Teresa de Jesús, Santa I. Biografia.
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Biografía GER
Reformadora del Carmen y escritora mística española del Siglo de Oro, Teresa de Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y de Beatriz de Ahumada, n. en Ávila el 28 mar. 1515. Su estirpe paterna era oriunda de Toledo (a su padre le llamaban en Ávila "el toledano"); la materna, de Olmedo, aunque oriunda de Ávila. El abuelo paterno, Juan Sánchez de Toledo, era judío converso, luego judaizó y el 22 jun 1485 fue sentenciado por la Inquisición a llevar un sambenitillo con sus cruces durante siete viernes por las iglesias de Toledo, y así quedó reconciliado con la Iglesia, y, con él, sus hijos. Trasladó su negocio de telas a Ávila y allí caso a sus hijos con familias hidalgas: Alonso Sánchez casó con Catalina del Peso y se instaló en la que fue "casa de la Moneda"; enviudó el 8 sept. 1507, quedándole dos hijos, María de Cepeda y Juan Vázquez de Cepeda. En 1509 casó en segundas nupcias con Beatriz de Ahumada, joven de 15 años natural de Olmedo. La boda se celebró en Gotarrendura (Ávila), donde tenían casa solariega los Ahumada. Beatriz murió a últimos de 1528, dejando de su matrimonio diez hijos. Se conocen los nombres de Hernando de Ahumada, Rodrigo, Jerónimo y Lorenzo de Cepeda, Antonio y Pedro de Ahumada, Agustín y Juana de Ahumada. Y uno desconocido.Entre los doce hermanos, T. se califica de "la más querida". Sus rasgos fueron minuciosamente descritos: "Era de mediana estatura, antes grande que pequeña, gruesa más que flaca, y en todo bien proporcionada. El cuerpo fornido, todo él muy blanco y limpio, suave y cristalino, que en alguna manera parecía transparente. El rostro, nonada común, no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él iguales, la color de él blanca y encarnada, especialmente en las mejillas. Tenía el cabello negro, limpio, reluciente y blandamente crespo. La frente arfcha, igual y muy hermosa. Las cejas algo gruesas, de color rubio oscuro con poca semejanza de negro; el pelo corto y ellas largas y pobladas, no muy en arco, sino algo llanas. Los ojos, negros, vivos, redondos, no muy grandes, mas muy bien puestos y un poco papujados; en riéndose se reían todos y mostraban alegría, y por otra parte muy graves cuando ella quería mostrar gravedad. La nariz bien sacada, más pequeña que grande, no muy levantada de en medio, y en derecho de los lagrimales para arriba, disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo; la punta, redonda y un poco inclinada para abajo; las ventanas arqueaditas y pequeñas, y toda ella no muy desviada del rostro. La boca ni grande ni pequeña; el labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso y un poco caído, de muy linda gracia y color. Los dientes iguales y muy blancos. La barba bien formada. Las orejas pequeñas y bien hechas. La garganta ancha, blanca y no muy alta, sino antes metida un poco. Tenía muy lindas manos, aunque pequeñas, y los pies muy lindos y proporcionados. En el rostro, al lado izquierdo, tres lunares levantados como verrugas, pequeños, en derecho unos de otros, comenzando desde abajo de la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y la nariz, y el último en la nariz, más cerca de abajo que de arriba. Era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones. Tenía particular aire y gracia en el andar, en el hablar, en el mirar y en cualquier acción o además que hiciese o cualquier manera de semblante que mostrase. Un harapo viejo y remendado que se vistiese, todo le caía bien" (Efrén de la Madre de Dios, Tiempo y vida de S. Teresa, I, Madrid 1951, n. 107).Era muy hábil en el uso de la pluma, de la aguja y oficios caseros. Su temperamento era eufórico y entrañable. Su fogosidad arrolladora mostróse ya desde los siete años, en que huyó, persuadiendo a su hermano Rodrigo a ir a tierra de moros a que los descabezasen por Cristo. Los detuvo en la marcha su tío Francisco Alvarez de Cepeda "a la puente del Adaja" y los volvió a casa. Con el mismo ardor se dio luego con otros niños a obras de piedad y ejercicios de devoción, como si fuesen ermitaños. La pubertad enfrió sus sentimientos; cultivó sus encantos naturales, diose a leer apasionadamente libros de caballerías y probó los primeros amoríos. De entonces data su primer ensayo literario, un libro de caballerías. En aquella época murió su madre, Beatriz, y ella, afligida y sola, acudió a una imagen de la Virgen para que "fuese su madre". Por apartarla de aquellos caminos la recluyó su padre en las Agustinas de Gracia, y el trato con la monja María de Briceño la volvió a "la verdad de cuando niña" y planteó su vocación a fuerza de razones. Ante la negativa de su padre, se fugó al convento de la Encarnación de Ávila, acompañada de su hermano Juan, el 2 nov. 1535, y al año siguiente tomó el hábito.Profesión religiosa. En el convento se centró en seguida y jamás dudó en adelante de su vocación. Diose extremosamente a la oración y penitencia y a poco de profesar enfermó y, desahuciada de los médicos, quiso su padre que la curase una curandera de Becedas, adonde fue en el otoño de 1538. Se detuvo en Hortigosa, donde moraba su tío Pedro de Cepeda, que la obsequió con el libro de fray Francisco de Osuna (v.), Tercer Abecedario. Fue providencial. "No sabía, dice ella, cómo proceder en oración ni cómo recogerme, y ansí holguéme mucho con él y determiné a seguir aquel camino con todas mis fuerzas". Las curas fueron horribles y la deshidrataron, crispando sus nervios y músculos. Los síntomas eran alarmantes: ataques de corazón espantosos, que creyeron era rabia. En jul. 1539 su padre la volvió a Ávila desesperanzado. El 15 ag. pidió confesión. La desoyeron, por no asustarla. Y aquella noche cayó en coma profundo, que duró casi cuatro días; todos la tenían por muerta; la envolvieron en una sábana para enterrarla y le cerraron los ojos con cera. Sólo su padre se obstinaba en que "aquella hija no era para enterrar". Al fin despertó delirando y anunciando cosas venideras. Quedó paralítica. Tres años más tarde no podía aún andar. La curación fue un favor atribuido a S. José, y desde entonces se dedicó a propagar su devoción.Visiones y experiencias místicas. Siguió una época de apatía espiritual, aunque no dejaba la oración, poniendo en ello todo su ánimo, "que le tenía harto más que de mujer". Era dificultad de técnica. No comprendía que pudiese írsele la imaginación y tener su voluntad clavada en la búsqueda de Dios. El forcejeo duró 18 años, gustando mercedes místicas de tipo pasajero. La tenacidad que la mantuvo en sus propósitos se hizo al fin definitiva con su "conversión" ante una imagen de Cristo muy llagada. Sustituyó su propia perfección por el amor desinteresado a Dios, abandonándose a Él, y terminaron sus inquietudes espirituales. Tenía 39 años. La presencia de Dios se le traslucía de forma que, a juicio de sus consejeros, no se avenía su jovialidad con semejantes favores divinos, que no suelen darse sino a los muycontemplativos. Sus primeros confidentes, Francisco de Salcedo y Gaspar Daza, resolvieron que "a todo su parecer de entrambos era demonio". La consoló el joven jesuita Diego de Cetina, que la indujo a pensar sobre la Humanidad de Cristo. S. Francisco de Borja confirmó la misma dirección y le dijo que no resistiese. Bajo la orientación de otro jesuita, Juan de Prádanos, recibió la merced del "desposorio espiritual" en la Pascua de 1556, convirtiéndose en honda vivencia personal estas palabras: "Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles". La multiplicación de sus mercedes místicas, sin embargo, obligaron a su director, Baltasar Álvarez, a decirle "que todos se determinaron en que era demonio, que no comulgase tan a menudo". Alguien, incluso, llegó a decir que "claro era demonio" y le mandó que cuando viese a Cristo se santiguase y le diese higas. La respuesta de "su Cristo" fue la merced de la transverberación, que a partir de entonces recibió repetidas veces, con una serie inequívoca de arrobos que ponían en evidencia el contraste entre los juicios de Dios y los de los hombres. En agosto de 1560 intervino S. Pedro de Alcántara y dictaminó: "Andad, hija, que bien vais; todos somos de una librea", queriendo decir que conocía por experiencia sus aflicciones y que la podía asegurar que iba por buen camino.Reformas, fundaciones y escritos. Poco después, tras una visión espantosa del infierno que jamás pudo olvidar, hizo el voto de lo más perfecto "y determinó guardar su Regla con la mayor perfección que pudiese". Fue el punto de partida de su vocación reformadora. Sus aspiraciones se concretaron durante cierta velada que tuvo en su celda un atardecer de sep. de 1560, decidiendo, de acuerdo con otras amigas, "hacer unos monasterios a manera de ermitañas". Los acontecimientos, como movidos por Dios, fueron desarrollándose de forma que su confesor, el Provincial y los consejeros la indujeron a poner por obra su pensamiento. Cuando se supo en el pueblo y en el convento, comenzó una airada desaprobación. Ante el incipiente alboroto se desdijo el Provincial, el confesor retrocedió y los consejeros se pronunciaron en contra. Durante seis meses, calló, sin replicar. Al fin, el confesor le dio licencia para intentarlo de nuevo. T. hizo venir a Ávila a sus hermanos, Juana de Ahumada y Juan de Ovalle, para que comprasen una casa y se acomodasen como si fuese para ellos. Todo iba bien, cuando pareció truncarse la víspera de Navidad de 1560, en que recibió orden de partir a Toledo para consolar a Luisa de la Cerda, viuda reciente de Antonio Ares Pardo, mariscal de Castilla. Allí la visitó S. Pedro de Alcántara (v.) y se le ofreció para alcanzar de Roma las licencias necesarias. También la visitó una beata carmelita de Granada, María de Yepes, recién llegada de Roma con licencias para una fundación semejante a la suya; le habló de la pobreza absoluta del Carmelo primitivo, llegando T. a la convicción de que no había de fundar de otra manera. Otro encuentro providencial fue el de su confesor fray García de Toledo, dominico, que le mandó escribir el libro de su Vida, concluido en junio de 1562. Regresó a Ávila a fines de este mes, encontrándose con el rescripto apostólico (7 feb. 1562) que la autorizaba a fundar. Negándose a aceptar la fundación . el Provincial, la puso bajo la obediencia del obispo de Ávila, Álvaro de Mendoza.El 24 ag. 1562 fundó el convento de S. José y tomaron el hábito de descalzas cuatro novicias que tenía apalabradas. Ofició, por delegación del obispo, Gaspar Daza. La noticia conmovió a toda la ciudad. Las monjas de la Encarnación eran las más excitadas. La priora la mandó ir urgentemente, dejándolo todo. "Como llegué y di mi discuento, dice, la perlada aplacóse algo". Las monjas, que no habían oído su "discuento", menos aplacadas, apelaron al juicio del Provincial. Éste la reprendió. Ella calló; pero a solas satisfizo al Provincial y éste le prometió ayudarla cuando se sosegasen los ánimos. El 25 de agosto se reunió el Concejo de la ciudad y el 30 se celebró una junta grande para contradecir la fundación. Sólo defendió a las descalzas en aquella junta el joven dominico fray Domingo Báñez. Siguióse largo pleito; decidióse, al fin, en favor de T., que antes de acabar el a. 1562 pudo regresar al convento con autorización del provincial fr. Ángel de Salazar. Comenzaron los cinco años más tranquilos, en que escribió para sus monjas las primeras redacciones del Camino de perfección y Meditaciones sobre los Cantares.En abril de 1567 pasó por Ávila el generalísimo de la Orden, Juan Bautista Rubeo de Rávena. Vio la nueva fundación y quedó tan prendado que mandó fundase tantos conventos como pelos tenía en su cabeza, permitiéndole sacar para ello monjas voluntarias de la Encarnación. También le otorgó licencia para fundar, con alguna reserva, dos casas de contemplativos, para que hubiese frailes reformados de la misma Orden. Comenzó como un torrente su actividad fundacional. El 15 ag. 1567 fundaba en Medina del Campo. Después de pasar unos meses por las descalzas de Alcalá, fundadas por la beata María de Jesús Yepes, dejándoles sus Constituciones, el 1 abr. 1568 inauguraba su convento tercero en Malagón, feudo de Da Luisa de la Cerda. Fue la primera fundación con renta y con "freilas" de velo blanco, obligándose además a comer carne algunos días. La cuarta fundación fue el 15 ag. 1568 en Valladolid, eligiendo de paso un sitio que le daban en Duruelo parafrailes descalzos, que fundaron el 28 nov. del mismo año 1568. El 14 mayo 1569 fundó la quinta en Toledo, y el 23 de junio la sexta en Pastrana, por insistencia de la princesa de Éboli, fundando, además, otro convento para frailes descalzos, convertido en noviciado general de la Reforma. La séptima fue en Salamanca, el 1 nov. 1570; y la octava en Alba de Tormes el 25 en. 1571.Se cerró así su primera fase fundacional, por haber sido nombrada priora del convento de la Encarnación, donde tomó posesión entre un griterío infernal de protestas de las monjas, que pocos días después se le rindieron y acataron su reforma con tanta perfección como su propio convento de S. José. Llamó para confesarlas a S. Juan de la Cruz. De éste recibió grandes luces sobre la vida espiritual, que T. introdujo luego en su obra cumbre, Las Moradas del Castillo interior. El 18 nov. 1572, comulgando de manos del Santo, recibió la merced del "matrimonio espiritual". A primeros de 1573 salió a instancias de la duquesa de Alba, que la tuvo en su palacio, y luego estuvo con las descalzas de Salamanca, donde el P. jerónimo Ripalda, jesuita, le ordenó escribir el Libro de las fundaciones, que comenzó entonces y proseguiría hasta el fin de su vida, según iba fundando. La novena fundación fue el 19 de marzo en Segovia, para recoger a las religiosas de Pastrana, a las que la princesa de Éboli les hacía la vida imposible, después del fallecimiento de su marido, el príncipe Ruy Gómez de Silva, pretendiendo ser ella descalza sin dejar de ser princesa. La décima fue en Beas, el 24 feb. 1575. Allí encontró al P. Gracián, visitador apostólico, que le ordenó, como tal, que fuese a fundar en Sevilla. Por renuencia del arzobispo se retrasó la fundación un año; mientras tanto, Ana de S. Alberto hizo en su nombre la de Caravaca (1 en. 1576), que fue la undécima, y por fin, la de Sevilla, que fue la duodécima, se celebró solemnísimamente el 3 jun. 1576. Al día siguiente de madrugada partió, castigada por el generalísimo del Carmen, para recogerse en el convento de Toledo "a manera de cárcel", y luego en el de Ávila (jul. 1577). Durante su retiro en Toledo escribió Visita de descalzas, parte de las Fundaciones, y su obra cumbre Las Moradas, que concluyó en Ávila.El 18 jun. 1577 murió el nuncio N. Ormaneto y el 29 de agosto llegó Filipo Sega para sucederle. T. dice sin rebozos: "Murió un nuncio santo; vino otro, que parecía le havía enviado Dios para ejercitarnos en padecer..., condenando a los que le pareció le podían resistir, encarcelándolos, desterrándolos". Los propósitos de Sega de anular a los descalzos fueron desarticulados por la fina política de Felipe II, y cuando él creyó que la cuestión había concluido, tuvo que rodearse de "cuatro acompañados" que resolvieron la causa de los descalzos según los deseos de Teresa. El 1 abr. 1579 fue nombrado vicario general de los descalzos fr. Ángel de Salazar, mientras se resolvía en Roma la causa, que concluyó con el breve Pia consideratione de Gregorio XIII, de 22 jun. 1580, que constituía a los descalzos en provincia separada de los calzados. Entre tanto, T. fue constreñida a reanudar sus fundaciones, la decimotercera tuvo lugar el 25 feb. 1580 en Villanueva de la jara, en la casa de las "nueve beatas". Fue en Palencia la decimocuarta, donde era obispo Álvaro de Mendoza, el 29 dic. 1580. De allí fue conducida honrosamente a Soria, donde fundó la decimoquinta el 3 jun. 1581. La última, la de Burgos, fue la más difícil. Partió en enero, y no la concluyó hasta el 19 abr. 1582, mientras Ana de Jesús, delegada por ella, fundaba en Granada (20 en. 1582) en compañía de S. Juan de la Cruz. En total fueron diecisiete sus fundaciones.Muerte y canonización. El 5 abr. 1582 zarpaban del puerto de Lisboa los primeros misioneros descalzos con rumbo al Congo. T. salió de Burgos con miras a fundar en Madrid; mas en el camino se le ordenó ir a Alba de Tormes para estar presente en el parto de la joven duquesa de Alba, que dio a luz prematuramente; T. llegó a la villa ducal al atardecer del 20 de septiembre molida del viaje y con mortal hemorragia. El 1 de octubre se acostó y no se levantó más. El 3, a las cinco de la tarde, recibió el viático. El 4, a las siete de la mañana, perdió el habla, se echó de un lado en silencio, y a las nueve de la noche, con sonrisa inefable, expiró. Por la corrección del calendario, el día siguiente era 15 de octubre. El cadáver despedía perfume penetrante, milagroso. Temiendo que lo robaran, se la enterró precipitadamente a las once de la mañana, muy hondo, bajo cuatro carretadas de cal y canto. Fue sacada el 4 jul. 1583, íntegra y olorosa, con la sangre fresca y fluida y la carne blanquísima y no pesada. Se la trasladó sigilosamente a Ávila. El duque de Alba protestó, y el nuncio César Speciano mandó (18 ag. 1586) que fuese devuelta a Alba. Se entabló pleito con Ávila y, al fin, Sixto V confirmó el fallo de Speciano el 10 jul. 1589. En 1592, y por iniciativa del P. Gracián, entonces en Roma, se iniciaron los informes previos en orden a su beatificación. Fue beatificada por Paulo V el 24 abr. 1614 y el acontecimiento se celebró con justas literarias en toda España. El 13 jul. 1616 se examinó de nuevo el cadáver. El 16 nov. 1617 las Cortes españolas de Felipe III la proclamaron patrona de España; Urbano VIII confirmó el título en 1627; mas lo rectificó poco después por la competencia de Santiago, alegada por los santiaguistas. El 22 mar. 1622 fue canonizada por Gregorio XV, juntamente con los S. Isidro, Ignacio, Javier y Felipe Neri. Del 2 al 29 oct. 1750 se hizo otra minuciosa revisión del sepulcro, y una última aún, por motu proprio, de 6 jun. 1914, de S. Pío X. En 1922 la Univ. de Salamanca la declaró doctora honoris causa; el 18 sept. 1965, Paulo VI, por el breve Lumen Hispaniae, la proclamó patrona de los escritores católicos de España. El 27 sept. 1970 fue declarada por Paulo VI Doctora de la Iglesia. Se celebra su fiesta el 15 de octubre.V. t.: CARMELITAS.EFRÉN J. M. MONTALVA, DE LA MADRE DE DIOS.
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