Socorrismo II. Reanimación. MEDICINA
Categoria:
Medicina
Concepto. Sin que deba identificarse esta palabra con su significado estrictamente etimológico (re-animar, volver a dar el ánimo o alma), sino más bien haciendo referencia a su sentido corriente (dar ánimos, impulsar algo que está lánguido), se entiende actualmente por reanimación el conjunto de técnicas y medidas terapéuticas susceptibles de poner remedio a ciertos accidentes que amenazan de manera inesperada y súbita la vida humana, afectando concretamente a la función respiratoria y a la cardiaca. No se trata, pues, de ningún procedimiento para "resucitar" a una persona ya muerta, sino de superar fallos cardiacos, respiratorios, renales, cte., que -si no se corrigieran en plazo brevísimollevarían a la muerte. Si se habla de reanimación es porque en estos estados el sujeto puede parecer muerto, aunque sólo sea a una observación empírica y superficial. Se encuentra entonces en el llamado estado de muerte aparente. La reanimación se emplea en muy variadas circunstancias (ahogados, electrocutados accidentalmente, heridos de guerra o en el trabajo, niños prematuros, incidentes durante el curso de intervenciones quirúrgicas o en los días inmediatamente sucesivos, cte.). Fundamentalmente se ejerce con técnicas dirigidas a estimular directamente la función cardiaca, la respiratoria y la renal, y así se habla, concretamente, de reanimación cardiaca, respiratoria y renal, respectivamente, aunque de ordinario se combinan todos estos tipos entre sí. En bastantes casos, efectivamente, la reanimación es al mismo tiempo cardiaca y respiratoria, con o sin pulmón artificial, mediante la estimulación directa o externa, manual, eléctrica o mecánica del corazón, todo acompañado de la suministración de los fármacos que estén indicados en cada caso.Aspectos éticos. La reanimación implica diversos problemas morales, relacionados fundamentalmente con: a) la obligación de conservar la salud; b) las cuestiones inherentes al dignóstico de la muerte (v.) real y a la diferencia entre la vida del organismo humano como totalidad y la supervivencia de alguno o algunos órganos concretos, incluso después de la muerte del individuo. Tales problemas fueron agrupados por Pío XII, en un discurso (cfr. Aloc. 24 nov. 1957: AAS 49, 1957, 1027-1033) que se ha hecho clásico en esta materia, en tres cuestiones principales: 1) El derecho o incluso la obligación de instaurar o no una reanimación en todos los casos en que parezca indicada, aun en aquellos que se consideren sin solución; es de advertir que el Papa se refería concretamente al uso de aparatos de respiración artificial. 2) El derecho o el deber de continuar o suprimir la terapéutica de reanimación cuando el enfermo, después de un cierto tiempo, no presenta síntomas de recuperación. Tal modo de actuar lleva.consigo la interferencia con los fenómenos vitales que se comprueban en el organismo de la persona sometida a reanimación. 3) El diagnóstico de la muerte del organismo, como totalidad, pues se plantea la duda de si un individuo sometido a reanimación, con un estado de parálisis nerviosa central (es de notar que en estos términos se afrontaba la cuestión en 1957), deba o no considerarse muerto de facto o incluso de iure.Todas estas cuestiones se han complicado posteriormente por el uso cada vez más frecuente de las técnicas de reanimación y por la posibilidad de efectuar trasplantes (v.) de órganos humanos necesarios para la vida, p. ej., el trasplante de corazón, intervenciones que exigen la certeza de la muerte clínica -para poder extraer el órgano que se va a trasplantar, sin cometer un homicidio-, y, al mismo tiempo, la certeza de la supervivencia dej órgano en cuestión, porque si no el trasplante sería Inutll y sin sentido.1) En relación con la primera cuestión planteada, conviene recordar la doctrina general sobre el cuidado de la salud, doctrina que Pío XII aplicaba al caso de la reanimación. El hombre, según la razón natural y la moral cristiana, tiene el derecho y el deber en caso de enfermedad grave de poner los medios necesarios -pero posiblespara conservar la salud y la vida. "Este deber que el hombre tiene hacia sí mismo, hacia Dios, hacia la comunidad humana y, más frecuentemente, hacia ciertas personas determinadas, deriva de la caridad bien ordenada, de la sumisión al Creador, de la justicia social y aun de la justicia estricta, como también de la piedad hacia su familia. Pero no obliga habitualmente más que al empleo de los medios ordinarios (según las circunstancias de las personas, del lugar, de la época, de la cultura, etc., porque son estas cosas y no la simple complicación o sencillez técnica, lo que da la calificación de ordinario o de extraordinario), es decir, los medios que no imponen ninguna carga extraordinaria para sí mismo o para otra persona. Una obligación más severa sería demasiado pesada para la mayor parte de los hombres y haría demasiado difícil la adquisición de bienes superiores más importantes" (cfr. Pío XII, ib. 1030). Las palabras subrayadas, que no se encuentran en el texto original, tienen por objeto poner de manifiesto el verdadero sentido de la distinción entre medios ordinarios y medios extraordinarios, que es tradicional en esta materia y a veces no es bien interpretado. Desde un punto de vista técnico, puede decirse que hoy, en los hospitales (v.) de los centros urbanos o incluso en unidades móviles, las técnicas de reanimación pueden considerarse ordinarias, y, sin embargo, puede suceder que circunstancias de otro tipo (p. ej., imposibilidad de tipo económico, por citar una) conviertan en extraordinario lo que en una situación adecuada de seguridad social podría ser ordinario, si no intervienen otros factores.2) Respecto al segundo tema, que desde un punto de vista sentimental es el más duro de resolver, la respuesta del Magisterio es clara: "Si hay razones para pensar que la tentativa de reanimación constituye en realidad para la familia una carga tal que no se le puede imponer en conciencia (podríamos añadir que esta carga de que habla el Papa puede ser moral, económica, psicológica, etc.), la familia puede lícitamente insistir para que el médico interrumpa sus esfuerzos, y el médico puede lícitamente acceder. No hay en este caso ninguna disposición directa de la vida del paciente, ni eutanasia, que no sería lícita nunca; incluso cuando implica la supresión de la circulación sanguínea, la interrupción de las tentativas dereanimación no es más que una causa indirecta de la cesación de la vida, y hay que aplicar en este caso el principio del doble efecto y el del voluntarium in causa" (ib. 1032; V. VOLUNTARIO, ACTO; EUTANASIA). Unido a este segundo aspecto, está el de la administración del Sacramento de la Unción de los enfermos (v.). Como sucede con todos los demás sacramentos, se exige para la validez que el sujeto esté vivo. Es aconsejable prolongar la reanimación, por lo menos hasta que se haya administrado este Sacramento, aunque sea sub condicione, si no hay certeza de la vida del organismo en cuanto totalidad humana.3) Por lo que se refiere al tercer problema, el Magisterio de la Iglesia no se ha pronunciado y ha dejado la cuestión al estudio de los especialistas en la materia: en efecto, no toca a la Iglesia determinar cuándo un individuo está muerto o cuándo está vivo. La respuesta a este interrogante, aclaraba Pío XII, "no se puede deducir de ningún principio religioso o moral y, bajo este aspecto, no es de la competencia de la Iglesia". En la actualidad, por otra parte, numerosos grupos de expertos están trabajando en la cuestión, y las legislaciones de diversos países están fijando nuevas normas para certificar la muerte clínica, en casos de reanimación y teniendo a la vista la posible supervivencia de órganos. Como resumen de las diversas opiniones, y en espera de una opinión mundial unánime y de garantías suficientes, citemos los principales elementos que se consideran necesarios para certificar la muerte, en casos de reanimación: a) cese total e irreversible de la actividad del cerebro; es lo que unos llaman "muerte cerebral", otros "coma sobrepasado" y otros "cese cerebral irreversible"; b) cese de la actividad espontánea respiratoria y circulatoria, que naturalmente está en íntima relación con el cese cerebral. Para comprobar debidamente estos dos aspectos principales, los especialistas están tratando de determinar las pruebas y métodos diagnósticos apropiados. Huyendo de una excesiva "tecnificación" en la determinación de la muerte clínica, cuando se ha instaurado una terapéutica de reanimación, los estudiosos parecen inclinarse a considerar en su conjunto y como diagnóstico auténticamente médico una serie de resultados provenientes de pruebas clínicas, electroencefalográficas y de laboratorio, que aquí no podemos más que mencionar someramente. Baste decir que en ese juicio han de entrar elementos tan dispares como la temperatura del cuerpo, los reflejos, la ausencia de circulación y metabolismo cerebral, etc.V. t.: MUERTE; VIDA.J. L. SORIA SAIZ,.
BIBL.: Pío XII, Alocución, 24 nov. 1957: AAS 49 (1957) 10271033; La réanimation, en Cahiers Laénnec, 1, marzo 1962; 1. L. SORIA, Cuestiones de Medicina Pastoral, Madrid 1972; V. 1. COLLINs, Limits of Medical Responsibility in Prolonging Lije, "Jama" 206 (1968) 389-392; R. CORTESINI, Outlines of a legislation on transplantation, en Ethics in Medical Progress, Londres 1966, 171-187; F. LHERBITTE, Progrés de la Médecine et responsabilité médicale, "Supplément de la Revue du Praticien" 18 (1966) 35-40; .A. SANTOS Ruiz, Vida y espíritu ante la ciencia de hoy, Madrid 1970, 35-85.
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