Uruguay. VI. Arte. ARTE
Categoria:
Arte
1. Época prehispánica. El territorio de la actual República del U. y partes del Brasil y la Argentina era el área ocupada por los charrúas, a los que se conoce bien por la etnohistoria y la arqueología. Excepto en algunos escasos elementos que corresponden a la influencia de los guayanás y otros de origen guaraní, la mayor parte de los restos arqueológicos pertenecen a una cultura relacionada con la Patagonia.Esta cultura arqueológica, que desarrollarían los charrúas, se caracteriza por una industria lítica muy desarrollada, con rompecabezas estrellados, bolas con una hendidura ecuatorial propias de boleadoras, y algunas esculturas con relieves geométricos grabados, así como numerosos tipos de puntas de proyectil. La cerámica es subglobular y sin asas, con una superficie pulida, decorada a veces con líneas incisas en zigzag. En las cuencas de los ríos Negro y U. existe una cerámica con decoración más completa, a veces con asas. Esta cerámica refleja semejanzas muy marcadas con la del río Paraná (v. PARAGUAY VI, 1) y la región del delta de ese río.Se han encontrado algunos cementerios, que reúnen hasta 30 enterramientos. Según algunos cronistas, los grupos tribales llevaban consigo a sus muertos para ser enterrados en sus propios cementerios. La base económica de estas poblaciones era la recolección, la caza y la pesca. A partir de la llegada de los españoles pudieron disponer del caballo, lo que amplió su actividad cazadora de manera considerable.2. Arte posterior. El arte colonial en U. es pobre, hasta el punto de que apenas quedan construcciones de ese periodo. Solamente en arquitectura puede citarse algún edificio (sobre todo construcciones militares, como las fortalezas de Montevideo, que data de 1742, y la de Santa Teresa, que es de 1780). Ello es comprensible si tenemos en cuenta que en Montevideo sólo había 300 casas a finales del s. XVIII, época de la que datan los edificios más antiguos, casi todos de gran sencillez. En la capital, conserva cierto sabor hispánico el barrio antiguo. También en esta ciudad se hallan las principales obras del arquitecto español Tomás Toribio (varias parroquias neoclásicas, construidas a partir de 1799) y de su hijo José (del cual lo más importante es la casa de la familia Montero). Citemos, para terminar, el Cabildo, construido entre 1804 y 1810, y, sobre todo, la Catedral, uno de los templos notables de Sudamérica. Se comenzó en 1803 con planos trazados en la madrileña Acad. de S. Fernando, y fue enriquecida y adornada posteriormente. Ambos edificios, cabildo y catedral, se encuentran en la Plaza de la Constitución, centro antiguo de la ciudad de Montevideo.Para U., como para el resto de Hispanoamérica en general, la independencia no supuso una ruptura total con la tradición artística anterior. Durante el s. XIX, la arquitectura uruguaya estuvo bajo el dominio del estilo neoclásico, con un único centro de interés en la capital de la República y obras de escaso relieve artístico. Se exceptúa la urbanización de la plaza Mayor de la ciudad de Montevideo, del arquitecto italiano Carlo Zucchi (17921858), autor también del proyecto del teatro Solís, inaugurado en 1856. En la segunda mitad de la centuria, destaca la múltiple obra del arquitecto uruguayo Juan Alberto Capurro (1838-1906). El signo academicista preside igualmente las creaciones escultóricas al gusto de la aristocracia y de la burguesía dominantes. El uruguayo Salvador Ximénez (1812-88) talla numerosas lápidas en mármol; sobresale su labor decorativa en el palacio de San José (Entre Ríos), del general Urquiza. Con el italiano Giuseppe Livi (1820-90), formado en Italia con Bartolini y afincado en Montevideo desde 1851, triunfa la escultura como instrumento al servicio de la política nacional y municipal; entre su vasta producción, cabe destacar La Piedad (1860) del cementerio Central, y la estatua de La Libertad (1866), que corona la columna de la plaza Cagancha. El siglo lo cierra el español Domingo Mora (1840-1911), residente largo tiempo en U. y luego en los Estados Unidos de Norteamérica, cuyas mejores obras se inspiran generalmente en el tema del gaucho.En este siglo, un tanto aciago para las artes uruguayas, la pintura tiene mayor alcance y más logradas calidades. El punto de partida hay que situarlo en 1840, con la Acad. de Bellas Artes. A un excelente artista, Juan Manuel Blanes (1830-1901), corresponde el y a su vez la cumbre de la pintura decimonónica de U. Junto con el mexicano Velasco y el argentino Pueyrredón, forma la trilogía pictórica de más alta significación de Hispanoamérica en el s. XIX. Su obra es como una crónica histórica y costumbrista del país (Bombardeo de Paysandú); narrador ágil de los hechos más destacados de la independencia y de la vida del gaucho, e insigne retratista (Retrato de Solano López), en su producción se dejan ver su formación técnica europea (Francia), de pincelada suelta, y la emotividad americana (La fiebre amarilla en Buenos Aires). Otros muchos pintores podrían reseñarse, como su discípulo Diógenes Hecquet (1867-1902), el miniaturista Juan Secundino Odorgeti (1807-59) y el costumbrista Horacio Espondaburu (1855-1902), hasta que con Carlos María Herrera (1875-1914) parece adivinarse un claro deseo de renovación, con su aporte luminista entroncado en Sorolla.Milo Beretta (1870-1935) sitúa la pintura uruguaya en la línea impresionista, en la que sin corresponder totalmente habría que colocar a otro de los más grandes pintores uruguayos, Pedro Figari (1861-1938), a pesar de que su personalidad y actividad pertenecen más al s. XX. Hombre de formación humanista integral, profesor, jurista, filósofo y periodista, se consagra a la pintura por entero cumplidos los 60 años, iniciándose en la línea colorista de Bonnard y Vuillard. Al final de su vida logra su personalísimo estilo, hondamente poético, en sus obras de temática nacional, de escenas costumbristas y pintorescas de Montevideo y Río de la Plata, como El patio y La pulla (ca. 1934). En 1917 publica su gran obra teórica El arte, la estética y el ideal, que ejerce enorme influencia en los países del Plata.El s. XX es tal vez el de la madurez arquitectónica uruguaya, tendente más a lo formal y estructural que a lo propiamente espacial. La arquitectura se sitúa entre el universalismo constructivo de Joaquín Torres García (18741945), la calidad impuesta por Julio Villamajó y los aportes del español Antonio Bonet. Las vinculaciones con el americano Wright y su pasión por la curva es patente en la obra de Guillermo Jones Odriozola (n. 1913), en Punta del Este. Próximo a la eficacia y plasticidad del venezolano C. R. Villanueva y de las estructuras paraboloides hiperbólicas del hispano-mexicano Félix Candela, hay que situar a Eladio Dieste (n. 1917) con sus estructuras industriales (1947-48) y su iglesia parroquial de Atlántida (1958). Julio Villamajó (1910-50) trajo consigo la consagración de la arquitectura uruguaya, al formar parte del equipo internacional de arquitectos que construyó el edificio de; las Naciones Unidas, en Nueva York. Pero donde, además de su proyección mundial, alcanza su cumbre la arquitectura de U. es con el edificio de la Oficina Sanitaria Panamericana y sede de la Organización Mundial de la Salud, en Washington (1965), diseñado y proyectado por Román Fresnedo Siri (n. 1903), de plasticidad y volumetría extraordinarias.Hasta Bernabé Michelena, la escultura uruguaya de la presente centuria vive sin superar cánones pasados, como sucede con Juan Manuel Ferrari (1874-1916). Con José Belloni (1882-1965) y especialmente con B. Michelena (1888-1963), la escultura de U. se incorpora al movimiento contemporáneo de la monumentalidad urbana, tal como J. Fioravanti y A. Bigatti habían logrado en Buenos Aires. También en este campo se deja sentir la huella del constructivismo de Torres García. La utilización de un lenguaje internacional, movimiento iniciado por Germán Cabrera (n. 1903), aún transicionalmente, se logra con Eduardo Díaz Yepes (n. 1910) y sus experiencias de formas abstractas (monumento de ónix del Parque Ibirapuerta, Sáo Paulo), cubistas, expresionistas o totalmente liberadas. La pintura experimenta con Gilberto Bellini (1908-35) y Carmelo Rivello (1901-44) ciertos impulsos renovadores de origen francés.A partir de 1934, en torno al ya citado Torres García, se trata de llevar a la práctica lo expuesto por él en Universalismo constructivo, contribución a la unificación del arte y de la cultura en América (1944). En 1929, funda con M. Seuphor la primera revista de arte abstracto, Cercle et Carré, y organiza una exposición colectiva con Kandinski, Mondrian, Arp, Taeuber, Pevsner, Léger, Le Corbusier, etc., colocándose. en la vanguardia del arte contemporáneo mundial. Rompe con la transposición figurativa, con la perspectiva y el claroscuro en pro de su universalismo constructivo. Su influjo fue y sigue siendo enorme no sólo en la pintura, sino también en la arquitectura y escultura. Por citar alguno más, cabe señalar a Carlos Prevosti (1896-1955), Melchor Menéndez Magariños (1888-1945) y José Cúneo (n. 1887), entre otros muchos artistas.A. MARTÍNEZ RIPOLL, J. ALCINA FRANCH.
BIBL.: A. LARRAURI, Pictografías de la República del Uruguay, Buenos Aires 1918; S. K. LoTHROP, Indians of the Paraná Delta, "Anales New York Acad. of Sciences", 33, Nueva York 1932; P. RIVET, Les derniers Charrúas, "Rev. de la Soc. Americana de Arqueología de Montevideo" 4, Montevideo 1930; A. SERRANO, Exploraciones en el río Uruguay medio, Paraná 1932; ÍD, Las placas esculpidas del litoral, Buenos Aires 1942.
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