Treinta Años, Guerra de los HIST.
Categoria:
Historia
El más vasto conflicto bélico del S. XVII, tanto por su duración (1618-48), como por su extensión geográfica, de España a Suecia, y más incluso quizá por sus repercusiones históricas. Aunque aparentemente dividido en una serie de guerras separadas en áreas dispersas, los contemporáneos no tardaron en intuir su unidad de conjunto, y hoy se considera como una expresión de la crisis europea que separa las que algunos autores (V. WESTFALIA, PAZ DE) denominan Alta y Baja Edad Moderna.Desde el punto de vista puramente militar, comienza como una confrontación civil en el seno del Imperio alemán y termina en una guerra general que implica a todas las grandes potencias europeas; desde el ideológico, se inicia como una lucha entre católicos y protestantes, para terminar enfrentando dos concepciones contrapuestas del hombre, del mundo y de la vida, con independencia muchas veces del propio credo religioso. Al mismo tiempo, el conflicto representa también, en su fase final, una disputa generalizada por la hegemonía del continente. Su desenlace, con la paz de Westfalia, señala, junto con el advenimiento de una nueva era histórica, el prevalecimiento también de una nueva mentalidad y un nuevo concepto de Europa.Planteamiento inicial. La guerra sobrevino cuando a una generación pacifista -que con Felipe III de España, Jacobo I de Inglaterra, la regente María de Médicis en Francia, o el emperador Matías en Alemania, ocupa aproximadamente el primer cuarto del s. XVII- sucedió una segunda generación de hombres enérgicos y activos, entre los que podrían contarse el conde-duque de Olivares (v.), el card. Richelieu (v.), Cromwell (v.), Wallenstein, Fernando de Estiria o Maximiliano de Baviera. Las tensiones intraeuropeas, reprimidas durante un tiempo por el cansancio y la molicie del barroco, estallaron al fin en un conflicto al que se quiso dar, como efectivamente tuvo, un carácter decisivo.España había mantenido hasta entonces una discreta hegemonía, basada en su potencial militar y en el respaldo económico que representaba la posesión de las Indias; hegemonía que podía ejercer en Europa merced a los territorios extrapeninsulares que la monarquía hispánica tenía bajo su control: los Países Bajos, el Franco Condado, Milán, Nápoles y Sicilia, estratégicamente eslabonados a lo ancho de Europa entre el mar del Norte y el Mediterráneo. Pero el dominio español peligraba en una parte de los Países Bajos -concretamente en Holanda, insumisa desde tiempo atrás-, y era visto con disgusto por Inglaterra, que iniciaba una más activa política ultramarina, y por Francia, enemiga tradicional de los Habsburgo, y que aspiraba a romper el cerco potencial que los dominios de la casa de Austria ejercían sobre su territorio.El Imperio alemán, regido por otra rama de la mismadinastía, vivía igualmente una paz precaria. El s. xvit había presenciado hasta el momento una notable recuperación de la fuerza católica. Se pudo restablecer el obispado de Estrasburgo, y la Liga Católica, dirigida por el archiduque Fernando de Estiria y por Maximiliano de Baviera, cobraba empuje. Los príncipes protestantes se mantenían a la defensiva -sin sufrir grave detrimento gracias al pacifismo del emperador Matías-, pero no estaban dispuestos a dejar escapar cualquier coyuntura para imponerse sobre sus rivales. Una serie de incidentes acabarían por provocar la explosión, ya desde años atrás previsible, de aquella atmósfera cargada. A los dos antagonismos principales, el entablado entre católicos y protestantes en Alemania, y el hispano-francés, en que se ventilaba la hegemonía de Europa, se unirían multitud de cuestiones locales -en Italia, Países Bajos, en los principados alemanes o en la misma monarquía española- que depararían al conflicto su abigarrada complejidad.La clásica división de la g. de los T. A. en cuatro periodos, palatino, danés, sueco y francés, responde realmente a una cuádruple sucesión de etapas álgidas, motivada cada una por la aparición de una nueva potencia contendiente, y separadas por fases de relativa calma. El a. de 1635 señala la inflexión principal, en que la lucha, hasta entonces religiosa y política, centrada en el espacio alemán, se convierte en una disputa entre España y Francia para dirimir entre sí, junto con la dirección del continente, la imposición en él de sus respectivas filosofías ide.ológico-políticas.La guerra civil alemana. En junio de 1617, el archiduque Fernando fue proclamado rey de Bohemia. Hombre autoritario y defensor decidido de los intereses católicos, hizo abolir los privilegios que en aquel país mantenían los protestantes y los nobles. Aquella medida de doble filo, religiosa y política, tuvo también su doble réplica, por parte de los elementos luteranos y de la oligarquía señorial. El 23 mayo 1618 dos funcionarios imperiales eran arrojados por una ventana de palacio -defenestración de Praga- y el motín iniciado en la ciudad se propagó pronto a toda Bohemia y poco más tarde a Moravia y Hungría. Ante las continuas indecisiones del emperador Matías, los rebeldes bohemios avanzaron hasta las puertas de Viena.La situación era gravísima cuando en 1619 la muerte de Matías y la necesidad que sentían los católicos de contar con un caudillo enérgico llevaron a la elección del archiduque Fernando como Emperador. Los rebeldes proclamaron rey de Bohemia a Federico V del Palatinado, un príncipe protestante que soñaba con ceñir la corona imperial. El conflicto se generalizaba; luchaban protestantes contra católicos, pero también nobles y príncipes contra la autoridad central de Viena.Fernando tenía contra sí a la mayoría de la nobleza germana y a todo el elemento protestante, fuerte sobre todo en el norte y centro del país; pero contaba con dos inestimables ayudas, la de Maximiliano de Baviera, acendrado defensor de la causa católica, y la de España. El monarca español, el pacífico Felipe III (v.), asistido ahora por un ministro más decidido, el duque de Uceda, comprendió las dificultades en que se hallaba la rama de la casa de Austria que imperaba en Viena, y el peligro que significaría para el statu quo de Europa y para la causa católica la caída del Sacro Imperio en manos de los protestantes, de modo que su intervención fue casi obligada.Mientras el general Tilly, al frente de las tropas bávaras, arrinconaba a los rebeldes entre el Rin y el Danubio, los tercios españoles del coronel Verdugo atravesaban los Alpes Procedentes de Italia. Su llegada decidió a Fernando a dar la batalla decisiva en Weisenberg (Montaña Blanca), muy cerca de Praga, el 8 nov. 1620. La intervención de la infantería española supuso una victoria total, que dejaba prácticamente decidida la primera fase del conflicto. Fueron también españoles los que sometieron el rebelde Palatinado, en tanto que Hungría se rendía a los austriacos en 1622. Tras las últimas victorias, obtenidas en 1623, Fernando quedaba como Emperador indiscutido y reforzaba su autoridad, a veces con escaso tacto, en toda Alemania.Entretanto, la guerra se había extendido a otros sectores de Europa, al romperse (1621) la precaria tregua entre españoles y holandeses, y al pretender el astuto gobernante francés Richelieu (v.) intervenir en Italia. La potencia hispana se impuso, sin embargo, y hacia 1625 el peligro en que se había visto la casa de Austria parecía definitivamente conjurado. La alianza entre los monarcas parientes de Madrid y Viena, precaria durante la generación anterior, se había hecho más fuerte que nunca.La intervención de las potencias nórdicas. La conquista de Breda por los españoles puso en peligro a Holanda, que trató de buscarse nuevos aliados en la lucha contra la casa de Austria. Tal es el origen del tratado de La Haya, firmado por Holanda, Suecia, Inglaterra y los príncipes protestantes alemanes. Bajo cuerda operaba la astuta diplomacia de Richelieu, que buscaba, sin comprometerse demasiado, complicaciones para la política austriaca, y en especial para la española.La voz cantante en la nueva alianza la llevaba el monarca danés, Cristián IV, deseoso de adelantarse al sueco Gustavo Adolfo en el liderazgo del mundo luterano. Por su parte, el emperador Fernando, aunque siempre animoso, veía de nuevo perdida Alemania, donde sólo podía contar con el eficaz ejército bávaro, y hubo de recurrir de nuevo a la ayuda española. Felipe IV de España (v.), aconsejado por su valido, Olivares (v.), preconizaba una ofensiva general contra los holandeses, para liberar luego Alemania con todas las fuerzas reunidas; pero la oposición de los imperiales a este plan y la rapidez de la invasión danesa obligaron una vez más a dar preferencia a la acción en territorio alemán. Tres ejércitos, el español, el bávaro y el imperial -dirigido éste por un aventurero extraño y genial, Wallenstein-, comenzaron a actuar separadamente, y de aquí que la campaña permaneciese indecisa durante año y medio hasta las victorias de Tilly en Lutter y de Wallenstein en Dessau (1627). A partir de entonces fue posible la conjunción de Tilly -con españoles y bávaros- y Wallenstein -con el ejército imperial-, que en 1628 avanzaron espectacularmente hacia Dinamarca. Por la paz de Lübeck (22 mayo 1629) los daneses renunciaban a toda intervención en la política alemana.Poco duró la tranquilidad de los católicos, porque una nueva potencia, Suecia -estimulada, como siempre, por la hábil diplomacia francesa-, se disponía a entrar en liza, al mismo tiempo que Richelieu creaba nuevas dificultades a España en Italia. El monarca sueco, Gustavo Adolfo, mezcla de soñador y de emprendedor, aspiraba no ya a suplantar a Cristián IV como paladín del luteranismo, sino a alterar las bases de la geopolítica europea, haciendo bascular su centro de gravedad hacia el Báltico. Había convertido al ejército sueco en una formidable maquinaria de guerra, dotada de una perfecta disciplinaque permitía mover pequeñas unidades en formación abierta -menos vulnerable al fuego enemigo- y en movimientos sincrponizados con precisión de autómatas. Nuevas armas, como el fusil de chispa, que sustituía al más lento de mecha, y la pistola, que dotaba por primera vez a los jinetes de un arma de fuego manejable desde el caballo, hacían a aquel ejército prácticamente invencible.Los suecos avanzaron hacia el S inconteniblemente, y la victoria de Breitenfeld (16 sept. 1631) les hizo dueños de toda Alemania. Gustavo Adolfo entró triunfante en las ciudades más famosas del Imperio: Worms, Franefort, Maguncia, y poco después Munich, ya a la vista de los Alpes. Los mismos franceses, hasta entonces aliados, comenzaron a ver con alarma la realidad de una Europa cuyo eje era una confederación protestante dirigida por el rey de Suecia.El Emperador llamó urgentemente a Wallenstein, durante un tiempo en desgracia, que realizó un supremo esfuerzo en la durísima batalla de Lützen (1632); los suecos vencieron una vez más, pero en la lucha pereció Gustavo Adolfo. El peligro de la total pérdida del Imperio quedó de momento conjurado, pero las tropas suecas siguieron dueñas de la mayor parte de Alemania, y en 1634 volvieron a la carga. El Imperio parecía perdido para los católicos, cuando llegó a Austria un poderoso ejército español, dirigido por el hermano de Felipe IV, card.-infante D. Fernando, y su intervención fue decisiva. En Nórdlingen (1634) chocaron las dos infanterías más famosas del mundo, y los españoles obtuvieron un triunfo aplastante. Toda Alemania fue recuperada en pocos meses para los católicos, y mientras las tropas de España se asomaban a las orillas del Báltico y ocupaban la Pomerania sueca, se firmaba la paz de Praga (31 mayo 1635), que parecía poner fin definitivamente al conflicto, con la victoria total de la causa católica y la hegemonía de la casa de Austria -más exactamente la potencia española- en el continente europeo.La fase final. Fue entonces cuando Francia, viendo fracasados sus designios de entorpecer la hegemonía de los Habsburgo, acordó dar el paso decisivo y jugárselo todo a una carta. En mayo de 1635 los franceses declaraban la guerra a España. La pugna general, que tenía hasta entonces como motivo expreso la enemistad entre católicos y protestantes, cobra un nuevo sentido, al enfrentarse directamente las dos mayores potencias europeas, católicas ambas, para disputarse la dirección del continente. Pero no por eso pierde la lucha su carácter ideológico, sino que, en todo caso, lo refuerza. Para dejar más palpable este sentido, publicistas de uno y otro país se enzarzan en una famosa polémica, la polémica de 1635, defendiendo sus distintas visiones del mundo. Para los españoles -Quevedo, Guillén de la Carrera, Pellicer, Céspedes y Meneses- existen unos valores objetivos: la Verdad, el Bien, la justicia... que son unívocos e irreemplazables; y el hombre, si quiere realizar plenamente su razón de ser en el mundo, ha de ordenarse hacia la realización colectiva de esos valores. Lo que España defiende, alegan los pensadores españoles, no es un imperio político, sino un orden cristiano en el mundo que debe ser aceptado por todos como una realidad universal y objetiva. Los publicistas franceses -Bessian Arroy, Jeremías Ferrier, el Manifiesto de 1635- defienden una concepción racionalista del mundo, basada en el absolutismo regio, la razón de Estado y el principio de coexistencia entre una diversidad de políticas nacionales independientes. Un orden europeo, fundado en unos principios únicos a aceptar por todos, parece a los franceses imposible e injusto.Las hostilidades se encendieron antes de que terminase la polémica. España, agotada ya tras tantas guerras, y en trance de decadencia económica, trató de hacer un supremo esfuerzo frente a una Francia que comenzaba descansada, y que disfrutaba de un notable impulso demográfico y de una economía bien equilibrada. En 1636, las tropas del carda infante D. Fernando avanzaron inconteniblemente desde los Países Bajos, tomaron La Chapelle y Corbie, y amenazaron París. Pero la ofensiva coordinada que pensaba lanzar Olivares desde los Pirineos hubo de ser retrasada por motivos económicos, y cuando al fin pudo prepararse el ejército peninsular en 1637, D. Fernando carecía de recursos en los Países Bajos para proseguir la ofensiva. La falta de coordinación resultó fatal para los españoles.Los años que siguieron registran luchas inciertas y dramáticas. Todavía en 1638 fueron rechazados los franceses en su intento de cruzar la frontera por Fuenterrabía, y en 1639 sufrieron una grave derrota en Thionville. Pero si los dos bandos comenzaban a dar muestras de agotamiento, la extenuación de España -falta de hombres, de dinero, últimamente ya de moral- había llegado a su extremo. Desde 1635 se había acentuado la recesión de la plata americana, que llegaba en cantidades cada vez más insuficientes, y por si ello fuera poco, el creciente dorninio del mar por ingleses y holandeses hacía cada vez más difícil el aflujo de metal precioso, única esperanza para mantener el esfuerzo.En 1640 se consumó la tragedia. En junio -el Corpus de Sangre- se sublevó Cataluña contra la política centralista y exigente de Olivares (V. CATALUÑA, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE); en diciembre, Portugal proclamaba su independencia. La monarquía hispana, que aparentaba pocos años antes ser la virtual dueña de Europa, se descuartizaba interiormente. No tardarían en surgir nuevos movimientos secesionistas, lo mismo en la Península que en Italia. Los tercios españoles, faltos de toda ayuda, sucumbieron al fin en la decisiva batalla de Rocroi (1643).Entretanto, las tropas suecas y los príncipes alemanes, sin temor ya a la potencia española, campaban de nuevo por sus respetos en el centro de Europa. En 1639 Praga cayó en manos de los suecos, que obtenían en 1642 la decisiva victoria de Breitenfeld. Ya por entonces los imperiales habían pedido negociaciones; los españoles siguieron resistiendo heroicamente en los Países Bajos, hasta que otra tremenda derrota sufrida a manos de los franceses (Lens, 1646) les obligó a acudir a la mesa de conferencias.Con las paces de Miinster y Osnabrück se consagró la decadencia de España y el auge de Francia y las potencias protestantes. La visión racionalista se imponía sobre la teocéntrica, y el concepto de cristiandad quedaba sustituido por la moderna concepción de Europa. Tal vez, como corolario, pudiera aplicarse a la nueva concepción impuesta por los vencedores, y no sólo a la obra de Richelieu, el comentario que formula Belloc en su biografia del político francés: "si somos lo que somos, a tal punto divididos y en inminente peligro de descomposición, es porque Richelieu aplicó antaño su genio solitario y dominador a la creación del Estado moderno; y así, sin él mismo sospecharlo, hubo de arruinar la unidad común de la vida cristiana" (cfr. H. Belloc, Richelíeu, Barcelona 1937, 5-6).L. COMELLAS GARCIA-LLERA.
BIBL.: G. PAGÉS, La guerre de Treinte-ans, París 1949; D. OGG, The Thirty years war, Cambridge 1948; V. TAPiÉ, La politique étrangére de la France et le début de la guerre de Trente-ans, París 1934; A. LEMAN, Richelieu et Olivares, París 1938; V. PALAcio, Derrota, agotamiento, decadencia de España en el siglo XVII, Madrid 1966; J. M. JOVER, 1635: Historia de una polémica y semblanza de una generación, Madrid 1949; B. CHUDOBA, España y el Imperio, Madrid 1963; G. FRANZ, Der Dreissigiáhrige Krieg und das Deutsche Volk, Stuttgart 1961; G. LiVET, La guerre de Trente-ans, París 1963.
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