Sertorio, Quinto
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Biografía GER
Político y militar romano (ca. 122 a.C.-72 a. C.). Era originario de Nursia (Norcia), en territorio sabino, actual Abruzos. Pertenecía a la nobleza municipal, quizá al orden ecuestre. De niño se distinguió por sus dotes de orador. En el 105 a. C., quizá a los 17 años, inició su carrera militar. Sirvió en caballería legionaria (turma), bajo las órdenes de C. Mario, en la guerra contra los cimbrios. Participó en la rota de Arausio (Orange). Conocedor de la lengua indígena, actuó como agente secreto entre los galos. Sus servicios le valieron la primera distinción militar. Luchó en las batallas de Aquae Sextiae (Aix-en-Provence) y Vercellae (Vercelli).En el 99 a. C. pisó por vez primera España, donde transcurriría la etapa más brillante de su vida militar, a las órdenes del cónsul Didio y con el grado de tribunus militum. Tomó parte en las luchas contra los celtíberos y se destacó reprimiendo un motín en Castulo, por lo que recibió la más alta condecoración romana, la corona graminea. En el 91 a. C. fue elegido cuestor en Roma, adonde había llegado su fama como militar, y se le asignó la Galia Cisalpina, provincia tranquila, poco propicia a empresas militares. La gran oportunidad para S. fue la "guerra mársica" o "social" (90-89). Sobresalió como organizador (la Cisalpina fue en esta lucha una de las grandes reservas militares del Estado romano) y soldado; una de las heridas en combate le ocasionó la pérdida de un ojo. Esta guerra, que enfrentó a S. con las gentes de su patria chica, aumentó su fama y popularidad. De entonces data su enemistad con Sila (v.), quien le impidió el acceso al tribunado. Este hecho y la anterior vinculación le movieron a ingresar en las filas de Mario (v.), los "populares", en el sector acaudillado por Cinna. Fue uno de los tres jefes del partido, mandó el ejército que tomó Roma, e intentó reprimir los excesos de la revolución. En el mismo año debió de ser nombrado pretor, pues sus méritos no se traducían en una mayor rapidez de su carrera.Es posible que durante el gobierno de Mario y Cinna fuera alejado de los puestos políticos. Sólo el regreso de Sila, en el 83 a. C., y la guerra civil motivaron su llamada, aunque como oficial subalterno, a las filas del ejército revolucionario. Por su cuenta ocupó la ciudad de Sessa Aurunca. Al no poder mantener esta posición, pues el ejército revolucionario se había pasado a las filas de Sila, S. se retiró a Etruria, donde reclutó nuevas tropas: en poco tiempo, unos 20.000 hombres. Con ellos pretendió sostener Roma, en el 83 a. C., pero fue enviado a la Citerior. Allí proyectó formar un bastión democrático (83-81), para lo que contaba no sólo con su conocimientodel terreno y la posible adhesión de los indígenas, sino con una considerable población de emigrados itálicos o descendientes de los mismos. Estos, asentados principalmente en las ciudades costeras, concentraban en sus manos la mayor parte de las actividades comerciales y mercantiles. Su afán de obtener la ciudadanía romana sin exclusiones, programa de los demócratas desde el 88 a. C., les unía a la causa de S. En realidad, su actuación en la Península sólo es comprensible teniendo en cuenta estos tres grupos: indígenas, emigrantes itálicos y exiliados de Roma.Llegó a España en el otoño del 83 a. C. y estableció una línea defensiva en el Pirineo oriental. Inició entonces sus primeros contactos con los indígenas, pero con éxito un tanto escaso, puesto que sólo logró reunir 9.000 hombres. Las dos terceras partes, armadas a la romana, las asignó a la defensa del Pirineo, los pasos entre Puigcerdá y cabo de Creus, manteniendo el resto al Sur, en una segunda línea, quizá en el valle del Ter. La traición abrió el Pirineo al ejército senatorial (principios del 81 a. C.), y S. se retiró con sus tropas a Cartagena, donde embarcó para África. Entre el 81 y el 80 a. C., se dedicó a atender nuevas oportunidades. Intentó establecerse en Mauritania y fracasó en un desembarco en Andalucía. Se unió a un grupo de piratas cilicios, lo que le desprestigió en Roma, y atacó Ibiza. Fue derrotado nuevamente y se refugió en las Columbretes y después en el Algarve.Pensó en refugiarse en las "islas Afortunadas", pero prefirió intervenir en la guerra civil de Mauritania. Esto le valió poder contar con una base en Tingis (Tánger). Allí los lusitanos solicitaron su ayuda en la lucha contra los oficiales de Sila activos en la Ulterior y que inútilmente habían intentado destruir el bastión mauritano de S. Esta alianza, como sus actividades de pirata en la zona del estrecho de Gibraltar, le acarrearían la oposición del elemento indígena y de los grupos comerciales, semitas o itálicos, de la Bética. En el 80 a. C. desembarcó, con muy pocas tropas, junto a Tarifa, marchando desde allí, no sin combates, hacia Lusitania. Con esta expedición, inició su más brillante periodo como militar y político (80-72). Uniendo a la afabilidad la astucia, se hacía acompañar de una cierva blanca, que decía era don de una divinidad indígena que los romanos comparaban a Diana, probablemente Ataecina, y se ganó la fidelidad de los indígenas. Con ello se adhirió a la escenografía mítica grata a otros hombres políticos de su tiempo como Mario o Sila. Hasta qué extremo consiguió S., o intentó, hacer de sus aliados un ejército a la romana es imposible precisarlo. Sus futuras operaciones parecen indicar que pretendió lo mejor de ambos utilizándolos según las circunstancias.Centró primero sus campañas en la Meseta sur luchando contra Metelo, ya directamente, ya a través de su fiel colaborador Hirtuleyo. La disparidad de fuerzas impedía los grandes combates e imponía una guerra diversiva que requería suma movilidad, prontitud en el ataque y celeridad en la retirada. Gracias a ello, supo evitar las peligrosas consecuencias de las operaciones combinadas en dos frentes, Citerior y Ulterior, aunque propiamente no pueda hablarse, como se ha hecho, de "guerra de guerrillas", pues S. utilizó siempre contingentes muy superiores a los habituales de un guerrillero, y sí llegó a establecer una "guerra popular", aunque entre sus gentes se luchara por ideas muy distintas. Así consiguió superar momentos difíciles, como el sitio de Lacobriga, en Lusitánia, donde los sitiadores se convirtieron en sitiados. Los tres años de guerra en Lusitania (80-78) quedaron en tablas. S. aumentó su prestigio pero no pudo extender la guerra a las bases, y aislarlo de ellas, del ejército de Metelo en Andalucía, pese a una expedición de S. a Ucubi (hoy Espejo, Córdoba). La campaña del 77 a. C. aseguró el dominio de la Citerior, excepto algunas ciudades de la costa. La línea del Pirineo quedó cubierta, en parte, por los aquitanos. Las primeras operaciones se centraron en la Meseta sur, entre el Tajo y la sierra de Guadarrama, remontándose después a los valles del Henares y Jalón -conquista de Caraca, Contrebia y Bílbilis- hasta alcanzar el Ebro. Recibió socorros y refuerzos de emigrados itálicos capitaneados por Perpena. Formó un "Senado" en Osca (Huesca), compuesto por itálicos y emigrados, que actuó en oposición al de Roma.Durante este periodo, S. insistió en romanizar a los hijos de los nobles indígenas. Se alió con Mitrídates, lo cual no le favoreció en Roma, y estableció en Denia una base para los piratas. Su propósito no fue, como se ha pretendido, crear un Estado hispánico italianizado ni declararse enemigo de Roma, sino utilizar España como base para la conquista de Italia. El declinar de S. se inicia en los a. 76-75 a. C. al enfrentarse con Pompeyo (v.). En estos momentos no consiguió, pese a numerosos éxitos, asegurarse el dominio de la costa de Valencia ni impedir que Pompeyo actuara en Rioja y Navarra. En el 75 a. C., Metelo extendió las operaciones a Celtiberia (batalla de Segovia), destruyendo el ejército de Hirtuleyo. Esta batalla permitió que Metelo y Pompeyo confluyeran en el frente valenciano. En el 75 a. C. Pompeyo amplió también su actividad a Celtiberia. De hecho S. había perdido la iniciativa de las operaciones y sólo su gran habilidad de estratega pudo retrasar la derrota. En el 74 a. C. se inició la pérdida de la Celtiberia. La disparidad de intereses entre los sertorianos se acusó: cansancio entre los indígenas, rivalidades entre itálicos y romanos -a quienes una amnistía ofrecía el retorno a la patria- y decepción ante una campaña demasiado prolongada, cuyo fin victorioso era hipotético. Contra unos y otros reaccionó S. con dureza. Una conjura de oficiales acabó con su vida en Huesca en el 72 a. C. Sus gentes se dispersaron aunque algunas ciudades, por otros motivos, continuaron resistiendo a Pompeyo. En realidad S., si no consiguió la victoria de los "populares", sí logró acelerar el proceso de la romanización de la Península al establecer la convivencia entre indígenas y forasteros con bases muy distintas de las hasta entonces habituales. Con S. la historia de la España romana cambió de signo.ALBERTO BALIL.
BIBL.: P. TREVES, Sertorio, Nápoles 1927; A. SCHULTEN, Sertorio, Barcelona 1949; E. GABBA, La cita politica romana doppo il 89 a. C., Pavíá 1954.
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