Sacerdocio I. Religiones No Cristianas. REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
Los rasgos sacerdotales reflejan la naturaleza de la religión (v.) a la que pertenecen. Por eso al estudiar el s. no cristiano juzgamos necesario dividirlo en s. étnico-político, característico de las llamadas religiones étnico-políticas (v.), nacionales o celestes (v. t. DIOS i) y s. iniciático, propio de la religiosidad telúrico-mistérica o iniciática (v. DIOS I, 2; MlsTERIOS Y RELIGIONES MISTÉRICAS; INICIACIÓN, RITOS DE). De esta suerte quedará trazada la fisonomía de los s. no cristianos, pasando por alto los rasgos individuantes de las distintas modalidades religioso-sacerdotales existentes en cada uno de esos dos grupos de religiones.1. El sacerdocio de las religiones étnico-políticas. Históricamente la "primera comunidad cultual" es la familia, que con el tiempo se amplió convirtiéndose en clan, tribu, nación y, en algunos casos, imperio, p. ej., romano, azteca, etc. El s. natural de estas comunidades étnicopolíticas correspondió, al menos durante algún periodo de su existencia, a su jefe: pater familias, caudillo, rey. Éstos son los sacrificadores y orantes "oficiales", mediadores entre la divinidad y su respectivo grupo étnicopolítico. Nadie podía desempeñar mejor que el padre o el patriarca la función representativa ante la divinidad ni ejercer con derecho más objetivo la misión de mediador entre sus descendientes y el dios. Pero si "la familia es una comunidad cultual, en la cual el padre es el sacerdote" (A. Causse, o. c. en bibl. 27), al rey compete la misma misión respecto de su pueblo. Algunos monarcas reciben expresamente este título. Así, p. ej., Lugalzaggissi se llama "sacerdote de An" y Urningirsu "sagrado sacerdote supremo de An" (sumo dios sumerio-acadio). Lo mismo vale de los reyes de Asiria, Sidón, de los príncipes de Arabia del Sur y de Melquisedec (v.), sacerdote y rey de Salem, así como de los faraones; los sacerdotes egipcios durante el Nuevo Imperio al entrar en la cámara del dios decían como aval de su derecho para hacerlo: "Me envía el rey a contemplar al dios" (Ammon Ritual 4,2,5-6). La imposibilidad de ejercer convenientemente en sociedades cada vez más complejas todos los poderes concentrados en su persona (Filón, De virtutibus, 54): potestad política, administrativa, militar, judicial y sacerdotal, les obligó a delegarlos en diversas personas e instituciones. Así surgieron los sacerdotes, jueces... "especialistas o profesionales" en los distintos sectores de la vida ciudadana. Este s., al que podemos llamar institucional o profesional, fue desempeñado, en algunos casos, por los primogénitos o, en su lugar, por los miembros de una familia sacerdotal (caso del s. hereditario tan frecuente en este tipo de religiones) y también por hombres constituidos sacerdotes por diversos procedimientos (sorteo; compra-venta; cte.). Mas casi siempre el jefe político conservó algunas atribuciones sacerdotales: ofrecer sacrificios, potestad de nombrar los sacerdotes profesionales, erigir altares, etc. (arcontes atenienses, éforos espartanos, cónsules romanos, faraones egipcios, cte.).La naturaleza étnico-política de este s. comportó diversas consecuencias:a) Su adaptación a la trayectoria del Estado. Es tal su vinculación al grupo étnico que con él nacen los sacerdotes, se desarrollan y mueren (caso de las tribus, fratrías, polis en Grecia; sacerdotes cabenses, caeninenses, tusculani, cte., municipales, provinciales, estatales en Roma, etcétera). Este s. no desaparece de ordinario ahogado por el de otras religiones superiores, sino debido a un proceso de descomposición operado en el tronco étnicopolítico al cual, como hiedra, se agarra. Casi siempre el final es precipitado vertiginosamente por una catástrofe nacional y favorecido por la irrupción de una forma religioso-sacerdotal de tipo universal: cristianismo para las religiones indoeuropeas: griega, romana, celta, cte.; el budismo para el vedismo, etc.
b) Destino supraindividual-"nacional" de las funciones sacerdotales. El sujeto y también el destinatario de los actos cúltico-sacerdotales es la comunidad. Si redundan en beneficio de los individuos, les afecta más en cuanto "ciudadanos" que en cuanto personas particulares. Hablamos de los actos del s. oficial que no excluye la coexistencia de varios grados de piedad privada (caso, p. ej., de Escipión Mayor, quien durante su estancia en Roma pasaba un "rato de oración" ante la estatua de Zeus Capitolino, cfr. Tito Livio, 26,19). El sacerdote trata de alcanzar la pax deorum y la salus publica; no sirve al perfeccionamiento espiritual de las personas ni busca de modo directo su mejoramiento interior ni propiamente tampoco la salus aeterna, al menos no de forma muy directa.c) Funcionarios públicos, estatales. Los sacerdotes, en frase de Platón (Politica, 290 c-d), son "diáconos o servidores de la polis-Estado" precisamente cuando ejercen las funciones específicas del s.: "ofrecer nuestros presentes a los dioses e implorar de ellos para nosotros los beneficios que deseamos". De ahí su nombramiento por parte de la autoridad civil. Los miembros del s. natural no necesitaron de ningún requisito para conseguir el s.; lo poseían por su misma condición de jefes naturales de un grupo étnico-político. Sus delegados, los sacerdotes institucionales, además de estar al servicio del Estado, eran nombrados por el magistrado supremo, ya en su origen (s. hereditario de algunos santuarios griegos, cte.), ya en cada caso (sacerdotes designados por el Pontífice Máximo, el emperador romano, cte.). Existieron además otros procedimientos: sorteo (templos de Rodas, Siracusa, sacerdotes de Heracles en Atenas, cte.). A veces la elección va precedida de la presentación de los candidatos (Atenas: cfr. Demóstenes, Oratio, 67,46; Siracusa: cfr. Cicerón, Verrinas, 2,126); en Roma este derecho de presentación propio de los respectivos colegios sacerdotales en varios casos terminó por corresponder al emperador (caso de los arvales, lupercos, feciales, salios, cte.) y, a veces, al senado (Historia Augusta, Marco Antonio, 6,3). Platón (Leyes, 759 c) ve la manifestación de la voluntad de los dioses en este sistema de echar suertes. En algunas ciudades jónicas y durante el periodo helenista también en otras (Halicarnaso, Cícico, Milasa, cte.) se empleó la compra-venta, síntoma claro de decadencia (uno lo compra por 12.000 dracmas; Dittenberger, Sylloge, 1003).Debido a su condición de funcionarios públicos, si entre los medios de subsistencia contaban con las ofrendas y con los animales sacrificados y en los templos ricos con los productos de sus posesiones (templos egipcios, algunos de Siria, Asia Menor, cte., enclaves feudo-sacerdotales con los que tropezaron los seléucidas), tampoco les faltó un recurso lógico: la subvención económica recibida directamente de la polis (arconte-rey de Atenas) o del Estado: sacerdotes romanos, "cuyo número, dignidad y, sobre todo, retribución económica" aumentó Augusto (Suetonio, Augusto, 31). En algunos lugares tuvieron un suplemento dado por los organismos políticos, una especie de mensualidad (Dittenberger, Sylloge, 1015), a veces "estipendio" diario, p. ej., dos óbolos (cfr. Supplementum epigraphicum graecum, IV,706) por diversos actos de culto: sacrificios, súplicas, etc.El Estado tendió a favorecerles con diversos privilegios. Los más frecuentes pueden reducirse a la exención del servicio militar (Roma, Grecia, Asiria, Babilonia, cte.), puestos de honor en asambleas, juegos, teatro (Roma, Grecia, cte.), abono de algunos gastos culinarios en los días de festividad más solemne y, en fin, la eponomía exclusiva de algunos sacerdotes en Grecia, p. ej., los de Hera en Argos, de los de Helios en Rodas y de los de varios templos egipcios.d) Sacerdocio colegial. La colegialidad podría erigirse en nota esencial del s. étnico-político. Está clavada en su mismo origen patriarcal. El jefe y sacerdote, todavía no institucionalizado, es el záken (hebreo), el presbyteros (griego), el senior-senator (latín) que pronto se multiplicó convertido en los zékenim, presbyteroi, senatores integraron el concilium o consejo. Sus delegados, los sacerdotes profesionales, conservaron la colegialidad atestiguada con profusión de testimonios para los sacerdotes egipcios (Kenyon-Bell, Greek Papyri in the British Museum, 2, Londres 1905,112,337,357, cte.) y, sobre todo, romanos. Los collegia sacerdotum estructuran en Roma no sólo las cuatro clases principales de sacerdotes (pontífices, epulones, quindecimvirales y augures: cfr. Monumentum Ancyranum 2,15; Suetonio, Augusto, 100; Tito Livio 6,37; 10,9,21; 31,9,8; 33,42,1; 34,44,2; Tácito, Anales, 3,64; Cicerón, Verrinas, 4,108; cte.), sino también otros subalternos (ayudantes, músicos: cfr. Tito Livio 9,30,5; Corpus lnscriptionum Latinarum 6,971,2191,2201 cte.). Aunque parezca un contrasentido terminológico, los sacerdotes romanos integran un collegium, pero no son collegae. La colegialidad de los "colegios" se basa en la auctoritas, es decir, fuerza intrínseca de la personalidad de su cargo carente de imperatividad por coacción externa (castigos, destierro, "excomunión", cte.), que es lo propio de la potestas característica de la colegialidad de los "colegas" presente en los magistrados. Los colegios sacerdotales emiten sus dictámenes por mayoría de votos (Tito Livio 31,9,7-8: caso significativo, pues prevalece la opinión de la mayoría opuesta a la del Pontífice Máximo); en ellos no existe un collega maior (cónsul) capaz de vetar las resoluciones de los collegae minores (pretores). Esta nivelación de todos los miembros, incluido el director, tiene vigencia incluso en cuanto a la función presidencial inherente al s. del Pontífice Máximo, pero no respecto de algunos derechos que heredó del antiguo rex a través del rex sacrorum, a quien suplantó en el primer puesto del ordo sacerdotum.e) Sacerdocio común del pueblo. El s. diluido por todos los miembros de los distintos grupos étnico-políticos: familia, tribu, etc., se concentró como por delegación natural en su jefe o en alguien especialmente elegido para el culto. Pero todos los miembros, en cuanto integrantes de la comunidad político-cultual, al menos en teoría, están revestidos del s. y tienen obligaciones cúlticos. No obstante, esta doctrina del s. común de todos los ciudadanos, implícita en la naturaleza de estas religiones, sólo fue formulada expresamente en Israel (Ex 19,6).f) Otras características. El tipo de vida (nómada, pastor) y la constitución patriarcal de la familia en los pueblos de religión étnico-política junto con su fe en una divinidad masculina, celeste y trascendente nos ayudan a completar la fisonomía de sus sacerdotes:Masculinismo del sacerdocio. En estas religiones hay, de ordinario, sacerdotes, no sacerdotisas. La intervención de las mujeres se debió a la estructuración familiar de algunos s. mediante la asociación real o simbólica de la esposa al esposo, sacerdote por derecho propio (rexregina sacrorum, flamen-flaminica: Roma; arconte-reybasilisa: Grecia), o supervivencia de un sustrato telúrico (pitonisa de Delfos).
Sacerdocio de divinidades celestes. La condición celeste de los dioses de estas religiones se manifiesta en diversos rasgos de los actos cúlticos de los sacerdotes: sacrificios sobre altares, ofrecidos de día, color blanco de las víctimas, postura orante de pie con las manos y a veces, la mirada levantada hacia el cielo, el ser llamados "sacerdotes del dios altísimo", etc. (v. DIOS I).Ritualismo. Réplica de la trascendencia de los dioses celestes y efecto del predominio de lo tremendum en el trato con ellos es el ritualismo. Los sacerdotes, más que obrar a impulsos de la fe y del amor o de una devoción vivificadora de los actos cúlticos (aunque esto tampoco puede excluirse se esmeran en cumplir meticulosamente unos ritos por sí mismos mágicamente, eficaces con tal que se ajusten hasta el último pormenor a lo establecido (cfr. Valerio Máximo, 1,18; Plinio, Historia Natural, 28,2; Servicio, In Aeneidam, 6,198; cte.).En fin, las condiciones requeridas suelen coincidir en todas las religiones étnico-políticas: plenitud de derechos políticos o ciudadanos, integridad corporal, pureza ritual (cfr. Platón, Leyes, 759c; Séneca, De controv. 4,2; Lev 21,17-19; 1-4; etc.). Además podríamos añadir como bastante generalizada la monogamia sucesiva o prohibición de segundas nupcias (cfr. Pausanias 7,25; Heródoto 2,11).2. Sacerdocio de la religiosidad iniciática. La condición sedentaria- agrícola y la constitución con frecuencia matriarcal de los integrantes de la religiosidad iniciática junto con su admisión de una divinidad femenina, madre, telúrica e inmanente, explican los rasgos de su sacerdocio.a) Presencia, a veces predominio y en algunos casos exclusividad, del sacerdocio femenino. Las mujeres (bacantes, ménades, tesmoforias, bacanales, etc.) constituían un núcleo frecuente de los participantes en la religiosidad iniciática y también desempeñaban cargos sacerdotales por derecho propio; en algunos cultos mistéricos no actúan los hombres en función de sacerdotes (rito romano de las bacanales: Tito Livio 39,11), culto de Dioniso encarnado en la mujer tracia, esposa del caudillo Espartaco (Plutarco, Craso, 8), culto de la Magna Mater (Corpus Inscriptionum Latinarum, 10,3698), de Atargatis (ib. 9,6099), etc. Y donde la dirección cúltica no corresponde exclusivamente a las mujeres, las sacerdotisas aparecen equiparadas a los sacerdotes en un paralelismo equilibrado en cuanto al número y cargo: hierofante-hierofantina, sacerdote (sumo)-sacerdotisa, etc. (Eleusis). Incluso en algunos cultos mistéricos cuando intervienen hombres lo hacen disfrazados de mujer (culto a Damia Auxesia asimiladas a Deméter-Coré en Epidauro y en Egina: Heródoto 5,83; Pausanias 2,30,4).
b) Sacerdocio telúrico. Las raíces de la religiosidad iniciática se hunden en lo telúrico o tierra considerada como numinosa, no en el sustrato étnico de la familia o clan, ni guarda relación inmediata con lo celeste. Aún en época tardía, en los primeros siglos de la era cristiana, poco cuesta señalar algunas huellas telúricas del s. iniciático en el ritual de los sacrificios: ofrendas de frutos de la tierra o de elaboraciones no cruentas de los animales, por ej., miel, cte.; sacrificio de los animales omofágicos (la serpiente, el toro o de animales, v. gr. el cerdo, tabú en pueblos de religión celeste); predominio del color negro de los animales que eran sacrificados, preferentemente de noche, sin altares, de suerte que la sangre cayera sobre las grietas de la tierra; en la postura orante (de rodillas o en total prosternación, con las palmas de la mano vueltas hacia la tierra), así como en el rito de la incubación o dormición sobre suelo sagrado con el fin de beneficiarse de las fuerzas curativas o mánticas de la Madre Tierra (Hornero, Ilíada, 16,235; Sófocles, Traquinias, 1164; Calímaco, Himnos 4.286; etc.; v. Dios II, 8; ADIVINACIÓN); y, sobre todo, en el derramamiento de sangre con destino agrario, rito practicado por los sacerdotes de varios misterios, especialmente por los de Atis-Cibeles, en medio de flagelaciones y mutilaciones, a veces incluso de la autoeviración (Catulo 63,5; Marcial, Epigramas 3,81; Lactancio, Institutiones 1,21,16, etc.) (VA. HIERóDULA).c) El sacerdote, "encarnación" de la divinidad. Las sacerdotisas y sacerdotes iniciáticos, así como los étnicopolíticos, son mediadores entre la divinidad y sus adoradores, pero a diferencia de éstos, tienden a identificarse con su dios, que mora en ellos, a ser su epifanía y encarnación. Así lo demuestran diversos datos conservados: identidad de nombre, con las consecuencias que ese hecho implicaba en la antigüedad ("Porque tú eres yo y yo tú, tu nombre es el mío y el mío tuyo", Kenyon, Greek Papyri in the British Museum, I Londres 1893, 117, de una súplica hermética pronunciada por un devoto embelesado por su unión con la divinidad); el sumo sacerdote de Atis tanto en Roma (Attis populi romani) como en Frigia y diversas zonas llevaba un nombre homónimo al del dios. Más aún, algunos sacerdotes recibían un tatuaje ritual, especie de sello externo que los sellaba para siempre como propiedad de la divinidad (Polibio, Historia, 21,37). Otros datos expresivos de la misma realidad son el uso de la máscara ritual que procuraba reproducir los rasgos antropomórficos de la divinidad (misterios dionisiacos, eleusinos, mitriacos; etc.: Pausanias 7,18,12; 8,15,1 y 3,8,42; 8,53,1, etc.) y el rito de la hierogamia (v. INICIACIÓN, RITOS DE). La inmanencia típica de la divinidad telúrico-mistérica en los iniciados adquiere en los sacerdotes un grado de especial intensificación.d) Subjetivismo cultual. La religiosidad iniciática acentúa las disposiciones subjetivas desbordadas a veces multitudinariamente en los actos de exaltación colectiva (caso de menadismo, bacanales, etc.), el encuentro y contacto de cada iniciado con la divinidad. Los sacerdotes son mediadores entre ella y los iniciados en orden a la consecución de ese encuentro de inmanencia mistérica. Si los actos cúlticos, tanto de iniciación como de sus distintos grados, conjuntan ritos y mitos (drómena y legómena) estatuidos de modo fijo e inalterable y, por lo mismo, dotados de virtualidad propia, los ejecutan en cuanto son vehículos que llevan al encuentro subjetivo y personal con la divinidad. Los sacerdotes aspiran a incrustar al iniciado en un tiempo mítico-cósmico, no histórico, mediante la apropiación del drama de la "muerteresurrección" del dios mistérico, que se repite cíclicamente como las estaciones del año.e) Los sacerdotes y el rito de iniciación. Como es lógico, los sacerdotes intervienen en los diversos grados y actos de iniciación. Escuchan las súplicas del iniciado, le asperjan, le indican las palabras-fórmula de iniciación, lo ungen, preparan y muestran los objetos sagrados, reproducen el drama de su dios, introducen el animal leofánico (serpiente) en el seno del iniciado, etc. (Demóstenes, Corona, 259; Apuleyo, Metamorfosis, 11,20,22,24; etcétera); en una palabra, dirigen y realizan su función cúltica tanto en las acciones como en las palabras sagradas e iniciáticas. Son significativas las palabras de profunda gratitud de Lucius al sacerdote iniciador junto con la acción de gracias a la diosa (Apuleyo, o. c. 2,27-30), así como la especial dedicación sacerdotal a los iniciandos en el periodo preparatorio, a juzgar por la fórmula sacerdos el pater candidatorum o de los "aspirantes", llamados así por sus vestiduras candidae o "blancas", no raros en el culto de Doliceo, Mitra, Isis (Corpus Inscriptionum Latinarum 2,14,50,68); etc.f) Castidad sacerdotal. Es una condición exigida -no siempre ni en todos los misterios- a las sacerdotisas y, en algunos casos, también a los sacerdotes, si bien no solía ser vitalicia sino sólo mientras ejercían las funciones sacerdotales. A nuestro juicio esta práctica de la castidad sacerdotal, más que a la intención de evitar una contaminación legal proveniente de la unión carnal y al deseó de no disminuir simbolismo ni eficacia al rito de la hierogamia, como hasta ahora se ha venido afirmando, se deben al origen telúrico del s., así como al destino agrario de su castidad, a su influjo en la fertilidad agrícola. Este origen y destino telúrico (Propercio 4,8,5; Eliano, Natura animalittm, 11,2; etc.) junto con su recurso a medios artificiales (castración: Corpus Inscriptionum Graecarum 2,5,260 y 13,573) o debilitadores de la potencia generadora (prácticas medicinales: cfr. Hipólito, Refut. Haeresíum, 5,8,39) establecen una diferencia esencial entre la castidad del s. iniciático y la practicada por los sacerdotes católicos (v. CELIBATO), que entraña una ascesis, una total disponibilidad externa e interna y la sublimación del amor.V. t.: CULTO I; SACRIFICIO I; CASTRAD I.M. GUERRA GÓMEZ.
BIBL.: A. CAUSSE, Du groupe ethnique á la communauté religieuse. Le probléme sociologique de la religion d’Israel, París 1937; A. ÁLVAREZ MIRANDA, Las religiones mistéricas, Madrid 1961; A. GONZÁLEZ, Profetas, sacerdotes y reyes en el antiguo Israel, Madrid 1961; F. KóNIG, Cristo y las religiones de la tierra, I-III, Madrid 1960-61; M. GUERRA, La función sacrificial, definitoria del sacerdocio en las religiones étnico-políticas, en Teologia del sacerdocio, II, Burgos 1970, 249-281; ID, La "re-praesentation de la divinidad, esencia del sacerdocio ctónico-mistérico, ib. 285-309; ID, El sacerdocio cristiano y los sacerdotes de las religiones no cristianas contemporáneas de la Iglesia en los primeros siglos de su existencia, en Comunione interecclesiale. Collegialitá. Primato. Ecumenismo, II, Roma 1971, 659-938.
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