Sequeira, Domingos Antonio de
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Biografía GER
Pintor portugués, una de las grandes figuras artísticas de ese país. Hijo de un modesto marinero, n. en Belém el 10 mar. 1768, y, de haber llevado el apellido paterno, hubiérase llamado, como consta en el registro bautismal, Domingos António de Espíritu Santo. Un tendero de Belém, Sequeira, le da el nuevo apellido y su protección. En 1781 comienza a cursar en el Aula Regio de Desenho e de Figura, de Casa Pía, teniendo por maestro a Joaquim Manuel da Rocha, y muerto éste, continúa el aprendizaje con Francisco de Setúbal. En 1788 es pensionado por María I para estudiar en Italia. Se establece en Roma y dibuja bajo la dirección de Della Piccola y de Cavallucci, obteniendo premios en las Acad. del Capitolio y de San Lucas. En Roma permanece siete años, copiando preferentemente a Correggio, Guido Reni y Domenichino. En 1795, cuando acaba de ser nombrado profesor de la Acad. de San Lucas, recibe la orden de volver a Portugal. Lo hace así, pero la pensión -que ahora provee el príncipe D. Juan- es cada vez menor, y el artista se retira a la cartuja de Laveiras, donde pinta un ciclo de cuadros de la vida de San Bruno. En 1802 vuelve a Lisboa, se dedica sobre todo al retrato y atraviesa, en su condición de pintor de cámara, todos los difíciles y contradictorios periodos -guerra de la Independencia, absolutismo, movimiento liberal, miguelismo, etc- de ese largo momento de historia lusitana. En 1823 emigra a Francia, expone La muerte de Camoens en el Salón de 1824 y es condecorado por Carlos X. En 1833 sufre varios ataques apopléticos y fallece en Roma el 8 mar. 1837. Antes de su muerte había tenido la satisfacción de ser nombrado director honorario de la Acad. de Bellas Artes de Lisboa, creada en 1836.La comprimida biografía expuesta deja entender suficientemente la partición bien exacta de la vida de S. en dos mitades, la setecentista y la ochocentista, partición que se refleja de modo obligado en su obra. En la primera, es el pintor un académico retrasado, autor de cuadros religiosos de muy relativa unción y de alegorías como La fundación de la Casa Pía, aunque también produzca excelentes retratos, que serán en lo sucesivo la mejor de sus dedicaciones. Muy diferente es el periodo subsiguiente, profuso en equilibrios políticos, los que dan comienzo con un cuadro muy de compromiso, la Alegoría de Junot protegiendo a Lisboa, cuando en 1808 parece no tuvo más remedio que afrancesarse. Es una alegoría de cortos vuelos, no demasiado rebasada por otra de 1810, Alegoría del regreso de Don Juan VI y de la familia real, de signo contrario.La historia de Portugal sigue siendo Ironizada gráficamente por S. mediante la Alegoría del movimiento de 1820, de la Libertad y de la Constitución de 1822. Precisamente es admirable un dibujo de S. que retrata al público que seguía las sesiones constituyentes en dicho año. Era normal que S. desease abandonar esta crónica política, que desaparece a partir de su exilio, siendo sustituida por composiciones religiosas -Descendimiento, Epifanía, Ascensión, Juicio Final- de traza muy vaporosa y desdibujada, absolutamente insertas en un sentido romántico muy propio.A todo esto, no ha dejado de pintar retratos, en general admirables, y si la obra maestra de S. en este género es el de su hija, conviene no olvidar el de Juan VI, el del condesito de Farrobo, el del mariscal Beresford, los de algunos diputados de las Cortes de 1820, sin contar con dibujos absolutamente magistrales.Es S. un gran artista, al que faltó comodidad y reposo para desarrollar su mucha maestría. Un penetrante ensayo de Reynaldo dos Santos hace resaltar sus indudables paralelismos y afinidades con Goya, su coetáneo durante 60 años, y, aunque seguramente no existió relación entre uno y otro, es fascinante la paridad de cambios de estilo, de tolerancia para con diversas situaciones, de pintores de cámara, de afición a la litografía recién inventada, y hasta de las muertes de ambos en el exilio. Es verdad que otras similitudes las proporcionó el mismo tiempo en que vivieron. Mas, aun así, S. es un pintor interesantísimo, tanto para la atención portuguesa como para la española, y, ello aparte, uno de los maestros indiscutibles de la pintura lusitana.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: V. CORREIA, Sequeira em Roma, Coimbra 1923; L. XAVIER DA COSTA, Domingos António Sequeira, Lisboa 1939; R. Dos SANTOS, Sequeira y Goya, Madrid 1929; F. DE PAMPLONA, Um sécolo de pintura e escultura em Portugal, Oporto 1943, 17-30.
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