Programa Politico POLÍTICA
Categoria:
Política
Si entendemos como Max Weber que el partido (v.) es una forma de socialización que pretende un resultado, al partido debe asignársele en lo político un p., para que ofrezca a los seguidores la oportunidad de la adhesión. La dificultad comienza. cuando se intenta hacer notar su esencia, en qué debe consistir, y si es condición precisa para los grupos que llamamos partidos en la concurrencia electoral. Se han formulado diversas clasificaciones que permiten considerar partidos a los carentes de p., a grupos preocupados por alcanzar un objetivo inmediato y que desaparecen una vez conseguido. Éstos se parecen a las coaliciones (v.) del antiguo régimen para un objetivo preciso o a las alianzas contemporáneas.Características del programa político. Es muy útil que señalemos una descripción de lo que precisamos debe ser un programa político. Lo que pretenda esta calificación debe comprender un conjunto de respuestas a las cuestiones políticas planteadas en la comunidad. Estamos acostumbrados a ver que los partidos norteamericanos formulan para cada elección presidencial su p., y podemos recordar algunos españoles la famosa diatriba de José Antonio Primo de Rivera cuando preguntaba a sus oyentes si conocían de algo serio que se hubiera cumplido mediante un programa.Lo cierto es que los partidos no han podido desprenderse del p.; así Andrés Borrego estima nota exigente del partido la "propaganda constante por medio de una prensa organizada ad hoc en beneficio de las doctrinas e intereses del partido" y la consecuencia respecto de ellas. La exigencia programática o doctrinal ha dominado el partidismo sin posible oposición durante todo el s. XIX. En España se pretendió llegar hasta exigir una base que dio motivo a notables trabajos de los que vale la pena recordar los de Francisco de P. Canalejas (1860), Ríos Rosas, Campoamor y Varela (1863) hasta los de Azorín (1910, 1914). El sentido de la doctrina ha sido consustancial con los partidos españoles, que han hecho de ello un baluarte ofensivo y defensivo. El estudio de los partidos ingleses llevó a Hatschek a otro resultado. Para él, la doctrina sirve para llegar al poder si se tiene un p. coherente y propio, pero alcanzado aquél, como no se pueden cumplir todas las promesas, el partido se disgrega, y a los adversarios les basta oponerse para triunfar. Lo importante es una buena organización y con ella deja de ser necesario un p. propio. No es momento de discutir si la deducción es exacta con relación a la vida política inglesa, pero aunque lo sea, su limitación es evidente que le priva, si no hubiese otras razones, de eficacia universal.Programación de los partidos políticos. La coincidencia en los temas fundamentales y la leve discrepancia entre los partidos ingleses o americanos ha podido hacer, hasta época relativamente reciente, que desde el exterior se creyese eran dos secciones de un mismo partido. Una situación análoga, en la época anterior a la I Guerra mundial, fue la europea, como intuyó claramente Ríos Rosas, cuando dijo que el partido liberal había sido en España una dictadura con dos alas. Esta visión correspondía a la creencia en una sociedad homogénea que expresa su voluntad general por representantes que lo eran de ella y no de los electores que los designaban. La aplicación -aun falseada en ocasiones- del sufragio (v.) universal y el ascenso de partidos con objetivos revolucionarios puso de relieve la heterogeneidad de las más aparentes unidades. Es el momento en que crujen las estructuras de la sociedad occidental y se advierte su inseguridad, y como no se ofreció a las masas p. que llenasen el ansia de universalidad, se embarcaron en los partidos totalitarios que les ofrecían la aventura de construir un mundo nuevo. La incapacidad de programar no era otra cosa que la consecuencia del manifiesto fracaso de un orden sin respuesta a las cuestiones acuciantes, es decir, que estaba dentro del sistema. Francisco de Asís Cambó (Las dictaduras, Madrid 1929) y H. Heller (Europa y el fascismo, Madrid 1931) advirtieron la razón de ser del fascismo (v.) en la reacción frente a un proceso político convertido en pura asepsia, que había vaciado al Estado de contenido. Por eso la reacción pidió apoyo a todas las fuerzas humanas ofreciendo, no la continuidad, sino la ruptura con el orden existente, es decir, un programa.Necesidad de un programa político. Tanto ha calado la necesidad de definir los objetivos en las contiendas electorales que el partido laborista inglés no ha desdeñado en una de ellas (1964) definir su p. como resultado de una determinada filosofía. El tema traspasa la puracontienda electoral hasta influir en la definición de Constitución, según se considere como un proyecto (Oliveira) o un puro resultado de lo cumplido (Stalin). Naturalmente, en una y otra postura se dan inflexiones, pero conviene destacar que en algunos países nada menos que para la legalidad (v.) de los partidos políticos (v.) se exige una doctrina expresa y determinada (ejemplo, Italia y Alemania), incluso con posibilidad de examen judicial. Por otra parte, la virulencia de actuación de los grupos y partidos políticos como conformadores de un orden ha hecho del p. una necesidad apremiante, dado que el Estado es cada vez más agente transformador de la sociedad, por lo que es necesario prevenir los objetivos y, sobre todo, la finalidad de los instrumentos a que ha de recurrir el poder.D. SEVILLA ANDRÉS.
BIBL.: A. BORREGO, organización de los partidos políticos en España, Madrid 1855; M. DUVERGER, Los partidos políticos, México 1953; V. O. KEY, Política, partidos y grupos de presión, Madrid 1962, parte 3a; D. SEVILLA ANDRÉS, Del 19 de marzo al 14 de abril, Valencia 1959; íD, Los partidos políticos españoles hasta 1868, Valencia 1958.
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