Prim y Prats, Juan
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Biografía GER
N. en Reus el 6 dic. 1814, fue una de las figuras señeras de mediados del s. XIX, tanto por sus hechos militares como por su decisiva actividad política. Su historial castrense es un vivo poema épico, rubricado por su sereno valor y proezas legendarias. Coronel a los 26 años de edad, dio muestras de arrojo y valor excepcional en las guerras carlistas (v.); desde entonces su hoja de servicios militar estará íntimamente ligada a su diversa actuación política. Liberal convencido, apoyó el encumbramiento de Espartero (v.), aunque en 1843, coaligado con F. Serrano (v.), ayudó a su caída; fue ascendido por los moderados a general, al sofocar a sangre y fuego la sublevación de la junta de Barcelona. Este acto le valió la unánime repulsa de los catalanes, perdiendo la estima y el apoyo que tenía entre ellos, aunque recompensado por la corona con los títulos de conde de Reus y vizconde de Bruch.Poco duró el entendimiento de P. con los moderados, quienes, a pesar de los títulos y honores que le otorgaron, le dejaron fuera del juego político. Acusado de conspirar contra Narváez (v.), salió de España y viajó por Europa desde 1845 a 1847, en que fue nombrado gobernador de Puerto Rico, donde implantó el Código Negro, desfavorable a la población de color, acompasado de medidas arbitrarias y no exentas de crueldad que originaron clamorosas repulsas, por lo que fue destituido en 1848. Diputado, senador, político de peculiar y personal estilo, perseguido por conspirador, exiliado por segunda vez de España, aunque en 1853 asistió como jefe de la misión militar española en la guerra de Crimea, retornó P. al triunfar la Revolución de 1854, siendo nombrado Capitán General de Granada, desde donde tuvo ocasión de llevar a cabo sus primeras acciones militares contra los rifeños sublevados en Melilla. Un tanto acomodaticio con las circunstancias políticas, formó parte de la Unión Liberal, alcanzando en esos años -con motivo de la guerra de Marruecos- sus más resonantes triunfos militares y una popularidad y prestigio no comparables a los de ningún otro soldado español del s. XIX: Wad-Ras y Castillejos (1860).En 1861 se le encomendó su empresa más discutida: la misión de México. Tras la negativa de Juárez (v.) al pago de los cupones de la deuda exterior, Francia, Inglaterra y España llegaron al acuerdo, en la convención de Londres, de enviar fuerzas mancomunadas que hicieran valer sus derechos, previa expresa declaración de no injerirse en la política interna del país. Sin embargo, Napoleón III, contraviniendo lo acordado, pretendió aprovechar la presencia de las tropas europeas -como hizo después con sólo las francesas- para instaurar la monarquía de Maximiliano. P. se negó a tales pretensiones y, por mera decisión personal, suscribió un acuerdo con Juárez, la llamada convención de la Soledad, por la que se retiraba de México con sus tropas, siendo imitado y seguido por los ingleses en tal decisión. En general, todos los sectores políticos españoles desaprobaron su conducta, aunque el tiempo le dio plenamente la razón. Por ello P., más tarde, fue utilizado como símbolo de la tradicional amistad hispano-mexicana.Desde 1863 militó entre los progresistas, apareciendo como uno de sus más genuinos dirigentes; en lo político, se mostró antidinástico; y en lo económico, proteccionista, con lo que recobró fama y popularidad entre los catalanes. Desde entonces y hasta 1868, P. se convirtió en el prototipo de una España romántica que soñaba con la libertad; inmerso del todo en la política, desterrado de nuevo, conspirador sin tregua, cooperó a la debilitación de Nárvaez y O’Donnell (v.), preparó la revuelta de los sargentos de San Gil (1866), dirigió la reunión de Ostende, firmó el acuerdo con Céspedes, por el cual Cuba adquiriría la autonomía si apoyaba la revolución que se estaba fraguando en España; fue, en fin, alma y cuerpo de la revolución septembrina (v. REVOLOCIÓN DE 1868).Con Topete y Serrano, la figura de P. va unida al elenco militar que dirigió aquella sublevación, llamada por sus estusiastas "la Gloriosa" y que originó el destronamiento de Isabel II (v.). La fama de P. fue entonces enaltecida por el pueblo hasta lo insospechado; fue el símbolo de una revolución que iba a desbordar a sus propios dirigentes. El liberalismo de P., como el de los restantes generales, "era hijo legítimo del esparterismo, y su política adolecía de demasiado morrión y demasiado himno de Riego" (J. Posch, Prim, Barcelona 1965, 135); pero la revolución era algo más que un mero golpe progresista, al menos para los demócratas, elementos decisivos de la misma, y que se presentaba como un movimiento político nuevo que venía a superar no sólo a progresistas y moderados, sino al propio liberalismo histórico, fijando los puntos de su programa en la estricta soberanía nacional, del sufragio universal y los derechos del individuo (J. L. Comellas, Historia de España moderna y contemporánea, Madrid 1967, 481-482).Al triunfar la revolución, P., elevado a jefe de Gobierno, dedicó todo su empeño, poder y voluntad a implantar la monarquía democrática, concediendo a progresistas y unionistas el mantener la forma monárquica y a los demócratas el carácter popular de la misma, descartando a su vez a los Borbones para ocuparla. Este proyecto, que, aunque con dificultad, se fue abriendo camino, le atrajo la total oposición de los demócratas, que aspiraban a la república federal, y la de las masas proletarias andaluzas y catalanas, muy afectadas por los problemas sociales; éstos desencadenaron violentas revueltas que P. reprimió con dureza. De los diversos candidatos propuestos, aceptó, finalmente, Amadeo de Saboya (v.), cuya efímera monarquía fue establecida por obra y gracia de P., "héroe de temerario valor en los Castillejos, espíritu sagaz y hábil en la retirada de México; conspirador sutil y tenaz; tribuno de personal estilo; voluntad flexible, talento claro; previsor en el cálculo, resuelto en la acción" (M. Fernández Almagro, Historia política de España contemporánea, Madrid 1952, 42); la firme decisión política de instaurar la monarquía amadeísta firmaba su propia sentencia de muerte. El 27 dic. 1870 sufrió un atentado en la calle del Turco, cuando regresaba del Congreso, falleciendo tres días después. Su muerte, envuelta en el misterio, contribuyó a mantener el fulgor resplandeciente que su persona, en vida, siempre tuvo.A. M. BERNAL RODRÍGUEZ.
BIBL.: F. J. ORELLANA, Historia del General Prim, Barcelona 1871; H. LEONARDON, Prim, París 1901; E. S. SANTOVENIA, Prim. El caudillo estadista, Madrid 1933; J. M. MIGUEL Y VERGUÉS, El general Prim en España y México, Madrid 1949.
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