Tarraconense HIST.
Categoria:
Historia
Provincia de la España romana. Durante el Imperio, el nombre oficial fue España Citerior (Hispaniae Citerioris), al igual que durante la República, y el término T. (Tarraconensis) sólo tuvo carácter popular tomando la parte (conventus y capital de la provincia) por el todo. Durante la Tetrarquía, fue generalmente conocida como Hispania, frente a Lusitania y Bélica (así en el Edictum Rerum Venalium y la "Lista de Verona"). Durante el s. IV, se generalizó el término Tarraconense. En su historia, pueden distinguirse tres momentos, la época republicana, el Alto Imperio y el Bajo Imperio.1. República (197-15 a. C.). Aunque la presencia romana en Hispania se remonta al 218 a. C., sólo en el 197 estos dominios recibieron una ordenación en dos provincias: Citerior y Ulterior. Los nombres obedecen a su mayor o menor proximidad a Roma. En el 197 a. C., la Citerior comprendía una franja costera desde el cabo de Creus hasta Castulo (junto a Linares, Jaén) y la isla de Ibiza. El estatuto del territorio quedaba determinado según las relaciones entre Roma y las distintas ciudades, libres y aliadas como Emporion y Ebusus, aliadas otras, estipendiarias las más. El límite interior fue variando a medida que la expansión romana en el interior de la Península incorporó nuevos territorios a la Tarraconense. En el 179, la Celtiberia formaba parte oficialmente de la Citerior.Citerior y Ulterior fueron administradas autónomamente excepto en los a. 171-168; del 54 al 49, toda Hispania fue gobernada por los legados de Pompeyo; del 42 al 27, por Lépido y los legados de Octavio. Capital de la provincia fue Cartagena, aunque desde las guerras celtibéricas Tarraca (Tarragona) cobró mayor importancia debido a su proximidad al frente. En los últimos tiempos, debió de existir un régimen de bicapitalidad apuntado por Estrabón como hecho contemporáneo. Gobernadores fueron desde el 197 al 153 pretores con imperium proconsular; desde el 153 al 133, durante las guerras celtibéricas, cónsules; pretores después y propretores tras la reforma de Sila (v.); excepción fue el proconsulado de Pompeyo. Desde el 54 a. C. el gobierno fue confiado a legados de diverso rango. La guarnición varió según las necesidades militares, primero una legión y más tarde dos, quizá tres en algunos momentos de las guerras celtibéricas. Esta cifra debió de alcanzarse, o superarse, durante la guerra de Sertorio (v.); bajo Pompeyo, la guarnición era de tres legiones. Lépido tuvo cuatro.Primeras fundaciones de ciudades fueron Gracchuris (junto a Alfaro, Logroño), en el 180 a. C., y Valentia, en el 133 a. C., repoblada durante la guerra sertoriana. La gran actividad se debió a César: Acci, Tarraco (honoraria), Barcino (quizá de Augusto), Emporiae (colonos sin colonia); y a Lépido se deben Celsa (Velilla de Ebro) y Carthago-Nova. Principales acontecimientos militares fueron la sublevación del 196 a. C. y la pacificación de Catón (196-95), las guerras celtibéricas, invasión de los cimbrios, guerra sertoriana, campaña de César en Lérida y posibles operaciones en el valle del Ebro, expedición contra los ceretanos y guerras de Augusto en Cantabria.Ya antes de la presencia romana se entrecruzaban en el área costera las empresas comerciales de griegos y cartagineses. Los primeros, y quizá ambos, remontaban ocasionalmente el Ebro para vender ciertos productos, singularmente vino, en Celtiberia. Las Baleares, incorporadas en el 123 a. C., mantenían ciertos lazos con el área púnica y suritálica. Las bases económicas de la provincia eran, en su constitución, agrícolas y ganaderas, principalmente trigo y óvidos. Vid y olivo se centraban en los territorios de las ciudades cartaginesas y griegas. La pequeña industria, cerámica, forja, orfebrería, se concentraba en las necesidades locales. Sólo en el Sudeste existía un complejo minero, plata y plomo, de larga tradición y, en Cartagena, los cartagineses habían desarrollado la industria naval y sus accesorios, singularmente jarcia y aparejo. A partir de las guerras sertorianas, se incrementó la emigración itálica y, en menor parte, romana. A pesar de ello, ya antes numerosos veteranos itálicos se habían establecido en la provincia sentando las bases de un amplio mestizaje al entroncar especialmente con las familias de la nobleza indígena. En la segunda mitad del s. II a. C., varias sociedades de publicanos arrendaron del Estado romano las minas del distrito CartagenaLinares. Numerosos libertos, de origen oriental, se encargaron de las tareas de administración y organización de las explotaciones. El comercio de exportación se centró en productos alimenticios, aceite y trigo (el desarrollo de la viticultura no fue temprano y parece ser debido a emigrados itálicos), así como salazones, metales y esclavos. La mayoría de las importaciones corresponde a géneros suntuarios y utillaje. Socialmente se aprecia, en las zonas costeras, la desaparición de las instituciones políticas indígenas. La nobleza indígena se identifica con los forasteros o se une a los mismos. Es curioso observar que ya hacia el 100 a. C. los jóvenes de Ilerda preferían adoptar nombres romanos. Respecto al aprendizaje del latín hablado y escrito, las referencias son muy contradictorias, pero se observa una disminución paulatina en el uso de la escritura ibérica.Fenómeno notable es el de la urbanización. Los grupos tribales se "centran" en núcleos urbanos, proceso que alcanzaría su ápice bajo el Imperio. Problema principal es el de la formación de municipios y colonias de derecho latino y su ulterior conversión en municipios romanos. Hasta las guerras sertorianas, la concesión de ciudadanía romana a los indígenas debió de ser más que excepcional, pero, a partir de entonces, el proceso se aceleró. A pesar de ello, en tiempo de Augusto, el número de habitantes con ciudadanía romana era una parte reducida concentrada en las ciudades, la zona costera y el valle del Ebro. En el a. 27 a. C., Augusto estableció un "reparto" de provincias con el Senado reservándose las no pacificadas y que, por consiguiente, exigían o podían exigir cierta actividad militar. Entre estas provincias figuraban las dos de España, cuyos límites fueron establecidos entre este momento y el 15 a. C. La T. debió de recibir los territorios que configuraron su ámbito, aparte el reinado de Caracalla, durante el Imperio. En este periodo, Augusto concedió el estatuto de colonia romana o estableció veteranos en Barcino (Barcelona), Caesaraugusta (Zaragoza), Ilici (Elche) y Libisosa (Lezuza).2. El Alto Imperio. Con la división de Augusto, la provincia comprendió, aparte las Baleares e Ibiza (que los romanos consideraban aparte), la totalidad de Aragón, Navarra, Vascongadas, Asturias, Galicia, que alcanzaba la zona portuguesa al N del Duero, León, Castilla la Vieja y la casi totalidad de la Nueva, Cataluña, País Valenciano, Reino de Murcia, buena parte de Almería y Jaén. La capital de la provincia fue transferida a Tarraco. El gobierno fue confiado a un legado (legatus Augusti propraetore) ex cónsul. A las órdenes de éste se hallaban los legati iuridici, los legati de las legiones, así como los praefecti y tribuni de las cohortes auxiliares, los procuratores ecuestres de la administración financiera, así como los procuratores de origen servil limitados en tiempos a las propiedades imperiales y después sometidos a procuratores ecuestres. Finalmente, diverso personal de oficinas (commentarienses, tabular¡¡), aposentadores (cornicularii) y de protocolo (lictores, speculatores, benef iciarü, etc.). En tiempos de Caracalla, los territorios de Asturiae y Gallaecia pasaron a formar una segunda provincia (Nova Hispania Citerioris), también imperial y gobernada por un legado consular. Esta reforma no se mantuvo, pero Diocleciano la resucitó con carácter definitivo. La provincia, al igual que otras de Hispania, fue dividida en conventus. Éstos fueron los de Asturum, Bracaraugustanum, Carthaginiensís, Cluniensis, Lucensis y Tarraconensis, que recibían su nombre de los principales centros: Asturica Augusta (Astorga), Bracara Augusta (Braga), Carthago Nova (Cartagena), Clunia (actual Peñalba de Castro, Burgos), Lucus Augusti (Lugo) y Tarraco (Tarragona).Respecto a la administración financiera, se mantuvieron los viejos impuestos de época republicana: los stipendia pagados por las ciudades estipendiarias, los vectigalia y un impuesto especial sobre las minas de hierro y plata que debió de caer en desuso a medida que éstas pasaron a ser propiedad del Estado romano. Las tasas indirectas eran las mismas pagadas en Roma, 5% de derechos reales en las herencias, 2,5% en las ventas de esclavos, impuestos de soltería y a quienes tuvieran menos de cinco hijos, portazgo del 2% (elevado por Nerón al 2,5%), impuestos extraordinarios como el aurum coronarium, y mantenimiento del cursus publicus o correo imperial, alojamientos de tropas y funcionarios en viaje, prestaciones en los trabajos de vialidad, etc. De esta administración financiera era responsable el procurator Hispaniae Citerioris; el procurator Asturiae et Gallaeciae debía entender de la explotación minera y de los suministros a las guarniciones. Subalternos, y generalmente libertos o esclavos, eran los administradores y funcionarios del fisco, de algunas minas y de los impuestos sobre las herencias o la manumisión de esclavos.La guarnición de la provincia fue disminuyendo tras las guerras cántabras. Sus acuartelamientos se hallaban al N del Duero, en el antiguo teatro de la guerra. De cuatro legiones se pasó a una en tiempos de Nerón. Galba reclutó una segunda, VII Galbiana, más tarde llamada VII Gemina. Desde Vespasiano, esta legión sería la única estable en la provincia, y su campamento (Legio, por apócope de castra legionis VII Geminae) daría origen a la ciudad de León. Aparte, existían en número variable unidades auxiliares; la provincia fue un gran centro de reclutamiento de las mismas, en paulatina disminución. Bajo Septimio Severo, su número parece reducirse a cuatro cohortes y dos alas de caballería. Muchos provinciales sirvieron en el ejército imperial, desde la guardia imperial hasta los auxilia; conocemos cohortes y alas, en distintos lugares del Imperio, que en origen fueron reclutadas entre arevacos, ausetanos, cántabros, celtíberos, galaicos y astures, lucenses, vascones, várdulos y vacceos. Había además tropas de policía, como las "cohortes costeras" del conventus Tarraconensis, y aun milicias locales, quizá de carácter paramilitar, como la Servia Iuvenalia de Castulo. El culto mejor documentado en la provincia es el oficial del Emperador. Éste, más que religioso, tenía carácter cívico y patriótico.Cada ciudad elegía su flamen y seis séviros (libertos). Existía también una flaminica. El concilium, consejo, de los f lamines tenía carácter de consejo provincial y elegía al flamen de la provincia. Tales cargos tenían un carácter honorífico y honorario y eran casi monopolio de la burguesía urbana. En ocasiones, constituía en cierto modo un acceso indirecto al orden ecuestre y la ulterior carrera burocrática. En un área considerable de la provincia, centro y Norte, la religiosidad personal se centraba en los cultos indígenas, de igual modo que se mantenía la organización gentilicia prerromana de carácter tribal. En ocasiones, estas divinidades indígenas, generalmente unidas a un lugar o a un pueblo, aparecen identificadas o asimiladas a otras romanas como Júpiter, Marte, las ninfas, etc. En las zonas costeras y en el valle del Ebro, las referencias de carácter religioso se centran en el panteón greco-romano, pero, además del culto solar, hay datos alusivos a los cultos orientales, al igual que en el ambiente militar del Noroeste. Dea Celestis, Isis, Magna Mater, Mitra, Júpiter Doliqueno, etc., se encuentran entre las divinidades documentadas. Según la tradición, el cristianismo se habría introducido con la predicación de los apóstoles Santiago y Pablo. Hasta mediado el s. ni, no se documenta la organización episcopal. Las primeras sedes conocidas son las de Astorga, León y Tarragona, pero debían de existir algunas más. Los primeros mártires (Fructuoso, Augurio y Eulogio) son del 259.Bajo Augusto, pocas ciudades tenían plenitud de derechos. Éstas eran 12 colonias (en caso de incluir Clunia y Dertosa) y 13 municipios de derecho romano, 18 latinos, una ciudad federada y 135 estipendiarias según Plinio. Vespasiano, aparte de fundar Flaviobriga, concedió el derecho latino a todas las provincias de Hispania y, en consecuencia, a la ciudad federada y a las 135 estipendiarias. Pero ni ello representó la concesión universal de la ciudadanía romana, limitada a las minorías dirigentes de aquellas ciudades, ni individualmente podían haberla obtenido habitantes de ciudades que no la disfrutaban. Después de Vespasiano, la mayor parte de las ciudades que podían ser consideradas como tales disfrutaron del derecho latino. Durante el s. II, fue frecuente conceder a las ciudades, así como a los individuos, juristas, profesores, etc., la immunitas, o sea, la exención de impuestos. Este privilegio se perdió en el s. III, como consecuencia de la crisis económica del Imperio. Hasta Trajano, fueron numerosos los provinciales de la Citerior que ingresaron en el Senado romano, e incluso una familia, los Pedanii de Barcino, contó con ciertas probabilidades de ver uno de sus miembros en el trono imperial; numerosos asimismo los équites que ejercieron mandos militares o civiIles; varios los comerciantes cuya presencia se documenta en distintos lugares del Imperio; muchos también los soldados que sirvieron en distintos cuerpos de tropa. De la provincia procedían Quintiliano y Marcial y diversos políticos y militares de la época de Trajano.Durante estos siglos, la provincia apenas vivió acontecimientos militares. Tras las guerras cántabras, los más importantes fueron el pronunciamiento de Galba (68 d. C.), el bandidaje de Materno en el reinado de Cómodo (favorecido por la desigualdad social entre campesinos y ciudadanos, entre propietarios y agricultores y entre grandes y pequeños propietarios), la guerrilla, y represión, de los partidarios de Albino en tiempos de Septimio Severo, el ataque franco-alamano (¿262 d. C.?) en el reinado de Galieno y el desorden político-social bajo sus sucesores.Aunque en la provincia se hallaban algunas de las ciudades más importantes de la España romana, predominaba en ella el carácter rural. Varias regiones apenas contaron con ciudades y éstas llevaron una vida lánguida. Como en otros lugares del mundo romano, las ciudades fueron más centros de consumo que de producción, habitadas por una minoría de propietarios rentistas y un considerable grupo de comerciantes o artesanos de origen servil. Buena parte de las rentas del campo, trigo, aceite, vino y ganado, y de las minas, -que paulatinamente se convirtieron en patrimonio imperial, pasaban a las ciudades o a propietarios absentistas, équites, senadores y el propio Emperador, que consumían sus ingresos fuera de la provincia. Aparte el arriendo de las minas de la zona Linares-Cartagena-Almería, las del Noroeste fueron explotadas directamente por el Emperador en la mayoría de los casos, el comercio de productos alimenticios, incluidas las salazones, o de transformación, tejidos, algunas especialidades, jamones, trufas, etc., y la sal fueron la base del comercio de exportación. Este fue más importante que el de importación, puesto que el comercio suntuario de época republicana, aunque no desapareció, se redujo en la segunda mitad del s. I d. C. al producirse cierta autarquía en productos como la cerámica de mesa, vidrios, bronces, etc. Las considerables remesas a los propietarios absentistas residentes en Roma y el pago de tributos equilibraban esta balanza de pagos.Un fenómeno de interés, aunque poco conocido, es la paulatina reducción del campesinado libre y del pequeño agricultor en beneficio de los grandes propietarios, en buena parte, p. ej., en la zona centro, descendientes de la nobleza indígena, y la transformación de áreas de pastos en cultivos de trigo, con el consiguiente desarrollo del monocultivo. En otro sentido, debe apuntarse la extensión de la viticultura hacia las áreas interiores, zonas de La Rioja, Cacabelos y Meseta. En la segunda mitad del s. III d. C., una parte de la población campesina -puesto que la devaluación de la moneda exigía un constante aumento de la producción y las rentas- se hallaba si no en estado de rebeldía al menos pronta a ello. Una bagauda hispánica existía en la provincia en el último cuarto del s. III y debía tener ulteriores manifestaciones.3. El Bajo Imperio. Sin entrar en detalles de los destinos de la diócesis de Hispania hay que tener en cuenta que de la antigua Citerior surgieron las provincias de Gallaecia, Cartaginense, T. y Baleares. No es preciso nuestro conocimiento de sus límites. Antaño se intentó reconstruirlos según la división eclesiástica visigoda, y esto se mantiene aun en manuales y obras generales, pero ésta refleja hechos coetáneos, crecimiento de la sede de Toledo a costa de Cartagena, tras el desarrollo de ésta graciasa la expansión bizantina. Hoy puede apuntarse que la T. comprendía en líneas generales los territorios de los antiguos conventus Cesaraugustano y Tarraconense. En principio, la T. fue gobernada por agentes vice-praesides de rango ecuestre; más tarde, por praesides. Ignoramos en qué momento se aplicó la reforma fiscal tetrárquica y se impuso la iugatio y capitatio o la entidad de los suministros annonarios. La guarnición se redujo a una cohorte en Veleya (proximidades de Vitoria), quedando el resto en Galecia. Parece que existieron diversas unidades o bandas militares privadas, singularmente en el valle del Duero. Prescindiendo de los acontecimientos militares de las invasiones bárbaras, principales acontecimientos fueron la extensión del cristianismo tras el edicto de Milán; numerosos mártires se documentan como consecuencia de la persecución de Diocleciano, la lucha entre Magnencio y Constancio II, el apoyo a Máximo y la resistencia a Constantino III, así como la elección de un Emperador provincial, Máximo II, que precedió al establecimiento de Ataúlfo y sus visigodos en Barcino. Finalmente, debe tenerse en cuenta, en el s. v, el recrudecimiento de la bagauda en el valle del Ebro. La situación social y económica se caracteriza por la ruina de las ciudades, el incremento del latifundio y la tendencia a una economía autárquica. La piratería vándala dañó especialmente el comercio con Italia, centrado en el suministro triguero de Roma. El comercio mediterráneo de importación se redujo a lo suntuario junto a algunos productos como las especies y el papiro, y a un cabotaje con África de cierta intensidad. En parte, este comercio fue ejercido por grupos de mercaderes orientales, principalmente hebreos, establecidos en Tarraco e Ilici.ALBERTO BALIL.
BIBL.: A. BALIL, La province romaine de PEspagne Citérieure, Bruselas (en prensa); R. MENÉNDEZ PIDAL (dir.), Historia de España, 2 ed. Madrid 1955; M. MARCHETTI, Hispania, en Dizionario Epigralico, III, Roma s. a., 754-941.
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