Purificación III. Teologia Moral. TEOL.
Categoria:
Teología
1. Las purificaciones del alma. La noción de p. supone la noción del pecado (Y.); supone también las de Redención (v.) y reparación, y la de penitencia (v.) que acompaña a aquéllas. El pecado es el mal moral: mirando hacia Dios es una injuria, una traición a su amor (un "adulterio" según la imagen que repite el A. T.), un profanar por tanto su gloria, de suyo intocable. Mirando a nosotros es contraer una culpa que moralmente nos mancha y nos degrada, que de hijos nos hace enemigos, que nos hace deudores ante Él de la gloria que le robamos. Ese "no" del pecado del hombre a Dios introduce en la vida de aquél un desorden, cuyas consecuencias se dejan sentir en todo su ser. El pecador ha trastornado la dirección de su vida, y su ruptura con Dios le deja en descubierto. Por eso se rompe la unidad radical y profunda de su existir; su integridad se ha roto. Y las fuerzas íntimas de su compuesto psicofísico caminan con frecuencia a la deriva, y mutuamente se enfrentan. Añadamos también la repercusión social, y hasta cósmica, que todo pecado comporta.Pues bien, esa culpabilidad, y ese desorden (la Teología emplea el nombre bíblico de concupiscencia, v., para designarle) hace al hombre, en cuerpo y alma, impura. La noción de pureza y de impureza es común a todas las religiones (v. I). Y originariamente se refería especialmente al ámbito cultual; por eso son los ritos cultuales los que la exigen y la proporcionan o devuelven. El deseo y necesidad de p., no sólo exterior sino fundamentalmente interior, lo han pércibido y manifestado los hombres a través de todas las religiones, que son consecuencia del esfuerzo de éstos para acercarse a Dios. Pero en la Revelación, del Antiguo y Nuevo Testamento, es Dios el que se acerca al hombre, exigiendo esa p., colaborando a ella y proporcionando los medios para hacerla eficaz.Así en el A. T., en su comienzo, todo el libro del Levítico (v.) constituye como un código de p. fundamentalmente ritual, p. cultual que se proyecta también en las relaciones sociales de un pueblo eminentemente religioso; y a lo largo de la Revelación bíblica, las exigencias de pureza y p. se van extendiendo y profundizando: a través de los profetas, de los sabios de Israel, de los salmistas, las exigencias divinas insisten sin cesar en la necesidad de la pureza moral; la pureza ritual es únicamente símbolo y expresión individual y social de la pureza interior (cfr., p. ej., Is 58,4; Ioel 2,13; Ps 50; etc.); dada la condición psicosomática del vivir humano, la p. ritual es también necesaria, pero unida a la p. moral interior.En el N. T. se muestra con toda claridad cómo la pureza primitiva del hombre, que su pecado había destruido, es Dios mismo quien la restaura. Es la obra redentora y reparadora de su misericordia, que se realiza de manera primordial en Jesucristo. El plan salvífico y restaurador se centra en el sacrificio de Cristo en la cruz (V. REDENCIÓN; JESUCRISTO III, 2:4). Es la reparación objetiva, que hacemos nuestra, en cuanto que por el misterio del Cristo total (Cristo y su Iglesia) entramos cada uno en esa obra divina restauradora. Reparación subjetiva por nuestra inserción y compromiso en aquel sacrificio pascual del Señor. La sangre de Jesús nos purifica, por consiguiente, del pecado (1 lo 1,7-9; 3,3; Apc 7,14).P. que comienza a hacerse por el Bautismo (v.) y por la fe (v.) (Rom 6,3-11; Eph 5,26; 1 Pet 3,21 ss.). "Dios os ha purificado gracias a la palabra que yo os he anunciado" (lo 15,3). Y que se irá perfeccionando por las gracias sacramentales (la S. Eucaristía principalmente, sacramento y sacrificio, inmolación incruenta de Cristoen la Cruz), y extrasacramentales, por la presencia y actividad vivificante del Espíritu Santo en nuestros corazones, por la penetración progresiva de la fuerza de la caridad (v.) en todos los aspectos de nuestro vivir. Tarea de Dios y del hombre, que irán restaurando, de ordinario lentamente, toda esa "impureza", todo ese poso malo que dejó como consecuencia el pecado, y que de alguna manera permanece aun después de perdonado éste. Es la "levadura vieja... de la malicia y la maldad" (1 Cor 5,8), de que habla S. Pablo, que ha de irse reemplazando por los "ácimos de la pureza y la verdad". Así iremos llegando a esa bienaventuranza que está en el meollo del mensaje evangélico: "bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). Es un texto denso de sentido, que proyecta toda su fuerza y aplicación hasta más allá del morir. Ese renunciar al pecado, aceptando la fe y recibiendo el Bautismo, que salva y purifica, es la gran metanoia, la gran conversión (v.). Luego hay que ir completando esa p. en una tarea, repetimos, de Dios y nuestra: "Pues que tenemos estas promesas, carísimos, purifiquémonos de toda mancha de nuestra carne y nuestro espíritu, acabando la obra de la santificación en el temor de Dios" (2 Cor 7,1).Pero además del pecado original con sus consecuencias están después los pecados personales que las acentúan. Cuando, movido por la gracia divina, el pecador vuelve su mirada hacia Dios, se inicia un nuevo proceso de conversión que, superando la ruptura, devuelve al "pródigo" a los brazos paternales de Dios que le esperaban. Es un movimiento de penitencia, de metanoia, de compunción del corazón, el penthos de los Padres orientales (v. PENITENCIA I, 3). Nuevo encuentro con Dios, que tiene su expresión objetiva y eclesial en el sacramento de la Penitencia, que es como una renovación del Bautismo. Y penitencia que prolongará su quehacer en esa tarea larga de p. que queda hasta ir borrando las huellas que dejó el pecado. (Prescindimos de ese otro valor que la caridad penitente tiene también de reparación social, de comunión a la reparación objetiva y sustitutiva de Cristo en pro de la Iglesia; cfr. Col 1,24. Nos centramos aquí en la aplicación, por Él y por cada uno de nosotros, de esa reparación suya para que quede purificado en nosotros lo que mancharon y desordenaron nuestros propios pecados; cfr. Conc. de Trento, Decr. De peccato original¡ y De justificatione).2. Motivos. Dos cosas hay que tener siempre presentes al describir esta tarea de nuestra p., y ambas han sido ya esbozadas: a) Esta tarea es de Dios y es nuestra: Él es quien nos perdona y purifica, pero nosotros hemos de consentir y cooperar en ello. La p. es, pues, algo pasivo y activo a la vez. Pero puede ser exclusivamente pasiva, obra únicamente de la caridad divina en nosotros. O puede ser efecto de esa caridad a la que se une nuestro pobre esfuerzo, movido él mismo directa o indirectamente por aquélla. b) La tarea de nuestra p. dura lo que dura la vida. Revestirá una u otra manera, será más o menos intensa, pero siempre tendrá lugar hasta morir (si no está consumada en ese momento, la terminará el purgatorio). Y esto por varias razones.Primero, porque las consecuencias del solo pecado de origen (v. PECADO II y III) son hondas, aun sin culpa personal alguna, y las gracias del Bautismo no nos eximen de una delicada y esforzada reeducación natural y sobrenatural, más aún, la exigen; en cuanto sea posible se ha de ir restableciendo el equilibrio perdido (v. ASCÉTICA). Y además, porque todos somos personalmente pecadores, y muchas deficiencias, aun sin ser ya directamente culpables, quedan latentes en el hombre. Es cierto que no todos cometen pecados mortales, incompatibles con el estado de caridad. Pero pecados veniales deliberados o semideliberados, y no digamos faltas positivas (si es que pueden darse sin ser pecados veniales: V. IMPERFECCIÓN MORAL), todos los justos cometen. El Conc. de Trento declaró que nadie puede a lo largo de su vida evitar todos los pecados veniales sin especial privilegio, como admite la Iglesia que le fue concedido a la Bienaventurada Virgen María (cfr. Denz.Sch. 1573); de nadie más consta, aunque sin duda se han dado vidas muy inocentes y puras. Una tercera razón la ofrece el problema metafísico y psicológico de la unión con Dios. Unión vital y personal, y que, por tanto, tiene que comportar un conocimiento y un amor mutuos, ahora en la fe, después en la visión (V. CIELO). Se comprende que una tal unión no puede darse sin una cierta adecuación del hombre ante Dios, que es Santidad y Pureza infinitas. Por eso es necesario absolutamente que a medida que esa participación a la vida y santidad divinas se va perfeccionando, la p. correspondiente del hombre se haga también más completa. Algo que, aunque efecto de la unión, es decir, de la caridad divina que se da multiformemente al hombre, es intencionalmente previo a la misma.Se entiende así el hecho de que a medida que la vida es más santa, se siente más la necesidad de purificación. Hasta calificaríamos de exageradas las declaraciones de los santos que se gritan impuros, cuando en verdad esos sentimientos tan vivos responden a un realismo riguroso del que los demás estamos lejos. Es en definitiva un problema de sentido sobrenatural: la cercanía de Dios, de su luz, de su fuego, ilumina penetrantemente hasta lo más recóndito del hombre, y éste conoce mejor sus miserias, al mismo tiempo que descubre cada vez más la pureza absoluta de Dios. El contraste resulta durísimo. Por eso el sentimiento de su indignidad es verdadero y exacto, es señal de fina sensibilidad espiritual. Ver mejor la realidad no es deformarla, sino aceptarla. Como está más en lo cierto el que descubre por el microscopio las impurezas del agua, a simple vista aparentemente limpia y cristalina (v. UNIÓN CON DIOS; CONTEMPLACIÓN; MíSTICA).3. La llamada vía o etapa purificativa. Todo esto supuesto, podemos ahora recorrer los aspectos más salientes de esa tarea purificadora a lo largo de las diversas etapas de la vida espiritual. Evidentemente, el primer periodo de una vida espiritual que comienza tiene que dar importancia especial a la purificación. El hombre ’la necesita para borrar las huellas del pecado original y de los pecados personales. Por eso suele hablarse de vía purgativa de un modo particular cuando se trata de esos comienzos. Vía purgativa y grado de principiantes se suelen juntar como algo paralelo (v. VÍAS DE LA VIDA INTERIOR). Concedámoslo por razones didácticas, con las debidas reservas.Se trata de recién "convertidos" de una vida pecadora o al menos distraída, poco atenta a la gracia. O de almas que vegetan en una mediocridad, en la llamada tibieza espiritual (v.). Quizá también convertidos de otras religiones, en las cuales ciertos aspectos de la vida moral no habían sido lo debidamente cultivados. Es natural que haya en estas situaciones facilidad todavía para nuevas caídas, pecados veniales, faltas habituales, resistencias para la práctica de las virtudes, etc. Para luchar y superar todo esto hace falta: a) una disposición radical de humildad, confianza y generosidad; b) un cultivo dela vida espiritual atento y ayudado, sobre todo con asidua recepción de los sacramentos (v.), la oración (v.) y la dirección espiritual (v.); c) penitencia (v.) bajo todos sus modos.Esa penitencia, obra del amor, irá realizando así esa catarsis, que tiene que afectar a todo el hombre, en alma y cuerpo. Es el hombre el que peca; y todo él queda impuro. Penitencia que alcanza su plenitud en el sacramento del perdón. Y con ella el trabajo, la caridad con los demás, el cumplimiento de los deberes, el soportar amorosamente los sacrificios y renuncias inevitables de la vida, los sufrimientos que Dios mismo nos envía o permite, de mortificaciones voluntarias, que la misma caridad penitente buscará, con prudencia y discreción, como leña que necesita para avivar su llama. Mortificaciones internas y externas, aquéllas piden las otras, y las otras ayudan a las primeras. Mortificaciones activas y pasivas: más importantes en general las primeras y más formativas. Es todo el hombre el que tiene que purificarse, que ordenarse, que unificarse. Son sus sentidos, su sensibilidad, sus tendencias, su intimidad, en resumen, todo su ser lo que tiene que limpiarse y pacificarse (V. MORTIFICACIÓN; LUCHA ASCÉTICA; DESPRENDIMIENTO).Quiere decirse que en esta primera etapa de la vida espiritual la p. ha de ser abundante y activa, ha de ser esforzada, "ascética". El hombre ha de echar mano de ella con generosidad, y ello tiene que costarle, tendrá que vencer repugnancias muy fuertes. Pero no perdamos de vista que es pasiva a la vez, es decir, Dios la está haciendo previamente y juntamente con nosotros. Él tiene siempre la iniciativa de todo en todo momento. Él es el que purifica con sus gracias, con su caridad. Él es el que a través de los sacramentos realiza esos grandes toques salvíficos, purificando, renovando, divinizando al hombre: es como bañarle en su Sangre preciosa.Muchas de esas "mortificaciones" que acaecen en la vida por permisión de Dios tienen, sin duda, en sus designios providenciales, una intención de p. pasiva: son intervenciones suyas para ir acelerando esa larga tarea. Larga, porque se ve por el testimonio que de su experiencia nos ofrecen los grandes místicos y santos, que el "hombre viejo" tarda en renovarse a fondo, que el "sótano" del ser humano está manchado con impurezas inveteradas, hechas hábitos duros como una segunda naturaleza.Por eso, la p. se estará haciendo siempre, hasta morir. Y cuanto el encuentro con Dios se haga más vivo y apretado, más rigurosa será aquélla. Siempre el hombre tomará parte de un modo o de otro en la misma. I-ero a medida que se avanza, será Dios el que más intensamente intervenga, será aquélla más pasiva. La p. es, pues, elemento que siempre necesariamente se encuentra en todas las etapas o vías de la vida espiritual.4. La descripción de la vía purificativa en S. Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz (v.) ha trazado como nadie ese proceso activo-pasivo, de noche y de mediodía, terrible y maravilloso. Sus análisis son de una finura extraordinaria. Todo lo cubre con el símbolo denso y complejo de la noche. Existen apegos o apetitos desordenados que sin Dios es imposible arrancarlos o purificarlos. "Más hace Dios en limpiar y purgar un alma de estas contrariedades que en criarla de nonada..., porque ésta no resiste", y aquéllos sí, es decir, el hombre libre que los sustenta (Subida, 1,6). S. Juan de la Cruz traza el cuadro de cuatro noches: noches, activa y pasiva, del sentido; y noches, activa y pasiva, del espíritu. Por las del sentido éste se somete al espíritu; por las del espíritu éste se somete a Dios. Dios comienza; el hombre, de la mano de Dios, o, mejor, ambos continúan; al final Dios solo o casi solo llega hasta las raíces del ser en unas operaciones sutiles, a veces drásticas, que van dando remate a todo el proceso.Pero entendamos todo esto sin esquematismos rigurosos: sentido y espíritu se purifican a la vez (el hombre es un ser), aunque a veces el acento se cargue más sobre uno que sobre el otro, según convenga (Noche, 2,1 y 2). Los principiantes vivirán desde luego más las noches activas que describen los tres libros de la Subida. Pero esas noches son pasivas eminentemente al mismo tiempo. Es la fe y son la esperanza y la caridad teologales lo que principalmente purifica y une. La riqueza teológica de la doctrina de S. Juan de la Cruz acerca de esos valores de las virtudes teologales es incomparable. Por eso en las noches más pasivas, que describen los dos libros de la Noche, seguirá insistiendo en esa p. y unión que esa fe y esa caridad realizan en un plano cada vez más exclusivamente divino.Noches pasivas, abisales, que suponen las activas, que en realidad no hacen más que profundizar aquéllas. El aprovechado entra poco a poco en la vía de la unión transformante a través de esta contemplación (v.), que es un estado de fe y de amor altísimos, que es efecto de ellos. "Todavía se quedan en el espíritu las manchas del hombre viejo, aunque a él no se le parece ni las echa de ver; las cuales, si no salen por el jabón y fuerte lejía de la purgación de esta noche, no podrá el espíritu venir a pureza de unión divina" (Noche, 2,2). Pues bien, la fe y el amor místicos son los instrumentos de esa operación divina terrible: es luz y es amor que embisten en el hombre impuro; por eso inevitablemente le ciegan de momento y le abrasan sus miserias. Tanta luz y tanto fuego deshacen esas torpezas, esa miopía, ese orín del pecado. Y la impresión es de noche y de angustias de infierno. Purgatorio, infierno, abandono aparente de Dios y de los hombres y de todo. Las penas interiores suelen acompañarse de sufrimientos externos, enfermedades, humillaciones... Todo el ser queda así purificado en un crisol de amor y de dolor exhaustivos. Algo que Dios va haciendo mientras da fuerza oculta a la vez para poder soportarlo, por eso intermitentemente, según convenga, pues si no quitaría la vida irremisiblemente... Tinieblas sustanciales que se sienten en la profunda sustancia del espíritu (Noche, 2,9).S. Juan utiliza para ilustrar esta doctrina y esta experiencia la imagen antigua, repetida por los autores espirituales medievales (Hugo de S. Víctor, etc.) del leño verde atacado por el fuego (Noche, 2,10): el fuego le embiste, le hace retorcerse, echar fuera sus jugos malos, hechos sucia espuma, luego le va convirtiendo en negro carbón, para, por fin vencido, penetrarlo hasta el fondo, hacerlo brasa viva, fuego en su fuego... Es obra del amor, de la caridad divina... Todo está en que el hombre quiera, consienta, coopere, confíe, se abandone a la acción de Dios, quiera lo que Él quiere y como Él lo quiere. Todo está en que se quiera aniquilar con Cristo en la Cruz, para así entrar en su Resurrección y en su Vida. Todo está en que esa caridad divina una más y más al hombre con Dios, transforme al hombre, sin perder su alteridad, en ese Dios que es Caridad.Otro testimonio-experiencia de estas p. atroces nos lo ofrece el Diálogo del purgatorio de S. Catalina de Génova (v.). S. Juan de la Cruz hace referencia al purgatorio y al infierno al describir sus noches, S. Catalina no hace más que transportar al purgatorio del más allá lasituación de p. del alma en estas últimas etapas de su itinerario espiritual. El desgarramiento en que se encuentra el alma es allí y aquí la resultante de dos fuerzas convergentes: la de la pureza divina por una parte y la del amor puro en el alma por otra. Pero que no pueden encontrarse porque el obstáculo de la roña del pecado lo hace imposible. Pero así es como el alma, en ese fuego del amor purificante y deseoso, se va purificando de sus impurezas. El instinto que la lleva hacia Dios enciende ese fuego que en la paz y el amor, en la conformidad a la voluntad divina, va devolviendo al alma su pureza, y la va haciendo digna del abrazo consumado de Dios. Para S. Catalina de Génova, como para S. Juan de la Cruz, el purgatorio del más acá y el purgatorio del más allá son igualmente obra del amor divino y del puro amor.P. absolutamente necesaria para la visión: "bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"; necesaria para la contemplación pura que prepara aquí aquella visión de allende el morir. P. más meritoria de suyo aquí sobre la tierra. "Y así el alma que por aquí pasa, o no entra en aquel lugar, o se detiene allí muy poco, porque aprovecha aquí más una hora que muchas allí", enseña S. Juan de la Cruz (Noche, 2,6). P. que eclesialmente sirve a la mayor pureza de todo el conjunto, que es correparadora.V. t.: VíAS DE LA VIDA INTERIOR;UNIÓN CON DIOS II; ILUMINATIVA, VíA; SANTIDAD; PERFECCIóN; JESUCRISTO V; BIENAVENTURANZAS.B. JIMÉNEZ DUQUE.
BIBL.: S. JUAN DE LA CRUZ, Subida al Monte Carmelo, Noche obscura y Llama de amor viva, en Obras completas, ed. BAC, 6 vol. Madrid 1972; V. DA FILMARINA, S. Caterina de Genova. Trattato del Purgatorio, ed. crítica, Génova 1929; F. DE OSUNA, Tercer Abecedario espiritual, ed. BAC, Madrid 1973; R. GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, 4 ed. Buenos Aires 1957, 309-541 ; ID, L’amour de Dieu et la Croix de fésus, IV, parte 5^, Juvisy 1929; F. W. FABER, Progreso del alma en la vida espiritual, 5 ed. Madrid 1952; R. JIMÉNEz DUQUE, Teología de la mística, Madrid 1963; A. TANQUEREY, Compendio de ascética y mística, París 1930; J. LEBRETON, Tu solus sanctus, París 1948; M. J. SCHEEBEN, Las maravillas de la gracia divina, Bilbao 1957; 1. DE GUIBERT, Theologia spiritualis, 4 ed. Roma 1952, 287 ss.; 363 ss.; PII. DE LA TRINITÉ, Épreuaes spirituelles, en Dictionnaire de Spiritualité, IV, París 1960, 911-925; U. BARRIENTOS, Purificación y purgatorio, Madrid 1960.
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