concedido. Era el 28 jun. 1919.Las paces complementarias. Austria firmó la paz en el tratado de St. Germain el 10 sept. 1919, que consagraba la desaparición del Imperio austrohúngaro y reducía el país a los límites actuales. El 4 de junio se estipuló el tratado de Trianon, que despojaba a Hungría de todos los territorios no magiares. El 27 de nov. se firmó la paz de Neuilly, que obligaba a Bulgaria a ceder la Dobrudja, parte de Macedonia y Tracia. La paz con Turquía, por las agitaciones de este país, tardó más tiempo en firmarse (Sévres, 30 ag. 1920), y desmembró el antiguo Imperio otomano. La nueva Turquía quedaba reducida a la mínima expresión -hinterland de Constantinopla- en Europa, y en Asia, a la península de Anatolia. Los límites actuales de Turquía son en parte producto de posteriores reanexiones.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: Para un conocimiento de tipo general, P. RENOUVIN, Historia de las relaciones internacionales, 11, Madrid 1960. Obras más especializadas: F. BERBEL, Das Diktat von Versailles, 2 vol., Essen 1939; D. LLOYD GEoRGE, The Truth about te Peace Treaty, 2 vol., Londres 1938; H. TEMPERLEY, A History of the Peace Conference of Paris, 6 vol., Londres 1921-24; H. NICOLSON, Peace Making, Oxford 1944; A. TORRE, Versailles. Storia della Conferenza della Pace, Milán 1940.
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