Purificación I. Religiones No Cristianas. REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
1. Noción. El hombre de todas las épocas ha sentido vivamente acerca de la santidad y sacralidad divina, así como la desproporción del mismo hombre para acercarse a Dios. De ahí que todas las religiones hayan inculcado una preparación previa al trato con Dios, para que nuestro contacto con Él le sea grato, en vez de desagradarle y repelerle. Esa preparación previa es lo que constituye la p., que siempre tiene por objeto hacer desaparecer, o al menos disminuir, la distancia que media entre nuestra imperfección e impureza y la suma santidad divina.Frecuentemente, a este fundamento puramente religioso de la p. -disminuir en nosotros cuanto pueda desagradar a la santidad divina, para que nuestro trato no le irrite, sino que le sea agradable- se une la concepción, mitad religiosa, mitad mágica, de la peligrosidad delcontacto con lo sagrado, peligrosidad que cuaja y se expresa en el concepto de tabú (v.). Añadamos que los ritos de p. en las diversas religiones se encuentran tanto en los ritos de iniciación (v.) (en la vida, en la pubertad, en una determinada religión, etc.) como después a lo largo de diversas circunstancias de la vida.Es frecuente pensar que los religiosos sólo se preocuparon de la pureza o p. externa, ritual, sin dar importancia a la verdadera p. interior, a la pureza interior del alma, a la santidad. Pero este modo de ver las cosas es inexacto, pues da sólo la apariencia de la p., no la p. auténtica. La autoridad religiosa humana no puede ver el interior del hombre, controlar su santidad interior. Por eso ofrece la apariencia de preocuparse principalmente de la santidad o pureza exterior. Pero cuanto se hace para procurar esta pureza exterior y ritual no es más que un símbolo para inducir a los hombres a procurar la santidad interior, la limpieza del alma, especialmente por el arrepentimiento del mal hecho, así como por la práctica de cuanto agrada a Dios.2. Purificación del pecado. Lo que más desagrada a Dios en el hombre es el pecado (v.), por el que aparece manchado ante Dios, opuesto Él y de Él enemigo; y esclavizado del demonio o de espíritus malignos, que se consideran enemigos de Dios. Por eso, todas las religiones buscan ante todo liberar, con sus ritos purificatorios, al hombre del pecado que le esclaviza; por eso dichos ritos suelen acabar con el enunciado del perdón de los pecados. Mas el pecado no puede perdonarse más que por el arrepentimiento y su manifestación humilde. Así prácticamente todas las religiones no cristianas, tanto primitivas como históricamente evolucionadas (indios huichol, antiguos peruanos, egipcios, sabeos, etc.; V. PENITENCIA I, B), insisten en la declaración de los pecados, con el arrepentimiento necesario, bien de buena forma auricular y secreta, bien pública, que suele considerarse como el prerrequisito necesario para obtener el perdón de los pecados, y con ello la verdadera p. interior. Frecuentemente se piensa que lo que verdaderamente daña al hombre no es tanto el pecado cometido como el pecado no manifestado.Ciertamente que abundan también, en todas las religiones, numerosos ritos externos de p.; pero siempre simbolizan la pureza interior, como puede observarse en los diferentes signos y ritos de purificación. El "bautismo" o lavado del cuerpo -total o parcial-, precedente a los actos del culto divino, no solamente simboliza y significa la limpieza interior, sino que recuerda al alma religiosa que debe presentarse a Dios totalmente limpia, en todo su ser, ya que Dios ve el interior de los corazones y escruta hasta los más secretos pensamientos del hombre: si, pues, se le exige limpieza de cuerpo y de manos -sensible y externamente controlable-, necesariamente sabe que mucho más se le exige la limpieza interior del alma, aunque ningún hombre pueda verla. Realizado en numerosos pueblos: mayas, germanos, maniqueos, en Grecia en los Asclepeia o templos-hospitales de Esculapio (V. BAUTISMO I; AGUA VI).La desnudez ritual -ya total como en Mesopotamia, ya parcial, como en Egipto-, exigida principalmente a los sacerdotes en los actos del culto doméstico y secreto del dios, les está recordando que deben dejar, al acercarse a Dios, todas sus adherencias y apetencias terrenas, presentándose ante É1 con la misma desnudez y falta de apegamiento a las cosas terrenas como cuando salieron de sus manos. La abstinencia de alimento -ayuno (v.)-, así como la de todo placer sexual -castidad (v.) o continencia, que suele formar parte de los ritos purificatorios más importantes, o hechos en circunstancias más destacadas, como en el Año Nuevo, entrañan la misma significación: renuncia a las tendencias más fuertes e imperiosas del hombre para dejar libre toda su energía a fin de dedicarla al trato con Dios; autodominio de esas mismas tendencias, para que no sean capaces de desordenar al hombre interiormente y separarlo de Dios (v. AYUNO; CASTIDAD I).El uso del fuego (v.), así como del humo desprendido en la combustión de sustancias aromáticas, si lo que inmediatamente produce es una desinfección externa, física, de los instrumentos litúrgicos, del ambiente, y aun del mismo cuerpo del hombre, evidentemente significaba el echar del alma del hombre todo influjo maligno para sustituirlo por el influjo divino, cosa sólo posible en su mentalidad religiosa si se destruía el pecado que daba origen a la posesión del maligno y al alejamiento de Dios (v. POSESOS). El mismo humo aromático -de uso universal en todas las religiones, muy usado por los mayas, sabeos, pigmeos, escitas, etc- simboliza en modo egregio esa penetración de la acción divina, que elimina la maligna: como el humo lo impregna todo, penetra en todo, hasta en los más pequeños rincones y agujeros, lo perfuma y desinfecta todo, así el alma busca que la acción divina penetre en todas sus reconditeces y las purifique, como testificando a Dios que se abandona totalmente a su acción y no quiere resistirla. Y a la vez, con su elevación a las alturas, tras purificar el ambiente, recuerda al hombre que la p., aun la interna, no es término, sino medio: que debe desear la pureza interior, pero no para quedar contento en la contemplación y gozo de esa pureza, sino para hacerse apto para ascender a Dios y para tratar con Él: Dios es el fin de toda purificación.Las varias unciones con aceite -en los pueblos pastoriles, mantequilla de vaca, que en ellos sustituye al aceite, como frecuentemente los orines de esas mismas vacas, p. ej., en los mazdeos, consideradas más o menos sagradas y sacralizantes, sustituyen al agua en las aspersiones-, si directamente significan la medicina del cuerpo, simbolizan la medicina del alma y la suavidad con que ha de prestarse a la acción divina. Igualmente puede decirse de la sal, también muy usada en los ritos de p. tanto de los hombres como de las víctimas que iban a ofrecer a Dios. Así, p. ej., en Roma, toda víctima debía ser preparada al sacrificio aspergiéndola con una mezcla de sal y harina: mola salsa. Su efecto sensible es hacer sabroso lo que se sala, y hacerlo incorruptible; su simbolismo, procurar la incorrupción interior del hombre, hacer a Dios agradable su trato, y hacer sabroso al hombre el trato de Dios.Otros ritos, en cambio, más que purificatorios, son expresión de la p. ya conseguida. Así la luz o iluminación -también muy usada-, más bien significa la iluminación pasiva del alma obtenida por la p.; la luz es la acción divina -la metáfora de la luz va entrañada en gran número de los nombres divinos, especialmente en el mundo indoeuropeo-, que se derrama en el alma purificada, la impregna toda, y ahuyenta todo poder maligno, reflejado siempre bajo el símbolo de las tinieblas (v. LUZ II). Igualmente, los vestidos nuevos -o al menos lavados, es decir, renovados- que se suelen usar en los días festivos, sobre todo en las grandes solemnidades religiosas, significan la renovación del hombre interior, ya conseguida por la p.; y, caso de no haberse conseguido, incitan a ella y recuerdan al hombre como esa limpieza interior es necesaria para el trato con Dios: si el vestido nuevo significa la renovación conseguida, el rechazo del vestido viejo y sucio significa la misma p. -por eso, no se cambia en el periodo purificatorio, sino sólo cuando esa p. se considera ya conseguida en la participación litúrgica del día santo.3. Purificación de contaminaciones profanas. Conviene también destacar un segundo aspecto simbólico de los varios ritos purificatorios clarísimamente presente en muchos de ellos, aunque en otros se halle más oculto. Y es que los ritos purificatorios separan al hombre del mundo profano para que así pueda sumergirse en Dios. Si el simbolismo anterior está relacionado con el concepto positivo de santidad (v.), éste está más bien relacionado con el concepto negativo de sagrado (v.), en su significado de separado, segregado, para dedicarlo sólo e íntegramente a Dios. Sin embargo, ambos simbolismos están estrechamente relacionados. Todo procede como si el hombre pensase que el contacto con las creaturas acaba necesariamente manchándolo, como se mancha el vestido al usarlo: una verdadera p. exige como medida previa una separación lo más plena posible del contacto y del uso de las creaturas.Este simbolismo de separación o segregación del mundo profano, incluso del que lícitamente podemos usar, según la voluntad divina, aparece claro en no pocos ritos purificatorios. Así en el retiro y silencio -a veces hasta oscuridad- que suele acompañar o formar parte de ellos, el hombre se segrega o separa, en cuanto puede, del mundo circundante; así, en el ayuno, en la abstinencia sexual, o en las múltiples y varias prohibiciones ya de alimentos, ya de ocupaciones determinadas, que muestran al hombre que debe separarse de las creaturas y del goce de ellas para poder unirse a Dios y gozar de Él; así en el afán de entristecerse, deprimirse, llorar, durante el periodo purificatorio -que acabará en la alegría exultante de la reconciliación con Dios una vez llevada a cabo la p.-, se ve claramente el empeño de separarse de toda creatura, de todo goce en ella, de todo apego a ella.Rito de p. universal es la ablución o lavado con agua, especialmente el lavado de manos antes de toda acción litúrgica o participación en ella. Mas no sólo simboliza la limpieza del alma, de que hablamos anteriormente; el lavar las manos simboliza arrancar también de todas ellas las acciones que hasta entonces han ejecutado, como el lavado arranca todo el polvo que se les ha acumulado: es arrancar del alma todo lo que no es Dios, separarse totalmente del mundo y de lo profano para poder injertarse en Dios (v. AGUA VI).Y hasta tal punto es universal la contaminación que a la larga el mundo ejerce, que aun los mismos medios de p. hay que renovarlos, hacerlos nuevos, como recrearlos periódicamente, cual si con el uso sagrado, que necesariamente implica su contacto con el mundo al que purifica, fuesen ellos mismos contaminándose, hasta acabar perdiendo su eficacia. De ahí la renovación periódica del agua usada para las abluciones, sustituyéndola por otra recién brotada; la extinción de todo fuego para producir un nuevo fuego, como recién creado, y aún no contaminado; la extinción de toda luz para originar una luz nueva dotada de vitalidad y eficacia aún no corrompida; la renovación de los aceites o bálsamos usados; la destrucción a veces -como entre los mayas- de todos los cacharros y utensilios viejos, pero aún en buen uso, para sustituirlos por otros nuevos. Esa renovación suele alcanzar su punto culminante con ocasión del Año Nuevo, que busca restaurar litúrgicamente la creación en su primera integridad y fuerza, antes que fuese corrompida por el pecado.Resumiendo, entre los numerosos y varios ritos y medios de p. pensamos deben destacarse, tanto por su universalidad, como por lo egregio de su simbolismo, y aun eficacia: a) El arrepentimiento o dolor de los pecados al que puede asociarse el ayuno, la abstinencia sexual, el silencio y retiro, así como toda clase de mortificaciones, con lo que se buscaba engendrar como por simpatía el dolor interior del corazón -el cuerpo afligido y triste dispone al alma para sentir más fácilmente la tristeza y dolor interior-; b) la manifestación de todos los pecados, ya secreta, ya pública: consumada la destrucción del pecado iniciada por el arrepentimiento -ni la declaración sola bastaba, ni tampoco el dolor solo: habían de completarse mutuamente-; c) el agua, como símbolo por antonomasia del lavado o p. interior -abluciones, aspersiones, etc.-; d) el fuego, con su secuela del humo aromático de la combustión -incienso- como símbolo por antonomasia de purificación.Para ejemplos y casos concretos de los diversos ritos de p. en distintos pueblos, véanse los artículos a los que se ha ido remitiendo, así como los referentes a distintos pueblos y religiones en esta Enciclopedia (p. ej., AMÉRICA V1; EGIPTO VII; BABILONIA III; ASIRIA III; MANIOUEíSMO; PARSISMO; BUDISMO, etC.).A. PACIOS LOPEZ.
BIBL.: Debe concretarse en particular la de cada religión. Aquí sólo citaremos la de caráctér más general: P. GORDON, Les religions des Primitils, en Histoire des Religions, I, (dir. BRILL.ANRAIGRAIN), París 1953; G. VAN DER LEEUW, La religión dans son essence et ses manifestations, París 1955; A. NINCK, Die Bedeutung des Wassers ¡ni Kult und Leben der Alten, 1921; 1. B. PRITCHARD, Ancient Near Eastern Texts, Nueva jersey 1955.
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