Temor de Dios I TEOL.
Categoria:
Teología
Desde un punto de vista filosófico se suele definir el temor como una pasión (v.) del apetito (v.) irascible que rehúye un mal sensible futuro y aprehendido como arduo, es decir, al que no se podrá resistir sin dificultad (Sum. Th. 1-2 q41 a2). Si se considera, pues, el temor como reacción afectiva ante la amenaza de un mal, la expresión t. de D. puede parecer a primera vista un concepto contradictorio. Dios es, en efecto, el Sumo Bien, causa y principio de toda bondad; de modo que es de todo punto impensable que de Él pueda derivar al hombre mal alguno. De ahí el principio capital de la Teología: Dios no puede ser nunca objeto directo de temor, sino sólo indirectamente, en cuanto que puede conceder bienes que no sean recibidos como tales por la criatura, y en cuanto a que Él mismo es un bien que el hombre puede no alcanzar. La justicia divina -con sus penas, reparadoras del desorden que introduce el pecado- y la posibilidad de perder a Dios constituyen el fundamento objetivo del temor de Dios.1. Sagrada Escritura. Antiguo Testamento. Como consecuencia del pecado original (v.) el hombre perdió el estado de justificación y, secuela de este pecado, fue la pérdida del trato confiado y filial con Dios. Adán, después de su desobediencia, confiesa su temor: "oí el ruido en el vergel y, temeroso, porque estoy desnudo, me escondí" (Gen 3,10). Dios no abandonó al hombre en ese estado de pecado. Los libros del A. T. nos van gradualmente enseñando hasta dónde llegó el amor de Dios hacia los hombres (Gen 3,15) y, de modo particular, hacia el pueblo elegido: "Cuando Israel era un niño, yo le amé... Yo enseñé a andar a Efraín, lo levanté en mis brazos, pero no reconoció mis desvelos por curarle" (Os 11,1.3). "Con amor eterno te amé, por eso te he manifestado mi favor" (ler 31,3).Este amor de Dios exigía una correspondencia que fue ley para Israel: "Amarás a Yahwéh, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas" (Dt 6,5). Sin embargo, la Ley Antigua en la que se anunciaba este precepto fue dada en el temor: "data est in timore, quod significabant tonitrus et alia huiusmodi" (S. Tomás, Super epistolam ad Romanos, 642). Dios en su pedagogía divina quiso que, antes de manifestarnos la adopción como hijos, fuéramos educados por la Ley Antigua, que gobernó a aquellos para quienes fue establecida como gobierna un ayo a un niño. S. Pablo utilizaba el término de Pedagogo (Gal 3,24): término que designaba en la sociedad greco-romana a un esclavo de confianza encargado de vigilar a los niños de su señor, refrenando severamente sus caprichos; no estaba excluido el que a veces corriese a su cargo enseñar algunas verdades elementales. La Ley Antigua inducía al hombre a observar los Mandamientos por el temor de las penas (Sum. Th. 1-2 q91 a5c).Cuando Dios establece la Alianza en el Sinaí con el pueblo de Israel (Ex 20,1-17) "todo el pueblo oía los truenos y el sonido de las trompetas y veía las llamas y la montaña humeante y atemorizados, llenos de pavor se estaban lejos" (Ex 20,18). Tan imponente fue esta manifestación de Dios, que el pueblo dijo a Moisés: "háblanos tú y te escucharemos; pero no nos hable Dios, no muramos" (Ex 20,19). Moisés les explicó el sentido de esta teofanía: "No temáis, pues Dios ha venido a fin de probaros y para que esté ante vosotros su temor y no pequéis" (Ex 20,20). El t. de D., temor ante su poder y majestad, fue argumento central de fidelidad a los preceptos de Yahwéh: "Entonces dijo Yahwéh a Moisés: ... vosotros habéis visto que os he hablado desde el cielo. No hagáis junto a mí dioses de plata..." (Ex 20, 22-26).Si bien hay que tener en cuenta, como señala S. Tomás, que los hombres junto a la Ley recibieron otra ayuda de Dios: la fides Mediatoris (fe más o menos explícita en las promesas y en el Mediador de salud), por la cual algunos tuvieron la gracia del Espíritu Santo y fueron justificados, como los Patriarcas (Sum. Th. 1-2 q98 a2 ad4).Elt. de D.estáfundado enlagrandeza,soberanía e inescrutabilidad de Dios, que quiere, en bien de la creatura, que se obedezcan sus preceptos. En las palabras que Moisés dirige al pueblo antes de entrar en la tierra prometida les inculca una vez más este santo temor: "Ahora, pues, Israel, ¿qué es lo que de ti exige Yahwéh, tu Dios, sino que temas a Yahwéh, tu Dios, siguiendo por todos sus caminos, amando y sirviendo a Yahwéh, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma" (Dt 10, 12; 6,1-2). Y el Eclesiástico, después de describir las obras de Dios, concluye diciendo: "Y el resumen de nuestro discurso será: Él lo es todo. Si quisiéramos dignamente alabarle, jamás llegaríamos, porque es mucho más grande que todas sus obras. Es terrible el Señor, muy grande, y su poder sobre toda admiración" (Eccli 43, 29-31). El temor mira a la gran diferencia que hay entre el Creador y la creatura, la santidad divina y la humana fragilidad. Ante la santidad de Dios toda creatura es impura y tiembla (Is 6,1-7; Os 11,9; Ps 98 (99) 2-3; etc.). El israelita que conocía a Dios sentía por ello temor ante Él. De ahí que la expresión t. de D. vino a designar la piedad, y hombre temeroso de Dios y justo vinieron a ser términos equivalentes. Este temor hace al hombre partícipe de muchos bienes: "regocija el corazón", "da prudencia, alegría, longevidad", "al que teme al Señor le irá bien en sus postrimerías y el día de su fin hallará gracia", "es el principio de la sabiduría" (Eccli 1,11-39).Nuevo Testamento. Jesucristo enseñó ante los doctores de la Ley cuál era el principal y máximo Mandamiento: "Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" (Mt 22,37-38). No eran palabras que diferían de las proferidas proféticamente por Moisés ante el pueblo de Israel (Deut 6,5). La nueva realidad que nos reveló Cristo era que el Señor Dios Nuestro, a quien debemos amar sobre todas las cosas, es también nuestro Padre: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios" (lo 20,17). "Carísimos, nosotros somos ya ahora hijos de Dios" (1 lo 3,2). Y somos hijos porque por la gracia adquirimosel "espíritu de adopción de hijos" que es como un nuevo nacimiento que se opera en nosotros, al hacernos Dios, a raíz de la justificación, partícipes de la naturaleza divina: "por El mismo (Cristo) nos ha dado Dios las grandes y preciosas gracias que había prometido, para hacernos partícipes por medio de estas mismas gracias de la naturaleza divina" (2 Pet 1,4). De este modo en el N. T. se pone el acento, de modo particular, en el amor y se deja claro que la caridad aleja todo temor servil: "En la caridad no hay temor, antes la perfecta caridad echa fuera el temor, porque el temor tiene pena; y así el que teme no es consumado en la caridad" (1 lo 4,18). Sin embargo, dada la debilidad del hombre, que a veces pierde la caridad, sería dejarse llevar por un falso optimismo excluir el temor servil en el N. T. como fuerza moral. Jesús advierte que se debe temer a Aquel que puede hacer caer el cuerpo y el alma en el infierno (Mt 10,28). No obstante, la Nueva Ley nos induce, sobre todo, a cumplir los Mandamientos por medio del amor infundido en nuestros corazones por la gracia de Cristo.Espíritu de servidumbre en el temor y espíritu de adopción de hijos. En la Epístola a los Romanos, S. Pablo nos desvela un rasgo del plan misericordioso de Dios en la historia de la humanidad: "No habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor; antes habéis recibido el espíritu de adopción de hijos por el que clamamos Abba: Padre" (Rom 8,15). La Revelación y la gracia que nos viene por Cristo nos enseñan y enriquecen con una realidad nueva: Dios es propiamente nuestro Padre y, por tanto, cuando habita la Santísima Trinidad en nuestra alma, somos verdaderamente hijos de Dios: "Mirad qué tierno amor ha tenido hacia nosotros el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos" (1 lo 3,1). El sentido de la filiación divina (v.) adquirida para nosotros por Cristo ha llenado la Revelación del amor paterno de Dios. No nos ha llamado Dios y dado el "espíritu de adopción de hijos" para que le tratemos como siervos ante su Amo, sino para que, dejados llevar por la acción del Espíritu Santo, le tratemos, porque eso somos, como hijos ante su Padre misericordioso y justo.V. t.: FILIACIÓN DIVINA.M. A. TABET BALADY.
BIBL.: P. HEINISCH, Teologia del Vecchio Testamento, Turín 1950, 194-196; J R. SCHEIFLER, Temor de Dios, en Enc. Bibl., 6901-6904; M. VIGOROUX, Crainte de Dieu, en BD (Suppl.) 2,1099-1100; S. TOMÁS DE AQUINO, Super Epistolas S. Pauli, 1-II, Turín 1953 (Ad Romanos, n° 638-643; Ad Galatas, n° 195, 260; Ad Hebraeos, 696, 703, 704, 724).
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