Salvación I. Religiones No Cristianas. REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
Entendemos por s. un estado feliz y bienaventurado definitivo por parte del hombre tras la muerte. Estado que consiste en la consecución del fin para el que el hombre ha sido creado, como ser inmortal. Aquí tratamos de los rastros que de una aspiración a la s. es dable hallar en los pueblos no cristianos.1. Algunos rasgos generales. Como sólo una explícita revelación (v.) divina puede darnos a conocer, en todo su detalle, lo que acontece después de la muerte y el destino a que Dios nos llama, no es sorprendente que sea dable observar oscuridades, fluctuaciones y variantes al respecto en las religiones no cristianas. De ordinario, en sus planteamientos subyace la creencia en una caída originaria, que ha de ser reparada por un salvador. Donde la tradición del salvador es fuerte, es frecuente hablar de una restauración, que este salvador obrará al final de los tiempos (v. ESCATOLOGíA). En las mismas religiones históricas, la s. verdadera se obtiene casi siempre gracias a dioses salvadores (recuérdense entre otros: Osiris, Tammuz, Dionisios, Avalokitesvara, Amida, etc.).Esa incertidumbre se refleja en una cierta inseguridad acerca de la sanción futura, con distinción de buenos y malos (v. PREMIO Y CASTIGO I). Una idea de retribución aparece en todas las religiones: en realidad forma parte del concepto de providencia (v.) divina, que rige, y no arbitrariamente, todas las cosas de este mundo. Mas la creencia clara en una retribución futura presenta diferencias; cuando se da -que es lo más ordinario-, es algo oscura, al no saberse precisar bien la diferencia de suerte entre buenos y malos. Entre los pueblos arcaicos o primitivos, ninguno niega expresamente esa sanción. Muchos la afirman claramente -p. ej., los bhil y chenchu de la India (Koppers), casi todos los indios norteamericanos (Radin), los antiguos peruanos (en esto coinciden todos los cronistas), etc-. Otros parecen ignorarla: creen vivamente en la supervivencia del alma, pero se confiesa ignorar todo o casi todo acerca de su estado futuro y, en especial, se precisa poco la distinción entre buenos y malos, aunque tampoco se niegue. A veces al afirmarse esa distinción, parece ponerse en relación el premio más con la iniciación, con habilidades en la caza o con actos guerreros, o con el género de muerte, que con el comportamiento propiamente moral y religioso. Estas mismas variaciones de creencias se observan también en las religiones históricas (v. t. INMORTALIDAD I).Respecto al lugar en que habiten las almas de los difuntos (v.), se reducen fundamentalmente a tres: morada celeste; morada terrestre, en una isla paradisiaca que suele normalmente colocarse siempre al Oeste; morada subterránea, a la que daba pie el enterramiento del cadáver -arallu o kigallu mesopotámico, fuentes amarillas de los chinos-. Esta morada subterránea siempre se considera como lugar, si no de tormentos, sí de oscuridad, tinieblas y vida disminuida -con excepción de Egipto-, en contraposición de las otras dos moradas, que son de felicidad, de verdadera salvación. Por lo demás la isla paradisiaca al Oeste parece ser mera localización terrestre de la morada celeste. A veces se introduce la idea de metempsícosis (v.) -especialmente en todo el círculo religioso hindú y budista-, con lo que la salvación definitiva se retrasa indefinidamente, pero siempre para alcanzarse tras innumerables encarnaciones. En ocasiones aparece también esta reencarnación entre los pueblos primitivos; pero nunca acerca del alma propiamente dicha, dada por Dios, sino acerca de otras "almas secundarias", animales, pues con frecuencia admiten varias almas.El estado del alma del difunto, al menos de la salvada, es mejor y de más dicha y perfección que la presente vida temporal, aunque en cierto modo análogo a éste, pues sólo a base de éste podían concebirlo. Esto vale especialmente de las religiones primitivas y arcaicas. En las históricas, aparece la excepción cuando predomina el concepto de morada subterránea y tenebrosa -Hades griego, Arallu mesopotámico-: entonces la vida del alma del difunto es más desgraciada y menos activa de lo que lo fuera en la vida presente: es como una pálida sombra de vida.Para los primitivos (v.), el alma entra tras la muerte en un estado de vida que trasciende las categorías de espacio y tiempo, participando en más o menos de la energía divina y de su actividad: por ello, influyen y actúan en los vivos (v. ESPÍRITU II). Entre los primitivos, la importancia de los difuntos tiende siempre a crecer, acentuando cada vez más el elemento religioso funerario, hasta casi convertirlo en exclusivo. La misma iniciación tiene como objeto hacer entrar de algún modo al iniciado en esa vida de que ya gozan los muertos, y por eso copia en sus ritos la muerte, como medio de entrada al mundo trascendente, lo que manifiesta claramente la superioridad que dan a esa vida.2. Su concretización en algunos pueblos primitivos. a. Asia. Los cazadores totémicos australianos admiten sin excepción la supervivencia; varía su descripción, que no siempre es coherente. En el Sudeste, los iniciados van, tras morir, a morar en compañía de Baiame, en el cielo (Elkin, o. c. en bibl. 218): creen, pues, en la salvación en morada celeste, pero ésta depende más de la iniciación que de las buenas obras (v. AUSTRALIA VII). Los aetas (v.) de la isla de Luzón (Filipinas) creen en la supervivencia, pero ignoran cuál sea el estado de ultratumba -caso similar se da entre los yamanas de Patagonia, según Koppers-; pero a veces se hace distinción entre buenos y malos, creyendo que los buenos van al cielo para morar con el Ser Supremo, según Schebesta (v. FILIPINAS IV). Para los ainús, el espíritu humano sobrevive, y se convierte en divino -lo que equivale a afirmar que mora con el Dios del cielo-; sobre su tumba se rompen todos sus objetos, para que los use en el otro mundo. En la s. ainú parece jugar papel destacado el Salvador Aiona, que enviado por el Ser Celeste los instruyó (Montandon).Los bhil de la India creen en un juicio de los muertos, hecho por el Dios supremo Bhagwan, que tiene en cuenta sobre todo las obras de caridad hechas en vida (W. Koppers, o. c. en bibl. 80). Igualmente, los arios (v.) invasores creían en un juicio de los muertos, que el Rig Veda atribuye, ya a Varuna, ya al primer antepasado Yama, ya a entrambos conjuntamente: los que lo pasaban bien iban a las moradas celestes para unirse a los Padres o Pitarah. La doctrina de la reencarnación, que tanto arraigaría después, es completamente desconocida e ignorada en ese periodo más antiguo.Los pigmeos (v.) andamaneses y semang ponen el reino de los muertos en una isla paradisiaca, a donde se va por el arco iris o por el "puente del cielo" (Schebesta). Nótese que tanto arco iris como puente del cielo hacen referencia celeste. Claramente celeste es en cambio la morada de los muertos taoístas; implícita al menos la de los shintoístas, por cuanto creen que los muertos se convierten en kami (=dioses) que protegen a los vivos, asistiéndolos y ayudándolos invisiblemente (v. TAOíSMO).b. África. Los pigmeos africanos admiten varias almas: una de ellas vuelve al dios del cielo, porque ha sido dada directamente por Él a cada nacido: el pigmeo cree ver estas almas en las estrellas. No aparece clara en ellos la sanción futura; pero a veces se dice que las almas de los malvados son llevadas por los malos espíritus al fuego subterráneo, mientras las de los buenos van a Mungo -Ser Supremo celeste- (Schebesta).Para los bosquimanos, "el alma va junto al Jefe del cielo" (Baumann, o. c. en bibl. 102). Entre los dámaras o bergdamas, el dios supremo es Gamab, creador, omnisciente, celeste: a vivir con Él van los muertos de muerte natural (Baumann, ib. 115): "los antepasados muertos moran con el Dios Supremo Gamab, más allá de las estrellas, junto al Árbol celeste". Creencia análoga constata el mismo autor en el círculo rukwa (Kenia) -los antepasados son los intercesores ante el Ser Supremo-; entre los nilotas -los manes penetran entre los dioses-, y entre los shilluks -el dios supremo Jwok, creador, y fuente de toda fuerza y energía, mora en el cielo o en el país de las almas-. En cambio, entre los gallas de Abisinia, quizá por influjo del Próximo Oriente, predomina el concepto telúrico subterráneo: "tras la muerte, las almas de los muertos se convierten en espíritus (ekara), y se dirigen al mundo subterráneo" (v. ÁFRICA VII).Los antiguos guanches de las islas Canarias creían en la supervivencia, según testifica el cuidado de las tumbas, las ofrendas a los difuntos y los embalsamamientos. La residencia de los antepasados la ponían más allá del mar -paraíso occidental, común a tantos pueblos-, pero volvían momentáneamente de allí cuando se les invocaba -lo que prueba que no estaban circunscritos o limitados por el espacio-; e incluso aparecían espontáneamente en los días de fiesta a la orilla del mar en forma de nubecillas; se practicaba la "incubación" sobre sus sepulcros para que se aparecieran y revelaran en sueños.c. América. Los esquimales (v.) creen que el alma, tras la muerte, va al mundo subterráneo de la Vieja del Mar -diosa moral y justiciera-, tras un largo viaje en el que debe pasar numerosos peligros, y en el que la guía un perro: el lugar, aunque oscuro, es cálido, y no parece se insista en tormento alguno especial. Los que mueren con méritos especiales pueden ascender al cielo de Pinga o Sila (Ser supremo celeste), para vivir allí siempre con 1?’.1, y seguir cazando en sus praderas y bosques trascendentes. Probablemente en el origen esta diferenciación de estados correspondió a verdaderos méritos morales en vida, habiendo hoy degenerado.Los cazadores totémicos americanos (indios de Norteamérica) admiten todos la supervivencia del alma -o de las almas, pues con frecuencia admiten varias-. Pero en la descripción de su estado difieren: ya van a los bienaventurados terrenos de caza; ya, por el puente de la Vía Láctea, a un reino paradisiaco de los muertos situado al otro lado ’del mar hacia el Oeste; ya van a habitar con el Ser Supremo (v. AMÉRICA VI).En México, entre los aztecas (v.), el destino futuro depende del día del nacimiento y del género de muerte, no de las obras. Creían en varios paraísos celestes, entre los que destacan el del Sol, adonde iban los guerreros muertos en combate, los sacrificados y las mujeres que morían de parto; y el de Tlaloc, adonde iban los agricultores y en general los más pobres y desgraciados en esta vida. Los demás iban a un infierno llamado Mictlan, adonde llegaban tras cuatro años de viaje para ser al fin aniquilados, aunque numerosos mitos indican o sugieren la creencia en una resurrección futura. Lo originario parece debió de ser un cielo (el de Tlaloc, dios del pueblo sometido) y un infierno (Mictlan) adonde se iría según los respectivos méritos morales. Para los mayas (v.), todos los muertos, excepto los guerreros caídos en batalla, iban al infierno o Mitnal (Xibalbá entre los quichés), donde reina Ah Puch, y donde los malvados sufren variadas y exquisitas torturas; pero no era eterno: purificadas progresivamente las almas ascienden primero los nueve infiernos, y luego los doce cielos, trepando por el árbol Yaxché, hasta alcanzar todos la morada celeste bienaventurada: en esa ascensión, la diosa Ixtab ayuda eficazmente a los ahorcados (símbolo de los más desgraciados en este mundo) (Landa, o. c. en bibl. 1, 235).Los peruanos admitían cielo e infierno, aunque a la vez afirmaban que las almas de los muertos vagan entre los vivos. El rey y la nobleza eran impecables en virtud de su iniciación, e iban todos al cielo; los plebeyos, al cielo o al infierno, según hubiera sido su vida moral (V. INCAS).d. Europa antigua. Recordemos a los iberos (v.), que creían en un paraíso celeste en que las almas moraban con el Ser Supremo: así lo indican, no sólo la ornamentación de sus tumbas -círculos, soles, estrellas, estilización de la figura humana contrapuesta al realismo de la animal-, sino también el testimonio explícito de Silio Itálico (Punica, 1,111,341-343 y 1,X111,471-472). Entre los celtas (v.) era básica la creencia en la inmortalidad del alma -lo que les hacía despreciar la muerte-: la representación frecuente en lápidas funerarias de luna en cuarto creciente y de estrellas sugiere la creencia en un paraíso celeste o lunar. Los testimonios tardíos de Irlanda ponen la morada de los muertos -de vida más bella y poderosa que la nuestra- en unas islas paradisiacas situadas en el mar, a Occidente; pero también se habla de morada subterránea, e incluso de una especie de caverna-purgatorio: También los germanos (v. GERMANIA II) creían en dos moradas: la celeste o Wallhalla, adonde iban los héroes muertos en batalla -paraíso guerrero contrapuesto al contemplativo de los celtas-; y el reino subterráneo o Hell, adonde iban los demás, y que se describe con colores más bien sombríos (V. t. GRECIA VII; ROMA V, etc.).3. La salvación en algunas religiones históricas. Para los mesopotamios, la morada de los muertos es el Arallu, lugar subterráneo y en oscuridad perpetua, donde los muertos llevan una vida triste, aun en el mejor de los casos, e inferior a la que llevaran mientras vivían sobre la tierra. No se insiste por ello en la sanción futura. Pero hay no pocos testimonios e indicios de que la suerte allí variaba según la vida llevada en el mundo, e incluso de que a la asignación de esa diferente suerte precedía un juicio. Del concepto mesopotámico parece derivar el Hades griego y el etrusco, e influyó también enormemente en la concepción cananea (v. BABILONIA III).La concepción egipcia más antigua, prehistórica, parece admitía dos moradas: la telúrica en la tumba, y la celeste -o Duat-, en compañía de Nut, la diosa del cielo; también se situaba en el cielo estelar, especialmente en la constelación de Orión. Estas dos concepciones subsistieron siempre, y en realidad podían coexistir, dada la multiplicidad de almas admitida por los egipcios para hombres y dioses. El triunfo de Osiris añadió, ya desde la prehistoria, un paraíso en una isla al Occidente, donde los que allí llegaban gozaban de felicidad imperturbable. El triunfo de la teología solar trajo consigo el paraíso solar, en la barca de Ra, reservado primero a los faraones -como hijos de Ra-, y extendido luego, primero a los funcionarios reales, y después a todo el pueblo. La morada telúrica en la tumba dio lugar también a un reino de los muertos subterráneo, en todo análogo al de la vida presente, con su noche y su día: en realidad vivían en los antípodas -y por eso se les representa cabeza abajo-, y eran visitados por Ra o el Sol durante la noche. Característica egipcia es su creencia firme en un juicio severo y ético que decidía la suerte de las almas; los malvados eran devorados por un monstruo (V. EGIPTO VII).Para el mazdeísmo (v.) los buenos van al paraíso con Ahura Mazdah, tras atravesar el puente Shinvat; los malos caen al abismo tenebroso donde serán atormentados hasta el fin del mundo; entonces Ahura Mazdah acabará salvándolos a todos. La concepción mazdea influyó notablemente en el maniqueísmo (v.), mandeísmo (v.) e islamismo (v.).En el círculo del hinduismo (v.) y del budismo (v.), admitida la reencarnación, la s. definitiva la alcanzan todos, pero tras innúmeras reencarnaciones en que se iban purificando, aunque a cada muerte suele seguir de inmediato un cielo o un infierno temporal como sanción a las obras de la vida anterior. La s. definitiva o moksha no se alcanza por las obras, sino por la supresión de ellas o, al menos, de todo afecto a ellas, es decir, de todo deseo. En el islamismo (v.) sólo pocos -los mártires y los muertos en guerra santa- van directamente al paraíso -concebido de modo harto material-. Los demás quedan en un estado intermedio, como de suspensión vital salvo los malvados, que son atormentados- hasta el juicio final, tras el que unos alcanzan la bienaventuranza eterna, otros el infierno eterno.V. t.: PREMIO Y CASTIGO I; INMORTALIDAD I; ULTRATUMBA; CIELO I; INFIERNO I; REVELACIÓN I; SANTIDAD I; ESCATOLOGÍA I.A. PACIOS LÓPEZ.
BIBL.: H. PINARD DE LA BOULLAYE, Estudio comparado de las religiones, 2 ed. Barcelona 1964 (v. índice); F. KÓNIG, Cristo y las religiones de la tierra, 3 vol. Madrid 1961; P. TACHI VENTURI y G. CASTELLANI, Storia delle Religioni, 5 vol., 6 ed. Turín 1971; H. BAUMANN y D. WESTERMANN, Les peuples et les civilisations de l’Afrique, París 1958; F. M. BRAUN, Le Mandéisme et la secte essénienne de Qumran, en L’Ancien Testament et 1’Orient, Lovaina 1957; ELKIN, Gli aborigen¡ australiani, Turín 1956; P. GORDON, Les religions des primitifs, en Histoires des religions, dir. BRILLANT-AIGRAIN, 1, París 1953; LANDA, Relación de las cosas del Yucatán, París 1928-29; LUFULUABO, Vers une théodicée bantoue, Roma 1961; G. MONTANDON, La civilisation Ainu et les cultures arctiques, París 1937; W. KoPPERS, Primitive Man and his World Picture, Londres 1952; P. RADIN, La religión primitive, París 1941; ID, Primitive Man as Philosopher, Nueva York 1957; P. SCHEBESTA, Les Pygmées du Congo Belge, Bruselas 1952; ID, Die Negrito Asiens, 11,2, Viena 1957; 1. DE VRIEs, La religion des Celtes, París 1963; L. CAPÉRAN, Le probléme du salut des infidéles, 2 ed. Toulouse 1934; 1. DANIÉLOU, Dios y nosotros, 2 ed. Madrid 1961; P. DAMBORIENA, La salvación en las religiones no cristianas, Madrid 1973.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.