Primo de Rivera y Orbaneja, Miguel
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Biografía GER
General y político español, segundo marqués de Estella, n. en Cádiz el 8 en. 1870, en el seno de una familia que había dado y daría hombres de talla en las armas y en la política. Su tío, Fernando Primo de Rivera y Sobremonte, obtuvo en la última guerra carlista el marquesado de Estella que, al morir sin sucesión, legó a su sobrino en 1921.Carrera militar. Siguiendo la tradición familiar, ingresó Miguel en la Academia Militar a los 14 años de edad. Alférez en 1888 y teniente dos años después, en 1893 marchó a Melilla. A los pocos meses de su llegada, obtuvo el empleo de capitán y la Cruz de primera clase de S. Fernando en la acción de Cabrerizas Altas. Pero España tenía más de un frente. Vivía las últimas horas de su imperio ultramarino: Filipinas, Puerto Rico y la entrañable Cuba. Una guerra querida y provocada por los Estados Unidos, una política frívola y poco realista, una prensa falaz atizada por intereses bastardos, llevaron a ese 98 de tan largas y tristes consecuencias en la historia española. En 1895 P. de R. marchaba a Cuba como ayudante del general Martínez Campos (v.). Allí ascendió a comandante. Tras un breve paréntesis en Madrid, reoresó de nuevo a la isla, donde permaneció hasta 1897, en que fue enviado a Filipinas. Regresó a España en 1898. siendo ya teniente coronel.Años más tarde, con el grado de coronel, volvió a tomar parte en la guerra norteafricana; era en 1908. Con el regimiento de Mejilla. dirigió una de las columnas que atacó el monte Gurugú, nombre sombríamente familiar a los españoles de principios de siglo. En 1911, herido en el paso del río Kert. fue ascendido a general de Brigada. La emboscada v la guerrilla eran las tácticas rnás en uso, que precisaban de la acción individual y del arrojo de unos pocos. Fueron años de aran actividad bélica. En 1913 ascendía a general de División. Los anos posteriores transcurrieron en la Península o en- viajes por la Europa en guerra. En 1915 desempeñó el gobierno militar de Cádiz. Recorrió como observador el frente occidental, visitando las posiciones inglesas y francesas (enero 1917). Nombrado en julio de 1919 capitán general de Valencia. pasó después a la capitanía de Madrid, de la que fue relevado por sus opiniones y ataques al Gobierno. a propósito de la política que seguía en Marruecos.Capitán general de Cataluña en 1922, desde Barcelona pudo vivir y palpar algunos de los más apremiantes problemas que perturbaban la vida pública española. El sistema canovista, que padecía una lenta pero continua descomposición desde 1912, entró en franca agonía en 1921. El terrorismo era un hecho familiar y diario en las calles de cualquier ciudad española. La CNT, una cercana amenaza que crecía cada día en virulencia. El problema obrero. acuciarte. La vida del trabajo se reducía en esquema a los breves intervalos que median entre lockouts patronales v huelgas o boicots sindicales. Barcelona era, a la par, centro de un catalanismo (v.) de tono burgués y conservador v sede de un endémico pistolerismo. La muerte de Eduardo Dato en Madrid (1921) y la dei card. Soldevila en Zaragoza (1923) se sumaron a tantas otras de cuño anarquista. Y junto a la agitación revolucionaria, el persistente cáncer de la guerra de África (v. ÁFRICA, GUERRAS DE II). La derrota que el cabecilla Abd el-Krim infligió al ejército del general Fernández Silvestre produjo consternación. Los 9.000 muertos de Anual clamaron en la opinión del pueblo español. Se buscaban responsabilidades.La dictadura militar. En esa abigarrada escena irrumpió el pronunciamiento de P. de R. (13 sept. 1923), como algo imprevisto, nacido tnás del corazón que de la cabeza. Algo de factura típicamente española, propio de una historia muy dada al juego del azar. El manifiesto a los españoles, atropellado, grandilocuente, farragoso, responde a la misma personalidad desbordada de P. de R., que atiende "el clamoroso requerimiento de cuantos, amando a la Patria, no ven para ella otra salvación que libertarla de los profesionales de la política". Las palabras de P. de R. caían como lluvia esperada entre una gran mayoría de españoles. "No tenemos que justificar nuestro acto, que el pueblo sano lo manda e impone", diría el general (ABC, 14 sept. 1923). La dictadura nacía entre entusiasmo y bienvenida. El general López Ochoa, uno de los primeros consultados por P. de R., reconoce lo favorablemente que fue acogido aquel proyecto de golpe de Estado con la esperanza de un avance hacia Europa; si bien, años más tarde, colocado en la oposición, le atribuyese un cierto carácter impunista, dirigidoa acallar el problema de las responsabilidades por el desastre de Anual, que a través del famoso expediente Picasso estaba en el tapete de la actualidad pública (V. López Ochoa, De la dictadura a la República, Madrid 1930, 43). En cualquier caso, P. de R. se presentaba como el cirujano que, tras una necesaria intervención, devolvería la salud al país y, en breve plazo, restablecería la normalidad parlamentaria.El Gobierno, reunido en sesión permanente, se vio desbordado por la situación. El rey, precavido, dio largas a los acontecimientos. Gabriel Maura, que antes había opinado que quienes se habían impuesto en trances críticos debían asumir íntegra la función rectora del país, al ser consultado por Alfonso XIII (v.) comprendía que aceptada la dictadura, la corona no podría volver a la normalidad (cfr. Bosquejo histórico de la dictadura, Madrid 1925, 20). Al fin, el rey llamaba a P. de R. "El monarca ha aceptado los hechos", informaba el dictador. Habiendo asumido plenos poderes y constituido un directorio militar, comenzaba una nueva etapa de la historia de España. Pero la monarquía había arriesgado su futuro con ella.En noviembre del mismo año, iniciada una apertura hacia el continente, los reyes y el dictador embarcaban en Valencia rumbo a Italia. En Roma visitaron al papa Pío XI y al rey Víctor Manuel III. Es famosa la anécdota sobre la presentación que del general P. de R. hiciera Alfonso XIII al rey de Italia: "Éste es mi Mussolini". ¿Hubo en efecto semejanza entre los dos políticos mediterráneos? Creemos que padecen gran invidencia quienes hayan pretendido asimilar personalidades tan dispares. En la frase del rey hay un tono de broma, que escondía un convencimiento, el de que su trono estaba sostenido por la mano del general, aunque ello tuviese su riesgo. Broma punzante y aguda crítica hay también en el parangón que Salvador de Madariaga busca entre P. de R. y un califa árabe, Hárun al-Rasíd, ambos dando decretos y derogando leyes según su humor.¿Cómo era en realidad? Cualquiera de sus biógrafos, y aun de sus detractores, coinciden en señalar un perfil muy humano y un algo atrayente y simpático en su figura. Casado con Casilda Sáenz de Heredia y padre de cuatro hijos, era hombre jovial, sincero y de buena voluntad, fértil de imaginación y de palabra, mejor orador que escritor. En sus largas arengas militares y en sus discursos políticos se agolpaban muchas palabras y pocas ideas. Unamuno, que tantas veces le hizo objeto de su sátira mordaz, le comparaba con un loro por su vacía locuacidad. Fino andaluz, más señor que señorito, sobrio en su forma de vestir, abierto en el trato, de vida bohemia e indisciplinada, que solía alternar con intensas jornadas de trabajo, siempre se mostró sencillo en su propia valoración: "Alguna vez he tenido yo la idea, de la que por ser mía desconfío mucho..." (pról. al libro de José María Pemán El hecho y la idea de la Unión Patriótica, 1929). Era generoso e ingenuo en su pensamiento político y tenía un hondo patriotismo. Su hijo mayor, José Antonio, defendiendo su memoria ante las Cortes republicanas, le recordaba como "un hombre que tenía el alma cálida y el espíritu templado" (Obras completas, 274), usando palabras de Ortega y Gasset, que fue uno de sus más tenaces adversarios.El directorio civil. El programa político de P. de R. tenía un slogan: "Patria, religión y monarquía", en este orden. Sin mucha experiencia de gobierno, se enfrentó con los problemas que más necesitan de solución rápida. Su éxito más incuestionable fue la pacificación de Marruecos, su decisión de terminar con aquella sangría permanente. Habiendo asumido la jefatura militar y civil de Marruecos, dispuso la retirada de las tropas hacia las plazas fuertes costeras. A fin de mayo de 1925, Abd el-Krim atacó también a los franceses. Se preparó un plan conjunto hispano-francés, que cuajó en el desembarco de la bahía de Alhucemas (8.000 hombres) en septiembre del mismo año, coronado por una victoria a la que siguió la toma de Axdir, capital de Abd el-Krim. El triunfo de Marruecos supuso el fin de la dictadura militar y el comienzo de un directorio civil (3 dic. 1925), restableciéndose el Consejo de ministros, del que formaron parte Calvo Sotelo (v.), Aunós, Galo Ponte, el conde de Guadalhorce, Martínez Anido y Yanguas Messía, entre otros.Un segundo problema a resolver fue el catalán. Si bien había pactado con la Lliga, cuando el pronunciamiento, el dar a Cataluña un régimen de autonomía, su política regional fue de "represión enérgica de todo separatismo y, al mismo tiempo, de desarrollo de una intensa política provincial" (Pemán, o. c., 251). Aunque mantuvo ciertas autonomías en el plano de la administración y dedicó especial atención a Barcelona, sede de la impresionante Exposición Universal de 1929, con las prohibiciones del idioma y la bandera catalanas el separatismo arreció en su lucha. Ingenua y paternalista fue la solución que buscó a la difícil cuestión laboral, basada en la creación de unos comités paritarios de patronos y obreros, encargados de ajustar los salarios y resolver los conflictos planteados entre capital y trabajo. Una novedad fue la invitación que se hizo a la UGT y a su líder Largo Caballero (v.), que formó parte del Consejo de Estado, a que colaborasen con el régimen, lo que en gran parte consiguió, aunque fuese remedio de corto alcance para el grave y extenso problema laboral.Durante los años del Gabinete civil, quizá la creación política más vistosa y, por supuesto, con menos futuro, fuese la Unión Patriótica, concebida como una gran agrupación ciudadana, un paradójico partido apolítico, que agrupase a los "hombres de ideas sanas", que supieran colocar los intereses nacionales sobre los partidistas. InIluso Calvo Sotelo, uno de los más claros colaboradores de P. de R., reconocía que los partidos políticos, cuando se organizan desde el poder, nacen condenados a la infecundidad por falta de savia (cfr. Mis servicios al Estado, Madrid 1931). Robustecido el poder como fuerza centrípeta que compensase las autonomías regionales, las Cortes fueron convertidas en una Asamblea Nacional que se integró con los hombres de la Unión Patriótica, cuya carencia de realismo y de contenido doctrinal le auguraban corta vida.La maltrecha Hacienda española recibió un inusitado impulso, al que siguió un periodo ascensional. De un lado, era consecuencia este repentino auge de la ola mundial de prosperidad; de otro, de la labor hacendística de un ministro, José Calvo Sotelo, que se dedicó con tesón a remontar la tremenda deuda del Estado y a conseguir la entrada de capital. Varios nuevos organismos creó la dictadura dentro del departamento de Hacienda, entre ellos, el Tribunal Supremo de Finanzas Públicas, la Caja de Amortización de la Deuda Pública y el Monopolio de Petróleos (la CAMPSA), que suministraban la Standard y la Shell. El alza económica posibilitó un ambicioso programa de obras públicas (pantanos, ferrocarriles y carreteras), dirigido por el conde de Guadalhorce.Los felices y despreocupados años veinte tuvieron también su versión española. La prosperidad económica, la seguridad personal, el orden público, la subida del prestigio de España contribuyeron a ello. Pero del mismo modo, la gran depresión de 1929 supuso el fin de la dictadura. Los capitales empezaron a huir de España, y el valor de la peseta descendió vertiginosamente. Los núcleos de oposición, antes dispersos, concentraron entonces su ataque. Entre ellos, intelectuales como Unamuno, Blasco Ibáñez o Valle-Inclán, que ya habían conocido el confinamiento o el exilio, hicieron alarde de una crítica punzante, no exenta de ciertos perfiles agrios, pero que en cualquier caso denunciaba esa "falta de elegancia dialéctica" que el mismo José Antonio Primo de Rivera vio en la dictadura (Obras completas, 274). Sin el apoyo de su ministro de Hacienda y sin el respaldo de los jefes de las guarniciones españolas, cuya adhesión había indagado mediante una consulta telegráfica, se retiró del poder. En un hotel de París m. el general P. de R. el 16 mar. 1930, dejando tras sí una época de paz y reconstrucción nacional y delante un peligroso vacío político.M. ESPADAS BURGOS.
BIBL.: J. PEMARTÍN, Los valores históricos de la dictadura española, Madrid 1929; J. CAPELLA, La verdad de Primo de Rivera, Madrid 1933; G. MAURA, Bosquejo histórico de la dictadura, Madrid 1925; J. MAURÍN, Los hombres de la dictadura, Madrid 1930; E. AUNÓS, Primo de Rivera. Soldado y gobernante, Madrid 1944.
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