Tarragona Iv. Historia de la Iglesia.1. Archidiócesis de Tarragona. HIST.
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Historia de la Iglesia
Limita al N con las diócesis de Solsona y Vich, al E con la de Barcelona, y al S y SO con las de Tortosa y Lérida. Con una extensión de 2.700 Kmz, el arzobispado Tarraconensis consta (Ann. Pont. 1973) de 250.000 fieles, 190 parroquias, 288 sacerdotes seculares y 38 regulares, 124 religiosos y 794 religiosas. La sede cuenta con un Seminario Mayor y otro Menor y un importante Museo diocesano.La tesis que hace de S. Pablo (v.) el primer evangelizador de la ciudad y su comarca es aceptada por muchos, como se ha puesto de relieve en la celebración del bimilenario de la venida del Apóstol a la Península. Irrefutables desde el punto de vista documental son las Actas de S. Fructuoso y de sus diáconos Augurio y Eulogio, que testimonian la existencia de una floreciente cristiandad ya a mediados del s. III. Durante la época visigoda, T. tuvo como sufragáneas las sedes de Ampurias, Lérida, Barcelona, Egara, Gerona, Vich, Urgel, Ictosa (Mequinenza), Tortosa, Zaragoza, Huesca, Pamplona, Calahorra, Tarazona y Auca.La invasión musulmana supuso un golpe de muerte para la continuidad de la vida religiosa y del gobierno episcopal de la archidiócesis tarraconense que, durante cuatro siglos, permaneció virtualmente acéfala. La nueva situación de dominación musulmana en la Península hizo que por más de dos centurias la sede tarraconense quedase sujeta a la jurisdicción de la también metropolitana de Narbona. En el 971, el papa Juan XIII, presionado por el conde Borrell de Barcelona, trasladó la sede metropolitana de T. a Vich; pero esta nueva situación tuvo escasa vigencia y poco más tarde todo volvió al antiguo estado de cosas. A fines del s. XI, Urbano II expresó su ferviente deseo de restaurar la diócesis tarraconense en su primitivo emplazamiento. Este anhelo era secundado unánimemente por los estamentos dirigentes catalanes y de modo muy especial por Berenguer Ramón II, quien hizo cesión a la sede tarraconense, en 1090, de los derechos que poseía sobre la región, todavía bajo el dominio musulmán. Sin embargo, transcurrieron varias décadas antes de que los mencionados propósitos se llevasen a la práctica mediante el nombramiento de S. Olegario como prelado tarraconense por el papa Gelasio II (1118). En la nueva época, la diócesis experimentó algunas modificaciones al desaparecer como sufragáneas las sedes de Egara y Ampurias, suprimidas ahora definitivamente. Tal proceso se acrecentó en loss del s. xiv con la división ordenada por Juan XXII, como consecuencia de la cual fue erigida Zaragoza (v.) en archidiócesis, teniendo como sufragáneas las mitras de Huesca, Calahorra, Tarazona, Albarracín y Pamplona.En los comienzos de su pontificado, Alejandro VI (v.) desmembró de la archidiócesis tarraconense la sede de Valencia, incorporada a ella tras la conquista de su territorio por Jaime I, erigiéndola en metropolitana y concediéndole como sufragáneas las de Mallorca y Cartagena, sujetas hasta entonces directamente a la jurisdicción de la Santa Sede. El mapa eclesiástico de la provincia tarraconense se amplió desde la Edad Moderna. A fines del s. XVI se incorporó la diócesis de Solsona (nacida del designio de Felipe II de crear varios obispados a lo largo de la frontera pirenaica, que sirvieran de muro de contención frente a los calvinistas del Sur de Francia) y la de Ibiza, surgida como consecuencia de la nueva ordenación eclesiástica proyectada en el Concordato de 1753.En el s. XVIII, la vida y el prestigio intelectuales de la archidiócesis alcanzaron tal vez su culminación, debido principalmente a la obra desplegada en todos los campos de las ciencias eclesiásticas por una pléyade de exegetas e historiadores de innegable importancia en su época, entre los que ocupa un lugar sobresaliente Félix Amat. El resurgimiento del pueblo catalán en la segunda mitad del s. XVIII encontró en la figura del arzobispo Francisco Armaya un prelado que supo aunar un indomable celo religioso e intelectual con indiscutibles dotes de hombre de acción y de gobierno. La intensa religiosidad de la archidiócesis se reflejó en la llamada guerra de los Pirineos (1793-95), contra la República francesa.Ocupada durante toda la guerra de la Independencia por las tropas napoleónicas, las guerras civiles que ensangrentaron al país en la crisis final del Antiguo Régimen tuvieron en tierras de la archidiócesis uno de sus principales escenarios. En esta época la archidiócesis presenció el extrañamiento manu militar¡ de algunos prelados, que hubieron de exiliarse por sus discrepancias con los gobernantes madrileños. Particularmente larga fue la vacante episcopal durante la minoría de edad de Isabel II y primeros años de su reinado, provocada por el destierro del arzobispo Echánove. A partir de la Renaixenca, el protagonismo desempeñado por la archidiócesis tarraconense en el conjunto de la vida religiosa y espiritual del Principado comenzó lenta pero inexorablemente a decaer, sin que la recia personalidad de algunos de sus prelados pudiese detener esa trayectoria.En los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y a lo largo de la II República, la archidiócesis volvió, por algunos momentos, a acaparar el primer plano de la actualidad religiosa, como consecuencia de la destacada participación de su prelado, el card. Vidal y Barraquer, en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Inspirador en amplia medida, tras la expulsión de España del card. Segura (v.), del documento en que el episcopado nacional tomaba colectivamente posiciones definidas ante el régimen republicano, Vidal y Barraquer se negó a suscribir la carta firmada por la casi totalidad de los obispos españoles al año de iniciarse la guerra de 1936. Salvado de una muerte inminente a manos de los revolucionarios anarquistas, el card. Vidal y Barraquer se refugió en Italia y Suiza, y siguió las peripecias de la Guerra española con extremada ansiedad, tratando en la medida de sus fuerzas de limitar su amplitud y consecuencias.Tras el breve pontificado de Manuel Arce Ochotorena, fue elevado a la silla tarraconense (enero 1949) Benjamín de Arriba y Castro (m. 1972), a quien le fue otorgada por Pío XII la púrpura cardenalicia en 1953.BIBL..: J. SERRA VILARO, Fructuós, Augur¡ i Eulogi, martirs sants de Tarragona, Tarragona 1936; I. BLANcH, Arxiepiscopologi de laTARRAGONA IV - VISanta Esglesia Metropolitana i Primada de Tarragona, Tarragona 1951; R. D’ABADAL I DE VINYALS, Els primers comtes catalans, Barcelona 1958; R. TORT, Biografía histórica de Francisco Armanya Font (1718-1803), Villanueva y Geltrú 1967; J. M. CUENcA TORmio, La Jerarquía eclesiástica en el reinado de Isabel II, "Atlántida" (1969); íD, El episcopado catalán ante la revolución de 1868, "Analecta Sacra" (1968); F. MUNTANYOLA, Vidal i Barraquer, el cardenal de la paz, Barcelona 1971.**AUJ. M. CUENCA TORIBIO.
**HIGTARRAGONA IV. HISTORIA DE LA IGLESIA. 2. Diócesis de Tortosa.
Sufragánea de T., la diócesis Dertosensis tenía en 1973 6.450 Kmz, 140 parroquias, 167 sacerdotes diocesanos y 37 regulares, 46 religiosos, 442 religiosas y una población de 227.000 hab., de los que son católicos prácticamente la totalidad (cfr. Ann. Pont. 1973).La región se cristianizó muy pronto, tal vez como dice la leyenda, durante el periodo romano-visigótico, por S. Rufo, supuesto discípulo de los Apóstoles. Hasta la invasión musulmana, la serie de prelados puede reconstruirse fehacientemente. Tras la reconquista de su territorio por Ramón Berenguer IV (v.), se restableció el obispado. Sus poderosos núcleos mudéjares y hebreos originaron durante los siglos bajomedievales enconados antagonismos y persecuciones. Célebre en la polémica religiosa fue la disputa de Tortosa de 1413-14, en la que S. Vicente Ferrer (v.) tuvo una destacada participación. En loss de la Edad Moderna, la diócesis fue regida por Adriano de Utrecht, futuro Papa bajo el nombre de Adriano VI. En estas fechas desapareció la importante castellanía de Amposta, de la Orden de S. Juan de Jerusalén, de la que habían dependido desde 1157 todas las casas de la Orden de Cataluña, Aragón y Valencia, hasta que en 1319 se independizaron las de Cataluña. En los últimos siglos, la diócesis de Tortosa ha desempeñado un papel menos relevante que antaño en la vida religiosa del país.J. M. CUENCA TORIBIO.
BIBL.: R. O. CALLANGHAN, Episcopologio de la Santa Iglesia de Tortosa, Tortosa 1928; E. BAYERRI, Historia de Tortosa y su comarca, Tortosa 1933-60.
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