Teologia IV. Historia de la Teologia. HIST.
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Historia
1. La época patrística. La T. cristiana es un componente importante de la Tradición de la Iglesia. La literatura teológica cristiana se inaugura con los escritos de losPadres Apostólicos (finales del s. I y comienzos del s. II; V. PADRES DE LA IGLESIA II), autores que escriben con intención exhortatoria y catequética. Estas obras -Cartas de S. Clemente Romano (v.) a los Corintios, Cartas de S. Ignacio de Antioquía (v.), Didajé (v.), Epístola de Bernabé, Epístola a Diogneto (v.), Pastor de Hermas (v.)- presentan temática y estilo análogos a los de los últimos escritos neotestamentarios (especialmente, las Epístolas católicas), y son en gran medida una glosa de algunos puntos de la S. E. más directamente relacionados con los acontecimientos concretos que se vivían; pero la praxis cristiana que diseñan y a cuya observancia invitan se funda en la consideración de las verdades centrales cristianas, que emergen sin cesar con motivos unificadores de los escritos.Las primeras obras propiamente teológicas y con un carácter sistemático surgen frente a las críticas paganas v a los escritores gnósticos. Estos últimos -Basílides, Valentín (v.), Tolomeo, Heracleon, etc. -son autores de una literatura de altas pretensiones especulativas que reducía las realidades cristianas al nivel de la mera razón humana (V. GNOSTICISMO). La aparición y proliferación de estos escritos heterodoxos motivó la composición de obras encaminadas a la defensa de la verdad cristiana. Es el periodo intenso de la literatura apologética, que tiene en Arístides Ateniense (v.), Cuadrato (v.), S. Justino (v.), Aristón (v.), Taciano (v.), Teófilo de Antioquía, Hermías, Hegesipo y S. Ireneo de Lyon (m. ca. 202) sus más destacados representantes (v. PADRES DE LA IGLESIA III). De entre ellos, corresponde a S. Ireneo (v.) un lugar preeminente. Ireneo es, en efecto, el primer escritor cristiano que aborda en sus obras (Adversus haereses y Demonstratio evangelica) la tarea de explicar la fe poniendo de manifiesto las líneas de fondo que le dan su unidad coherente.El estudio sistemático de la Revelación no aparece, sin embargo, hasta comienzos del s. III con la Escuela de Alejandría (v. ALEJANDRÍA VI), primera tentativa cristiana de usar la filosofía griega (neoplatónica) para profundizar en los datos de la fe. Panteno (v.), Clemente de Alejandría (m. ca. 215; v.; Protréptico, Pedagogo, Estrómatas) y Orígenes (m. ca. 254; Hexaplas, Contra Celso, De Principiis, Homilías y Comentarios a la Biblia, Exhortación al Martirio, etc.) son los nombres vinculados a este esfuerzo de resultado vario, en el que se combinan la especulación y la exégesis alegórica de la Biblia con fines de alta catequesis y de formación práctica del hombre cristiano. Durante los s. III y siguientes, Antioquía desarrolla una escuela de exégesis no alegorizante, más sensible que Alejandría al sentido histórico, e influida por la doctrina aristotélica (V. ANTIOQUÍA DE SIRIA IV). Antioquenos fueron S. Luciano de Antioquía (m. 312; v.); Arrio (m. 336; v.); Diodoro de Tarso (m. antes del 394; v.), maestro de S. Juan Crisóstomo (v.) y de Teodoro de Mopsuestia (m. 428; v.); y Teodoreto de Ciro (m. 460; v.).Gran parte del pensamiento teológico-patrístico de estos siglos primeros gira en torno a los misterios trinitario y cristológico. Es el caso de S. Atanasio (m. 373; v.), cuya actividad y escritos (Oratio contra gentes, Oratio de Incarnatione Verbi, Orationes y Apología contra arrianos, etcétera) le hacen ocupar un lugar central en la crisis arriana y el Conc. de Nicea (325; v.); y, después, de los Capadocios (v.), S. Cirilo de Alejandría, etc. Casi todos ellos son además autores de la cristianización del helenismo y de la utilización ortodoxa de la tradición neoplatónica. De los Capadocios, S. Basilio (m. 379; v.) sobresale por obras como Tratado del Espíritu Santo, Homilías sobre el Hexamerón, Contra Eunomium, etc.; S. Gregorio Nacianceno (m. ca. 390; v.), por sus Discursos teológicos; y S. Gregorio de Nisa (v.), por ser el perfeccionador de la noción de hipóstasis, y sistematizador de la T. y de la mística orientales. La tendencia sistemática, que se acentúa en los escritos de S. Cirilo de Alejandría (m. 444; v.), culminará en el Tratado De Fide orthodoxa, de S. Juan Damasceno (m. 749; v.), fuente usada abundantemente en las síntesis escolásticas del Medievo. A todos aventajan, sin embargo, en cuanto al eco que habrían de encontrar en la T. cristiana posterior, los escritos de Dionisio Aeropagita (finales del s. V; v.). Estos libros (De los nombres divinos; Teología mística; De la jerarquía celeste; De la jerarquía eclesiástica) representan la cristianización definitiva de la Tradición neoplatónica, y son una muestra clásica del apofatismo de la tradición oriental.La tradición patrística latina, que tiene representantes de nota en el apologista Tertuliano (m. después del 220; v.), S. Cipriano de Cartago (m. 258; v.; De Ecclesiae unitate, De lapsis, Cartas, etc.), S. Ambrosio de Milán (m. 397; v.; De of ficiis ministrorum; De mysteriis, De Poenitentia, etc.), y S. jerónimo (m. 420; v.), entre otros, culmina en la figura de S. Agustín (m. 430; v.). Sus obras (Confesiones, Retractationes, De Trinitate, De Civitale Dei, Soliloquia, Enchiridion, De fide et symbolo, De doctrina christiana, De natura et gratia, De libero arbitrio, De vera religione, Tractatus in Joannis evangelium, Tractatus in epistolam Joannis I, De Genesi ad litteram, Sermones, etc.), que se ocupan prácticamente de todos los aspectos y temas de la fe cristiana, equilibran con fortuna la reflexión hecha en base al uso de la Escritura, la experiencia espiritual personal y el uso de categorías platónicas. S. Agustín ve la T. cristiana bajo la dinámica de un intelecto creyente que busca sin cesar el conocimiento de la verdad, siempre atento a las peculiaridades de la fe. Recoge y transmite, luego de contribuir eficazmente a su unidad, la herencia intelectual y cristiana del mundo que le precede. Su obra es la primera síntesis del pensamiento occidental cristiano; sobre su influjo y continuadores, v. AGUSTINISMO.El tiempo posterior a S. Agustín presencia la brillante actividad teológica del papa S. León Magno (m. 461; v.), cuya Epístola ad Flavianum ofrece la base doctrinal para las definiciones cristológicas del Conc. de Calcedonia (451; v.). Otro papa, S. Gregorio Magno (m. 604; v.; Moralia in Job, Regula Pastoralis, Homilías, etc.), testimonia de nuevo, más de un siglo después, la altura doctrinal de los titulares de la sede romana, si bien en Gregorio la reflexión teológica no tiene los vuelos especulativos de un S. León y se orienta más bien por los caminos de la exhortación moral.Tránsito intelectual entre la edad patrística y el Medievo lo constituye -junto con Boecio (m. 525, v.) y Casiodoro (m. 583; v.)- la obra de S. Isidoro de Sevilla (m. 636; v.; Etimologías, Libri Tres sententiarum, Liber de Haeresibus, Contra Judaeos, Liber de variis quaestionibus, etc.). Isidoro es consciente de la necesidad de una formación enciclopédica que posibilite el estudio y penetración de los textos bíblicos, y en este sentido encabeza en el tiempo el esfuerzo intelectual de Beda (m. 735; v.), Alcuino (m. 804; v.) y Rábano Mauro (v.).Podemos decir, a modo de resumen, que el estatuto general de la T. en los Padres es la de una actividad de pensamiento unida a la vida y a las necesidades pastorales -y en ocasiones, a una vocación monástica- y en la que la vida espiritual se une fuertemente con las especulaciones racionales.2. La época medieval. Los primeros siglos del periodo medieval se caracterizan por la búsqueda de un equilibrio entre el componente dialéctico de la ciencia sagrada y lo que en ella es glosa espiritual -a veces un tanto gratuita- de la S. Escritura, o comentario de autoridades patrísticas. Por esa vía se va dando un progreso hacia las síntesis del s. XIII, jalonado por la presencia de hombres y obras ilustres, y en el que no faltan tensiones y polémicas. El renacimiento cultural carolingio, que crea el clima y los medios de un florecer teológico singular, proporciona a la Iglesia teólogos importantes como Rábano Mauro (m. 806; v.), Amalario de Metz (m. 850; v.), Lupo Ferriéres (m. 862), Pascasio Radberto (m. 860; v.), Ratramno de Corbie (m. 870; De corpore et sanguine Domini), Juan Escoto Eriúgena (m. 877; v.; De divisione naturae), e Hinmaro de Reims (m. 882). De todos ellas, tal vez el de más vuelos especulativos sea Escoto Eritigena, aunque su pensamiento muestra profundos fallos. Los excesos racionalizadores de la vena dialéctica comprometen también la obra de Godescalco de Orbais (m. 869; v.; De praedestinatione), que fue condenada como herética por el Conc. de Quierzy, 853. Lo mismo sucede con las obras de Berengario de Tours (m. 1088; v.) sobre la Eucaristía, condenadas también en 1051 (Conc. de París) y 1054 (Conc. de Tours).La obra teológica de S. Anselmo de Cantorbery (m. 1109; v.) supone un paso decisivo para el uso equilibrado de la razón en el estudio de la Revelación divina. Sus obras (Monologion, Proslogion, Cur Deus homo?, De processione Spiritus Sancti, De conceptu virginal¡ et de original¡ peccato, De casu diaboli, etc.) reflejan la nueva metodología del credo ut intellígam, que engloba y continúa el intellectus fidei agustiniano.La actividad de Abelardo (m. 1142; v.), unida al nacimiento de la Universidad de París, da origen a la época en que la T. se constituye en actividad científica rigurosa. La divina página ha llegado a ser ciencia. La dialéctica y método abelardianos, fielmente reflejados en las obras de su discutido creador (Sic et Non, Apologia, Historia calamitatum, Introductio in Theologiam, De unitate et trínitate Divina, etc.), introducen en el estudio teológico un rigor crítico desconocido hasta entonces. Pero suponen también un rebrote de racionalismo que contamina y esteriliza en más de un aspecto la especulación abelardiana. La aparición de la Sorbona -no tanto como continuación de la Escuela episcopal de Notre Dame, sino como superación polémica y difícil de éstahizo que la T. medieval estuviera ligada al desarrollo de las escuelas de tipo universitario, en las que la T. era enseñada junto con otras ciencias o artes; lo que además favorecía que se acudiera a auxiliares del saber teológico, a los procedimientos de tipo analítico y racional.La visión . intelectual de Abelardo, depurada desu propensión racionalista, triunfa en la T. y en el Derecho Canónico de la Edad Media. Dos discípulos de Abelardo -Pedro Lombardo (v.) y Graciano (v.)- serán en efecto los autores de las obras que van a dominar, cada una en su esfera, el mundo teológico y canónico medieval: los 4 libros de las Sentencias, libro básico en la ensenianza teológica hasta el s. XIV, y el Decreto, primer paso de importancia en la elaboración del Corpus Iuris Canonici. Por otra parte la T. mística de S. Bernardo (m. 1153; v.), así como la labor estudiosa de Hugo de San Víctor (m. 1141; v.; De sacramentas christianae fidei, etc.) y su escuela (v. SAN VÍCTOR, ESCUELA DE), acentúan la índole exegética de la ciencia sagrada y sus funciones de edificación espiritual, dando origen a la corriente de la llamada "Teología monástica" (V. MONAQUISMO IV).Lo mejor de esas diversas líneas de pensamiento religioso-teológico fue recogido por las síntesis del s. XIII, especialmente en la obra de S. Tomás de Aquino (m. 1274; v.), vinculada a la actividad enciclopédica de S. Alberto Magno (m. 1280; v.; Summa de Creaturis, De natura bona, De fato, De sacrificio Missae, De sacramento alteris, Comentarios a la S. Escritura, Sermones, etc.) y a la llamada "tercera entrada" de Aristóteles (entre 1200 y 1270 se llevan a cabo las versiones latinas de la Metafísica, la Psicología, la Física y la Ética).La síntesis de S. Tomás, elaborada gradualmente en escritos que testimonian su enorme actividad intelectual (Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo; Cuestiones disputadas: De Potentia, De Veritate, De Malo, De spiritualibus creaturis, De anima, De virtutibus, De ente et essentia, etc.; Cuestiones quodlibetales; Suma contra Gentiles; Suma Teológica; Comentarios a la Sagrada Escritura, etc.), ejercería un influjo singular en la Iglesia. El pensamiento de S. Tomás, cuya filosofía coadyuva a las necesidades del sistema teológico que elabora, se caracteriza en líneas generales por la orientación teocéntrica del saber unida a una consideración objetiva de la realidad creada (interés por las causas segundas en sí mismas, etc.), por la concepción de la T. como ciencia en el sentido pleno de la palabra, y por el equilibrio logrado entre la razón y la fe. La T. de la Suma tomista supone una admirable fusión entre lo que más tarde se llamarán aspectos positivo y especulativo de la ciencia sagrada. La honradez y rigor intelectuales de Tomás de Aquino, su sentido de lo real y la percepción piadosa de las cosas que estudia y expone le han valido continua recomendación por parte de la Iglesia como maestro en los estudios teológicos (V. TOMISMO).Testigo y potenciador de una línea más afectivo-agustiniana es el franciscano S. Buenaventura (m. 1274; v.), que continúa la obra de Alejandro de Hales (m. 1245; v.; Summa Theologica). S. Buenaventura es el gran sistematizador de una T. que se distingue por la acentuación de lo místico; la doctrina de la iluminación como base de su epistemología; un relativo desinterés por el ser de las causas segundas; una constante referencia directa a la causalidad divina, y una concepción de la T. como hábito afectivo. Entre sus obras más importantes se cuentan el Breviloquium, Itinerarium mentis ad Deum, Reductio artium ad theologiam, Collationes in Hexameron, etc. Teólogos de línea agustiniana son, entre otros, Mateo de Aquasparta (m. 1302), Juan Peckham (m. 1292), Roger Bacon (m. 1292; v.), Ricardo Fishacre (m. 1248), Roberto Kilwardby (m. 1279), Raimundo Lulio (m. 1315; v.; Ars Magna, etc.), Durando de S. Porciano (m. 1334; v.), Enrique de Gante (m. 1293), Egidio Romano (m. 1316; v.) y Gregorio de Rimini (m. 1358).La última gran figura del s. XIII -es del xives el franciscano inglés Juan Duns Escoto (m. 1308; Comentario a las Sentencias: Opus Oxoniense y Reportata Parisiensia). Su T. es especialmente sensible al pensamiento agustiniano de la absoluta omnipotencia de Dios, causa infinita y libre de todas las cosas; y se destaca por un moderado escepticismo. La obra de Escoto (v.) contiene una visión hondamente cristocéntrica de la realidad y de los planes salvíficos divinos; y ejerció un notable influjo en la promoción teológica del dogma mariano. Escotistas de nota son en el s. XIV los franciscanos Juan de Bassoles (m. 1347), Francisco de Meyronnes (m. 1328) y Pedro de Aquila (m. 1361). Sobre la escuela teológica franciscana, v. FRANCISCANOS IV.El s. XIV conoce la aparición del nominalismo (v.; especialmente con Guillermo de Ockham, m. 1350; v.), así como importantes discusiones teológicas en torno a diversas cuestiones de Eclesiología (v.). La potestad jurisdiccional y doctrinal del Romano Pontífice, considerada en sí misma y en relación con el Concilio, es tema de un clarificador debate eclesiológico que llega hasta comienzos del s. XVI. Papalistas de acento diverso -Jacobo de Viterbo (m. 1308); Hervé Nedellec (m. 1323); Agustín Trionfo (m. 1328); Alvaro Pelayo (m. 1353); Guido de Perpignan (m. 1342); Henri Totting (m. 1397); Pedro de la Palu (m. 1342), etc- y conciliaristas (V. CONCILIARISMO) de corte generalmente moderado -Juan de París (m. 1306; v.); Pedro de Ailly (m. 1420); Juan Gerson (m. 1429; v.); Francisco Zabarella (m. 1417); Nicolás de Cusa (m. 1464; v.) y S. Antonino de Florencia (m. 1459; v.) protagonizan una larga polémica. Al final de ese periodo, la obra de Juan de Torquemada (m. 1468; v.; Summa de Ecclesia) desemboca en una eclesiología más desarrollada, que aplica al Papa los beneficios de la plenitúdo potestatis en lo jurisdiccional, a la par que reconoce al Concilio un papel fundamental en la dilucidación de cuestiones doctrinales. Esta línea se continuará, ya en el Renacimiento, en las obras de Cayetano y en los autores de la Escuela de Salamanca.Junto a la especulación escolástica del Bajo Medievo, y en parte por insatisfacción frente a los excesos de la misma, se desarrollan en los s. xiv y xv una literatura y unos movimientos de devoción expresivos de un acercamiento no intelectual a la realidad religiosa. Juan Taulero (m. 1361; v.), Juan Ruysbroeck (m. 1381; v.) y la Imitación de Cristo de Kempis (v.), obra nacida en el círculo de la Devotio Moderna (v.; espiritualidad de los Hermanos de la Vida Común, fundados por Gerardo Groot, m. 1384; v.) representan de modo diverso esta corriente, que, con otras influencias más eruditas, permearía el humanismo cristiano de algunos renacentistas: Erasmo (m. 1537; v.), Tomás Moro (m. 1535; v.), Luis Vives (m. 1540; v.), etc.3. Del Renacimiento a la época contemporánea. Los años del Renacimiento supusieron para las ciencias sagradas la instauración de una nueva metodología teológica, caracterizada por un estudio de las fuentes cristianas y un cultivo de las lenguas clásicas, en las que se busca llegar a la verdadera philosophia Christi más por la vía del estudio exegético de los textos escriturísticos que por la de la especulación. Este programa de pietas litterata tiene como pioneros a diversos humanistas. Sobresale la gran obra de crítica textual realizada en la Univ. de Alcalá con la Biblia Políglota Complutense (en 1514 se publica el primer volumen), y la enorme actividad traductora y exegética de Erasmo (su versión del N. T. data de 1516).Entre los autores especulativos hay que mencionar al card. Cayetano (m. 1534; v.). La Escuela de Salamanca (v.), penetrada de humanismo y vinculada a lo mejor de la tradición teológica, realiza una fusión entre lo positivo y lo especulativo, alcanzando logros importantes en la renovación de la Escolástica (v.). Entre sus teólogos más ilustres figuran Francisco de Vitoria (m. 1546; v.), Melchor Cano (m. 1560; v.), Bartolomé de Carranza (m. 1576; v.), Domingo de Soto (m. 1560; v.), Pedro de Soto (m. 1563), Mancio de Corpore Christi (m. 1576), Domingo Báñez (m. 1604; v.), Bartolomé Medina (m. 1581; v.), etc. Destacan igualmente diversos autores de la Compañía de Jesús, en especial Luis de Molina (m. 1600; v.), Francisco Suárez (m. 1617; v.) y Leonardo Lessio (m. 1623; v.).Los escritos de los autores de esta época están traspasados, como es lógico, de una vena polémica respecto a los fautores de la Reforma protestante; de ahí que, aunque con cierta exageración, puede decirse que la literatura de controversia caracteriza el periodo de la T. postridentina. Ejemplo de ello lo constituye el tratado clásico de Roberto Berlarmino (m. 1621; v.; Controversiae generales). Es, por otra parte, la época de la consolidación de las escuelas teológicas (tomista, escotista, molinista, etc.) y en ocasiones de la polémica entre ellas; especial intensidad alcanzó la polémica "de auxilius gratiae". La reacción frente a Bayo (v.) y Jansenio (v.) influye también fuertemente en el desarrollo de la Teología.Los s. XVII y XVIII fueron para la T. un periodo de calma, y en algunos aspectos de decadencia. Pero a la vez se producen desarrollos que, llevados a cabo en un progreso silencioso, se revelarán importantes. Podemos mencionar entre ellos el cultivo de la T. espiritual y mística (S. Francisco de Sales, v.; card. Berulle, v.; Fenelon, v., etc.); la promoción del estudio crítico de la Hagiografía (v.), por obra de Bollando (m. 1665) y los bolandistas (v.); la elaboración sistemática de la T. moral (V. TEOLOGÍA MORAL III, 6-7) por los Salmanticenses (v.), C. R. Billuart (m. 1757; v.), S. Alfonso MI, de Ligorio (m. 1787; v.); y la preocupación renovada por las fuentes cristianas: Mabillon (m. 1707; v.), Marténe (m. 1739; v.) y Mansi (m. 1769; v.). En el campo de la T. dogmática destacan los franceses Petavio (m. 1652; v.), Tontenson (m. 1674), Thomassin (m. 1695), Bossuet (m. 1704; v.) y Fénelon (m. 1715; v.), así como los jesuitas autores de la Theologia Wirceburgensis (14 vol., 1766-71). Para todo este periodo, v. t. MODERNA, EDAD III.A comienzos del s. XIX, la T. católica se ve necesitada de una cierta renovación, ya que la investigación y la docencia habían caído en el empobrecimiento y la rutina. Este esfuerzo renovador -obra en gran parte de teólogos de habla alemana- cristalizará en intentos diversos, realizados con variable éxito y desde presupuestos histórico-filosóficos muy distintos. El s. xix fue concretamente una época de ensayos que unas veces desembocaron en doctrinas heréticas y otras contribuyeron a decantar los elementos para una nueva síntesis del pensamiento católico.La Escuela católica de Tubinga (v.), que cubre con su estudio todos los aspectos del saber teológico, es un instrumento decisivo en la renovación perseguida, a la par que un ejemplo de los riesgos a que estaba expuesta. J. B. Hirscher (m. 1865; v.; Christliche Moral), Sebastián von Drey (m. 1887), y sobre todo J. A. Móhler (m. 1838; v.; La unidad de la Iglesia, Simbólica) se cuentan entre sus más destacados representantes. Móhler, que basa sus escritos en un sólido estudio de la Patrística, y que en sus obras de madurez supo corregir loserrores de sus escritos iniciales, pone de relieve el carácter intrínsecamente unitario e histórico de la doctrina cristiana, se esfuerza en mostrar la importancia de lo pneumático para describir adecuadamente las realidades sagradas, y es pionero de la reflexión dogmática sobre el misterio de la Iglesia. Gran relieve tiene también la obra de John H. Newman (m. 1890; v.), converso del anglicanismo en 1845. Los numerosos escritos de Newman, creado cardenal en 1879, ponen de relieve, entre otras cosas, su sentido histórico, que une la inducción al procedimiento deductivo; y el tono piadoso de su especulación. Entre sus obras más importantes se cuentan: Apologia pro vita sua, Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, Gramática del asentimiento religioso, Los arrianos en el s. IV, Conferencias sobre la justificación, Ensayo sobre los Milagros, Vía Media, Sermones, etc. Otra figura de importancia es la de M. J. Scheeben (m. 1892; v.; Dogmática, Los misterios del cristianismo). Muy importante en la afirmación de la autoridad de la fe y de la Iglesia, frente al racionalismo, escepticismo, etc., fue la labor de los profesores del Colegio Romano (v. SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS II), que coadyuvó de cerca a la actividad restauradora del Conc. Vaticano I (1869). La obra de G. Perrone (m. 1876; v.; Praelectiones theologicae), J. Kleutgen (m. 1893; v.; Theologie der Vorzeit) y, sobre todo, J. B. Franzelin (m. 1886; v.) vigoriza la escolástica; con ellos entronca el ya mencionado Scheehen.El s. XIX presencia también intentos de construir la T. cristiana con ayuda de la filosofía kantiana e idealista que desembocan en graves errores. Es el caso de A. Günther (m. 1863; v.) y de Hermes (m. 1891; v.), y en parte de I. Dóllinger (v.). Es también el caso, ya a principios del s. XX, del modernismo (v.), cuyos fautores (A. Loisy, Tyrell, Buonaiuti, etc.) buscan un replanteamiento de la noción de Revelación y de las vías para acceder a ella, influido por el agnosticismo (v.), que termina en total relativismo dogmático; fue condenado por S. Pío X en la Ene. Pascendi (8 nov. 1907).La renovación del tomismo, de acuerdo con los principios de León XIII en la Ene. Aeterni Patris (1879), reiterados por S. Pío X a raíz de la crisis modernista, produjo amplios frutos, como testimonian los nombres de L. Billot (m. 1931; v.), A. Gardeil (m. 1931; v.), R. Garrigou-Lagrange (m. 1966; v.), etc. (v. NEOESCOLÁSTICOS; NEOTOMISMO). Factores importantes en el desarrollo de la T. en el s. XX son también los estudios bíblicos y patrísticos. Algunos autores -H. de Lubac (v.), Y. M. Congar (v.), J. Daniélou (v.), H. U. von Balthasar, etc- intentan un replanteamiento de la T. acudiendo precisamente a las fuentes patrísticas. Otros (K. Rahner, v.) aspiran en cambio a conciliar la fe cristiana con la línea filosófica que va de Kant a Heidegger. Las desviaciones en que incurren algunos de esos intentos son denunciadas por Pío XII en la Ene. Humani generis (1950), que precisa cuáles son las líneas por las que deben moverse los esfuerzos de renovación teológica para ser verdaderamente eficaces. En los años posteriores al Conc. Vaticano II, en lugar de proseguir la tarea de integración querida por el Concilio, ha proliferado una literatura de ensayo, en ocasiones desviada y con frecuencia superficial, creando una situación confusa que ha provocado diversas llamadas de atención tanto por parte de los mejores representantes de la generación teológica anterior como del propio Magisterio.***FALTA = FALTAN LAS PAGINAS 256-2657(Bibl de Teologia IV y 1ºparte de ToeBiblica.)TEOLOGIA BíBLICAsultados de la Exégesis. El resultado es haber conseguido unos estudios relevantes sobre la enseñanza de tal o cual hagiógrafo (son notables algunos estudios, como La Teología de S. Pablo, de F. Prat, o el posterior de J. M. Bover, y la trilogía de L. Cerfaux sobre Jesucristo, la Iglesia y el cristiano en S. Pablo), ya del N. T. entero (la más célebre es la Teología del N. T., de M. Meinertz), del A. T. (las más ilustres son las Teologías del A. T., de P. Heinisch y de P. van Imschoot; cfr. bibl.). Pero -es sintomático quizá- no se ha conseguido escribir ninguna T. b. que abarque toda la Biblia; en este sentido sólo se han hecho estudios de temas muy concretos a lo largo de la Escritura, como ocurre en los varios "Diccionarios de Teología bíblica".La causa de no haberse alcanzado una exposición bíblica de todo el contenido de la S. E. se encuentra en la dificultad misma del intento (¿hasta qué punto seguimos en una ciencia exegética o hemos traspasado ya el nivel de la Teología sistemática o especulativa propiamente dicha?); y también en la tendencia, que se advierte en muchos exegetas, a poner el acento en los hagiógrafos más que en Dios, autor principal de toda la Escritura. Fruto de muchos esfuerzos de exégesis crítica es haber conocido, mejor que en tiempos antiguos, la índole peculiar de cada hagiógrafo. Pero esta indudable e irrenunciable adquisición habrá que conjugarla, de ahora en adelante, con la visión más teológica y más doctrinal de los antiguos: es Dios quien nos habla en la Escritura, es Él el autor principal de toda ella, aunque es igualmente cierto que los hagiógrafos son verdaderos autores. En otras palabras, es ciertamente legítimo intentar determinar el sentido literal en sentido estricto; es decir, lo que el hagiógrafo entendió y quiso expresar, pero sin olvidar que en un texto puede haber matices que están sólo implícitos o insinuados, y sobre todo que Dios, autor principal de la S. E., puede entender e intentar un sentido pleno que nos revela y aclara en otro lugar de la Biblia misma o de la Tradición. No proceder así es empobrecer la Exégesis misma, que se ve privada de la riqueza que tenía en los antiguos; y exponer a caer en una actitud racionalista. De hecho, sobre todo en escritos posteriores de 1960, se advierte en autores católicos la tendencia a poner de tal manera el acento en la experiencia de los hagiógrafos que la’ inspiración parece reducirse a una mera asistencia, con lo que se roza el dogma mismo.3. De la Exégesis a la Teología bíblica. a) Exégesis bíblica. El Conc. Vaticano II ha resumido autorizadamente el objeto y método de la Exégesis bíblica en el no 12 de la Const. Dei Verbum. Según ahí se nos dice, la Exégesis (v.) bíblica tiene por objeto penetrar y exponer el sentido de los textos sagrados. Para esto se sirve de las ciencias históricas, del conocimiento del lenguaje y de los géneros (v.) literarios antiguos, etc., valorándolos de acuerdo con tres principios, circunstancias o hechos: 1) la divina inspiración de la Biblia, en virtud de la cual Dios nos habla a través del hagiógrafo; 2) el carácter progresivo de la Revelación que hace que en un determinado texto, en un solo libro, o incluso en todo un grupo de libros, no esté contenida toda la Revelación escrita; 3) el hecho de que Dios no ha entregado la Biblia a la humanidad de una manera indiscriminada, sino que la ha entregado a la Iglesia, y concretamente al Magisterio, para que ésta la custodie, la interprete y la exponga auténtica y autorizadamente.De este modo, el exegeta que se enfrenta con un determinado texto, junto con todos los recursos de índole racional para su interpretación (filología, crítica literaria e histórica, crítica filosófica, etc.), debe tener presente la unidad de la S. E. y la entera fe de la Iglesia, y no de una manera aislada y yuxtapuesta a los recursos de índole racional, sino de modo principal. Como dice el número citado de la Const. Dei Verbum, "la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados". Y eso exige, en primer lugar, una sintonía espiritual con Dios, una vida de fe. Pero no basta con una buena actitud de fe ("fides qua creditur"), aun siendo esto ya un don de Dios, sino que se necesita además un conocimiento del contenido que se encuentra no de manera aislada en un solo texto, sino relacionado con el de otros muchos textos sagrados, a la luz de los cuales pueden verse sus dimensiones e implicaciones; y no sólo relacionado con otros textos sagrados, sino explicado, explicitado en la Tradición viva de la Iglesia, la cual, de una u otra manera, es una explicación del contenido de la Revelación divina.El método de la Exégesis bíblica no puede ser, pues, un método de mera crítica histórico-literaria, sino que la investigación debe estar informada por el método teológico, entendiendo por tal el propio de un saber que busca una inteligencia del objeto de fe. En suma, la Exégesis bíblica es aquella parte de la Teología que se ocupa específicamente de la recta interpretación de los textos de la Revelación escrita. Este cometido lo lleva a cabo usando los métodos histórico-críticos bajo la dirección de los criterios teológicos. Trabaja, pues, la Exégesis sobre los textos sagrados, sin arrancarlos de su terreno, en el cual han surgido por la especial gracia de la inspiración divina, y dentro del cual esos textos sagrados se han conservado también vivos.b) La Teología bíblica. Pero no compete a la Exégesis bíblica la elaboración sistemática de todo el contenido de la Revelación divina y la subordinación y relación de unas verdades con otras. Éste es el cometido de la Teología, que abarca, dentro de su unidad, una complejidad de elementos y aportaciones parciales. Uno de los cuales es precisamente la Teología bíblica. En efecto, entre la exégesis de los textos de la S. E. y el estudio sistemático, como método especulativo, de toda la Revelación, entre la Exégesis, predominantemente analítica, y la elaboración -"ratio fide illustrata"- de la totalidad de la Revelación divina, propia de la Teología sistemática, hay una ancha zona de campo que es el propio de la Teología bíblica. ¿En qué consiste, pues, la T. b.?: en recoger y confrontar los resultados de la Exégesis bíblica, situándolos en su lugar propio dentro de la Historia de la salvación, y haciendo ya una primera organización de la Revelación divina escrita, según una subordinación racional -iluminada por la fe-, pero sin pretender abarcar todas las implicaciones del discurso general cristiano.Más concretamente, la T. b. se ocupa de:1) dar una visión de conjunto de la enseñanza contenida en los escritos de un solo hagiógrafo (S. Pablo, S. Juan, etc.), o en un conjunto de libros (la literatura profética vetero testamentaria, p. ej.), o incluso detodo el Antiguo otodo el N. T.;2) mostrar cómo una verdad o tema se desarrolla a lo largo de la historia de la Revelación, poniendo así de relieve el orden con que Dios se ha manifestado; 3) intentar una exposición de conjunto de todo lo enseñado en la totalidad de la S. E. Como hemos dicho ya, los mejores logros alcanzados hasta ahora corresponden a las dos primeras finalidades. Sin volver a repetir lo antes dicho, insistamos en que la T. b. en todos y cada uno de sus momentos ha de estar informada por la conciencia de la unidad de la S. E. como obra toda ella de Dios. Es de un extremo al otro de la S. E. como Dios nos ha hablado por medio de diversos hagiógrafos. Si la Exégesis se va ocupando sucesivamente de cada uno de los textos bíblicos de grupos de textos, la T. b. pretende abarcar y organizar proporcionadamente todo lo que Dios nos ha dicho por medio de todos los hagiógrafos, entendiéndolos dentro de la Tradición viva de la Iglesia. Si la Exégesis se enfrenta en primer lugar con lo que cada texto aporta por su parte en el conjunto de la Revelación bíblica, la T. b., recogiendo los resultados de la Exégesis y teniéndolos como fundamento, hace un trabajo que de alguna manera puede calificarse de síntesis recapituladora de la Exégesis, y que desde otro aspecto cabría considerar como inverso al de la Exégesis; ya que, una vez conseguida esa primera síntesis recapituladora y levantada una primera estructura armónica de toda la Biblia, sitúa los textos en su marco y los vuelve a estudiar no analíticamente, sino en función de la síntesis conseguida. Esta interrelación de la Exégesis y de la T. b. produce el avance de ambas, que es, respectivamente, una penetración cada vez más profunda del sentido de los textos y una visión de las líneas de fuerza del conjunto de la Revelación divina escrita. Así como, desde otra perspectiva, esa profundización en el conocimiento de la S. E. que implica la T. b. ayuda al crecimiento de la Teología sistemática; y, a su vez, el desarrollo de ésta, conduciendo a una más honda comprensión de lo que Dios nos ha revelado, lleva a leer con plenitud de sentido el texto3 escriturístico impulsando así el proceder tanto de la Exégesis como de la Teología bíblica.V. t. INTERPRETACIÓN II; EXÉGESIS BÍBLICA; HEURíSTICA BíBLICA NOEMÁTICA.J. M. CASCIARO RAMÍREZ.
BIBL.: Sobre la naturaleza de la T. b.: P. FRANQUESA, Concepto de Teología bíblica, en XVIII Semana Bíblica Española, Madrid 1959, 277-300; M. PEINADOR, La integración de la exégesis en la Teología. Hacia una auténtica Teología bíblica, ib. 301-22; L. ARNALDICH, Los estudios bíblicos en España desde el año 1900 al año 1955, Madrid 1957; F. M. BRAUN, La théologie biblique, "Rev. Thomiste" 53 (1953) 221-53; C. T. GRAIG, Biblical Theology and the Rise of Historicism, "Journal of biblical Literature" (1943) 281-94; A. DESCAMPS, Réflexions sur la méthode en théologie biblique, "Sacra Pagina" 1 (1959) 132-57; F. FESTORAZZI, Teología Bíblica, en Enc. Bibl. VI,940-45; íD, Il problema del metodo nella teología bíblica, "Scuola Cattolica" 91 (1963) 253-76; P. GRELOT, Biblia y teología, Barcelona 1969; P. HENRY, La Bible et la Théologie, en A. ROBERT, A. TRICOT, Initiation Biblique, 3 ed. Tournai 1954, 963-98; S. LYONNET, De notione et momento Theologiae Biblicae, "Verbum Domini" 34 (1956) 142-53; R. A. F. MACKENZIE, The Concept of Biblical Theology, "Catholic Theology Soc." 10 (1955) 48-73; S. B. MARROW, Biblical Theology, en New Catholic Encyc1opedia, II, Nueva York 1967, 545-50; C. SPICQ, L’avénement de la théologie biblique, "Rev. des Sciences philosophiques et théologiques" 35 (1951) 561-74; íD, Nouvelles réf1exions sur la théologie biblique, ib. 92 (1958) 209-19; P. S. WATSON, The Nature and Function of Biblical Theology, "The Expository Times" 73 (1961-62) 195-200; R. O. DELATAN, Preface to Old Testament Theology, Nueva York 1963 (amplia bibl.); C. T. FRITScH, New Trends in Old Testament Theology, "Biblioteca Sacra" 103 (1946) 293-305; B. HESSLER, De Theologiae Biblicae V. T. problematá, "Antonianum" 25 (1950) 107 ss.; R. SCHNACKENBURG, New Testament Theology Today, Nueva York 1963 (amplia bibl.).
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