Severiana, Dinastía HIST.
Categoria:
Historia
Emperadores romanos que reinan desde el 193 al 235. Con ellos comienza el Bajo Imperio, en un momento crítico para Roma, pues por Occidente presionan los pueblos bárbaros (los germanos en el Rin), y por Oriente los persas (v.) se sacuden el yugo de sus dominadores los partos (v.) y contienen la expansión romana. La inseguridad fronteriza realza el valor del ejército, compuesto en su mayoría por provinciales. Esta circunstancia será una de las determinantes de la política romana desde fines del s. II y motivará el advenimiento de la dinastía S., a la que habían antecedido los Antoninos (v.; 96-192). Los Emperadores eran elegidos con el consentimiento del Senado, de cuyas filas procedían, y del ejército, cuya aprobación parecía necesaria. Se seguía la fórmula de la adopción y la asociación al poder, que evitaba las sorpresas y ponía a prueba al candidato. El aumento del poder del ejército se produjo en detrimento del Senado.Con la dinastía S. predomina el elemento democrático en lugar del aristocrático, y con ella culmina el proceso de monarquía igualitaria y hereditaria iniciado por Marco Aurelio (v.; 161-180), aunque los lazos familiares no fueran siempre filiales. La monarquía se transforma en absolutista, con una fundamentación divina del poder, de marcada influencia oriental. El Emperador es cada vez más depositario del poder legislativo. La concesión de la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio (212) es también consecuencia de la política de los Antoninos. Por todo ello, no se puede decir que los Severianos suponen una gran innovación en el Imperio, aunque éste comienza ya a estar dominado por su propio ejército, con lo cual se forma una nueva casta militar y desaparece la influencia de las familias aristocráticas. En el terreno económico se pasa del capitalismo privado al estatal. El Emperador se convierte en un prepotente propietario, que acude a las expropiaciones forzosas para adquirir mayor riqueza. La política económica de los Severianos fue intervencionista, como cada vez más lo había sido la de sus predecesores, y en consecuencia se impuso la economía dirigida. La regresión del liberalismo con la dinastía S. fue más evidente que con los últimos Antoninos.La crisis que favorece el acceso al poder de la dinastía S. es tanto política como económica. El mayor peso político de las provincias es paralelo a su mayor peso económico. Las fuerzas del Imperio gravitan ya en su periferia y no en su centro. La ciudad de Roma constituye un conjunto de ociosos rentistas y estériles consumidores, que no pueden oponerse a la anarquía provincial ni a los pronunciamientos militares. Como el Senado había perdido atribuciones, parecía que sólo quedaba el ejército para imponerse en situación tan crítica, después del asesinato de Cómodo (192), el último Antonino. La elección de Pértinax (193) por el Senado no constituyó una solución, porque el nuevo Emperador fue asesinado por los pretorianos. En estas circunstancias, surgen otros tantos Emperadores como divisiones hay en el ejército: Septimio Severo (v.) y Clodio Albino en Occidente, y Pescenio Níger en Oriente. El primero, fundador de la dinastía S., venció a sus contrincantes: a Pescenio en Issos (194), y a Clodio en Lyon (197).Los Emperadores de la dinastía S. fueron: el ya citado Septimio Severo (193-211), Caracalla (v.; 211-212; y 212-217) y Geta (211-212), Heliogábalo (218-222) y Alejandro Severo (v.; 222-235), con quien se extingue la dinastía y da comienzo un largo periodo de anarquía en el Imperio romano (v. ROMA III, B). Los Severianos tuvieron que adoptar una política autoritaria para no perder las riendas del Imperio. Comenzaron por destruir la aristocracia plutocrática y por imponer la misma ley a todos. Es de destacar la obra de los jurisconsultos Papiniano (v.)y Ulpiano (v.), de tendencia humanitaria, que estableció un Derecho individualista de inspiración greco-oriental. Este Derecho estaba en consonancia con la política de respeto a la persona humana, siempre que no se atacaran los principios en los que se fundamentaban el Estado y la sociedad. En ésta, se tendía hacia una cierta solidaridad. Pero, en resumidas cuentas, el individuo en la época S., a pesar de las doctrinas humanitarias, quedaba supeditado a la máquina estatal, y era consumido por ella, tanto más cuanto menos pudiente fuera. Y todo ello porque el individuo era considerado exclusivamente en su función social. La progenitura no parecía gozar de mucha consideración, a juzgar por el descenso de la natalidad.El nuevo orden contenía una uniformidad legislativa, que beneficiaba a la autoridad imperial. No obstante esta política igualitaria, se jerarquizó la sociedad en clases, de modo que la igualdad se refería a miembros de una misma clase y, prácticamente, en razón de su solvencia económica. La uniformidad alcanzó a todas las instituciones, incluso en las más alejadas provincias orientales del Imperio. La Constitución de Caracalla (212), a la que ya se ha hecho referencia, parece ser que también tuvo una razón fiscal, al extender a casi todos los súbditos del Imperio el derecho de ciudadanía romana y, con ello, la obligación de cumplir con el fisco. Por el contrario, la participación de esos mismos ciudadanos en la vida política estatal se veía sensiblemente obstaculizada.En religión, los Severianos se inclinaron hacia un sincretismo religioso. En este sentido, la influencia oriental, concretamente de Egipto, era evidente. La dinastía S. tendió a un monoteísmo (con el culto al dios solar alejandrino Serapis) que pudo favorecer al cristianismo, pero aunque la dinastía comenzó siendo favorable a los cristianos, por Decr. del 202 se les sometió a vigilancia y se prohibió su expansión. También se inició entonces el martirio de catecúmenos, y hubo persecuciones (v.) en diversas partes del Imperio. Sin embargo, el último monarca de la dinastía se mostró más tolerante con los cristianos.Después de Septimio Severo fracasó el gobierno conjunto de sus hijos Caracalla y Geta. Éste fue muerto por aquél, y así pudo Caracalla emprender solo el camino hacia una monarquía universal, de corte alejandrino, que no alcanzó su meta. A Caracalla, asesinado por el prefecto del pretorio Macrino, que se proclamó Emperador (217-218), le sucedió dinásticamente su primo Heliogábalo, que debió el trono a que fuera presentado como hijo ilegítimo de su antecesor, con lo que fue aceptado por el ejército de Siria, después de ser asesinado Macrino y su hijo Diadumeniano. Heliogábalo murió víctima de una conspiración familiar, y le sucedió su primo Alejandro Severo, un inmovilista, en cuyo reinado, no obstante, se- pretendió evolucionar hacia la monarquía constitucional, y a quien asesinaron sus propios soldados.CARLOS R. EGUÍA.
BIBL.: J. CARCOPINO, Las etapas del imperialismo romano, Buenos Aires 1968; A. CALOERINI, 1 Severi, Bolonia 1945.
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