Realismo VI. Arte. ARTE
Categoria:
Arte
En lo que a las artes plásticas se refiere -y excluida la arquitectura, además de muchas técnicas ornamentales y suntuarias- el r. es doctrina tendente a reproducir y configurar un modelo dado con el propósito más acendrado de ser fiel y totalmente objetivo en la versión a obtener. Hasta aquí la definición que, obviamente, sólo puede servirnos para propósitos críticos y polémicos, toda vez que raros serán los artistas que no capten algo más que lo sensitivo y externo, o tan desprovistos de mensaje propio como para abandonar toda especie de ingrediente personal en la composición de su obra. Basta, para probar la anterior afirmación, con un ejemplo mil veces aducido: si se presenta ante varios pintores de no importa qué categoría ni renombre -acaso ninguno, quizá altísimo- un paisaje, un bodegón vivo, o un modelo cuyo retrato se precisa, es difícil que las realidades copiadas sean idénticas entre sí. El artista, sean cuales fueren sus dotes, pinta de algún modo su realidad, que siempre será más o menos distante de la realidad inmanente en pocos o muchos de sus extremos. Y es conveniente que suceda así, porque, de otro modo, el pintor tendría la ciega impasibilidad de una cámarafotográfica, y a la que hay aspectos que se le escapan. Nada digamos del escultor, cuya técnica más complicada aleja en la misma proporción la posibilidad de obtener la perfecta copia de que se tratara. Evidentemente, el r. de esa clase no ha sido obtenido -de suerte premeditada y discutible- hasta el reciente movimiento llamado neorrealismo (v.). El ejemplo anteriormente propuesto podría ilustrarse con una frase dirigida por Picasso a un principiante en pintura: "Vas a copiar esas manzanas. Bien. Cópialas con todo el esmero y el rigor posibles. Pero ten muy en cuenta que, por muchas que sean tus dotes, siempre habrá algo tuyo en las manzanas de tu cuadro. Pues bien, si es así, que todo el cuadro sea tuyo, sea cual fuere la suerte de las manzanas".Argumentos de tan sólida dialéctica podrían multiplicarse hasta el infinito, si no gozasen de prestigio antiguas fábulas como la de haber pintado el griego Polignoto unas uvas tan prodigiosamente bien imitadas que los pájaros se abalanzaban sobre ellas para devorarlas. Bien se comprende que la exageración es inadmisible, y que las aves distinguen sobradamente, mucho mejor que los humanos, el engaño. Pero, para traer la cuestión a términos un poco más creíbles, Antonio Palomino, el gran teorizante y cronista del arte y de los artistas españoles, nos trasladó otro par de anécdotas del mismo tenor. Según una, un retrato del almirante Pulido Pareja, por Velázquez, equivocó al propio Felipe IV sobre la presencia física del retratado. Y Antonio Pereda, para dar una lección a Su esposa, que decía necesitar de los servicios de una dueña, la pintó en un lienzo y, de momento, contentó a la exigente señora. Naturalmente, los dos hechos son tan fabulosos como el de las uvas de Polignoto, y no deberían preocuparnos mayormente si no constituyeran indicio de una constante postulación en pro de un r. imitativo absoluto y de las más rígidas dimensiones.Esa constancia en la tendencia a conseguir un r. material es el argumento que se ha utilizado larguísimamente en el s. xx para tratar de contradecir todos los movimientos plásticos no imitativos. Pero muchas veces se confundía descaradamente el r. con la imitación fotográfica, lo que dista muchísimo de ser exacto o probo. Para contradecir tal argumento, basta con repasar la historia del arte occidental y encontrar que tan sólo el s. xvlt manifestó un interés decidido para con el r. Y, aún dentro de él, no hay más remedio que declarar que hay pocos más pintores estrictamente dedicados a esta especulación que José de Ribera (v.), Francisco de Zurbarán (v.), Diego Velázquez (v.), Pieter de Hooch y Jan Vermeer de Delft (v.). Entiéndase que hablamos de primeras figuras. De ellas, seguramente, el maravilloso artista que ha sido más capaz de adentrarnos en su sentido de la realidad, no ha sido Velázquez, sino Vermeer.Ahora bien, antes y después de este sorprendentísimo artista, se han sucedido siglos de bien probada desafección a ese r. La pintura románica, fiel a unos prototipos muy caros, la gótica, imbuida de un aire de su tiempo, muy lejano de la realidad puramente sensible, el Renacimiento, en el que cada creador fue libre de escoger sus personales criterios de belleza y perfección. No hablemos del arte no europeo, que se caracteriza a través de abundantísimas geografías -Egipto, Asiria, Persia, India, China, Japón, América precolombina, etc- por su probado desafecto a toda intención de r., incluso abundando en toda suerte de fantasías antirrealistas; no de las plásticas primitivas, programáticamente desafectas a la realidad material. Consiguientemente, la relativa observación y reproducción de esa realidad no habrá durado sino un determinado ciclo cronológico del s. XVII -España y Holanda-, se habrá desvanecido un tanto a lo largo de los muchos afectamientos estilísticos de lo neoclásico, lo rococó y lo romántico, para obtener un último triunfo en el reinado decimonónico del naturalismo (v. NATURALISMO VI), y se habrá desvanecido inexorablemente con la divulgación y la llegada a todas las fortunas de la reproducción fotográfica.Obviamente, no podía haberse imaginado mejor medio de conjurar los empeños realistas antes mencionados, ni podían ser más lógicos los ulteriores movimientos plásticos -impresionismo, neoimpresionismo, fauvismo, cubismo, expresionismo, etc- que se siguieron a continuación. Pero los enemigos a ultranza de los mismos desenterraron el fantasma de un supuesto r., que parecía haber prevalecido durante innumerables siglos para atacar esos donosos capítulos. No contentos con ello, tuvieron -y tienenconstantemente en los labios el nombre glorioso de Velázquez, profanándolo y presentándolo como un campeón de una idea plástica que él, en su libertad creadora, de ningún modo reconocería como una posición polémica. Pero si hay alguien más alejado de un propósito pictórico servilmente imitativo no puede ser otro que Diego Velázquez. De este modo, la falsa doctrina polémica del descrito r. como movimiento conscientemente organizado según una tradición cae por su propia base. Hágase pintura realista en buena hora, y mejor cuanto menos imitativa sea, pero que de ninguna manera se enarbole como arma o bandera contra los íntimos criterios interpretativos y personales del artista, entendido este oficio en su más elevada jerarquía. Ello, de otro modo, sería tan ingenuo como si los artistas románicos, góticos, románticos, naifs, cubistas, etc., tratasen de excomulgar en nombre de sus respetables principios a todos cuantos se opusieran a los mismos.V. t.: II-III.I. A. G.AYA NURO.
BIBL.: No conocemos ninguna seria y responsable que estudie el r. de otro modo que como una tendencia de éxito intermitente. En defecto de ello, v. la de VELÁZQUEZ; VERMEER; etc. Para algunas cuestiones puede verse: É. GILSON, Pintura y realidad, Madrid 1961.
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