Union Sovietica. V. Historia Moderna y Contemporánea.a. Hasta 1917. HIST.
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Historia
1. La creación del Estado ruso. Ninguno de los elementos estructuradores del nuevo Estado que el gran principado de Moscú integró y utilizó para alcanzar la hegemonía y la unidad nacional constituyó una novedad. Todos ellos estaban implícitos en la trayectoria de los Ivanes o Kalitas (de Iván I Danilovich Kalita): intensificación del expansionismo territorial en sus tres sectores clásicos, es decir, contra los principados menores circundantes, el gran ducado de Lituania, y el debilitado poder de la Horda de Oro (v.) y sus fragmentos; fortalecimiento de la personalidad rusa como heredera de Bizancio; endurecimiento de la autocracia del gran príncipe contra cualquier organismo de oposición (tanto de orden aristocrático, druzhina, como corporativo, vieche); exacerbación del sentido patrimonial del territorio y sacralización del poder con una justificación teocratizante a la que prestaron su colaboración algunas de las sometidas autoridades eclesiásticas de la Iglesia ortodoxa (v.). Junto a estos elementos centralizadores y estatalizantes, la Rusia moderna también heredó de los Kalitas el carácter sangriento y anárquico del problema sucesorio que determinaría, especialmente en dos grandes crisis, la casi extinción del Estado naciente.La evolución del surgimiento del Estado ruso, entre 1462 y 1694 (Iván III y Pedro I, respectivamente) suele dividirse en tres etapas: Los Ivanes (1462-1584), la época de las perturbaciones (1584-1613) y el ascenso de los Romanov con la crisis posterior (1613-1700).2. Los Ivanes. Asociado al trono por su padre, Basilio II el Ciego, Iván III (1462-1505) obtuvo: la eliminación definitiva de Novgorod, que había buscado ayuda en el gran duque de Lituania y rey de Polonia, Casimiro III; la emancipación rusa de los khanatos fragmentarios de la Horda de Oro (Kazán, Astracán y Crimea) y desaparición, por el momento, de la presión de Lituania (v. LITUANIA II). Las campañas contra Novgorod se realizaron en dos etapas, 1471 y 1478, y el triunfo final permitió anexionarse, por prestigio o temor, otros territorios (Jaroslavl, Viatka, Tver y Pskov), que completaban prácticamente la unidad de Rusia septentrional. Simultáneamente, la emancipación respecto de los mongoles (v.) se realizó en un proceso mixto de astucia y violencia militar (1467-87). La dominación mongol había terminado en 1480, y alguno de los khanatos aceptaron ser tributarios de Iván (1487). El expansionismo ruso hacia el Báltico (que ya había alertado a los reyes de Polonia) aprovechó la muerte del rey polaco Casimiro IV (1492) para atacar Lituania y arrancarle sustanciosos territorios en virtud de las victorias de 1494 y 1500 sobre el duque Alejandro.Pero la expansión militar y territorial no eran suficientes para el fortalecimiento del Estado. Iván III desarrolló además su política en dos direcciones: el encumbramiento de su prestigio, interior y exterior, y la iniciación del sistema de servicio al zar para la nobleza. El primero lo obtuvo, sobre todo, por su matrimonio con Sofía Paleóloga (hija del último Emperador bizantino), subrayándolo además con la implantación del ritual cortesano del Imperio de Oriente y de sus emblemas de poder junto con la denominación de Zar (Caesar). La segunda, imponiendo el vasallaje obligatorio de los príncipes rusos a la corona.A pesar de la partición hereditaria, su hijo Basilio III, que le sucedió en 1505, heredó realmente un Estado ruso (tres cuartas partes de territorio y la única soberanía). Su política cruel y envanecida hicieron perder a Moscú mucho prestigio, alianzas y algunos territorios. Cuando murió (1533) le sucedía un hijo de tres años, Iván, bajo la regencia de su viuda, Helena, que en los cinco años que tuvo el poder (antes de morir, probablemente envenenada por los boyardos) actuó con energía. La anarquía de la regencia boyarda (especialmente del clan Chuiski) y su abuso del poder no los olvidaría el joven Iván, que en 1547 accedía al trono con el título de Zar de todas las Rusias. Entre 1547 y 1584, Iván IV el Terrible realizó una obra de centralización ingente utilizando por igual la crueldad, la astucia y la inteligencia, pero sobre todo una violencia feroz que le valió su sobrenombre e hizo de 61 una figura legendaria. El programa político de Iván el Terrible contuvo tres puntos básicos: eliminación definitiva de los khanatos del Sudeste, organización interior del Estado y apertura a Occidente por el Báltico. En 1552 Kazán fue tomada al asalto; en 1554 Astracán y con ello todo el Volga estaba en manos rusas, y los casacas del Don y del Dnieper le ofrecieron su concurso.La expansión oriental le compensó del descalabro que sufrió su política respecto al Báltico, a la que le impulsaba el dominio lituano. En 1558 se apoderó (con ayuda de uno de los khanes) de Narva, la puerta del Báltico; al hacerlo puso en movimiento la reacción sueca, y el resultado final fue el alejamiento de Rusia del Báltico durante más de un siglo. La guerra se generalizó a partir de 1566. En 1576 y 1578 sufrió graves derrotas a manos polacas y suecas, obligándole a firmar los tratados de Zapolsky y Narva (1582, 1583), por los que renunciaba a sus territorios en Livonia y al expansionismo báltico, devolviendo Estonia y Narva a los suecos.Fue sin duda en el afianzamiento del Estado autocrático donde Iván consiguió logros espectaculares. Inició el reinado con una reforma del código religioso (stoglar) y una información pública sobre la regencia boyarda (154951). A partir de 1560, la muerte de su esposa (una boyarda, Anastasia Romanov), quizá asesinada, desató una oleada de violencia agravada por la deserción del príncipe Kurbski al bando lituano. Acusando a los boyardos de traición a la unidad rusa que encarnaba se retiró a Alexandrov, esperando un apoyo masivo del pueblo que le permitiera enfrentarse a los boyardos como opresores (1564). Así fue. Un año después, Iván volvía al trono e iniciaba la desmantelación boyarda en forma radical. Dividió el país en dos grandes zonas, una de dominio absolutamente personal (Opritchnina), y otra de dominio común (Zemchtchina), a la que trasvasó los boyardos erradicados de la primera, sirviendo sus antiguos dominios para premiar a una pequeña nobleza popular fiel al Zar. En 1566, convocó el primer Zemski sobor (Asamblea Nacional) para exigir su apoyo en la guerra lituana. Su guardia personal, los Opritchnik, imponía el terror y las purgas en la Zemchtchina; los dominios que se les entregaron favorecieron la denominada segunda servidumbre de la gleba. Simultáneamente, pretendía revitalizar el comercio. En 1554 concedió su monopolio a los Merchant Adventurers (una gilda de Londres), que establecieron una factoría en Arkangel, y otras en Moscú y Vologda. Después siguieron concesiones a los suecos. Como contrapartida, los rusos tuvieron acceso a Flandes e Inglaterra. A fines de su reinado añadió, a partir de 1582, el khanato de Siberia, que le abrieron los monopolistas mineros Strogonov.3. La época de turbulencias (1584-1613). La tremenda presión a la que Iván sometió a la vieja aristocracia boyarda resultó explosiva a su muerte (1584). La ineptitud de su hijo Fiodor I puso. el poder primero en manos de su tío Nikita Romanov y, a la muerte de éste (1585), en las de su cuñado Boris Godunov (v.), de ascendencia mongola. Fiodor murió sin hijos (con él se extinguía la dinastía Kalita o de los Rurik) y el Zemski sobor eligió a Boris como Zar (1598). Su insistencia en la política de Iván (apoyo a la nueva nobleza de servicio y eliminación de los boyardos) concitó contra 61 una sublevación aristocrática (1603) que utilizó, como bandera, a un posible impostor que pretendía ser hijo de Iván, Dimitri. Al morir Boris (1605), su hijo Fiodor II no pudo hacer frente a la presión de la aristocracia (con el clan Chuiski de nuevo a la cabeza) y a la exaltación popular, que lo asesinó (1605). Dimitri reinó casi un año y fue asesinado a su vez (1606) por sus antiguos defensores (acusado de dirigir una conspiración cristiano-polaca); al fin Vasili Chuiski se proclamó Zar (1606). El fantasma de Dimitri surgirá aún dos veces, como bandera de nuevas revueltas en las que se enfrentaron simultáneamente por el poder vastas sublevaciones de masas (como la acaudillada por un antiguo siervo, Bolotnikov), clanes boyardos envidiosos de Chuiski y grupos de presión polaco-lituanos y cosacos. En 1610, Ladislao, hijo del rey de Polonia, fue nombrado Zar después que Chuiski fuera depuesto por los boyardos. El pueblo aguantó mal la ocupación polaca e inició una serie de levantamientos fracasados. La disputa entre suecos y polacos por el trono de Moscú levantó una oleada de nacionalismo, que consiguió colocar en el trono al joven Miguel III Romanov (1612). Los tratados de Deulino (1618) y Polianowska (1634) representaron el precio pagado por Miguel III para evitar la intromisión polaca y sueca que, en cualquier caso, no desapareció (v. ROMANOV, DINASTÍA).4. Los primeros Romanov (1616-94). Miguel III (1613-45) y su hijo Alejo (1645-76) reinaron con menos poder efectivo que sus predecesores. Tanto uno como otro tuvieron copartícipes en el gobierno: el padre de Miguel, Filareto (v.), y un tutor boyardo, Boris Morozov, en el caso de Alejo. Los esfuerzos por mantener la paz y el equilibrio quedaron rotos con harta frecuencia por el complejo juego de las fuerzas y los intereses ucranianos, suecos y polacos, por lo menos hasta 1667, en que Rusia abandonaba Lituania. La agotadora y continua política militar y la inflación económica espectacular mantuvieron una tensión constante con frecuentes estallidos populares. El más importante fue el acaudillado por el cosaco Stenka Razin (1668) en el área del Don. La vinculación con las clases más humildes y su programa de igualdad y libertad, según la norma cosaca, mantendrán su recuerdo como un caudillo social, a pesar de su ejecución en Moscú (1671). En otro orden, la efervescencia de un intenso despertar cultural, apoyado en una renovación y occidentalización de Rusia, que Alejo impulsaba, provocó, a su vez; una reacción tradicionalista que rechazaba lo occidental como heterodoxo y peligroso para Rusia: el Raskol. En su forma más pura constituyó un cisma religioso acaudillado por Avvakum. Al coincidir con otras manifestaciones de descontento, ante el ocidentalismo de la administración rusa, el endurecimiento de la servidumbre para contentar a los propietarios y burgueses, cuyo peso en el Zemski sobar era creciente, y la tutela burocrática y las modas sociales polonizantes, el Raskol se convirtió, con frecuencia, en el refugio de amplios grupos de oposición.El tutelaje de las familias de la nueva aristocracia sobre los Zares continuó con Teodoro, hijo de Alejo. Los Narishkin y los Miloslavski se disputaron la hegemonía. Al morir el Zar sin hijos (1682), los primeros apoyaron a Pedro, hijo de Natalia (la segunda esposa de Alejo, que era una de ellos), los segundos sublevaron la guardia imperial (los streltsi) y exigieron la regencia de Sofía (hermana mayor de Pedro, hija de una primera mujer que había sido una Miloslavski). El enfrentamiento tenía aires de una lucha entre modernos (Narishkin) y tradicionales, pero el resultado era de nuevo la anarquía. En su exilio forzado, Pedro esperó una ocasión propicia y, cuando la derrota del favorito Golitsin, en su intento de Cruzada contra Turquía, se la ofreció, dio un golpe de Estado y puso en el Gobierno a su madre, Natalia (1689); cuando ella murió (1694), tomó el poder personalmente.5. El gran siglo de San Petersburgo (1700-1801). El s. XVIII ruso se distribuye entre dos largos y fecundos reinados a comienzos y finales del siglo (los de Pedro I, 1694-1725) y Catalina II (1792-96) con un largo interciclo de desórdenes y conspiraciones denominado de las revoluciones de palacio (1725-62).Pedro I de Rusia (v.) fue, ante todo, un entusiasta del Estado y la economía tecnológica occidentales, casi un déspota ilustrado; pero también un gran caudillo que invirtió la situación en torno al Báltico, arrebatando a la Suecia de Carlos XII la hegemonía (en Poltava, 1709) e interviniendo por primera vez, como Estado poderosa, en los conflictos del precario equilibrio europeo más allá de los tradicionales problemas polacos. Un intento de completar su política exterior, consiguiendo la salida al mar Negro, terminó en fracaso ante los turcos. A partir de ese momento y pese a la intervención turca en favor de Suecia, Pedro rehace su poder en el Báltico y se extiende por la costa septentrional (Meklemburgo, Pomerania, Holstein). Muerto Carlos XII en 1718, Suecia continúa la guerra hasta 1721 en que entrega Livonia, Estonia, Ingria y Carelia. La paz de Nystad (v.) confirma la nueva hegemonía báltica rusa (v. NORTE, GUERRA DEL). Eliminando realmente el problema sueco después de 1709, Pedro se concentró en una reorganización interior intensa excesivamente apresurada. Creó una nueva capital, San Petersburgo, construida desde los cimientos; suprimió las superabundantes cancillerías o prikaz (había unas 50), sustituyéndolas por nueve colegios de nueve miembros, a modo de ministerios; subdividió los vastos gobiernos en provincias y distritos (50 provincias); convirtió su Consejo privado en un Senado con atribuciones de Tribunal Supremo y de Gobierno en sus ausencias; cambió el sistema impositivo, abandonando la tributación por familia e instaurando la tributación por cabeza masculina adulta.En el campo económico, alentó la minería y la siderurgia, esencialmente con fines militares pero con resultados espectaculares (en 1725 Rusia producía más tonelaje de fundición que Inglaterra) e impuso un mercantilismo que consiguió en 1724 una balanza de comercio en la que el valor de las exportaciones duplicaba el de las importaciones. En el ámbito social modificó la aristocracia, obligándola a un servicio total a la corona; confirmó el carácter hereditario de los dominios territoriales pero sometiéndolos al mayorazgo; instituyó una escala de 14 cargos (especie de cursus honorum) en la que se conseguía la nobleza a partir del sexto y ello en tres escalas de servicio paralelas (civil, ejército y corte); dividió a los burgueses urbanos en dos grandes órdenes, en función de su riqueza; eliminó el patriarca en el ámbito religioso, sustituyéndolo por un Sínodo (v. VI); reorganizó el sistema judicial separándolo del administrativo. En suma, en todos los órdenes procuró intensificar la función y el control del Estado según el modelo occidental (especialmente el sueco).La muerte de Pedro I abrió un largo periodo de disolución, caracterizado por las tradicionales intrigas sucesorias, el intervencionismo de las potencias europeas, cada vez más acuciantes (especialmente de Francia), y los esfuerzos de la aristocracia por reducir a la nada las reformas de Pedro. Distintos parientes alcanzaron el trono sin la menor relación con la línea sucesoria, situación que el propio Pedro facilitó al alterar el sistema, permitiendo que cada Zar eligiese a su sucesor. Reinaron así, sucesivamente, su segunda esposa (Catalina I, 1725-27), su nieto (Pedro II, 1727-30), su sobrina (Ana Ivanovna, 1730-40), su hija (Isabel, 1741-62), otro nieto (Pedro III, 1762) y por fin una extranjera, la esposa de Pedro III, Catalina II (1762-96).Cada una de las sucesiones estuvo dominada por partidos aristocráticos rivales, y cada uno de los reinados supuso una renuncia a la política de Pedro el Grande en favor de la aristocracia. En algunas ocasiones, las intrigas de palacio fueron organizadas directamente por potencias occidentales (tal la que colocó en el trono a Isabel, 1741, urdida por orden del ministro francés Fleury y realizada por su embajador La Chetardie), en función de sus propios intereses en los graves sucesos que Europa vivía en esos momentos. En otras, la rivalidad entre las facciones de la aristocracia impidió la consolidación de una oligarquía (como había tenido efecto en Suecia a la muerte de Carlos XII) tal como intentó Dimitri Golitsin (a la muerte de la emperatriz electa Catalina Dolgoruki, 1730), al proponer la corona para Ana, previa aceptación de un fuerte control de la minoría aristócrata en el poder. Destacaron personalidades y audaces aventureros, muchos de ellos extranjeros: Golitsin, Menshikov, Ostermann, Münnich y Bühren. La obra de Pedro se volatilizó, prácticamente.En estas circunstancias, subió al trono Catalina II de Anhalt-Zerbst (v. CATALINA II DE RUSIA). Suele considerarse a Catalina como un típico ejemplo de déspota ilustrado. En realidad, las contradicciones en este sentido fueron palmarias, no siendo la menor el haber sometido e servidumbre a más de 800.000 campesinos, que eran libres al iniciar su reinado. En política exterior consiguió la salida al mar Negro, y, en general, la eliminación del imperio turco como rival serio (que no fue más radical por el apoyo que éste recibió de las potencias occidentales, temerosas de encontrar a Rusia en el Mediterráneo) que consolidó en la paz de Kuchuk-Kainarzhi (1774); y obtuvo la anexión, en connivencia con Prusia y Austria, de gran parte de Polonia (v. POLONIA IV, 3), mediante la política de los repartos (1772, 1793 y 1795).Respecto a la organización del Estado, modificó el viejo Senado, que dividió en seis cámaras para acelerar su eficacia; descentralizó el gobierno provincial fortaleciendo la autoridad de los gobernadores; asestó un duro golpe a las posesiones eclesiásticas ortodoxas (que ya los habían recibido muy duros en la época de las intrigas de palacio), transfiriendo éstas al control del tesoro estatal y cerrando más de 250 conventos (sobre un total aproximado de 400); intentó una experiencia de reforma del régimen convocando una Comisión de diputados de todo el país que expusiera los problemas (de hecho se disolvió al año siguiente y sus resultados fueron nulos); favoreció la jerarquía de clases, incluso en la administración de justicia; hizo de la provincia una célula casi autónoma, estructurada en torno a cuatro "colegios-ministerios" (administración, finanzas, justicia criminal, justicia civil) y un comité asesor para la educación general (1775); permitió que cada clase eligiese sus organismos representativos a nivel provincial (asamblea nobiliaria, duma ciudadana). Sólo los campesinos vieron endurecida su ya muy precaria situación. Auspició la cultura y la occidentalización, sin que ello le impidiese perseguir a los intelectuales que consideraba peligrosos por sus ideas (Novikov, Radischev). Su prestigio por las anexiones territoriales y por su curiosidad científica hace que pueda hablarse de un "siglo de Catalina la Grande" y a su sombra sobresalieron ministros-favoritos como Potemkin (v.), arquitectos (Bajenov), poetas (Derjavre), dramaturgos (Vizine) y una corriente de sabios extranjeros con los que mantuvo correspondencia y a los que invitó frecuentemente.Su hijo y sucesor, Pablo I (1796-1801), que odiaba a su madre, tuvo un reinado escandaloso, incoherente y alucinante, que exasperó a los nobles (a quienes despreciaba abierta y caprichosamente) y provocó la conjura (dirigida por su propio hijo Alejandro) que le asesinó en 1801.6. La Rusia contemporánea (1801-1917). La trayectoria de Rusia en el s. XIX nos presenta la evolución compleja de su gran problema interior en orden a la modernización del Estado: el esfuerzo por alcanzar el nivel técnico y económico de Occidente, manteniendo, con una nobleza hipertrofiada y una burguesía relativamente débil, las estructuras autocráticas. En cuanto a su relación política con Europa, la exterior rusa se centra en una sola dirección: la expansión frente a Turquía en los Balcanes, en una mezcla de ambición comercial y territorial (la salida al Mediterráneo, el control del mar Negro) y política de prestigio, como protectora de los pueblos eslavos balcánicos sometidos al Imperio turco (v. PANESLAVISMO). Seguiremos la evolución de estas dos coordenadas separadamente. Cuatro Zares reinaron en el XIX, Alejandro I (1801-25), Nicolás 1 (1825-55), Alejandro II (1855-81) y Alejandro III (1881-94). Las dos líneas de evolución (los problemas internos y la política exterior) parecen alcanzar un clímax en el periodo de Alejandro II, deslizándose velozmente, desde allí, a la crisis final (1917) con Alejandro III y Nicolás II (1894-1917). Nos referiremos ahora al periodo 1801-81.Los problemas internos. El problema único al que aludíamos, la tensión entre liberalismo y autocracia, tiene en realidad dos vertientes distintas: el conflicto a nivel de gobierno y a nivel popular. El primero se desarrolló bajo la presión de la propia convicción de algunos Zares, como Alejandro I (v.) o Alejandro II (v.), que, por sentimentalismo o por experiencia, comprendían la imposibilidad de mantener las viejas estructuras y no hallaban, sin embargo, las soluciones adecuadas, desenvolviéndose así entre frecuentes contradicciones e incluso con avances y retrocesos, al compás de la presión exterior. El conflicto a nivel popular mantuvo una línea de oposición creciente a la autocracia, aunque aparecieran diversas tendencias en orden a la radicalización de las soluciones. De la interacción de ambos surgieron las reformas de la administración y de las estructuras sociales, siempre a la zaga de los acontecimientos y también faltas de una verdadera convicción liberal, lo que las convertía más en concesiones que en soluciones de futuro. Del tímido liberalismo de Alejandro I, romántico y pseudomístico (adscrito a un pietismo interconfesional poco ortodoxo), surgieron sólo poco más que proyectos de un futuro constitucionalismo, y en el ámbito social, la prohibición de adquirir siervos sin tierras y la invitación a la nobleza para que liberase progresivamente a los que poseía.En cualquier caso, los comienzos liberalizantes quedaron congelados cuando se asustó de la oleada liberal europea de 1820-23 y sintió además que su repercusión en Rusia no era sólo teórica. Los primeros chispazos de la oposición se produjeron nada más subir al trono Nicolás I. La denominada revolución decembrista (1825) no tuvo eficacia real alguna pero creó un precedente de revolución liberal y, en cierto modo, las primeras víctimas (cinco ajusticiados y 27 deportados a Siberia). También fue un aviso. Nicolás, decididamente autócrata, cuyo programa fue claramente expresado por su ministro de Instrucción Pública, bajo el lema "ortodoxia, autocracia, nacionalismo", fue consciente de la necesidad de reformar para evitar males mayores. Surgieron así distintas mejoras, sobre todo en la máquina burocrática y muy especialmente en el campo tecnológico y económico, del que era acérrimo partidario. Construyó los primeros ferrocarriles rusos, creó escuelas superiores tecnológicas, saneó las finanzas, publicó la primera recopilación del Derecho ruso desde mediados del s. XVII (obra ingente) y un Corpus con los textos en vigor (1835), y encargó a una comisión, denominada 18 de Diciembre, el estudio de posibles reformas liberalizadoras. Fue sobre todo consciente del problema que representaban los siervos. En este sentido, reconoció la superioridad del trabajo libre sobre el servil al autorizar a los industriales a liberar a los trabajadores fabriles siervos (situación que había sido creada por Catalina II) e inició una serie de comités secretos para que estudiasen las fórmulas de la abolición.Pese a las medidas restrictivas culturales, tendentes a evitar la contaminación liberal europea, su reinado constituyó la eclosión de la primera gran cultura rusa. Pushkin (v.), Lérmontov (v.), Gogol (v.) y los jóvenes Turgueniev (v.), Dostoievski (v.) y Nekrasov son sus contemporáneos. Durante su reinado se inició la polémica intelectual (provocada por los conceptos hegelianos del destino y las esencias nacionales) entre occidentalistas y eslavófilos sobre el futuro de Rusia y las soluciones a la estructura social que una simple ojeada a Europa hacía aparecer como alucinante (de una población de 50 millones, 25 eran siervos y 20 campesinos al servicio del Estado o de la familia imperial, con un status de libertad teórica pero muy próxima a la servidumbre práctica).El punto álgido del proceso conflictivo se alcanzó en el reinado de Alejandro II, la era de las grandes reformas y también (y es sintomático) de las explosiones de violencia terrorista y de la organización generalizada de la oposición. La liberación de los siervos fue un hecho en 1861 (encargándose el Estado de indemnizar a sus señores y cobrarles después a los siervos en 48 años el precio de las tierras rescatadas); la profunda reforma de la administración de justicia lo fue en 1864 (juicios orales, defensores públicos, jurados, abolición de las torturas y los castigos corporales); desaparición, para los libros y ciertos periódicos, de la censura previa; reforma del sistema de leva militar (por sorteo y reduciendo el servicio obligatorio a cinco años); iniciación de la educación femenina a nivel de estudios; autonomía universitaria (1863).La revolución polaca y el atentado de 1866 frenaron el proceso y recrudecieron la oposición. La aparición de las reformas y la liberalización de las publicaciones produjeron una explosión de opiniones críticas y polémicas. La oposición se radicalizaba, el nihilismo (v.) político-social hacía su aparición (Chernishevski, Písarev) con su profunda carga de materialismo filosófico, y también los movimientos revolucionarios (Zemlia i volia -tierra y libertad-, anarquismo político de Netchaev y el terrorismo generalizado). En el congreso secreto de Lipetsk (1879) se escindieron los grupos revolucionarios en dos direcciones, una que propugnaba la revolución agraria apoyada en la propaganda (el grupo Tcherni peredied, reparto general) y otra el activismo terrorista (grupo Narodnaia volia, voluntad del pueblo) heredera de "tierra y libertad".Problemas de política exterior. El proceso, en esta línea, fue mucho más simple. La epopeya rusa en las coaliciones antinapoleónicas, que dirigió Alejandro I, fue realmente coyuntural; no tanto la creación de la Santa Alianza, por cuanto comportaba algo del espíritu religioso de Alejandro y mucho de la defensa del autocratismo. A partir de Nicolás I, la política exterior rusa se concentró en el problema de Oriente con vicisitudes alternas. Obtuvo éxito en el apoyo a la independencia de Grecia (v. GRECIA VI, 3) y en la protección a los cristianos balcánicos, ratificándolo en la paz de Adrianópolis (1829). Fracasó, en cambio, en su enfrentamiento directo con los turcos, a los que apoyaron franceses e ingleses en la guerra de Crimea (v.; 1853). Las frecuentes intervenciones en países extranjeros, para reprimir brotes liberales, pueden considerarse anecdóticas (en Polonia 1830; en Hungría, Moldavia y Valaquia, 1848). La dirección balcánica era la única que importaba, y Alejandro II la sostuvo aprovechando el agotamiento y la descomposición turca (v. BALCANES III, 4). Uncida, de mala gana, a la alianza de los Tres Emperadores, forjada por Bismarck (v.; 1873), se separó en función del choque de intereses balcánicos respecto a Austria-Hungría; y pese a su aparatoso éxito en la Guerra ruso-turca (concretado en la paz preliminar de San Estéfano, 1878) los intereses opuestos de las potencias occidentales y el arbitraje de Bismarck la frenaban una vez más: Congreso de Berlín (v.; 1878). Por reacción, Rusia tendió hacia Francia.La crisis final del zarismo (1881-1917). Los dos últimos Zares, Alejandro III y Nicolás II (v.), encerraron a Rusia en un callejón sin salida al frenar, con gran dureza, el reformismo liberal. La consecuencia inmediata fue una represión generalizada, que anulaba lo conseguido bajo Alejandro II. El fanatismo autócrata, inspirado por el consejero de Alejandro III, K. P. Pobiedonostsev (1827-1907), la reacción nobiliaria y nacionalista (en la que Tolstoi jugó un importante papel) y la aventura del imperialismo oriental (1884-91) acentuaron las tensiones. El asesinato de Alejandro II (1881) por los terroristas endureció la persecución a los grupos revolucionarios, cuyos líderes se refugiaron en el extranjero. Los bien intencionados intentos del ministro Witte (con Nicolás II) hacia una legislación social no hicieron sino crear el clima adecuado (por la industrialización creciente) para el estallido revolucionario. La organización de los partidos social-demócrata (bolcheviques-mencheviques) y social-revolucionario, unida al fracaso militar en la Guerra ruso-japonesa (v.), constituyeron los precondicionamientos de la Revolución de 1905, iniciada por una huelga general de los obreros de San Petersburgo (y una manifestación masiva dirigida por un pope, Gapón), que constituyeron los primeros soviets, que centralizó Trotski (v.). Las medidas liberales del Zar, con las que conjuró el peligro, se fueron disolviendo en la seguridad; pero el ensayo general de la Revolución estaba hecho y hasta la burguesía se radicalizaba ahora, apareciendo un constitucionalismo demócrata (partido Kadete), muy diferente de los octubristas (que consideraban suficientes las reformas teóricas del Zar). Por otra parte, la formación de suspicaces bloques de alianzas en Europa y las tensiones internacionales en torno a los Balcanes hicieron estallar la 1 Guerra mundial (v.; 1914), decisiva para el futuro de Rusia. En plena guerra estalló la gran Revolución rusa (v.; 1917), que liquidaría el zarismo e iniciaría la Rusia contemporánea.L. C. ALVAREZ SANTALÓ.
BIBL.: N. V. RIASANOVSKY, A History of Russia, Nueva York 1963; M. T. FLORINSKY, Russia: a History and Interpretation, 2 vol. Nueva York 1953; M. CHERNIAVSKY, Tsar and People, Londres 1961; J. BLUM, Lord and Peasant in Russia, Nueva York 1964; M. LHERITIER, La Russie, i, París 1946; B. H. SUMNER, Historia de Rusia, México 1944; P. MILIOUKOV, CH. SEIGNOBOS y L. EISENMANN, Histoire de Russie, 3 vol., París 1929; J. D. CLARKSON, A History of Russia from the Ninth Century, Londres 1962; J. BRUHAT, Histoire de l?URSS, París 1967; E. KRAKOWSKY, Historia de Rusia, Barcelona 1960; H. Moscow, Rusia bajo los zares, Buenos Aires 1966.
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