Templanza I FIL.
Categoria:
Filosofía
1. Noción. Significa t., en primer lugar, una moderación en cualquier actividad humana y, en tal acepción, equivale a una condición general que acompaña al concepto genérico de virtud moral. De manera específica se entiende por t. la virtud que enriquece habitualmente a la voluntad y la inclina a refrenar los diferentes apetitos sensitivos hacia los bienes deleitables contrarios a la razón (cfr. Aristóteles, Ética a Nicómaco, III,13). En esta acepción, se trata de la virtud cardinal de la t., la cual se determina en diferentes especies (v. 6).Dos son las tendencias (v.) sensitivas principales del llamado apetito (v.) "concupiscible" que arrastran al hombre a los bienes deleitables: el placer de comer y el sexual, vinculado el primero a la conservación del individuo, y el segundo a la de la especie (v. SEXUALIDAD III). Estas pasiones (v.) o tendencias no son malas en cuanto logran sus bienes deleitables dentro del arden racional o del perfeccionamiento integral humano, es decir, dentro de la consecución de sus fines respectivos, para los que han sido constituidas por Dios, de acuerdo con el ser y actividad humanos. El desorden o pecado (v.) en este terreno consiste en el uso de los goces de tales inclinaciones contra los fines naturales o en el uso de los mismos con exceso o fuera de la medida necesaria para la consecución de los mismos.La voluntad (v.) o apetito espiritual humano está inclinada naturalmente a su bien específico, que es el bien honesto o moral. Puede apartarse del mismo, al dejarse arrastrar por estas pasiones de bienes deleitables. Para seguir su inclinación natural al bien honesto la voluntad debe, pues, moderar tales apetitos (v.) sensitivos, para usar de ellos sólo en la medida necesaria para la consecución de sus fines respectivos, dentro del bien integral humano o de un modo racional. Tal integración de las pasiones con sus bienes deleitables dentro del bien humano es expresada por la norma moral, que regula los apetitos sensitivos de acuerdo con el bien específico del hombre.Empero, la voluntad es débil frente a la vehemencia con que tales pasiones la arrastran al goce de sus propios bienes y está expuesta continuamente a consentir a sus requerimientos, aun a costa de claudicar del recto orden, o sea, de perder el bien honesto propio del hombre. Para tenerlas habitualmente sometidas a su dominio y, con él, al bien honesto o integral del hombre, expresado por la norma moral de la inteligencia, la voluntad necesita enriquecerse o perfeccionarse con la virtud o hábito de la templanza. Mediante la repetición de sus actos de dominio sobre las demandas de tales pasiones, la voluntad va creando paulatinamente en sí misma la virtud de la t., la cual la capacita y la inclina a un dominio permanente sobre aquellas inclinaciones. La t. tiene su asiento en el apetito espiritual de la voluntad libre, pero a su vez supone y tiene sentido por las pasiones, sobre las cuales actúa para moderarlas y encuadrarlas dentro del bien y orden humanos.La t. es virtud (v.) cardinal o principal, porque bajo su noción genérica se ubican como sus especies y hábitos complementarios un conjunto de virtudes necesarias para el establecimiento del orden moral o humano de las pasiones concupiscibles, es decir, un conjunto de virtudes indispensables para integrar jerárquicamente, bajo la dirección y bien del apetito específicamente humano, los diferentes apetitos concupiscibles inferiores.2. El sentido de la templanza. El cometido propio de la t. consiste, más que en resistir a los requerimientos de las pasiones concupiscibles, en poner orden racional en el uso de las mismas, de modo que su actuación, lejos de oponerse, contribuya al bien humano u honesto. No se trata de una destrucción, sino de una humanización de esta actividad inferior y animal del hombre, de una penetración de las exigencias del orden humano, emanadas del último fin del hombre, que las espiritualice al encuadrarlas dentro de la norma moral. La t., con sus diversas especies y complementos, pone orden humano en los diferentes apetitos de bienes deleitables sensitivos o materiales, para poder así ordenar todo el hombre a Dios, como a su último fin, también en el uso de estos apetitos, canalizados por las exigencias de la norma moral; en el comer y beber y en el uso de la sexualidad en el matrimonio (v.) el hombre puede y debe perfeccionarse como hombre y ordenar esas funciones a la gloria de Dios.En cambio, no cabe la t. en los goces del espíritu, de la verdad o de la amistad, p. ej., mientras se mantengan en el plano espiritual, pues tales bienes, lejos de impedir, contribuyen a ordenar al hombre a su perfección y, en definitiva, a Dios.3. Relación con la fortaleza y prudencia. La t., junto con la fortaleza, infunde e informa todo el ámbito del apetito sensitivo con el orden racional y, con él, el dominio del espíritu, que confiere al hombre la libertad para ordenarse a su último fin y consiguiente plenitud humana: la t., moderando las inclinaciones naturales a los bienes deleitables y haciéndolas servir al hombre honesto; la fortaleza (v.), moderando las inclinaciones naturales que rehúyen el dolor y, en general, todo lo dificultoso, sometiendo las inclinaciones sensitivas al trabajo y al esfuerzo para lograr el orden y la perfección humana.Para que la t. logre ser verdaderamente virtud, o sea, moderación de la concupiscencia según las exigencias del ser del hombre y de su último fin, que formula racionalmente la norma moral, es menester que este orden racional le sea ajustado en cada acto por la inteligencia; la cual sólo puede hacerlo habitualmente por la virtud de la prudencia (v.). A su vez esta virtud intelectual sólo puede regular e impregnar de orden racional el acto concreto de la voluntad, cuando ésta está habitualmente inclinada a dominar los apetitos concupiscibles por la virtud de la t.; o más brevemete, la voluntad buena por la t. sólo es formalmente buena cuando está ajustada al orden racional por la virtud de la prudencia, y la inteligencia sólo formula formalmente la verdad práctico-moral concreta por la prudencia cuando ésta juzga sobre lavoluntad buena por la virtud de la templanza. Lo mismo sucede entre la prudencia y las otras virtudes morales. 4. Templanza natural y sobrenatural. La t. como virtud natural -que es de la que hemos tratado hasta ahoraperfecciona la voluntad humana en orden al dominio de los apetitos concupiscibles y se logra por la repetición de sus actos. La voluntad se acrecienta y perfecciona con el hábito de la t. a fuerza de dominar una y otra vez las inclinaciones inferiores a los bienes deleitables. A su vez se pierde por la repetición de los actos pecaminosos contrarios a la virtud. Esta virtud -como todos los hábitos naturales- no supone de sí el estado de gracia santificante, pero sin la gracia sanante de Dios tampoco sería posible esta virtud, al menos en un grado perfecto.En cambio, el hábito sobrenatural de la t., infundido por Dios junto con la gracia santificante, pone orden en la concupiscencia del hombre, herido por el pecado original, y le lleva a vivir como hija de Dios, redimido por Cristo, dando valor sobrenatural y meritorio a los actos de esta virtud, alcanzado así su plenitud, ya que la gracia supone virtud de la caridad y, con ella, la ordenación del hombre a Dios, como su fin supremo. El dominio de la concupiscencia no es ya una mera ordenación racional -en la t. infusa la razón está iluminada por la fe y sus exigencias son más finas y delicadas-, una perfección de la actividad humana, sino una ordenación a su fin sobrenatural divino. Adquieren así pleno sentido la penitencia (v.), la mortificación (v.), el celibato (v.), la virginidad (v.), etc.La virtud sobrenatural de la t. no se logra por la repetición de actos, sino que es infundida por Dios en el alma del cristiano junto con la gracia. La repetición de los actos dispone al alma a una mayor infusión por parte de Dios y a superar más fácilmente los obstáculos que se oponen a su ejercicio. Así como la gracia borra el pecado, pero no las disposiciones naturales que se oponen a ella, tampoco la virtud sobrenatural de la t. quita las inclinaciones contrarias a ella, robustecidas muchas veces por pecados ya borrados; y, por eso, si bien confiere al cristiano capacidad para vencerlas, no se la da para que lo consiga sin lucha. De modo que para superar más fácilmente tales dificultades, la virtud sobrenatural infusa de la t. debe enriquecerse con la virtud natural adquirida de la misma, mediante la repetición de los actos. De este modo, ambas virtudes (adquirida e infusa) se integran, como la naturaleza y la gracia.La virtud sobrenatural se perfecciona además con el don de temor de Dios (v. ESPÍRITU SANTO III, 5), que aunque primariamente atañe a la virtud de la esperanza (v.), secundariamente perfecciona la templanza. Este don hace ver la grandeza y majestad divina, inspirando un santo temor por los castigos que llevan consigo los placeres desordenados, y en consecuencia frena los apetitos, evitando el pecado.OCTAVIO N. DERISI.
BIBL.: S. TOMÁS DE AQUINO, Sum. Th. 2-2 g141-170; J. GREDT, Elementa Philosophiae, 13 ed. Barcelona 1961; V. CATHREIN, Philosophia moralis, 15 ed. Friburgo Br. 1929; A. SERTILLANGEs, La philosophie morale de St. Thomas d’Aquine, París 1942; J. PIEPER, Prudencia y Templanza, Madrid 1969.
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