Valdés Leal, Juan de
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Biografía GER
Pintor español del s. XVII, perteneciente a la escuela sevillana. Nació en la capital andaluza en 1622, era hijo del platero lusitano Fernando de Nisa y de la hispalense Antonia de Valdés Leal, por la que su nombre, conforme a los usos actuales, sería Juan Nisa de Valdés. Pqr traslado familiar a Córdoba, ciudad que le creyó durante mucho tiempo hijo suyo, pasó allí su infancia y adolescencia siendo, al parecer, discípulo de Antonio del Castillo; en Córdoba casó, en 1647, con Isabel Carrasquilla, de ilustre familia, al decir de Palomino; permaneció en esa ciudad hasta 1656, en que volvió a Sevilla, donde aparece documentado hasta su muerte, acaecida en 1690. En su tierra natal vieron también la luz sus hijos, y en ella gozó de fama, si bien, pese a tener trabajo con gran frecuencia, parece que no alcanzó la posición desahogada que disfrutó Murillo. Con él fundó en 1660 la Academia, aun cuando pronto estalló la rivalidad entre ambos; V. obtuvo, tras la retirada de Murillo, la presidencia; también fue elegido, por esas fechas, mayordomo de la cofradía de S. Lucas, del gremio de pintores.Perteneciente a la última generación del barroco, tan trascendental para la escuela sevillana, parece aunar en sus obras el desenfado característico de los postreros momentos del estilo con la agrio de su carácter y la violento de sus actuaciones. Conocido físicamente tanto por el texto de Palomino como por el autorretrato grabado que guarda la Bibl. Nacional de Madrid, su físico confirma esa mezcla de altanería y generosa esplendidez a que hace referencia el citado tratadista cordobés. En consonancia con su carácter, su estilo evoluciona magistralmente desde el apretado dibujo característico de Castillo, apreciable en sus obras más juveniles, hacia otro más suelto y colorista, de visibles influencias rubenianas, para alcanzar, tras el estudio de los italianos del momento, la soltura de paleta, el acusado desdibujo, la factura amplia y la gran riqueza cromática de que hace gala en sus obras finales.
Cuidador de la expresión más que de la belleza, es un genuino representante de esa "veta brava española" tan frecuente entre los mejores pintores de la raza. No obstante la prisa con que suele trabajar, especialmente desde su establecimiento en Sevilla, hace que su labor sea, por las frecuentes incorrecciones dibujísticas que en ella aparecen, un tanto desigual, ofreciéndonos por ello, al lado de trozos geniales de innegable maestría pictórica, creaciones endebles que nada le favorecen. Gracias que aquéllas son de tan óptima calidad estética que, pese a estos fallos, hacen de él uno de los pintores más interesantes de su tiempo. A ello hay que unir su dominio del grabado, que le vincula a Ribera, Velázquez y Goya, y que no sólo se resuelve en una serie de importantes creaciones en esta materia sino que amplía el campo de su acción artística hacia una actividad poco frecuente en los pintores españoles. Si a esto se unen sus conocimientos, éxitos y magisterio en la pintura mural, tendremos completo el cuadro de posibilidades en que se desenvolvió su arte, atrayente Y. cautivador, así como precursor de posteriores novedades estéticas.
Primeras obras. Su producci6n comienza hacia la segunda mitad de la centuria. De 1649 es el s. Andrés de la iglesia de S. Francisco de Córdoba, obra grandiosa y monumental en la que todavía hay mucho del dibujo de su maestro y en la que recientes comparaciones han puesto de manifiesto ciertos recuerdos de Herrera el Viejo. De este momento debe ser la Virgen de los Plateros (Museo de Córdoba), pintada para el citado gremio cordobés, quién sabe si por indicación paterna, y que es una Inmaculada, de gran énfasis barroco, a la que acompañan S. Eloy, patrón del Arte, y S. Antonio de Padua; la obra, además de su interés iconográfico, muestra las primicias de un camino en la trayectoria estilística de su autor. Finaliza esta etapa con la serie del convento de S. Clara de Carmona, ejecutada entre 1653 y 1654, dispersa hoy entre el Museo de Sevilla y la col. March de Palma de Mallorca. El lienzo más notable de la serie es el de La derrota de los sarracenos ante los muros de Asís, propiedad del municipio hispalense y depositado junto con los restantes de la serie en la citada pinacoteca sevillana; inspirado en Rubens representa, tanto por la rapidez de ejecución como por su marcado sentido expresionista, un precedente de la pintura de Goya.
Tras la serie iconográfica de Carmona, ejecuta, entre 1655 y 1668, el magnífico retablo del convento del Carmen de Córdoba, felizmente conservado in situ. Su lienzo central, Elías arrebatado por el carro de fuego, es otra de sus grandes composiciones, en las que revela de forma magistral su rapidez de ejecución y su notorio dominio del color. A esos años pertenecen también La liberación de S. Pedro de la catedral hispalense y el equilibrado Camino del Calvario del museo de dicha ciudad; pinacoteca que atesora otro importante conjunto de análoga cronología y procedente del desaparecido monasterio de S. Jerónimo de Buenavista. Lo integran una serie de asuntos de la vida del santo -El bautizo, firmado y fechado en 1657, Las tentaciones y S. Jerónimo azotado por los ángeles- y otra de religiosos notables de la Orden Jerónima como los P. Yáñez, Cabañuelas, Ledesma, Illescas y Talavera; todos de gran riqueza colorista, sol tura de paleta y notorio énfasis barroco; en alguna de estas obras, al acertado decir del prof. Angulo, llega a presentir a Goya.
Otra serie importante, conservada también en el Museo de Sevilla, es la realizada para el colegio de S. Hermenegildo de ta Compañía de Jesús, entre 1674 y 1676, en la que narra, un tanto aprisa y con gran participación de discípulos y gentes de su taller, los principales pasajes de la vida de S. Ignacio de Loyola: El santo en la cueva de Manresa, La recepción de la Bula fundacional de la Compañía de Jesús de manos de Paulo III, El santo enfermo, La visión de Jesús en las calles de Roma, entre otros; además de La alegoría del Dulce Nombre de Jesús, en la que aparece acompañado por S. Francisco de Borja, y en donde el barroquismo del maestro llega a una exacerbación totalmente expresionista.
Obra maestra. Donde el arte de V. alcanza, por esas fechas, su más alto grado de calidad pictórica es en la serie que, por encargo del ven. Miguel Mañara, ejecutó para el hospital de la S. Caridad de Sevilla, consistente en el gran cuadro del Triunfo de la Santa Cruz -titular con S. Jorge de la hermandad-, en retrato del fundador Mañara y sobre todo en los lienzos de las postrimerías ( In ictu oculi y Finis gJoriae mundi) , en los que plasmó lo mejor del pensamiento de D. Miguel acerca del valor de las glorias mundanas que disipa la muerte, con una magistral paleta en la que lo más crudo del realismo barroco y la pincelada suelta de toque amplio característica del mismo se aúnan para formar dos de las composiciones más logradas de la pintura española de todos los tiempos y en las que, pese a lo macabro del tema, la ordenada ponderación propia de la escuela sevillana refrena el ímpetu expresionista que poseen.
Otras obras dignas de mención son la Concepción y la Asunción del Museo de Sevilla, la Inmaculada de la National Gallery de Londres, la Alegoría de la vanidad y la Conversión de Mañara -Museos de Hartford y York respectivamente-, modelos ambos de bodegones con intención moralizante, así como las efigies de S. Fernando de las iglesias sevillanas del Hospital de Venerables Sacerdotes y del Real Monasterio de S. Clemente; aparte su actividad como pintor de murales, género en el que inició a sus discípulos, quienes lo desarrollaron con gran acierto durante los primeros lustros del s. XVIII, cuales los Evangelistas del Hospital de la Caridad y los de la de los Venerables, en cuya sacristía dejó la mejor producción que, en el género ilusionista, ha creado la escuela sevillana: El triunfo de la Santa Cruz.
Faceta importante también en el arte de V. es la de grabador, género en el que inició asimismo a sus colaboradores y discípulos, al igual que lo había hecho en la pintura mural y en el que dejó ejemplares de la calidad de su autorretrato (Bibl. Nacional de Madrid), la cus todia de Arfe de la catedral hispalense, restaurada bajo su dirección, y sobre todo las láminas del libro de Fernando de la Torre Farfán sobre las fiestas celebradas en Sevilla en 1671, con motivo de la canonización de S. Fernando. Con V ., la escuela sevillana de pintura alcanzó el momento álgido de su barroquismo, dado que su arte, tanto por su sentido expresionista como por la soltura de su paleta, llega a presentir, como ya indiqué, a Goya y a ejercer influencia sobre románticos e impresionistas franceses; pero también conoce tras de él su ocaso, pues, salvo las felices actuaciones de algunos de sus discípulos en el ya referido campo del muralismo, a su muerte puede decirse que quedó cortada la línea creacional que desde Roelas existía en su seno, para quedar reducida al formulismo amanerado de los primeros setecentistas.
A. DE LA BANDA Y VARGAS.
BIBL.: A. DE BERuETE y MORET, Valdés Leal, Madrid 1911; I. GESTOSO y PÉREZ, Don Juan de Valdés Lea4 Madrid 1916; E. GuÉ TRAPIER, Valdés Leal, Nueva York 1956; C. L6PEZ MARTÍNEZ, Valdés Leal y sus discípulos, Sevilla 1922; P. MASSA, Juan de Valdés Leal, Buenos Aires 1942.
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