Tierra V. Religiones No Cristianas (la Tierra Como Sagrada). REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
Existen en las diversas religiones no cristianas determinadas sacralizaciones o divinizaciones de lugares concretos de la T. debidas a diversos motivos: por suponerse lugar de alguna especial teofanía (v.), por considerarlos especialmente aptos para manifestaciones divinas o para el culto, etc. Así, destacan en este sentido, por una parte, cuevas (v.) y, por otra, lugares altos como montañaso rocas determinadas (MONTAÑA II; PIEDRA II); también fuentes, ríos, claros en bosques, etc. (V. AGUA VI; ÁRBOL II; SIGNO Y SIGNIFICACIÓN II; SIMBOLISMO II). Aquí no nos referiremos a nada de esto, puesto que se trata en otros lugares: V. TEMPLO I; SAGRADO Y PROFANO. Por otro lado, hay que señalar que en el cristianismo y monoteísmo revelados, la T., igual que el hombre y todo el universo, aparece como creada por Dios y, por tanto, al igual que el conjunto de todo lo creado, como netamente distinta de la naturaleza divina (v. CREACIÓN). Los lugares sagrados cristianos, además, son simplemente lugares de culto público y de reserva de la Eucaristía (presencia especial, verdadera, real y sustancial de Cristo a través de las especies eucarísticas), y no son los únicos lugares "donde habita la divinidad", puesto que de otra manera Dios está en todas partes de su creación; no hay la oposición entre sagrado y profano que se da en las religiones no cristianas, sino que sagrado y profano son dos órdenes de realidades distintamente relacionadas con Dios (V. TEMPLO III; SAGRADO Y PROFANO; MUNDO II-III).Se estudiarán aquí las concepciones de la T. en su conjunto que la consideran sacra o divinizada o de algún modo más o menos personalizada en una divinidad. En casi todas las regiones del mundo, también en Grecia y Roma clásicas, y durante varios milenios, se percibe la expresión constante de una religiosidad a través de la consideración de la T., ya en sí misma ya aunada a los agentes cósmicos que operan sobre ella, como numinosa, como potencia sacra y misteriosa, origen de fenómenos físicos, vitales y otros manifestativos de lo sobrehumano, de lo trascendente o de lo divino. Por eso en varios idiomas hay dos vocablos significativos de T., de los cuales uno (en griego Ge, en latín Terra, cte.) designa la T. profana (o la T. geológica, geográfica, geométricamente, cte., considerada), mientras que el otro (griego Cthon, latín Tellus, telluris, cte.) tiende a nombrar la T. como sagrada o divina. De ahí el significado numinoso de sus derivados castellanos "Telus", "telúrico", "ctónico" (a veces "Tierra", con mayúscula), frente a "tierra" y otras palabras compuestas con ge, p. ej. "geografía", "geología", cte., que se refieren a la simple descripción y medida de la Tierra y de sus cosas. Hay que tener siempre en cuenta que, al estudiar estas expresiones y otras no cristianas de religiosidad, con frecuencia no es fácil distinguir en los testimonios conservados lo que hay en ellas de religiosidad o religión (v.) natural y lo que hay de magia (v.) y superstición (v.) o simplemente de simbolismo (v.); distinción que, sin embargo, estaba presente en muchos de los hombres y religiones de la Antigüedad, y ausente en otros casos, como ocurre también en los tiempos modernos y más altamente civilizados, puesto que desde el punto de vista ético-religioso el hombre siempre ha de esforzarse para encontrar a Dios y el que no lo hace es fácil que se confunda.Diosa Madre Tierra. Si numerosos pueblos, como los indoeuropeos (v.), semitas (v.), etc., conciben a la divinidad suprema más bien en género masculino, dios, padre, celeste (V. DIOS II, 1; RELIGIONES ÉTNICO-POLÍTICAS), los de la religiosidad telúrico-mistérica la representan como diosa, madre, terrestre (V. DIOS II, 2; MISTERIOS Y RELIGIONES MISTÉRICAS). Conocemos varios nombres de la T. deificada por obra de la analogía: Cibeles (Frigia), Astarté (v.; Fenicia), Isis (Egipto), Atargatis, Isthar (Asiria-Babilonia), Demeter, Gaia, Magna Mater, etc. (Grecia y mundo helénico), Tellus, Rea, Bona, Dea (Roma), etc. En la arcaica latinidad la T. sacralizada se llama Tellus, divinidad femenina, como todas las mencionadas; junto a ella, probaTIERRA Vblemente por influjo del masculinismo de la "religión oficial", figura con escaso éxito actual otra divinidad terrestre de tipo masculino llamada Telumón (cfr. S. Agustín, Civitas Dei, 7,23,2). En los maorí su palabra whenna significa tierra y placenta; y en otros pueblos primitivos llegados a nuestros días, como en los votiaks, tscheremisos, etc., se hallan también ciertas ideas relativas a la "maternidad" terrestre.La T. no sólo es llamada "madre" por intuición o metáfora poética de su "fuerza nutridora" (como, p. ej., palabras de S. Francisco de Asís, Cántico del hermano Sol, 20-22), sino que más que "madre" insensible de todo lo existente, para los seguidores de la religiosidad telúrica y para varios autores antiguos, es una divinidad personal y personificada en femenino (p. ej., cfr. Homero, Odisea, 11,576; Hesíodo, Teogonía, 105 ss., 116-120,238, etc.; Ésquilo, Euménides, 2; Sófocles, Filoctetes, 591-402, etc.). Su personalidad se desdobla y multiplica, apareciendo junto a ella sacralizaciones o divinidades de la fertilidad agraria o de la vegetación encarnacionada sobre todo en la serpiente, en la vaca y en el toro (v. NATURALEZA, CULTOA LA; FERTILIDAD II; SERPIENTE II; VACA II; TORO II; ENCARNACIONISMO). Animales como los citados fueron considerados manifestaciones o expresiones de lo divino (teofanías teriomórficas), que ya en época histórica fueron suplantadas con el politeísmo (v.) por otras antropomórficas, p. ej. los "jóvenes dioses" Dionisio (v.), Osiris, Aris, Perséfona, Adonis, etc. (V. ANIMAL IV; ANTROPOMORFISMO II; DIOS II, 2).En estas consideraciones, la T. es madre de todos los seres, que proceden de sus entrañas (Himnos homéricos, 30,1-2; Hesíodo, Erga, 116-220,563; Cicerón, Natura deorum, 5,795 ss.; 319 ss.; etc.). Ya desdivinizada, reaparece en cierto modo con ese sentido en las literaturas modernas (p. ej. en El Quijote, cap. 2, parte la) y de alguna manera en los estudios modernos de Economía política. La T., como diosa suprema es también "madre de todos los dioses" (Himnos homéricos, 30,17 y 14,1-2; Píndaro, Nemeas, 6,1-2; Sófocles, Filoctetes, 391 ss.; etc.) y "madre de los héroes" (Homero, Odisea, 11,574; Hesíodo, Teogonía).La Tierra, madre de los hombres. La creencia en la maternidad de la T. respecto a los hombres se halla testimoniada con frecuencia (Himnos homéricos, 14,1-2; Píndaro, Nemeas, 6,1-2; Livio 1,56,12; etc.); las mismas palabras hombre, en latín homo, etc., están emparentadas con el latín humus, griego cthon=Tierra.El hombre "procede" de la Tierra. El primer hombre, al menos en cuanto a su parte más material, es considerado muchas veces como hecho de tierra, de ordinario por obra de una acción antropomórfica de la divinidad (antropogonías egipcias, babilónicas, romana, etc.; cfr. Ovidio, Metamorfosis, 1,42-49; Juvenal, 14,35; Epicteto, I,1,11, afirma que el cuerpo es "arcilla artísticamente amasada"; Pausanias, 10,3,4; y antropogonías de ciertos pueblos más o menos "primitivos" de Sumatra, Polinesia, Nuevas Hébridas, Australia, indios maidúes de América del Norte, etc.). El mismo relato bíblico, en el libro del Génesis (v.) habla del barro de la T. para referirse al origen y formación del cuerpo humano, aunque aquí el antropomorfismo de la acción divina es evidentemente sólo una metáfora didáctica y tanto la T. como su barro aparecen también como obra de Dios trascendente; es decir, se trata de una auténtica creación (v.) divina relatada de un modo didáctico, y no de algo semejante a los mitos (v.) antropogónicos o teogónicos, que oscurecían la trascendencia divina y desconocían la realidad de la creación.Además, algunos pueblos primitivos antiguos y actualesparecen desconocer la acción del padre en la generación de los hijos, o por lo menos no parece concederle eficacia. Piensan que la madre-mujer viene a recibir los hijos de la madre-T. (p. ej. armenios, peruvios, etc.). El padre acepta y, en cierto modo, legitima los niños mediante actos que sugieren una adopción. De ahí costumbres o prácticas como las siguientes: (a) La humipositio o acción de poner al recién nacido sobre la tierra, practicada entre los parsis, japoneses, escandinavos, etc., y que los romanos deificaron con el nombre Opis (S. Agustín, Civ. Dei, 4,4, 11). (b) El dar a luz la mujer acostada sobre tierra, a veces recién arada; así en los gourions del Cáucaso, algunas regiones de China, Nueva Zelanda, maorí, Australia, aborígenes de Paraguay, Brasil, etc. Lo mismo en Grecia y Roma arcaicas, a juzgar por las representaciones de las diosas del nacimiento (Illitia, Damia, Auxesia); incluso en alguna región los niños son llamados "hijos de la Tierra" (Australia y otras). (c) En los casos de adopción, no colocar al niño en el regazo de la madre adoptiva, como hacían los romanos, sino sobre la tierra como madre verdadera (mordvos y otros). (d) Creencias en la beneficiosa interacción entre fertilidad agraria y fecundidad humana, manifestadas, p. ej., en cópulas sobre surcos recién sembrados o con semillas apenas germinadas (China, lava, pipilos de América, musquaki, etc.). (e) Inhumación de los cadáveres de los niños incluso en pueblos que practicaban la incineración o cremación de los adultos difuntos (manou, hurons, andamans, etc.).Como se ve, en casi todas estas prácticas hay, no expresión de una religiosidad que podría considerarse más o menos natural, sino más bien expresión de lo contrario; es decir, expresión de magia (v.) o superstición (v.), que tan frecuentemente se mezcla con auténticos elementos de religiosidad natural en las religiones no cristianas.El hombre "vive" sobre la Tierra. Durante la existencia humana terrestre, la vida del hombre, la salud, se ponen con frecuencia en relación muy estrecha con la Tierra. En varios pueblos colocan los enfermos sobre el suelo. El "patrono" de la medicina, Asclepio en Grecia, Esculapio en Roma, etc., es una deidad telúrica, en relación con el animal terrestre por excelencia, la serpiente (v.). Para recuperar la salud a veces se recurría a la incubación o dormición sobre tierra, casi siempre en lugar "sagrado", p. ej. en el famoso templo de Asclepio en Epidauro.No sólo la vida fisiológica, también la "espiritual", la salud-salvación del hombre que ha faltado contra la divinidad se piensa a veces que proviene de la madre-Tierra. Idea manifestada, p. ej.: en la acción de meterse el pecador en una fosa, para salir libre de culpa del seno maternal terrestre, practicada por algunos pueblos "primitivos" actuales; en varios casos de taurobolio (v.), como en los "misterios" de Atis y Mitra (v.). La T. asimismo se piensa a veces que venga la sangre criminalmente derramada; así, p. ej., a través de deidades telúricas como las Erinis helenas; o, por obra de una visión unitaria del cosmos, se piensa que el crimen repercute contra la fertilidad agraria, la fecundidad animal, etc. (Sófocles, Edipo Rey, 25 ss.), así como la justicia y buenas obras repercutirían a fávor (Homero, Odisea, 19,109 ss.; Hesíodo, Erga, 225-237; etc.).El hombre, "enterrado" tras la muerte. Algunos epitafios recogen los tres aspectos, terrestre, humano y divino, del pensamiento telúrico, incluyendo una vibración de inmortalidad panteísta mediante una identificación con la madre-Tierra. Así, el epitafio de una romana: "Soy polvo, el polvo es tierra, pero la tierra es diosa, luego yo no estoy muerta" (CIL 6,29609); y otro de un griego: "Soy un muerto, el muerto es polvo, el polvo es tierra. Pero si la Tierra es diosa, no soy muerto sino dios" (H. Dielh, Anthologia lyrica, 1,64). Gentes de religión étnico-política conciben con frecuencia una supervivencia umbrátil ("doble") en la vida de ultratumba, a veces en una mansión subterránea individual (cananeos, egipcios, etc.), tumba llamada "casa para la eternidad" en un epitafio en Ahiram, de ordinario colectiva: hades griego, orto latino, etc. Algunos habitantes de Ática llamaban demetrios a los muertos, es decir, pertenecientes a Demeter o Madre-T. (Plutarco, De facie in orbe luna, 28). El influjo de un estricto dualismo (v.), general (materia-espíritu como opuestos) y antropológico (cuerpo-alma en oposición), de aparición tardía, fue el que determinó los casos de desdoblamiento del destino humano ultraterreno: cuerpo a lo profundo de la "tierra", alma a lo alto del "cielo", concebidos como lugares en sentido estricto (Eurípides, Fragmentos, 839,898, 1014,1023, etc.).Se trata en todos estos casos de expresiones imperfectas de la firme convicción de la inmortalidad (v.) humana, que, falta de la Revelación divina, trata de concebir de algún modo el "lugar" de esa inmortalidad (V. t. ULTRATUMBA). En el cristianismo se desvela más ampliamente esa inmortalidad; cielo (v.) e infierno (v.) son "un modo como se está" eternamente feliz o desgraciado, a cada uno según sus obras, más que "un lugar donde se está".Otros aspectos. Tal vez por haberse atribuido a los muertos conocimiento del futuro, y quizá porque la T. "reabsorbe" periódicamente todos los vivientes, se ha pensado en el poder oracular y adivinatorio de la T.; es llamada "madre de los sueños de alas negras" (Eurípides, Hécuba, 70 ss.; 1 f igenia en Táuride, 1259; etc.) y también la "primera poseedora de la virtualidad mántica" (Ésquilo, Euménides, 2; etc.). Precisamente los oráculos (v.) más antiguos de Grecia se hallan en cavernas o junto a grietas del suelo; de origen telúrico son los de Delfos (v.), Olimpia (v.), Egas en Acaya (Pausanias, 7,25,13) (V. t. ADIVINACIÓN).El triángulo aparece a veces como símbolo de la fecundidad y de la diosa Tierra. El triángulo es "el principio de la generación-fecundidad", dice un principio pitagórico (v.). Así parecen mostrarlo ya en el paleolítico los relieves femeninos de Laussel, la Magdelaine, Angles-surAnglin, etc., y, abstraído, los 47 triángulos invertidos del santuario paleolítico (anterior al 9000 a. C.) de la cueva Palomera (Sala de las Pinturas) en Ojo Guareña (Burgos). Del triángulo procede la letra griega delta, con significado de "útero"; y es también símbolo y epifanía de la diosa madre T. en el santuario de Argos llamado Delta consagrado a Demeter (Pausanias, 2,21,1).La unión o matrimonio Cielo-Tierra es casi una constante en la mitologia universal, sobre todo en las de religiones étnico-políticas o celestes, con mayor o menor simbolismo. A veces el Cielo, en cuanto esposo de la T., recibe nombres propios, como Min, Hadad, Teshup, etc. Esta concepción aparece en mitos desarrollados con cierta modernidad entre "primitivos" antiguos y actuales de Australia (Borneo, Minahasa, etc.), África (bawili, ewe, yoruba), América (indios sioux, pawnis, hurons), en Grecia (Hesíodo, Teogonía, 126 ss.; Pausanias, 10,12,10), etc. En muchos casos presenta síntomas de sincretismo de la religiosidad celeste y la telúrica; en otros, ese tipo de ideas o de símbolos está en relación con la acción de la lluvia y otros agentes atmosféricos sobre la vegetación (p. ej., V. TORO II).V. t.: DIOS II, 10;MISTERIOS Y RELIGIONES MISTÉRICAS; FERTILIDAD II; NATURALEZA, CULTO A LA. Para el cristianismo, v. MUNDO II-III.M. GUERRA GÓMEZ , JORGE IPAS.
BIBL.: A. DIETERICH, Mutter Erde, 2 ed. Berlín 1925; M. ELIADE, Traité d’histoire des religions, 2 ed. París 1968, 208-228; M. GUERRA, Yahveísmo, religiones nacionales y religiosidad ctónico-mistérica, "Burgense" (Burgos 1966) 9-82; ID, Constantes religiosas europeas: Religiones y arte rupestre del hombre sotoscuevense, Ojo Guareña, Burgos 1971, n° 58-88, 198-217, 570590; A. P. RIOL, La maternidad de la Tierra, "Helmántica" 20 (Salamanca 1969) 297-312; E. SAMTER, Geburt, Hochzeit und Tod, Berlín 1911.
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